El tirador llevaba muchas horas al acecho. Tumbado boca abajo, con las piernas entreabiertas, sus manos sujetaban con fuerza un rifle de precisión con mira telescópica. El cañón del arma apoyado sobre un pequeño trípode. La cabeza levantada lo justo para encajar su ojo derecho en la lente de la mirilla. Su respiración era pausada, los latidos de su corazón bajos. Ningún movimiento que pudiera hacer oscilar la capa que le cubría toda la espalda. El equipo de camuflaje le convertía en invisible a cualquiera que mirase en su dirección.
El sol ya estaba alto en el cielo y el calor comenzaba a apretar. Soplaba una leve brisa que apenas aliviaba la temperatura. No había sombra alguna que proporcionara un cierto frescor. El lugar en el que se hallaba era un pedregal de tierra color ocre. Había llegado hasta allí amparado por la noche y aprovechando la oscuridad había cavado un agujero lo suficientemente profundo para poder esconder su cuerpo, cubrirlo con su capa y diluirse en el paisaje.
El tirador se encontraba en aquel lugar y en aquel momento porque tenía que matar a alguien. Pero ese alguien era completamente desconocido para él. Carecía de cualquier información que le permitiera identificarlo. El Mando Central le había informado de que se trataba de otro tirador como él. Alguien entrenado para matar sin ser descubierto. Esta vez se trataba de cazar sin ser cazado lo que añadía un plus de emoción a la misión. Notó como la excitación recorría todo su cuerpo. Los músculos en tensión, los sentidos alerta.
El lugar tampoco había sido elegido al azar. A poco más de un kilómetro de su posición había una pequeña aldea. Según los servicios de inteligencia era muy probable que el francotirador estuviera allí o de que en algún momento pudiera aparecer por la zona. De aquí en adelante ya quedaba en sus manos y en su experiencia, identificarle y eliminarle. Hasta podía equivocarse. Nadie le pediría ninguna explicación ni exigiría responsabilidad alguna
Se trataba de una aldea igual a tantas otras que había visto en diferentes ocasiones, en distintos lugares. Siempre era lo mismo. Casas pobres de paredes desconchadas con tejados de paja. Estancias oscuras y miserables apenas iluminadas por estrechas ventanas. Calles sucias y polvorientas en las que grupos de niños jugaban ajenos a la miseria que les rodeaba. Mujeres sentadas a las puertas de sus casas absortas en sus labores. Unos ancianos dormitando sobre un viejo banco de madera a la sombra de un retorcido olivo.
Este era el escenario que el tirador podía observar detenidamente a través de la lente de su arma. Veía perfectamente las caras de todas y cada una de las personas que estaban a la vista, y hasta podía leerles los labios a cualquiera de ellos, aunque no le sirviera de nada pues no entendía su idioma. Mientras observaba cualquier indicio que le permitiera localizar a su presa se fijó en las mujeres. Alguna de ellas dejaba adivinar sus formas a través de sus amplios vestidos. Eran jóvenes. La miseria y las penalidades no habían mermado aún su cuerpo. Una de ellas llamó poderosamente su atención. Era una muchacha realmente hermosa, aparentaba tener menos de 18 años. El pañuelo tradicional que llevaba puesto sobre la cabeza le hacía parecer mayor. Estaba sentada a la puerta de una de las casas con la espalda apoyada en la pared. Sus manos de dedos largos y finos se movían con agilidad desgranando unas vainas que parecían judías. Tenía la cabeza tirada hacia atrás, los ojos cerrados y en su rostro tranquilo de líneas perfectas se reflejaba el sol de aquella mañana.
El tirador se había quedado extasiado por lo que estaba viendo. De pronto de algún rincón oscuro de su mente, afloraron recuerdos del pasado. Era otra guerra, de otro país, de otras personas viviendo también en lugares asolados por la destrucción. Era una ciudad. Una ciudad pequeña con sus calles y plazas por las que la gente solía pasear tranquilamente disfrutando de sus momentos de ocio, hasta que el horror se instaló entre ellos. A continuación fue llegando gente, que como él, empezó a dispararles desde ventanas y terrazas.
