Mostrando entradas con la etiqueta Rosa M. Hontoria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rosa M. Hontoria. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de julio de 2008

Cinco sentidos

No sabía muy bien qué es lo que esperaba encontrar, pero sí tenía muy claro aquello de lo que quería huir.

Mi padre me había hablado en tantas ocasiones del convento de La Vid, que resultaba ser algo muy familiar para mí, aunque nunca lo hubiera visitado.

Cuando atravesé por primera vez aquellos espesos muros de piedra, fue como si de golpe hubiera retrocedido diez siglos en el tiempo. Fue como viajar del presente al pasado con solo traspasar una puerta.

Aquella mañana de primavera el cielo de la meseta era aún más azul si cabe; el aire cortante, era más frío de lo habitual para la época. Los campos de cereal estaban en su punto álgido, justo antes de la siega y su verdor contrastaba con el marrón de las casas de adobe.

El prior del convento me recibió justo detrás de la puerta principal y me tendió la mano. No sé porqué me había imaginado que me haría una bendición en lugar de estrecharme la mano. El padre Damián ya conocía el motivo de mi visita pues me había puesto en contacto con él unas semanas atrás, cuando decidí huir de Barcelona. Faltaba poco para las doce del mediodía y el padre Damián me invitó a que le acompañara al refectorio donde el resto de hermanos se hallaban reunidos para rezar el Ángelus.

Atravesamos el sencillo claustro en dirección a la gran escalera que conducía a las estancias del piso superior. Me sorprendió el pequeño jardín del interior del patio, tan bien cuidado y aunque sólo pude detener mis ojos un instante, pude ver que de la fuente del centro manaba agua. Había unos cuantos naranjos que desprendían su inconfundible aroma y el aleteo de una pareja de golondrinas me hizo elevar los ojos hacia el artesonado del techo en donde habían construido su nido.

Mientras subíamos los desgastados peldaños de mármol de la gran escalera llegaron a mis oídos los primeros cánticos de los monjes.

- Permítame que le guarde su maleta, Elvira –dijo el padre Damián-. Ahora rezaremos el Ángelus y después le acompañaré hasta su celda.

Ciudad imaginaria

Por mi cuarenta cumpleaños recibí de mis amigos un regalo especial. Se trataba de un viaje sorpresa cuyo destino no quisieron revelarme. Conocedores de mi pasión por viajar, sabían que sería difícil sorprenderme, pero realmente lo consiguieron.

El primer día de luna llena tras mi cumpleaños debía presentarme sin equipaje alguno en la Terminal B del aeropuerto rumbo a lo desconocido. En el pergamino que me entregaron sólo se indicaba una hora y una cruz señalaba el punto de encuentro donde debía esperar instrucciones.

El 23 de marzo acudí puntual a mi cita y en el punto de encuentro un hombre enfundado en una gabardina y escondido tras unas gafas de sol me entregó un sobre con una tarjeta de embarque en la que se leía: “Gate B-25. Hora de embarque: 12:45”

Miré mi reloj y eran las 12:55. Corrí hacia el control de pasaportes y busqué la puerta B-25. No me extrañó cuando al llegar no vi a nadie pues pensé que yo debía ser el último pasajero. Entregué mi tarjeta a la señorita que estaba detrás del mostrador y entré rápidamente por el finger. Saludé a los asistentes de vuelo que me recibieron a la entrada del avión y cuál fue mi sorpresa al comprobar que el avión estaba totalmente vacío. Yo era el único pasajero.

Apenas me di cuenta que la puerta del avión se cerraba y que el avión comenzaba a moverse. La azafata me indicó que me sentara y me abrochara el cinturón. En breve íbamos a despegar. Por un momento pensé que estaba soñando pero no, aquello era cierto y me estaba sucediendo a mí. El viaje acababa de empezar.

No sé cuánto tiempo duró el trayecto pues mi reloj se paró a las 13:05 y aunque le pregunté varias veces a la azafata, ésta siempre me respondía que todavía era pronto. Debo confesar que en algún momento sentí algo de temor pues la situación era totalmente desconocida para mí y algo inquietante.

