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domingo, 1 de marzo de 2009

Zheni

La han matado. La han dejado tendida en el centro del salón en medio de un charco de sangre. Los rizos de su melena descansan sobre la alfombra gris formando una corona de bronce alrededor de su cabeza. Dos impactos en su pecho, dos agujeros por los que mana la sangre manchando su ropa. La ventana rota atestigua que dispararon desde el exterior, con un arma de proyectiles de larga distancia. Nunca sabré de quien era la mano ejecutora pero sé perfectamente quién dio la orden. Quién la ha matado. Me arrodillo junto a ella y hundo mi rostro en su cabello; inhalo su fragancia para recordarla, ahora que aún la desprende, por última vez. No quiero respirar más; quiero retenerla en mi interior, su vida en mi aliento, para que no se me olvide.

La conocí hace apenas unos meses. Zheni trabajaba en mi residencia en tareas de mantenimiento. En circunstancias normales nunca hubiera llegado a conocerla, en realidad nunca vemos a los operarios. Vienen durante las horas en que las casas están vacías; cuando los residentes de la colonia están en la Ciudad. Llegan desde los suburbios, desde los bloques de los trabajadores en las afueras; hileras interminables de edificios repetidos y grises.

No les es permitido mezclarse con nosotros, los ciudadanos, y raramente nos cruzamos con ellos a menos que estén efectuando alguna reparación de emergencia. Tenemos horarios diferentes en ciudades separadas. Yo no estoy de acuerdo con eso, pero así son las cosas. Así han sido siempre.

Soy un Técnico y trabajo para el canal estatal de televisión. En estos momentos estamos haciendo muchos cambios. Las nuevas tecnologías permiten reemplazar a las personas que trabajan delante de las cámaras por copias digitales. Da menos trabajo, menos gasto. A partir de ahora el locutor de las noticias, el chico del tiempo, el emblemático presentador del show de medianoche; todos ellos serán sustituidos por sus gemelos digitalizados. Ya no tendrán que repetir más sus papeles aprendidos; sus rostros, sus gestos, sus sonrisas y hasta sus tics serán recreados. Nadie notará la diferencia y a nadie le importará. A eso me dedico.

Deambulo por la casa sin saber que hacer, evito el salón. En mi aturdimiento sólo pienso en volver a ver las grabaciones donde la vi por primera vez. Fue en un día cualquiera al volver a casa; noté que los aparatos de mi pequeño estudio habían sido movidos; extrañado revise las cintas de seguridad: allí la descubrí. Había estado trabajando en mi casa, limpieza, mantenimiento, etc. Tenía una gracia especial, la observé mientras se movía por la casa haciendo su tarea con una mezcla de timidez y desenvoltura. En un momento determinado, se la puede ver abriendo la puerta de servicio, sorprendida. En la escena posterior es evidente que las tres chicas que entran son sus amigas. Asustada les dice que no deberían estar allí, que está prohibido. Ellas riéndose se van quitando los monos de trabajo y poco a poco la van calmando. Parece que deben saber quién soy y a que me dedico. Se reúnen alrededor de los aparatos de mi estudio y comienzan a jugar con ellos. Graban sus cuerpos con el escáner y se divierten vistiéndolos con los más variados conjuntos de ropa que encuentran en la base de datos. Los proyectan en la pared y se ríen como locas. Es un juego ingenuo pero divertido; inocente y peligroso. Ella se mantiene siempre con un semblante entre asustado e incomodo. Una de sus amigas, la más descarada y resuelta tiene que empujarla para que se deje grabar. Ella consiente sólo ante la insistencia de su amiga. Sólo en un momento, al probar un vestido blanco, sencillo pero elegante, se la puede ver sonriendo mientras observa su propia imagen en la pared. Esta preciosa, delicada y dulce. A las doce de la noche, justo diez minutos antes de que yo llegara a la casa, recogieron sus cosas, ordenaron las mías y se marcharon.

Después de descubrir aquella grabación decidí que tenía que conocerla. No había forma de saber donde estaba ahora, probablemente trabajaba ya en cualquier otra casa. La única información que tenía de ella era el registro ocular de acceso de ese día. Para encontrarla tuve que recurrir a mis contactos y pedir algunos favores. Con el mapa de su iris logré encontrarla en la base de datos de la empresa de mantenimiento y volver a destinarla a mi residencia. A partir de allí no fue fácil. Simule un error en los horarios y me quedé en casa escondido en lugar de ir a la Ciudad. Al principio se sorprendió mucho y se asustó bastante. Me costó ganarme su confianza pero poco a poco lo logré; conseguí que se sintiera más relajada, a gusto, como en su casa. Intentaba coincidir con ella unas horas antes o después del trabajo manipulando el registro de horarios. Notaba que le gustaba pero no acababa de vencer su miedo. Finalmente un día conseguí que se quedara conmigo a cenar.

¿Por qué quieres estar conmigo? Somos de mundos diferentes, me preguntó incrédula sonriendo tímidamente. Por eso mismo, le dije yo. ¿Por que? repitió. Por que en mi mundo no hay tu risa.

Me vestí con su mono y le hice la cena. Ella me miraba divertida. Después cogí el mono, salí al porche y allí mismo lo quemé. ¿Por qué haces eso? preguntó alarmada. Por qué no quiero que te vistas más para ellos.

Un día se quedó y ya no volvió más con los suyos. La dieron por desaparecida y las autoridades no investigaban demasiado la desaparición de un trabajador. A partir de ese día juro que fui el hombre más feliz en la tierra. Ella era diferente, dulce. Descubría la vida cada día. Pero a pesar de todas las precauciones que tomamos alguien debió descubrirla: la policía de la colonia, la comisión de ética, la agencia contra infiltrados, quizás la denunció algún vecino. No lo sé, da igual. Hijos de puta. Seguro que pronto vendrán también a por mí para acusarme de unas cuantas infracciones a su ética.