Recordó aquella tarde de invierno. Hacía mucho frío en la calle pero él estaba instalado confortablemente en una habitación donde tenía todas las comodidades. Comida, bebida, alcohol, mujeres, y drogas.. todo lo que quisiera. Estaba sentado en una butaca frente la ventana, donde se pasaba las horas mirando a la calle con sus binoculares. El fusil lo sostenía entre las piernas para tenerlo a mano en caso de tener que utilizarlo. Desde aquella posición dominaba la calle principal de la ciudad. Era una avenida amplia y arbolada en ambos lados por la que siempre pasaba gente en algún momento del día. Pese a las muchas protecciones que habían colocado, siempre había una oportunidad para los especialistas como él. Siempre habría una victima para cumplir su cupo diario. Fue cuando empezaba a anochecer que las vio. Eran dos chicas jóvenes enfundadas en sus abrigos, con su pañuelo en la cabeza que les cubría el cabello y el cuello. Miraban asustadas en todas direcciones, querían pasar. Se acordaba aún de sus caras. Las pudo ver bien. Sabía que de un momento a otro iban a cruzar. Solo podría acertarle a una de ellas. Tenía la vida de aquellas dos muchachas en sus manos y fue él quien eligió quien de las dos iba a vivir y quien a morir. Era lo que mas le gustaba de su trabajo. Jugar a ser Dios. Las estuvo observando mientras se asomaban. Veía como sus ojos muy abiertos, intentaban abarcar todas las direcciones para adivinar de qué lado podía llegarles la muerte. Al final tras unos minutos de indecisión empezaron a correr. Sólo una de ellas llegó al otro lado. Tras el disparo volvió a coger los binoculares y estuvo un rato contemplando la agonía de la muchacha. No sentía absolutamente nada, solo curiosidad. Le había disparado a la que le pareció más bella de las dos. Quería comprobar si el rictus de la muerte podía llegar a alterar su hermosura. Habían pasado muchos años, y nunca mas había pensado en ello hasta aquel momento..
Absorto en estos recuerdos había dejado por unos instantes de buscar su objetivo. Cuando volvió a centrarse y a mirar por el visor, se dio cuenta de que la muchacha que tanto le había llamado la atención ya no estaba. Había desaparecido de su vista. Sorprendido movió el arma barriendo toda la zona en un acto instintivo por localizarla Fue al volver a mirar en la dirección de la casa, donde la había visto al principio, que se dio cuenta de su error. Allí en una de las ventanas vio un leve reflejo. Fue apenas un instante. La bala que le penetró por su ojo derecho tras destrozarle la lente, se incrusto en su cerebro, cortando en seco sus pensamientos.
La tiradora depositó el arma en el suelo del interior de la casa. No era necesario confirmar si había dado en el blanco. Estaba absolutamente segura de que si. Jamás fallaba. Se volvió a colocar el pañuelo en la cabeza, se recogió con cuidado el cabello que le asomaba aún. Se arreglo la falda y salió al exterior. Nadie parecía haberse dado cuenta de nada, y si lo habían hecho seguían con su vida sin inmutarse. Volvió a sentarse en el suelo y a apoyarse en la pared. El destello había desaparecido allí a lo lejos. Reclinó su cabeza contra el muro y medio cerró los ojos dejando que los rayos del sol volvíeran a acariciar su rostro.