Cuando por fin aterrizamos, la azafata se acercó con un pañuelo y me comentó que debía taparme los ojos antes de salir del avión. Se abrió la puerta y noté una ráfaga de aire frío en mi cara que me recordó que no estaba dormido, que aquello no estaba siendo un sueño. No sabía si era de día o de noche, puesto que las ventanillas del avión estaban tapadas y no era capaz de adivinar las horas que había durado el vuelo. Anduvimos unos cuantos metros por lo que deduje sería la pista de aterrizaje y entramos en un local cerrado pues el aire frío cesó. Oía voces pero no entendía lo que decían. Hablaban en un idioma que desconocía. Alguien me pidió que siguiera con los ojos vendados. Me subieron a un vehículo y me condujeron durante un buen rato hacia otro lugar. Por fin me permitieron quitarme la venda y puede observar dónde me encontraba.

No me costó acostumbrarme a la luz, ya que el día estaba algo nublado. Lo primero que hice fue mirar a mi alrededor para intentar situarme, pero mi desorientación no desapareció. El entorno que me rodeaba era un espacio natural pero falto de vegetación. También me llamó la atención la ausencia de edificaciones, al menos tal y como nosotros las conocemos. Se distinguía un trazado irregular de caminos de tierra que bordeaban unos montículos, algo así como unas pequeñas colinas, totalmente cubiertas de hierba de un verde intenso. Se olía a humedad y en los caminos había algunos charcos, lo que me hizo pensar que había llovido hacía poco. No se divisaban ni coches ni otro tipo de vehículos, ni tampoco mobiliario urbano. El Jeep que me había llevado hasta allí se alejó con discreción y me quedé sólo, sin saber qué hacer.

Miré mi reloj y había vuelto a funcionar; ¡eran las 13:05! De uno de los montículos apareció una persona que vestía una túnica gris que le cubría de la cabeza a los pies por lo que no podía distinguir si se trataba de un hombre o una mujer. Se acercó a mí y me habló, pero sólo pude entender una palabra. El idioma en el que me hablaba era desconocido, semejante a las voces que había escuchado en el lugar del aterrizaje. Tampoco por la voz fui capaz de distinguir el sexo de mi anfitrión.

Me señaló con una mano uno de los montículos de tierra, en el que había una pequeña puerta. Interpreté que me invitaba a pasar y así lo hice. El interior de aquel túmulo era espectacular. Con una altura máxima en el punto central de unos siete metros, estaba compartimentado en diferentes niveles, a modo de pisos, separados con listones de madera y unidos entre sí mediante escaleras. Cada uno de los pisos estaba acondicionado para un determinado uso: dormitorio, almacén, cocina. La luz entraba sólo por un orificio situado en la parte superior y por la puerta de acceso. Por un momento sentí que retrocedía a mi infancia, a aquellos libros de cuentos que me explicaban historias de enanitos y de gnomos que vivían en el bosque, en sus casitas hechas en enormes setas o dentro de los troncos de los árboles secos.

En un rincón de lo que parecía ser el comedor, había otra persona igualmente vestida con la túnica gris. Se acercó a mí y volvió a hablarme en el mismo idioma. De nuevo entendí aquella palabra: DROGHEDA. ¿Qué significaba?

Monólogo "Viuda"

Cariño, perdonarás que no te haga más compañía, pero cada vez que entro en esta habitación siento náuseas. Ya sabes que no soporto el olor a incienso. Le he dicho a tu madre cien veces que lo apague, pero ya la conoces, es terca como una mula y siempre va a la suya.

Acabo de despedir a Antonio, el médico que tenía la consulta en el ático ¿te acuerdas de él? Bueno, ahora tampoco importa mucho. Por cierto, que esta noche tampoco me podré quedar. Luisa está algo malita ¿sabes? No sé muy bien qué le pasa, mamá me ha dicho que le duele el estómago. Pobrecita, ella sí que está sufriendo. Seguro que no te importa que no me quede ¿verdad? Así también aprovecharé para cambiarme de ropa. Tu madre me ha llamado la atención por mi vestido azul cielo y mi pañuelo floreado. Y lo que yo le he dicho, que no me puse luto ni cuando enterramos a mi padre.

No te puedes imaginar la cantidad de gente que ha venido a darte su último adiós. No te he dicho que esta mañana estuvo aquí Don Gonzalo y tu empresa ha enviado un cojín de flores muy bonito, por cierto.

Ay cariño, sólo Dios sabe cuánto te he llegado a querer y de lo que fui capaz de hacer por ti. Por ti y por Luisa, nuestra querida hija. Y, ahora, cuando estaba a punto de confesártelo todo, te vas, así, sin más, sin ni siquiera avisar. Pero yo no puedo callar por más tiempo, debo decírtelo, aunque sé que te resultará doloroso.