No importa, a mi ya no me importa. Ahora su cuerpo está en mi salón, tendido en el suelo, allí donde la quise viva. Juro que me las pagaran. Ahogo mi pena y salgo precipitadamente de casa. Me voy a la ciudad, a los estudios de televisión. Todos me conocen, nadie va a sospechar nada, hago unos cambios donde sólo yo puedo hacerlos.

Salgo de allí y voy a la colina que separa la Ciudad, nuestra ciudad, de sus barrios. Desde la ladera puedo ver las hileras de bloques grises iluminados por la retícula de farolas, regular, triste y monótona. Dos ciudades separadas, dos vidas diferentes, un solo canal de televisión. Y esta noche la verán todos por que así lo he preparado. Será siempre ella, presentando todos los programas; con su vestido blanco, su sonrisa tímida y sus gestos. Tan solo por esta noche los culpables pagaran viendo el objetivo de su ira mostrándose en sus salones, tan pura como era, tan inocente. Y la verán sus esposas, la verán sus hijos y sus amigos y parientes. Solo por esta noche su rostro les perseguirá y les señalará para que recuerden su belleza; para que la recuerden a ella y se avergüencen.

En el frío de la madrugada contemplo la negra noche mientras se libera mi venganza por el aire en forma de ondas hacía sus antenas. Y exhalo por fin de mis pulmones la fragancia rescatada de su pelo y vuelvo a respirar de nuevo.

xavims

lunes, 16 de febrero de 2009

Velocidad variable

Aparece como un punto en el infinito de la planicie; una pequeña esfera de polvo que resplandece al sol de la mañana; una mancha que aumenta de tamaño a medida que se acerca. De su alargado cuerpo metálico, aun lejano, un aullido surge anunciando su llegada. El brazo de la barrera tiembla levemente y comienza a girar descendiendo desde su posición vertical. Se detiene cuando su extremo descansa apoyado, en el soporte, al otro lado del camino. Permanece tendida, cortando el paso, con sus franjas rojas y blancas midiendo el tránsito de la gran locomotora.

 Podríamos estar hablando del ruido ensordecedor y del vapor que brota de la chimenea y corre por sus mecanismos internos para conseguir empujar, con esfuerzo, las grandes ruedas de hierro que chirrían contra el metal de los raíles; pero nos puede su peso, nos intimida el tamaño de esa mole de hierro, el viento provocado por todo el aire que desaloja la gran máquina; el movimiento, el vértigo que aísla el exterior del murmullo de vida que proviene de su mundo interno formado por bancos de madera, maletas y pasajeros, que se desplazan por la llanura.

A su paso a la altura de la barrera, los cristales de las ventanillas dejan de reflejar el cielo y permiten observar su interior, una mirada cada vez, una rápida impresión de lo que sucede dentro antes de ser sustituida por la imagen siguiente.

A través de la primera ventanilla vemos al Sr. T, un hombre joven, quizás  no debiéramos llamarle señor, se trata más bien de un muchacho. A su lado una chica, pongamos que se llama A, pongamos que es su novia o más bien que lo era. En un arranque de furia abofetea al chico y acto seguido coge su bolsa de viaje y la lanza hacia el pasillo. T se levanta enseguida y mientras se lleva la mano a la mejilla recoge sus cosas y comienza a avanzar por entre las butacas en dirección a la cola del convoy. Por un momento su cuerpo desplazándose en dirección contraria al movimiento del tren se mantiene en el mismo lugar en el aire; sólo por un instante después la velocidad del tren lo vence y aparentemente se desplaza en sentido contrario a sus pasos y avanza retrocediendo.

En la siguiente fila hay un niño, podríamos llamarle U si este fuera un nombre adecuado para un niño. Está sentado, solo, en el banco mientras  juega con su pequeña locomotora de juguete casi igual a la que arrastra el tren. Ha oído un ruido desde el asiento delantero y por un momento levanta la vista olvidándose de sus juguetes. Reconoce ese sonido, es el ruido de una mano al impactar contra un rostro, como cuando su madre se enfada mucho, pero más fuerte. Se sorprende al observar que quién se levanta frotándose la mejilla no es un niño sino un mayor, y que no llora sino que simplemente se marcha. Un poco avergonzado deja de mirar y sigue jugando. Pasea su pequeño tren por el marco de la ventanilla. Antes de que se pierda de vista, nos da tiempo a preguntarnos si, en el tren de juguete del niño, habrá en una ventana un niño con un tren de juguete y si en este minúsculo tren hay un niño en la ventanilla con un tren infinitesimal y si en este... ¡Basta! El tren sigue avanzando a velocidad regular superando la barrera.

Otra ventanilla, otro banco, otros viajeros. V, el estudiante de ingeniería teclea frenéticamente los botones de su teléfono móvil; a su lado una chica, sería B, lee los mensajes que llegan a su terminal. Creyéndose observada toquetea nerviosamente su minifalda. Pasará algún tiempo antes de que se de cuenta que es el chico llamado V quién se los envía. No se conocen, nunca han hablado; pero lo harán. Gracias al Bluetooth.

Una cortina de color burdeos, opaca e inmóvil, cubre toda la extensión de la siguiente ventanilla y oculta a los viajeros que puedan hallarse tras ella. Nos permite imaginar innumerables posibilidades para la escena que oculta. ¿Quién viaja protegido del sol detrás de la tela? ¿Un hombre solo? ¿Una mujer sola? ¿Dos hombres? ¿Dos mujeres? Infinitas posibilidades. Un hombre y una mujer que se abrazan, escondidos de miradas tras la tela color vino del vagón de un tren que corre por la llanura. Todo esto ocurre en ese momento, justo en ese momento.