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viernes, 6 de marzo de 2009
viernes, 21 de noviembre de 2008
HAY QUE SABER DECIR QUE NO
La mañana amaneció tranquila para el inspector Juan Casado, o esa era la impresión que tenía. No había recibido ninguna llamada a medianoche, lo cual era bueno. Ningún caso urgente le esperaba sobre su mesa de trabajo. Hacía un día soleado, se sentía relajado y de buen humor. Se le ocurrió que estaría bien acercarse hasta la casa de su exmujer, aún era temprano y no habría marchado al trabajo, recogería a su hijo y le acompañaría al colegio, algo que pocas veces podía hacer. Con estos buenos propósitos se dirigía hacia el aparcamiento a recoger su coche cuando le sobresaltó el sonido de su teléfono. Arrugó la nariz y esperó lo peor. Se llevó el aparato al oído y escucho la voz de Daniel, su compañero de trabajo, que en tono impaciente le preguntaba
– ¿Por dónde andas?, tenemos un 180 y es urgente
- Había pensado en llevar mi hijo al colegio antes de pasar por comisaría -, comentó sin esperanza de que aquello fuera ya posible.
- Lo lamento amigo mio, parece un asunto grave, te envío la dirección al GPS de tu coche, allá nos vemos.
Se cortó la comunicación, cerró su teléfono y lo colocó en el bolsillo. Bien, otro día será se dijo a si mismo, mientras se apresuraba.
Llegó a la dirección indicada en menos de diez minutos, había muy poco tráfico a aquella hora de la mañana. Le extrañó no ver ningún coche de policía aparcado ante la puerta de la finca. Se trataba de un edificio viejo y descuidado que daba la impresión de estar abandonado. Las ventanas de los pisos estaban cerradas y por los excrementos de paloma acumulados, debía hacer mucho tiempo que nadie las abría. Aparcó en frente mismo de la puerta, bajó del coche y se dispuso a esperar la llegada de alguien más. No había pasado ni un minuto cuando oyó un estrépito que parecía venir del primer piso. Dudó por un momento que hacer. Empujo la puerta de la finca, que estaba abierta, y entró en el vestíbulo. A simple vista, se veía que el ascensor no funcionaba, el cuadro de mandos estaba colgando completamente destrozado. Se acercó hasta la escalera mirando hacia arriba por el hueco. Entonces fue cuando sonó un grito y ruido de pasos que provenía de la planta superior. Se puso en guardia, desenfundó su pistola y subió los escalones de dos en dos hasta llegar al primer rellano. Observó que la puerta de uno de los apartamentos estaba abierta, había sido destrozada. Sujeto con fuerza la pistola y se encaminó hacia el umbral mientras gritaba: - ¡Es la policía, quien hay aquí! nadie respondió. El interior se hallaba a oscuras, por un instante dudo de entrar. Buscó con la mano un interruptor en la pared y entonces fue cuando noto como alguien o algo le golpeaba y le hacía caer con fuerza contra una superficie blanda. Mientras braceaba intentando mantener el equilibrio escuchó un estampido breve y seco y a continuación perdió por completo el conocimiento.
Despertó sintiéndose confuso y desorientado. Estaba tumbado sobre una butaca sucia y destartalada, notaba como los muelles de la misma sobresalían por la tela y se le clavaban en la espalda. Le costaba moverse y pensar, su mente estaba envuelta en una densa niebla de la que parecía no poder escapar. Se encontraba en una habitación pequeña y mal iluminada. Una bombilla manchada de pintura que colgaba del techo era toda la luz que tenía, suficiente para darse cuenta de que no estaba solo. Allí en el suelo apenas a dos metros de donde se encontraba había el cuerpo de un hombre. Yacía inerte boca abajo, sobre un charco de sangre que le sobresalía del pecho y se extendía hasta casi llegarle a las rodillas, no había ninguna duda de que estaba muerto. Iba vestido con una sudadera de color azul marino y unos pantalones de lona negra. Calzaba zapatillas deportivas, una de las cuales estaba medio salida de su pie. Una capucha le cubría la cabeza y su mejilla izquierda estaba apoyada sobre una de sus manos. Daba la impresión como si en el momento final hubiera querido acomodarse antes de morir. “Dios, cuanta sangre puede haber en un cuerpo humano” atinó a murmurar al tiempo que tambaleándose se levantó del sillón y se puso en pie. Al incorporarse notó que un objeto pesado caía junto a sus pies. Miró hacia la sucia moqueta verde que cubría el suelo de toda la estancia y se percató de que era una pistola, la reconoció en el acto, pues era la suya. Se agachó y tras coger el arma y ponerla ante sus ojos su mente pareció despertar del letargo y en una fracción de segundo recordar todo lo ocurrido.
