Aquí voy de nuevo, abro la puerta y me dirijo a la máquina de tabaco, mientras introduzco las monedas, Magdalena grita desde la barra del bar, ¿te pongo algo para comer, guapa?, trato de resistir, ¿podré esta vez?,cuando volteo a mirarla, no puedo evitar detallar su dentadura amarilla y escasa, sus ojos saltones bajo el flequillo desordenado, su bigote ralo, y esas tetas enormes apretadas bajo el sucio delantal… comienzo a temblar. Aunque dudo unos segundos, como siempre, termino respondiendo con un tímido: “vaale"
¡Puta máquina de tabaco! ¡Es increíble creer que sea la única en metros a la redonda! El maldito bar es horrendo, ruidoso y sucio. La comida es grasienta y maloliente, pero nunca puedo decir que no, y así ando desde hace meses. De todas formas, ¿quién podría atreverse a negarse? Correr el riesgo de que Magdalena le coja del cabello, le empuje entre sus tetas y le deje allí hasta asfixiarle. Yo no quiero morir de esa forma.
La máquina de café no para de hacer ruido, un crac crac infernal rebota dentro de mi cabeza, sale el chico de la cocina gritando !Lomo con queso! ¡Huevos con bacon! Ohh Dios, ¡que estrés! Los obreros de la barra hablan fuerte y ríen a todo gañote, uno de ellos golpea la máquina de juegos mientras grita ¡eh pepe, pideme otra cerveza! Me traen el primer plato, callos, burbújas de aceite emergen entre los pedazos enormes de cerdo, ¡uf! Cojo la cucharilla sin ánimo, mecánicamente, ¡venga va!, pruebo un poco, ¡mierda, está frío! Miro alrededor, Magdalena detrás de la barra pregunta ¡Qué guapa!, ¿A que esta bueno? Se ríe, dejando ver sus dientes y el fondo de su garganta, ¡que grotesco! Una, dos, tres cucharillas y trago ¡qué asco! Una, dos, tres cucharillas ¡jodeeeer!
Gente entra y sale, la decoración es espantosa, cuadros mal colgados en cada columna, propagandas de coca-cola, colacao y café puestas con celo en cada esquina, flores de plástico llenas de polvo, olor a fritanga por todas partes, la silla se tambalea de un lado, la mesa esta llena de migas, el suelo lleno de basura ¡puta máquina de tabaco!
Me traen el segundo, lomo con patatas, sobre un charco de grasa, refrita. Trato de cortarlo, pero se escurre el cuchillo y golpea el plato con fuerza, todos voltean a mirarme. Este lomo parece una chancla, duro y elástico a la vez, con fuerza llego a cortar un trozo, ¡venga va!, uno de los obreros me mira desde la barra, se sonríe maliciosamente, ¡Dios lo que me faltaba!, le comenta algo a su amigo, se ríen, volteo la cara hacia otro lado, tratando de evitar las provocaciones que no existen, aún así se enoja, ¡en cuatro patas tampoco me verías la cara, putón! , trago haciendo un ruido entrecortado, la pelota de carne casi me ahoga, se me escapa una lágrima, ¡jodeeer! Necesito salir de aquí.
De fondo se escucha una canción de Albert Pla, ¡no podía ser más bizarro!, un sabor a aceite de girasol recorre mi garganta, ¿Postre y café, cariño? Esta vez se para al lado de la mesa, aquel par de bolas gigantes rozan mi hombro derecho, resignada y mirando al suelo contesto: ¡vaaale! Colocan el café sobre la mesa a lo bestia, una gota gorda rebota y mitad de ella va a parar a mi camisa, ¡mieeerda!, una caña de chocolate sobre el plato, blanco y astillado, ¡Venga va! Bebo del café, que parece agua sucia, es insípido y está hirviendo. ¡jodeeer! ¡no me lo puedo creer! ¡Esto es el colmo! Un pelo, negro y enroscado, se asoma por debajo de la caña, siento un leve mareo, todo empieza a girar en mi cabeza, la gente, Magdalena y su bigote empapado de sudor, el bar se hace grande y pequeño, el ruido… me levanto bruscamente y camino deprisa hacia la caja.
_ ¿Qué te debo?
_ ¿ya te vas, guapa?
_ si, si, ¿Qué te debo?
_ Doce con treinta, corazón.
Pongo 20 euros sobre el mostrador y camino apresurada hacia la puerta.
_ El cambio, guapa.
_ Quédatelo, gracias.
Afuera, enciendo un cigarrillo, aspiro con fuerza y libero una gran nube de humo, repito el proceso 3 veces y lo tiro al suelo, lo piso con fuerza. Mientras regreso al trabajo voy pensando en ese horrendo bar, no puedo quitarme la canción del Pla de la cabeza, el obrero cachondo, todo. ¡Esto no tiene lógica! Me repito convencida, entrar, coger el tabaco y salir, es todo lo que tengo que hacer. ¿Cómo es posible que no pueda superar este miedo irracional? Ella vuelve a mi cabeza, esa dentadura, esos ojos, esas tetas asesinas. ¿a quien engaño? De repente la solución viene a mi cabeza, metí la mano en mi chaqueta, corrí hacia el basurero y tire la caja de cigarrillos. ¡Desde hoy dejaré de fumar! Ya no tendría razones para volver allí.