Y otra ventana sucede a la anterior, otro agujero de cristal curvado sobre la lisa superficie brillante del vagón; sin marco, sin relieve. Ahora observamos a la señora D y la Sra.  D coge de la mano a su marido mientras se queda medio dormida y a su lado el Sr. Y, su marido, con su cabello cano y la cabeza inclinada hacia el periódico se acuerda de pronto de su hijo y estira el cuello hacia arriba para comprobar si sigue tranquilo su pequeño que está sentado unas filas más adelante, jugando con su pequeña locomotora antigua de juguete.

La velocidad acelera las visiones y las imágenes son cada vez más fugaces, sólo quedan impresiones mientras el tren, veloz, continúa su paso. Una fila vacía ocupa, ahora, el espacio dejado por la anterior; una hilera libre de butacas en número par: cuatro, dos a cada lado del pasillo. Simetría perfecta y la doble transparencia de las ventanillas a cada lado del vagón que nos permite observar el paisaje al otro lado de los raíles a razón de una imagen por ventanilla, una especie de cinematógrafo ralentizado.

Un anciano encorvado va sentado en la siguiente hilera, quieto y sereno, muy quieto y muy sereno. En su boca se dibuja una sonrisa mientras rememora historias de otra época. Recuerda que su abuelo era un ferviente seguidor de la creencia popular que aseguraba que la velocidad, más allá del galope del caballo, producía la desintegración del cuerpo humano, vaporizándolo en sus más elementales partículas: los átomos y como la primera vez que montaron en un tren, el abuelo y la abuela, pensaba que iban a morir los dos y cómo descubrió, con asombro, que no se había desintegrado, para su sorpresa, ni él ni su señora. El Sr. Z apoya su peso en un bastón para poder incorporar su cuerpo hacia la ventanilla. Intenta mirar hacia el exterior con la cabeza muy cerca del cristal para poder observar más lejos, más lejos hacia adelante, hacia el futuro. 

Se diría que el tren no acabará nunca de pasar, que los vagones se funden en uno sólo. En la última fila de butacas del vagón volvemos a ver a un chico, deberíamos llamarle T otra vez,  y está allí, solo, sentado al fondo con su bolsa de viaje en el regazo, la mirada triste y el rostro enrojecido. De pronto se levanta y comienza a avanzar hacia las primeras filas. Su velocidad se suma a la del tren y se proyecta como lanzado por alguna fuerza primaria hacia adelante perdiéndose enseguida de vista, desapareciendo. Y con él se marcha el tren, termina su paso, llevándoselos a todos. 

Pasan unos segundos mientras el ruido se apaga y el polvo se vuelve a posar. El aire desplazado por la gran máquina se calma y vuelve a ocupar su espacio encima de los raíles. Cerca de las vías, donde hace siglos había una barrera metálica con franjas rojas y blancas, vemos tan sólo un pequeño dispositivo electrónico que emite un pequeño zumbido, como para dar por acabado el asunto, y muestra unos datos en su pequeña pantalla. Vibración: normal. Peso: normal.  Velocidad: 400 Km/h.

sábado, 4 de octubre de 2008

EL BUSCADOR

Cada cierto tiempo alguien en el mundo enloquece. Lógico, demasiada información almacenada en nuestras cabezas. Cada cierto tiempo alguien coge su cordura, lía un cigarro con ella, y se lo fuma lanzando absurdos anillos de humo al enrarecido aire del universo. Ha llegado mí turno, intuyo.

Recogió sus cosas y se marchó sin más. Esta mañana. Hacía tiempo que las cosas no iban bien entre nosotros. La culpa es mía, supongo. Se levantó, hizo la cama, se metió en el baño y permaneció diez minutos delante del espejo sin cerrar la puerta, sin moverse. Después salió y comenzó a recoger sus cosas mientras yo permanecía de pie en medio del pasillo sin decir nada. Al abrir la puerta para marcharse acompañó el gesto con una mirada muda y se fue.

Más tarde pensé que debí haberla acompañado al taxi, pero lo cierto es que no lo hice. Permanecí de pie en medio del pasillo unos segundos, unos minutos, un rato. De repente volví a andar como si fuera la primera vez que lo hacía y me dirigí a la cocina. Me serví un café y fui al estudio a sentarme delante del ordenador.

La pantalla negra del monitor estaba en reposo, hecho señalado sólo por la luz intermitente del botón de encendido. Zarandeé el ratón y, tras una espera de menos de un segundo, se iluminó la pantalla y apareció el navegador.

Hace semanas o quizás meses, no recuerdo ya cuándo, hice un descubrimiento, un gran hallazgo. Las cosas todavía iban bien en aquel tiempo. Llevaba varios meses enfrascado en dar los últimos retoques a mi tesis sobre sistemas planetarios extrasolares para obtener el doctorado en astrofísica. La tesis se centraba, concretamente, en el estudio de los planetas que orbitan alrededor de estrellas de neutrones conocidos también como planetas púlsar.

Cuando en julio de 1967 los científicos, de la universidad de Cambridge, Jocelyn Bell y Antony Hewish, detectaron por vez primera las radiaciones de onda corta intermitentes, que provenían de una de esas estrellas, creyeron que habían entrado en contacto con una civilización extraterrestre. Ahora sabemos que se trata de un fenómeno natural, un parpadeo en las ondas emitidas por las estrellas de neutrones debido a su intenso campo magnético y a la gran velocidad que alcanzan al girar sobre sí mismas. Por esa razón este tipo de estrellas fueron denominadas púlsares. 