Mientras la consciencia se abría paso en su mente, se percató de lo delicado de su situación. Estaba allí solo en una lúgubre habitación de una finca abandonada. Había el cadáver de un desconocido allí frente a él. El arma que parecía haberle matado era la suya, aún con el cañón caliente, pero no recordaba haberla disparado. Su cerebro comenzó a pensar con rapidez, era raro que no hubiese llegado aún la policía, no era normal. Inmerso estaba en estos pensamientos cuando sonó el teléfono desde algún bolsillo de su chaqueta y le hizo dar un respingo pues sonaba muy fuerte en medio de aquel profundo silencio. Sin moverse ni un solo centímetro de donde se encontraba tomó el móvil, vio en la pantalla que la llamada era de Daniel. Respondió sin saber muy bien que decir, pero no le dejaron pasar de un
– Dime - antes de que desde el otro lado le espetaran
- Juan, ¿se puede saber dónde te has metido?… estamos ya todos aquí. - -- ¿Dónde? respondió él sorprendido.
- Donde va a ser… aquí en la calle Prim, si esta a cinco minutos de tu casa.
Se quedo sin saber que decir solo se le ocurrió
– Dame unos minutos y te cuento, y a continuación colgó.
Donde demonios estaba, que era aquel lugar, se repetía mientras salía del apartamento y bajaba por la escalera hasta la calle. Miró en una y otra dirección, no se veía a nadie. Abrió la puerta de su coche y se agacho para mirar la pantalla de su GPS. Allí en gruesas letras de color verde leyó la dirección que le había enviado Daniel. Era cierto estaba apenas a cinco minutos de su casa. Como había llegado pues hasta aquel lugar. Encendió un cigarrillo mientras intentaba calmarse y pensar.
Juan Casado era persona de carácter tranquilo poseía una mente fría y analítica que hasta la fecha le había sido muy útil para desempeñar su trabajo. En tantos años de servicio las había visto de todos los colores y siempre había sabido que hacer. Sus compañeros le apreciaban y se había ganado un merecido prestigio y autoridad moral dentro del departamento de policía. Todas estas virtudes profesionales no le habían sido muy útiles en su vida familiar. Dos divorcios en quince años daban el perfil de alguien que no sabía compaginar su trabajo con el matrimonio. Pero, eso si, había tenido un hijo con su segunda esposa al que adoraba. Un niño que ahora tenía 8 años y a quien intentaba ver siempre que podía y su trabajo se lo permitía. Su exmujer nunca le había puesto problema alguno, su relación seguía siendo amistosa, en el fondo se seguían queriendo, pero ambos eran conscientes de la imposibilidad de llevar una vida familiar normal. Ahora de pie en aquella solitaria y desconocida calle pensó en su hijo. No sabía explicar porque pero la imagen del niño le vino a la mente con fuerza y una claridad deslumbrante.