Estabas tan orgulloso con tu ascenso, que no te paraste a pensar cómo te lo habían podido conceder, después de haber cometido el desfalco. Sí, cariño, sabíamos lo del desfalco. Lo sabía el director del Banco y lo sabía yo. Don Gonzalo me llamó una tarde a casa y me dijo que debía decirme algo sobre ti de vital importancia. Me quedé intrigada, la verdad y nos citamos esa misma tarde en una cafetería de las afueras. Me lo explicó todo, cariño. Te habían descubierto y tenían intención de despedirte y denunciarte. Yo le rogué que no lo hiciera, que devolveríamos el dinero, pero cuando me dijo de qué cantidad se trataba, creí morirme. ¿Cómo pudiste hacer algo así? Éramos felices con lo que teníamos, no necesitábamos nada más. Don Gonzalo ha sido siempre muy mujeriego ya lo sabes, y yo le gustaba. Tú bromeabas al respecto y yo te seguía la corriente, diciéndote que tampoco estaba nada mal para su edad, pero lo que no te podías imaginar es que durante estos dos años, he estado pagando tu deuda complaciendo los deseos de Don Gonzalo. Lo nuestro fue un trato, una transacción económica. Durante dos años sería su amante y luego tu deuda quedaría zanjada. Pero ya sabes lo que dicen, que el roce hace el cariño y lo que comenzó siendo una dolorosa obligación, pues se convirtió en un momento deseado y sí, para qué te voy a engañar, que me he acabado enamorando de él.

Y te lo pensaba decir, de verdad, pero el destino ha querido que no vivieras para saberlo. Mira, mejor, te has ido feliz, ignorando la verdad y ahora tu tumba guardará mi secreto.

Relato fantástico

El olor a humedad era intenso. Todo lo que tocaban estaba mojado. Hasta los escasos alimentos que conseguían ingerir tenían aquel inequívoco y desagradable sabor a moho. Todo lo que la vista podía alcanzar a través de las pequeñas ventanas de la cuarta planta, era agua, agua que les acompañaba desde hacía semanas. Lo único positivo era que ya no escuchaban el repiqueteo insistente de la lluvia sobre la precaria uralita del tejado. Por fin había dejado de llover.

Las primeras plantas estaban inundadas. Habían podido salvar parte de las provisiones pero la casi totalidad de las mantas y los colchones que se guardaban en el sótano, se habían perdido. Y los que habían podido salvar estaban tan húmedos que se hacía imposible conciliar el sueño sobre ellos.

Estaban preocupados por Gregor. Les había dicho que volvería en menos de 24 horas y ya habían pasado cerca de tres días. La inquietud inicial de la partida, se había transformado en temor, al ver que no regresaba.

Había estado más de tres semanas lloviendo casi sin interrupción. Al principio pensaron que sería otro episodio de unos días, como era costumbre, pero pronto se dieron cuenta que aquello era diferente, que iba para largo. Al principio fue una lluvia torrencial que inundó rápidamente y casi por sorpresa el sótano. Luego le siguieron la primera planta y poco después la segunda. Aquel edificio abandonado, que les había parecido tan seguro cuando unos meses atrás habían decidido instalarse, se había convertido también en su prisión, pues no había forma de salir de él. Sólo Gregor se había atrevido. Se trataba de un edificio centenario, típico de finales del siglo XX. Un pequeño centro comercial de la época, en el que tanto se podía ir al cine, como aprovisionarse en el supermercado o comprar ropa y otros enseres en sus diferentes plantas. Cuando ellos llegaron, hacía años que había sido arrasado; nada quedaba en sus estanterías, pero al menos tenían un techo bajo el que cobijarse.

África miró una vez más su localizador personal. Apenas emitía señal. La batería se recargaba con luz solar y ya ni se acordaba de la última vez que vio lucir el sol. Una consecuencia más del Caos. Si dejaba de funcionar definitivamente, perdería todo contacto con Gregor. Eso la puso aún más nerviosa. Instintivamente posó su mano sobre su vientre hinchado y lo acarició con ternura. Ya estaba de cinco meses.

Su grupo lo formaban veintinueve personas, casi todos mujeres y ancianos. Los niños fueron los primeros que enfermaron después del Caos y la gran mayoría murió. Los que sobrevivieron quedaron con graves secuelas físicas. Los que nacieron después, no sobrevivían al primer año de vida. Nadie había podido averiguar el motivo que provocaba sus muertes, pero lo cierto era que la población se envejecía y cada vez menos mujeres jóvenes se quedaban embarazadas.