Los procesos matemáticos de los ensayos dan cuerpo a mi trabajo son bastante complejos y los tiempos de cálculo largos.

Era tarde ese día, y estaba sentado esperando frente al ordenador. Me había acostumbrado a ocupar esos tiempos muertos haciendo consultas en la red, búsquedas absurdas de los conceptos más peregrinos que se me pudieran ocurrir de forma casi inconsciente. Siempre hay algún resultado. Siempre hay alguna ciencia, algún grupo o asociación, blog o artículo, dedicado a la palabra buscada. Era una especie de escritura inconsciente: elegía las palabras que brotaban de forma espontánea en mi cabeza, sin ninguna razón aparente, y después analizaba los resultados. Mircea, insomne como todos los gatos, andaba dando vueltas por el estudio preguntándose por qué no era el único habitante de la casa despierto a esas horas. Era un gato color calabaza, delgado y cariñoso. Lo cogí y lo tumbé en mi regazo. Al poco dormía plácidamente entre ronroneos. Consulté la aplicación que procesaba el cálculo. Una hora y treinta y cuatro minutos para la conclusión. Debería haberme ido a la cama, pero no lo hice. Volví al navegador.

Un buscador consiste, en esencia, en un pequeño rectángulo donde el usuario escribe una o varias palabras. Basta apretar en botón o simplemente presionar la tecla enter para que empiece la búsqueda. El resto de elementos mostrados en la pantalla, son prescindibles. Sólo el rectángulo tiene relevancia.

En algún momento durante esa madrugada, mientras transcurría lentamente la hora y media de espera, recuerdo haberme acercado al monitor para verlo más de cerca. El rectángulo está dibujado sobre el fondo blanco con una fina línea oscura. Un marco negro sobre blanco que encierra un espacio también blanco con una pequeña señal vertical que parpadea mostrando el lugar donde empezaran a aparecer las letras tecleadas. Blanco sobre blanco. Eso es importante. ¿Es posible que nadie lo haya notado? Esos dos blancos no son iguales o por decirlo de otra manera no están al mismo nivel. El primero forma parte de la página, está limitado por el navegador y éste a su vez por el monitor; el otro es más profundo, no tiene límite y lo vemos a través de la pequeña ventana dibujada por el recuadro. Detrás no hay nada. Un inmenso espacio en blanco donde caben todas las palabras que puedan pronunciarse en alguna lengua.

Me di cuenta de que ese pequeño agujero nos permite echar una ojeada al infinito. Mucho más allá de las estrellas de neutrones. Un telescopio al universo. Sólo hay que estar en sincronía con ese gran espacio en blanco para hallar las respuestas. Lentamente, tecleé lo primero que me pasó por la cabeza. Letra a letra, con suavidad, en un estado de alta concentración. Tecleé  g a t o  y apreté el botón. Cero coma diecisiete segundos más tarde surgieron en la pantalla los primeros de los cuarenta millones setecientos mil resultados. Empecé a buscar entre líneas algo especial, algún título o descripción que diera consistencia a mis deducciones.

De pronto me di cuenta, el resultado no estaba en la pantalla. Mircea, despierto ahora, miraba el monitor con los ojos entrecerrados, concentrado, con el pelo de la cabeza erizado y las orejas en guardia. Emitió un maullido uniforme, largo y sereno.  Me quedé paralizado, aquello no podía estar pasando. Después de unos momentos en blanco logré sobreponerme.

Me levanté y fui al baño a refrescarme la cara. Era tarde y estaba cansado; pensé en irme a dormir y olvidarlo. Un minuto más tarde volvía a estar sentado delante del ordenador. Respiré hondo y escribí silla. Tecleé la palabra concentrado en el concepto, en su significado, en su forma, buscando su verdadero significado, esa forma grabada en el infinito de ese espacio en blanco que contiene el universo, que acumula todo lo dicho o escrito. Los resultados de la pantalla no mostraban nada especial. Me levanté y miré mi silla. Su aspecto era el habitual, no logré apreciar ningún cambio. De pronto, tuve una extraña sensación. Miraba la silla y era como si la viera por primera vez. Era un objeto hecho por el hombre, un lugar para sentarse. Era mi silla y a la vez era todas las sillas: con patas o con ruedas, de madera o metal, con respaldo, con el asiento de tela, de cuero o de esparto. No parecía ni vieja ni nueva. Y había algo más. Me agaché para mirar de cerca. No había duda: medio centímetro de aire separaba el extremo de las patas del suelo de la habitación. La silla flotaba en el aire.

Poco a poco fui perdiendo la noción de la realidad, supongo. Empecé a pasar horas y horas delante del ordenador buscando más y más palabras. Aparqué la tesis  y me encerré en el estudio, solo, con mi ordenador. Ella lo comenzó a notar y las cosas empezaron a torcerse entre nosotros. Sus quejas y reproches eran tiernos al principio, con el tiempo se transformaron en ira y desesperación. No la culpo; nunca se lo conté.

En este tiempo he realizado centenares de pruebas, de búsquedas sistemáticas. Siempre hay una relación entre lo buscado y el resultado. A veces es muy sutil: tecleé cuadro y llamó un viejo amigo pintor aficionado. Otras es más oscuro: no volveré a buscar tristeza. Y otras es más claro: un temblor o hasta un movimiento. Vi por la ventana que alguien se caía por la calle cuando introduje desfallecer. Hubo una respuesta suave y cálida cuando escribí amanecer.