Volvió a centrarse en la citación, tomo el teléfono y marco el número de su compañero. No ocurrió nada, era como si no hubiera cobertura. Miró a su alrededor, estaba solo en la acera, no parecía que hubiese un alma. Probó de llamar alguna de las puertas de las fincas colindantes, pero o no había nadie o es que nadie quería abrirle. Al final tomó una decisión. Tenía que salir de allí, buscar a sus colegas, contarles todo lo que había ocurrido y regresar de nuevo con un equipo con el que poder procesar los hechos y averiguar que es lo que había sucedido. Se subió a su coche, arrancó y enfiló la calzada hasta el primer cruce. Giro a la derecha y tomo la primera calle en dirección hacía lo que parecía una avenida principal. Durante unos minutos condujo por calles desiertas y ruinosas, que no recordaba haber visto jamás. Donde estaba..., de pronto se sorprendió parado en el mismo lugar del que había salido hacia escasos minutos. Soltó una maldición y volvió a consultar el GPS.. - maldito trasto.... te estas burlando de mi- Desconecto el instrumento y volvió a darle al contacto, esta vez iba a guiarse por su sentido de orientación. Tomo otra vez la calle en sentido contrario y al llegar a un cruce esta vez giró a la izquierda, continuó en línea recta durante un par de calles y volvió a girar a la izquierda. Miraba fijamente por si podía ver algo que significase una salida de aquel siniestro lugar. Tomo por una avenida que le pareció no haber visto hasta entonces pero solo entrar en ella se quedo helado, ante su mirada desesperada aparecía otra vez aquel portal oscuro y destartalado del cual parecía no poderse alejar.
Permaneció sentado allí dentro del coche, sus manos sujetando con fuerza el volante, la mirada perdida en algún punto de aquel siniestro horizonte. Sus pensamientos volvieron a focalizarse en su hijo. Vio el día de su nacimiento, el momento en que lo tuvo en sus manos, sucio aún de la placenta de su madre, los ojos cerrados y la boca abierta esforzándose por llorar. Recordó como su carita se iluminaba con una sonrisa cuando le iba a buscar o se lo llevaba de paseo. - Dios.. que me está pasando -. Movió la cabeza con fuerza intentado disipar sus miedos. Una certeza se iba abriendo camino dentro suyo. Abrió la puerta y bajo del coche. Había tomado una decisión, la respuesta a todo aquello estaba allí arriba, en aquella habitación, aquel lugar del que parecía no poder separarse. Allí debía de regresar. Entro en el edificio y su silueta se fue difuminando en la oscuridad.
La prensa y la televisión de aquel jueves amaneció con la noticia de la muerte del inspector Juan Casado por causa de los disparos recibidos cuando iba a detener a unos delincuentes, uno de los cuales fue abatido en el mismo momento por el policía. Sus compañeros que llegaron poco después que él al lugar de lo hechos, le encontraron ya cadáver. Según explicaron a los periodistas, había quedado caído sobre un sillón tras recibir el impacto de una bala. A pocos metros suyos, tumbado en el suelo, el cadáver del delincuente yacía sobre un charco de sangre. El sargento Daniel Cabezas compañero y amigo del inspector explicó, aun profundamente consternado, que cuando llegaron a la dirección, vieron el coche de Casado y ni rastro suyo, les pareció extraño y por ello le llamó a su teléfono . No podía sacarse de la cabeza las últimas palabras que le oyó decir cuando seguramente agonizaba a pocos metros de ellos. – Dame unos minutos Daniel, y te cuento-
Juan Solsona
– ¿Por dónde andas?, tenemos un 180 y es urgente
- Había pensado en llevar mi hijo al colegio antes de pasar por comisaría -, comentó sin esperanza de que aquello fuera ya posible.
- Lo lamento amigo mio, parece un asunto grave, te envío la dirección al GPS de tu coche, allá nos vemos.
Se cortó la comunicación, cerró su teléfono y lo colocó en el bolsillo. Bien, otro día será se dijo a si mismo, mientras se apresuraba.