En uno de los refugios en los que Gregor había estado de pequeño, durante la larga calma del segundo lustro, había escuchado a unos extranjeros hablar de un lugar en el mundo en el que el Caos no había existido. En aquel lugar lucía el sol y los ríos llevaban un caudal abundante que se nutría del agua del deshielo de las nevadas montañas. Las cosechas se sucedían según la temporada y los ganados pastaban libremente. No había escasez de alimentos y, lo más sorprendente, las mujeres daban a luz a niños sanos. Pero Gregor era muy pequeño cuando oyó ese relato y no recordaba el nombre de aquel lugar maravilloso. No fue hasta unos años más tarde que lo recordó. Fue cuando la conoció; su nombre era el mismo que aquellos hombres habían mencionado. Desde ese momento, encontrar aquel lugar se convirtió en una obsesión para él. Pero cuando se enteró que su mujer estaba embarazada, supo que su hijo sólo tendría una esperanza si conseguía llegar hasta África.

domingo, 13 de julio de 2008

Relato libre

Aquella fría mañana de otoño Beatriz se despertó inquieta. Había estado toda la noche soñando y, aunque no recordaba lo soñando, le había dejado una sensación de angustia. No había descansado lo suficiente y eso la molestaba de sobremanera. Llevaba unos meses que no dormía bien, debía ser cosa de la edad. Dicen que un síntoma de la menopausia es el insomnio. Y Beatriz ya tenía 53 años.

Le costó despegarse de las sábanas pero aun con los ojos medio cerrados, logró llegar al baño. Una ducha la devolvería al mundo de los vivos.

Cuando bajó a la cocina y abrió la puerta del jardín para recoger La Vanguardia, comprobó que estaba lloviendo. Era el día perfecto para levantar el ánimo. Y para colmo, tenía dos exámenes en la Facultad.

Mientras desayunaba los mismos cereales con leche de cada mañana, comenzó a ojear el periódico. Siempre se detenía en las páginas de necrológicas. Le gustaba leer las esquelas funerarias. Y fue entonces cuando le pareció ver un nombre conocido. Tuvo que leer dos veces aquella esquela pues no daba crédito a sus ojos:

“LILIANA MARLETTA BUZZOLONE, había fallecido a la edad de 57 años”

A Beatriz se le escaparon unas lágrimas mientras leía la esquela de Liliana.

Rápidamente se vistió y se fue para la Universidad. En su despacho tenía las fichas de sus alumnos y quería ponerse en contacto con la familia de Liliana. La había conocido al inicio del curso, pero no fue hasta aquella tarde, hacía unos meses, en que se presentó en su despacho para decirle que dejaba las clases, que no supo su verdadera historia.

Liliana, italiana de nacimiento, había llegado a Barcelona junto a sus padres y un hermano menor cuando apenas tenía nueve años, a finales de los años 50. El viaje desde Génova, en barco, fue largo y pesado. Al principio le costó adaptarse, echaba de menos sus amigas, su casa, su escuela. Durante muchos meses después de su llegada, aún pedía a sus padres que la llevaran al puerto, para coger un barco de vuelta a casa. Pero con el paso del tiempo fue aceptando su nueva vida. Se casó joven con Jacobo, un joven emprendedor del que se enamoró perdidamente. Fruto de ese matrimonio nació al año su hija Rebeca. Su matrimonio duraba ya más de 25 años. No era una mujer especialmente hermosa, a pesar de esa piel de porcelana que tanto llamaba la atención, muy a su pesar, pero sabía sacar partido a su cuerpo delgado y proporcionado y a su melena negra. Solía vestir discreta y gustaba de permanecer siempre en un segundo plano. Su existencia durante todos esos años había transcurrido tranquila, desapercibida, sin preocupaciones, hasta el verano anterior. Pero ya no podía aguantar más su tristeza y no se sentía con fuerzas de continuar. Prefería dejar la universidad.

A Beatriz le conmovió la historia de aquella mujer. Después de esa tarde, hubo más tardes en las que Liliana le confió sus miedos y sus tristezas. Y la alumna se convirtió en amiga. La convenció para que continuara estudiando, algo por lo que tanto se había ilusionado.