Ya no me interesa la  astrofísica, mi objetivo ahora es más global: de lo pequeño a lo más grande, de lo más común a lo específico. No es el saber lo que me atrae. No es nada a lo que podamos llamar información. Son los datos, las palabras. Hago pares de datos. Emparejo conceptos. Y siempre hay una respuesta. Soy el único que posee este conocimiento. Hemos encontrado la llave y no lo sabemos. Traspasadas las puertas del nuevo milenio, nos sentimos confiados y arropados por todo cuanto nos permite la tecnología. Pero no hemos entendido nada. Tenemos televisores digitales y portátiles, reproductores de mp3, sistemas operativos…

Suena mi móvil.

…compresión digital…

Mi móvil vuelve a sonar.

…información globalizada…

Oigo otra vez la maldita canción de Coldplay.

…información organizada para nosotros por potentes motores de búsqueda…

Se activa el buzón de voz.

…sofisticados algoritmos especializados en rastrear la información. Conjuntos de dígitos domesticados. Rebaños de datos.

Esta mañana ella se ha ido y yo sigo aquí encallado. Escribo comida y como. Escribo tiempo y envejezco. En la penumbra de la noche tecleo dormir y se enciende la tele. Escribo ver y se apaga. Paso la noche sin dormir; sin apenas pensar.

En las primeras horas del alba introduzco mi nombre y no ocurre nada. Paso un tiempo descansando; un tiempo dormitando. Suena el timbre de la puerta. ¿Cuál es el suceso que se define por la palabra placer? ¿Qué palabra hará que recupere la cordura?

En el amanecer de un día cualquiera escribo sueño y llora un bebé a lo lejos. Alguien llama con insistencia a la puerta y empiezo a ponerme nervioso. ¿Qué concepto se asocia con vida? ¿Cuál será su resultado? Busco la palabra que liga al hombre con el cosmos y lo convierte en algo superior.

Ella entra empujando la puerta con un ademán furioso. Veo en su rostro manchas de maquillaje. Por las mejillas enrojecidas resbalan nuestros días pasados. Veo su tristeza, ordeno mi cabeza.

En la mañana de un frío día de otoño, mientras ella se abraza a mi espalda susurrando aquello que da calor y da descanso, escribo mundo y aprieto el botón.

 

viernes, 25 de julio de 2008

Las Chabolas

Todo funcionaba como es debido. La Ciudad estaba orgullosa de su centro de negocios, poblado con rascacielos de oficinas, elegantes y funcionales; y de su zona residencial trazado con casitas en hilera; cada una con su pequeño patio con dos metros cuadrados de césped y su sistema de riego por aspersión. La gran biblioteca exhalaba por sus puertas grandes dosis de conocimientos multiculturales. El metro había emergido del subsuelo y se enrollaba por las esquinas y por las estrechas calles recogiendo con cariño a los peatones. Las bicicletas tenían su espacio. Los pobres también.
En las afueras de la Ciudad, justo al lado de la autopista, debajo y a su alrededor, se hallaba el barrio de las chabolas, construidas con toda suerte de materiales, desordenadas entre las pequeñas calles sin asfaltar llenas de niños que jugaban en el barro. La gente del barrio tendía la ropa en cables que iban de una chabola a otra como guirnaldas de banderas multicolores. La ropa volaba, a la luz del sol, en cables colgados entre chabola y chabola; entre las chabolas y los arboles que daban sombra al barrio y también entre los árboles y las farolas, viejas y rotas, que no daban luz ni sombra.
En un generoso acto de solidaridad se buscaron y se pactaron donaciones para la mejora del barrio pobre. Las grandes empresas de la ciudad se reunieron y se comprometieron a sufragar la construcción de un nuevo barrio para que todo el mundo en la ciudad alcanzara el estándar regulado de calidad de vida cotidiano.
Industrias P. presupuestó, proyectó y subvencionó la construcción de un sistema de alcantarillado moderno y eficaz. T. Corporation construyó unos muros gruesos y resistentes para las nuevas casas. M. Computers suministró y colocó instalaciones de agua, gas, electricidad y unas persianas que subían y bajaban con sólo apretar un botón. K. Grupo Empresarial compró unos preciosos muebles de diseño y unos electrodomésticos de última generación con conexión a Internet y actualización automática de stock.
Debido a un cambio en el equipo directivo, derivado de la mala gestión de la directiva saliente y al empuje juvenil de los ejecutivos de la directiva entrante la empresa F. traspapeló su proyecto para dotar a las nuevas casas de unos tejados sólidos e impermeables y olvidó su compromiso.
Y llegaron las lluvias de primavera. Y los nuevos sofás de las nuevas casas se empaparon y se pudrieron. Las lavadoras, las secadoras y los sofisticados mecanismos de las persianas se empaparon y se fundieron sus placas electrónicas. Y las estrechas calles se empaparon, también, y el barro se volvió a formar entre las casas del nuevo barrio.
Al ver sus casas inundadas los habitantes del barrio echaron de menos sus viejas chabolas con sus viejos tejados que, aunque precarios y extraños, impedían que la lluvia calara el interior. Tiraron los muebles podridos y rotos. Quitaron los electrodomésticos y la conexión a internet. Pusieron correas en las persianas. Fabricaron unos tejados nuevos como sabían: con viejos somieres, trozos de planchas metálicas, tablas de madera y todo lo que fueron encontrando entre los restos de sus viejas chabolas demolidas que permanecían almacenados en un rincón del barrio.
Volvieron a colgar la ropa entre casa y casa, entre las casas y los árboles, entre los árboles y las viejas farolas que seguían sin dar ni luz ni sombra. Y salieron a las calles sin asfaltar que había delante de sus casas y encendieron fogatas en los viejos barriles de las esquinas. Y cantaron y bailaron durante toda la primavera.
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martes, 1 de julio de 2008