Llegó a la dirección indicada en menos de diez minutos, había muy poco tráfico a aquella hora de la mañana. Le extrañó no ver ningún coche de policía aparcado ante la puerta de la finca. Se trataba de un edificio viejo y descuidado que daba la impresión de estar abandonado. Las ventanas de los pisos estaban cerradas y por los excrementos de paloma acumulados, debía hacer mucho tiempo que nadie las abría. Aparcó en frente mismo de la puerta, bajó del coche y se dispuso a esperar la llegada de alguien más. No había pasado ni un minuto cuando oyó un estrépito que parecía venir del primer piso. Dudó por un momento que hacer. Empujo la puerta de la finca, que estaba abierta, y entró en el vestíbulo. A simple vista, se veía que el ascensor no funcionaba, el cuadro de mandos estaba colgando completamente destrozado. Se acercó hasta la escalera mirando hacia arriba por el hueco. Entonces fue cuando sonó un grito y ruido de pasos que provenía de la planta superior. Se puso en guardia, desenfundó su pistola y subió los escalones de dos en dos hasta llegar al primer rellano. Observó que la puerta de uno de los apartamentos estaba abierta, había sido destrozada. Sujeto con fuerza la pistola y se encaminó hacia el umbral mientras gritaba: - ¡Es la policía, quien hay aquí! nadie respondió. El interior se hallaba a oscuras, por un instante dudo de entrar. Buscó con la mano un interruptor en la pared y entonces fue cuando noto como alguien o algo le golpeaba y le hacía caer con fuerza contra una superficie blanda. Mientras braceaba intentando mantener el equilibrio escuchó un estampido breve y seco y a continuación perdió por completo el conocimiento.
Despertó sintiéndose confuso y desorientado. Estaba tumbado sobre una butaca sucia y destartalada, notaba como los muelles de la misma sobresalían por la tela y se le clavaban en la espalda. Le costaba moverse y pensar, su mente estaba envuelta en una densa niebla de la que parecía no poder escapar. Se encontraba en una habitación pequeña y mal iluminada. Una bombilla manchada de pintura que colgaba del techo era toda la luz que tenía, suficiente para darse cuenta de que no estaba solo. Allí en el suelo apenas a dos metros de donde se encontraba había el cuerpo de un hombre. Yacía inerte boca abajo, sobre un charco de sangre que le sobresalía del pecho y se extendía hasta casi llegarle a las rodillas, no había ninguna duda de que estaba muerto. Iba vestido con una sudadera de color azul marino y unos pantalones de lona negra. Calzaba zapatillas deportivas, una de las cuales estaba medio salida de su pie. Una capucha le cubría la cabeza y su mejilla izquierda estaba apoyada sobre una de sus manos. Daba la impresión como si en el momento final hubiera querido acomodarse antes de morir. “Dios, cuanta sangre puede haber en un cuerpo humano” atinó a murmurar al tiempo que tambaleándose se levantó del sillón y se puso en pie. Al incorporarse notó que un objeto pesado caía junto a sus pies. Miró hacia la sucia moqueta verde que cubría el suelo de toda la estancia y se percató de que era una pistola, la reconoció en el acto, pues era la suya. Se agachó y tras coger el arma y ponerla ante sus ojos su mente pareció despertar del letargo y en una fracción de segundo recordar todo lo ocurrido.
Mientras la consciencia se abría paso en su mente, se percató de lo delicado de su situación. Estaba allí solo en una lúgubre habitación de una finca abandonada. Había el cadáver de un desconocido allí frente a él. El arma que parecía haberle matado era la suya, aún con el cañón caliente, pero no recordaba haberla disparado. Su cerebro comenzó a pensar con rapidez, era raro que no hubiese llegado aún la policía, no era normal. Inmerso estaba en estos pensamientos cuando sonó el teléfono desde algún bolsillo de su chaqueta y le hizo dar un respingo pues sonaba muy fuerte en medio de aquel profundo silencio. Sin moverse ni un solo centímetro de donde se encontraba tomó el móvil, vio en la pantalla que la llamada era de Daniel. Respondió sin saber muy bien que decir, pero no le dejaron pasar de un
– Dime - antes de que desde el otro lado le espetaran
- Juan, ¿se puede saber dónde te has metido?… estamos ya todos aquí. - -- ¿Dónde? respondió él sorprendido.
- Donde va a ser… aquí en la calle Prim, si esta a cinco minutos de tu casa.