Cuando llegó a su despacho, buscó en su ordenador el curso de Liliana. Marcó el teléfono de su casa y le respondió una voz masculina, que resultó ser la de Jacobo, su marido. Beatriz quiso saber qué había sucedido. Y aquel hombre, con voz temblorosa y triste, le explicó la desgracia. Liliana estaba limpiando un farolillo de la terraza, subida a una escalera colocada peligrosamente cerca de la baranda. Suponían que la escalera debió ceder y ella perdería el equilibrio, con tal mala fortuna que se precipitó al vacío. Una caída desde seis pisos, fue mortal.

Sentí un escalofrío en mi interior y no pude evitar pensar que aquella caída podía no haber sido accidental. Liliana todavía no había podido aceptar la trágica muerte de su hija hacía unos meses y se había sumido en una depresión de la que intentaba salir. Pero tal vez el recuerdo de su hija desaparecida fuera más fuerte que las ganas de seguir viviendo.

Diáologo a cuatro voces

Seguía lloviendo y la niebla continuaba con sus idas y venidas. Aurora estaba algo intranquila porque cada vez quedaban menos horas de luz y no estaba segura de ir por el camino correcto. Desde que el grupo se disgregara hacía ya más de una hora, había intentado volver a encontrar a sus compañeros, pero sin éxito, por lo que decidió buscar soluciones de emergencia para ella y para sus tres amigos. La situación era complicada porque si seguían adelante en busca del refugio y el camino escogido resultaba ser erróneo, la noche se les echaría encima y pasarla al raso, mojados, y con la temperatura descendiendo a medida que atardecía, resultaba peligroso. Pero dar media vuelta y deshacer lo andado tampoco era sinónimo de tranquilidad, porque el camino estaba resbaladizo, cada vez se veía menos y la niebla podía desorientarlos.

Fernando estaba algo recuperado de su desfallecimiento, al menos ya no se mareaba. Se había encontrado mal poco después de comenzar la ascensión y había tenido que detenerse para recuperar fuerzas. Aurora, Carlos y Julia se habían quedado con él. Fue entonces cuando se separaron del resto del grupo y ya no volvieron a encontrarse.

- Deberías beber algo dulce –dijo Aurora a Fernando ofreciéndole un zumo- la glucosa te irá bien.

- No sé –respondió Fernando- me da miedo que vuelva a vomitar.

- Tal vez has tenido un corte de digestión –comentó Julia- a mí me pasó una vez y me sentí fatal, mareos, vómitos, algo así como tú.

- No sé si ha sido un corte de digestión o simplemente una bajada de tensión, pero por un momento creí que perdía el conocimiento.

Se habían resguardado en un pequeño saliente de roca que les protegía de la lluvia. Carlos aprovechó el momento para sacar el mapa e intentar ubicarse.

- El refugio debe estar siguiendo este camino, el que va paralelo al río –comentó.

- Yo creo que sí –prosiguió Aurora-. Lo que no entiendo es cómo no nos hemos vuelto a encontrar con el resto del grupo.

- Porque tal vez no vamos por el buen camino –interrumpió Julia-. Recuerda Aurora que la última vez que les oímos estaban mucho más arriba que nosotros.

- Ya lo sé, pero el refugio está al final del camino, y el camino correcto es el que va paralelo al río. ¿Tú que opinas, Carlos?

- Estoy de acuerdo contigo, Aurora, pero ahora lo que más me preocupa es que se está haciendo de noche y calculo que quedarán unas dos horas de camino. No llegamos con la luz del día.

Fernando se había acabado el zumo y se sentía recuperado. La lluvia había cesado aunque la niebla continuaba con su vaivén. Eran las cinco de la tarde, y sí, no les quedaba mucho tiempo de luz.

-Propongo que nos volvamos –pronunció Carlos, con voz seria y cargada de decisión-. Es lo más sensato.

- Yo no estoy en condiciones de pasar la noche al raso –intervino Fernando-. Tal vez sea más seguro regresar hacia lo conocido que dirigirnos hacia un destino incierto.

- No sé, si regresamos también se nos hará de noche y luego tenemos los 10 kilómetros de pista…

- Pero ese camino ya lo conocemos Julia –interrumpió Aurora-.

Aurora miró su móvil una vez más y comprobó que seguía sin tener cobertura.

- Bueno, ¿qué hacemos? –preguntó nerviosa, dirigiéndose a sus compañeros-. Sea lo que sea nos tenemos que decidir ya.

En ese momento oyeron voces procedentes del camino y pensaron que serían sus compañeros. Pero se trataba de otro grupo de excursionistas que regresaban una vez concluida la actividad.