La Ciudad Blanca

Cuantas veces habíamos paseado hasta este lugar, lejos de la ciudad. Nos gustaba contemplarla a través de esa distancia que roba el detalle y emborrona las formas pero que permite captar una visión completa y delimitada. Desde allí la ciudad nos consentía formar parte de ella, nos integraba como un órgano más de su cuerpo. Después llegaron las discusiones, los desencuentros, las perdidas, la separación y ya no volvimos.
Ahora, contemplo las altas torres de oficinas, el núcleo denso del centro con sus calles estrechas, torcidas, y el tejido granuloso de los barrios humildes desperdigados alrededor, adentrándose en los campos. Desde el mismo lugar, la ciudad que veo ya no es la misma, ya no me espera, ya no nos contiene.
Sus colores han cambiado resplandece, pálida al sol de la mañana, blanca como nunca ha sido. Nada tiene el color ni la textura que tenía antes: los tejados ya no son del color de la tierra, de los carteles han desparecido las imágenes multicolores, las paredes han perdido la textura de ladrillo, las calles el gris del asfalto y la arboleda el verde de las hojas. Todos los materiales, texturas, olores y colores se han borrado. La ciudad permanece, reconocible, pero vacía de vida, neutra y distante, como un esbozo recién trazado, como una idea.
Mientras me acerco echo de menos los olores, no todos buenos, que la anunciaban y le daban su personalidad: el humo de los coches, el aroma de la arboleda en primavera y el olor fresco a colonia de la gente, por las mañanas, al salir de casa hacia sus lugares de trabajo.
Cuanto más me aproximo más ajenas me resultan las calles que antes tanto conocía. Y en el color blanco de los muros comienzo a vislumbrar pequeñas manchas oscuras, en hilera, como hormiguitas llenándolo todo. Por el suelo de las aceras, en el asfalto de las calles y en las puertas y las ventanas, largas filas de letras lo recorren todo. Los detalles se han desvanecido y en las paredes solo quedan, escritas, las palabras que allí se dijeron. La mayoría son pequeñas palabras de gente anónima: «Hola, ¿Que tal tus hijos?»; otras frases grandes y ampulosas de gente muy conocida: «Vamos a cambiarlo todo», «Disfruta Aquarius».
En las paradas de autobús encuentro cientos de frases intrascendentes: «Parece que va a llover»; «En el último minuto y de penalti»; y en las esquinas de las calles permanecen frases que se doblan en ángulo: «Perdona, ¿Tienes un cigarro?».
En cualquier lugar donde mire puedo leer lo que allí se dijo; en las tiendas, en los bancos. Leo, en el suelo de las panaderías, repetidas y escritas con pequeñas letras: «¿El último? Por favor»
Nadie espera para recibirme, la gente ha abandonado las ciudad; en ella solo quedan las conversaciones, sus vidas habladas. Busco mi calle y doblo por la esquina de siempre. Reconozco las casas de mi barrio, bajas y tranquilas, las de mis vecinos, que visitábamos a menudo, la nuestra.
Recorro la familiar hilera de viviendas simétricas y aparentemente iguales, con sus garajes a pie de calle y sus balcones, en el primer piso, asomándose a la calle.
Encuentro mis adióses escritos en el bordillo de la acera, justo donde aparcaba el coche. Y en la puerta de casa leo sus despedidas, cariñosas, y también sus gritos —«No vuelvas nunca»— y mis portazos, como onomatopeyas, grabadas al lado de la cerradura. «Pum». Paso por el vestíbulo y me agacho para acariciar la moqueta, blanca ahora, pero aun rugosa y gastada; llena de algunos «he vuelto» sucios y pisados.
En las paredes del salón permanecen las discusiones gritadas. Las palabras de reproche, lanzadas en las peleas, manchan la tela del sofá y las palabras de cariño, susurradas en las reconciliaciones se diluyen en las costuras de los cojines. Nuestras idas y venidas siguen garabateadas en los muros, resbalan en los cristales de las ventanas, se evaporan entre el humo de la chimenea hacia el cielo de la ciudad y se pierden entre tantas de otros.
Subo al piso y al pasar ante la puerta entreabierta de la habitación no tengo valor para mirar; paso de largo intuyendo letras, en su silencio, que no quiero leer. Más allá, al final del pasillo, en un cajón del escritorio del estudio, encuentro aquello que vine a buscar, mi diario, mi vida relatada. Lo cojo con manos temblorosas y lo abro. Me sorprenden páginas y páginas en blanco, no queda nada de lo que allí conté. Todas las letras, todas las palabras, se han ido.
Triste, vuelvo a las calles de siempre, y emprendo el recorrido hacia la estación. La calle acaba huérfana, escrita. Ya no leo más, no quiero saber nada más de las vidas de los demás. La mía, borrada, queda aquí, impregnada en la ciudad que me ha robado.
El vestíbulo de la estación me acoge generoso y me envuelve en palabras que desconocidos han lanzado entre bostezos a la taquilla: «Deme un ida y vuelta», «¿Sabe si el tren para en X.?». Los andenes están rebosantes de saludos y despedidas: «Abrígate», «Llama cuando llegues». Me abruman letras y más letras, en el bordillo del andén y entre las regulares losas del pavimento gris. Me sitúo donde solía hacerlo, esperando un tren que ciertamente ya ha pasado. Lo único que ahora deseo es irme de aquí, dejar la ciudad blanca con sus mensajes y sus vidas muertas. Encuentro en el suelo, entre tantas, una escritura que mi mano reconoce, una voz cercana, los trazos de mi caligrafía mezclados con los de tantas voces ajenas. Me agacho para ver mejor y ,en la piedra desgastada de partidas y llegadas, puedo leer escrito de mi propia mano «Me voy».
«Efectivamente –pienso–, ya me he ido».

viernes, 6 de junio de 2008

La intrusión

La mañana siguiente a la fiesta me despierto en el sofá de mi casa, tarde y un poco aturdido. Mientras me desperezo contemplo la panorámica que se abre desde el salón hacia el valle. La mía es la única unidad residencial entre estas montañas. Aún no me aburre el paisaje de alta montaña, a más de tres mil metros sobre el mar, en el que pedí, hace algún tiempo, que situaran mi casa. El momento en que me canse de verlo tal vez esté acercándose; cuando llegue, simplemente solicitaré al sistema una nueva ubicación, quizás al lado del mar, en una playa larga y tranquila, tal vez unos metros mar adentro o en la propia orilla con el salón orientado hacia la línea de la espuma de las olas.
Me sorprende el suave sonido de la presurización de la puerta, mientras me estoy tomando el desayuno, aún sentado en el sofá. Al volverme hacía el vestíbulo me veo de pie, allí en la entrada, y entiendo al instante que algo va mal. ¿Qué pasa?, me pregunto. No sé, me contesto.
Me conectan al sistema de forma automática. Hay un problema, en efecto; y muy grave. La duplicidad de una persona sólo es un síntoma, algo que el sistema puede arreglar por sí mismo. La causa es algo más alarmante y peligroso.
El sistema, de forma excepcional, restablece mi estado a normal, limpia la resaca y desintoxica mi organismo para que pueda ponerme en marcha desde ese preciso instante. Subo a la terraza superior y encuentro a punto y programado mi transporte personal. En cuanto me acomodo en la butaca de control y la nave despega.

Ahora soy un rastreador y reparador. Mi nombre no es importante. Mi función actual consiste en ubicar, analizar y eliminar la excepción, el elemento extraño. El sistema es perfecto, casi perfecto, pero como todo modelo global registra a veces algún pequeño error. En teoría no es posible, pero está comprobado de forma empírica que resulta una necesidad del modelo. La posibilidad del error se revela como el único camino ineludible para conseguir la estructura completa. El sistema todavía lo está estudiando. Mientras llega a una conclusión actúa de forma puntual sobre el problema y lo elimina. El procedimiento habitual consiste en escoger como agente reparador a alguien cercano o implicado en la intrusión. Desde el instante en que me vi entrar por la puerta fui integrado por un tiempo en el sistema y voy a ejercer de agente ejecutor hasta que pueda ser solucionado el problema. Después lo olvidaré y seré tan sólo yo de nuevo. Es imposible saber si es la primera vez que esto me ocurre. En circunstancias normales nadie es consciente del sistema, ha estado siempre allí; somos nosotros o más bien la parte sensible de nosotros; el universo pensado y estructurado para la vida que queremos. Lo demás no nos importa, y ha sido olvidado hace tiempo.
El panel de control señala como destino el lugar de la fiesta, allí ha surgido el problema. Allí me conduce la nave.

Lisa es monocroma y ayer había cumplido veintidós años. La fiesta consistió en una reunión de amigos y desconocidos, en igual proporción, escogidos al azar en la Red Universal. Lisa estaba encantadora con su vestido fractal de rayas negras sobre blanco, piel desaturada y ojos grises moteados. Se movía entre los invitados, como buena anfitriona, ofreciendo sustancias, juegos y encanto. Yo me introduje entre los desconocidos con la esperanza de conocer a alguien interesante. A esta categoría aspiró durante un buen rato Selo, que se configuraba física y sexualmente en la medida de las preferencias más intimas de su interlocutor. Para mí fue una chica menuda de preciosos rasgos orientales y formas elegantes con la que debatí sobre la idoneidad de las configuraciones zoomórficas. Después la vi alejarse con Adela convertida en un chico joven, casi andrógino, de piel dorada. Adela es soñadora. Para ella la vigilia es el estado excepcional. Su vida transcurre entre sueños y es allí donde encuentra su libertad. Lo más seguro es que acabaran durmiendo juntos.
También recuerdo que estuve con Haleo, el gemelo. En realidad es sólo una persona, pero se muestra como dos; uno es elegante, amable y simpático mientras que el otro, su gemelo, es grosero y agresivo. Me alegro de que hayas venido, me dijo dándome un abrazo, va a ser una gran fiesta. ¿Porque no te pierdes?, monstruo, asustas al personal, replicó acto seguido su eco, mientras me daba patadas en la pierna. No vi en toda la noche nada que indicara la existencia de un problema.