- ¿Venís del refugio? –preguntó inmediatamente Aurora.

- Si –respondió uno de los chicos.

- ¿Os habéis encontrado con un grupo de siete personas? –siguió interrogando Aurora.

- No –contestó el mismo chico.

- Porque éste es el sendero que lleva al refugio, ¿no? –insistió Carlos.

- Sí, pero no hemos visto a nadie –dijo una de las chicas del otro grupo.

Era obvio que si ellos iban por el camino correcto, sus compañeros eran los que estaban perdidos. O tal vez habían decidido dar media vuelta y volver al pueblo.

Ahora la decisión era clara. Ellos también regresaban.

Personajes

Elisa entró ligera, marcando con sus tacones el ritmo de cada paso. Sabía que haciéndolo llamaba la atención, pero eso era precisamente lo que buscaba. No en vano se había pasado casi una hora delante del espejo, maquillándose y arreglándose el cabello. Era el ritual diario y rutinario, del que ya no podía desprenderse. A su paso iba dejando un rastro inequívoco de perfume caro, que contribuía aún más a que su presencia no pasara inadvertida.

Saludó a Pierre y le pidió un Martini (Pierre ya sabía que lo quería Blanco) y se dirigió hacia la mesa de la palmera, en el rincón más glamoroso del local. Antes de sentarse, se miró de reojo en el espejo de enfrente y comprobó que su entallado traje de chaqueta le quedaba impecable.

En su reloj de marca faltaban cinco minutos para las dos, la hora en que había quedado con Aitor. "Justo a tiempo", pensó.

En el otro extremo de la ciudad, Aitor conducía su SEAT Ibiza a toda velocidad, saltándose los semáforos en rojo. Sabía que si llegaba tarde, Elisa se pondría hecha una furia, y no quería comenzar la reunión con malas caras. Pero lo tenía difícil, había salido tarde del despacho y había tenido que volver al darse cuenta de que se había olvidado la cartera. Después de comer con Elisa debía visitar un cliente y presentarle unos documentos que precisamente guardaba en su cartera.

Le había dado mil vueltas al motivo por el que su ex le había citado. Cuando le llamó, unos días atrás, fue muy escueta. Simplemente quería hablar con él para proponerle algo. Él no se atrevió a preguntarle nada más, siempre había ejercido ese poder sobre él: Sus deseos eran órdenes. Nunca se discutían.

Por fin llegó a Chez la Galette. Odiaba ese lugar, imitación de un “bistrot” francés, con esa apariencia decadente que tanto agradaba a su ex. Tuvo suerte y pudo estacionar el vehículo a pocos metros de la entrada. Antes de descender del coche se miró en el espejo retrovisor. Pensó que debía haberse afeitado pero esa mañana se había dormido y había salido de casa disparado. Se fijó en su corbata, creía que no le combinaba con el traje; nunca había sido muy diestro en esos menesteres y, para colmo, advirtió una pequeña mancha en una de las solapas de la americana.

Cuando entró en el restaurante un cierto nerviosismo se apoderó de él. No había vuelto a ver a Elisa desde aquel 15 de noviembre de hacía cuatro años, cuando cerró por última vez, la puerta de la casa que había compartido con su pareja durante más de siete años. La separación había sido dolorosa. Él quería tener hijos y ella no pensaba renunciar a su carrera profesional por la maternidad. No consiguieron llegar a un acuerdo y la ruptura fue inevitable.

Aitor buscó con la mirada el rincón de la palmera y allí la descubrió, altiva y elegante como siempre, y hermosa, incluso más que hacía cuatro años. Su nerviosismo aumentó.

Cuando Aitor la saludó, Elisa se levantó y le dio un beso en la mejilla. Se aproximó Pierre y les entregó las cartas para que escogieran el menú, lo que aprovechó Aitor para pedir una cerveza. Se disculpó ante Elisa por haber llegado tarde y ella le respondió que no se preocupara. Hubo un momento de silencio, la tensión era evidente y Aitor estaba expectante ante lo que Elisa debía decirle.

-Aitor –dijo al fin sin más preámbulos- te he llamado para pedirte un favor, algo muy importante para mí. Tengo 38 años y he decidido que quiero ser madre y que quiero afrontar mi maternidad sola. Pero no deseo que el padre de mi hijo sea un desconocido, por eso quería pedirte si tú estarías dispuesto a ser mi donante de semen.