La última vez había sido una silla, exactamente igual a las cuatrocientas cincuenta y tres que había en la platea del teatro polaco donde apareció. En el registro del sistema, al que tenía acceso mientras duraba la emergencia, también constaba un episodio con una pluma estilográfica en Nueva Zelanda, y otro anterior, con un banco en un parque de Chicago.
Cuando llego de nuevo a casa de Lisa a nadie le sorprende mi regreso. Saben que ahora no soy sólo yo, que soy algo más, aunque eso no reduce su alarma. Los invitados que quedan en la fiesta, se hallan reunidos en una de las salas más alejada de la zona de la intrusión. El pánico que producen estos incidentes hace estragos en la mente. He recibido instrucciones claras de no interactuar con ellos, ni intentar calmarles. No obstante, de refilón, puedo ver algo a lo que no estoy acostumbrado; personas paralizadas, gestos incoherentes, un volador sentado, los soñadores despiertos con ojos como platos; puedo ver su miedo, sus miradas desquiciadas. Da igual, después no recordarán nada.
El sistema me transmite las coordenadas exactas. Entro en la cocina, nada parece fuera de lugar, no veo nada extraño; sólo botellas medio vacías de todo tipo de bebidas, recipientes con comida y botes con todo tipo de sustancias. Las coordenadas señalan con precisión el rincón opuesto de la sala, debajo de una gran mesa de cristal. Cruzo la cocina hasta situarme donde pueda verlo. Es una caja de cartón, parecida a todas las demás apiladas allí debajo. Son las cajas donde venía empaquetada la comida, bebidas y demás cosas compradas para la fiesta. Concretamente es la segunda a partir del rincón, en la primera hilera; una caja vacía sin más información que la etiqueta en su lateral: zumo de pomelo y ambarina, doce unidades. A través de mí el sistema recaba todo tipo de datos sobre el objeto para su análisis; después y tan sólo durante una minúscula fracción de tiempo, hace que confluya en mí todo el poder necesario para su destrucción. Un fogonazo, un ligero mareo y todo ha terminado: la caja ya no está allí. Al cabo de unos instantes recibo los resultados del análisis que confirman el origen de la intrusión. Ningún componente era normal, no contenía ningún código, ninguna pauta ni estructura digital originada en el sistema. Su composición provenía de un orden aberrante, desconocido. Era materia orgánica de procedencia vegetal, minerales, estructuras moleculares, átomos. En definitiva: era real. Por suerte, dentro de unos segundos, lo habré olvidado todo.
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La sentencia

Soy un asesino en serie, el mejor. Nunca me han cogido. Nadie puede sospechar de mí. Nadie conoce mis intenciones; no parezco un asesino; no visto como un asesino; no me comporto como un asesino. Elijo bien a mis víctimas; tengo cuidado; nadie sospecha de mí. Soy un asesino en serie, el mejor, nunca me han cogido porque nunca he matado a nadie. Todavía. Tú eres la persona elegida.

Lo primero que deberías hacer es preguntarte cómo ha llegado a tus manos la hoja que estás leyendo. No sabes quién te la ha mandado, la has encontrado en el suelo debajo de tu silla o tal vez alguien la ha deslizado debajo de la puerta de tu casa sin llamar. Da igual, el caso es que ya la tienes y que la estás leyendo. Al principio no te la tomarás en serio, eso es normal, pero al ir avanzando en su lectura una especie de intranquilidad empezará a dominarte, poco a poco te pondrás alerta. Eso es lo que pretendo; que estés alerta. Es un aviso: vas a morir.

Por cierto, ¿has disfrutado alguna vez de la sensación de tener miles de hormigas correteando por tu cuerpo desnudo y maniatado; introduciéndose por tus orificios vitales, picando tus partes más tiernas, paseándose por tus ojos, abiertos como platos? No grites, o también te entraran por la boca.

Te estarás preguntando por qué lo hago, pero en realidad ésa no es la pregunta que más te interesa. ¡Piensa! Lo que tú quieres saber en realidad es por qué te lo haré a ti. Respecto a lo primero podríamos dejarlo en que simplemente me he vuelto loco. No es tan raro; el mundo está lleno de locos. ¿Crees que tú no lo estás?¿Ni siquiera un poquito? Tanto como para matar no ,¿verdad? Bueno. Piensa lo que quieras sobre mis motivos: que mis padres me pegaban o abusaban de mí, o que me volví loco en un trabajo de jornadas de doce horas en una fábrica apretando los mismos tornillos de las mismas piezas hora tras hora. ¡Qué falta de imaginación! En realidad son cosas mucho más sutiles las que tienen el poder de romper nuestro precario equilibrio mental: el ruido del cortaúñas, la manera de mirar de las palomas o la espera del ascensor en casa, veinte segundos de vacío cuatro veces cada día, cada día del mes, todos los días del año.

Hablando de camas ¿qué tal es la tuya? Porque estamos hablando de camas y de juegos, de juegos con cuerdas, cinta aislante y herramientas Por cierto, ¿dónde las guardas? Da igual, ya las encontraré, no tendremos prisa. Espero que tengas unas tenazas por ahí. Te sorprendería saber todo lo que puede hacerse con un taladro y un poco de paciencia.

Te advierto que no deberías estar leyendo este texto sin despegar tus ojos de él, aunque supongo que no puedes evitarlo. Podría haberme quedado al acecho después de hacértelo llegar, podría estar sentado a tu lado, o esperándote cerca, muy cerca. Quizás me conoces, quizás no. Quizás soy tu mejor amigo. ¿Crees que los asesinos lo parecen? Cuando llegue el momento saldrán mis vecinos por la tele y juraran que nunca habrían pensado que alguien como yo, que parecía tan normal, pudiera hacer algo así. Siempre cometéis el mismo error.

Ahora voy responder a tu pregunta “¿por que tú?”; y voy a hacerlo con otra pregunta “¿y por qué no?” Tal vez deje que me demuestres que no mereces morir aunque dudo que lo consigas. ¿Qué significa merecer la vida? Imagínate un bosque solitario donde sólo estamos tú y yo. ¿Qué significan ahora las palabras “merecer” y “vida”? Aquí importan más estas otras: correr, gritar, tropezar, caerse, atrapar, machacar, introducir. Sí, he dicho introducir.

Te queda poco tiempo. En realidad unos instantes. Los que te hacen falta para acabar de leer esta nota. Serán unos cinco segundos: cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¿Estamos preparados? Yo sí, pero tú seguro que no. Te dejaré un poco más de tiempo; unos minutos o quizás unos días, o hasta unas semanas. Tendrás noticias mías. Seguro que la vida adquiere un nuevo significado para ti durante este tiempo. Es una propina, una pequeña prórroga, un regalo. Disfrútalo.
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