Se quedo sin saber que decir solo se le ocurrió
– Dame unos minutos y te cuento, y a continuación colgó.
Donde demonios estaba, que era aquel lugar, se repetía mientras salía del apartamento y bajaba por la escalera hasta la calle. Miró en una y otra dirección, no se veía a nadie. Abrió la puerta de su coche y se agacho para mirar la pantalla de su GPS. Allí en gruesas letras de color verde leyó la dirección que le había enviado Daniel. Era cierto estaba apenas a cinco minutos de su casa. Como había llegado pues hasta aquel lugar. Encendió un cigarrillo mientras intentaba calmarse y pensar.
Juan Casado era persona de carácter tranquilo poseía una mente fría y analítica que hasta la fecha le había sido muy útil para desempeñar su trabajo. En tantos años de servicio las había visto de todos los colores y siempre había sabido que hacer. Sus compañeros le apreciaban y se había ganado un merecido prestigio y autoridad moral dentro del departamento de policía. Todas estas virtudes profesionales no le habían sido muy útiles en su vida familiar. Dos divorcios en quince años daban el perfil de alguien que no sabía compaginar su trabajo con el matrimonio. Pero, eso si, había tenido un hijo con su segunda esposa al que adoraba. Un niño que ahora tenía 8 años y a quien intentaba ver siempre que podía y su trabajo se lo permitía. Su exmujer nunca le había puesto problema alguno, su relación seguía siendo amistosa, en el fondo se seguían queriendo, pero ambos eran conscientes de la imposibilidad de llevar una vida familiar normal. Ahora de pie en aquella solitaria y desconocida calle pensó en su hijo. No sabía explicar porque pero la imagen del niño le vino a la mente con fuerza y una claridad deslumbrante.
Volvió a centrarse en la citación, tomo el teléfono y marco el número de su compañero. No ocurrió nada, era como si no hubiera cobertura. Miró a su alrededor, estaba solo en la acera, no parecía que hubiese un alma. Probó de llamar alguna de las puertas de las fincas colindantes, pero o no había nadie o es que nadie quería abrirle. Al final tomó una decisión. Tenía que salir de allí, buscar a sus colegas, contarles todo lo que había ocurrido y regresar de nuevo con un equipo con el que poder procesar los hechos y averiguar que es lo que había sucedido. Se subió a su coche, arrancó y enfiló la calzada hasta el primer cruce. Giro a la derecha y tomo la primera calle en dirección hacía lo que parecía una avenida principal. Durante unos minutos condujo por calles desiertas y ruinosas, que no recordaba haber visto jamás. Donde estaba..., de pronto se sorprendió parado en el mismo lugar del que había salido hacia escasos minutos. Soltó una maldición y volvió a consultar el GPS.. - maldito trasto.... te estas burlando de mi- Desconecto el instrumento y volvió a darle al contacto, esta vez iba a guiarse por su sentido de orientación. Tomo otra vez la calle en sentido contrario y al llegar a un cruce esta vez giró a la izquierda, continuó en línea recta durante un par de calles y volvió a girar a la izquierda. Miraba fijamente por si podía ver algo que significase una salida de aquel siniestro lugar. Tomo por una avenida que le pareció no haber visto hasta entonces pero solo entrar en ella se quedo helado, ante su mirada desesperada aparecía otra vez aquel portal oscuro y destartalado del cual parecía no poderse alejar.
Permaneció sentado allí dentro del coche, sus manos sujetando con fuerza el volante, la mirada perdida en algún punto de aquel siniestro horizonte. Sus pensamientos volvieron a focalizarse en su hijo. Vio el día de su nacimiento, el momento en que lo tuvo en sus manos, sucio aún de la placenta de su madre, los ojos cerrados y la boca abierta esforzándose por llorar. Recordó como su carita se iluminaba con una sonrisa cuando le iba a buscar o se lo llevaba de paseo. - Dios.. que me está pasando -. Movió la cabeza con fuerza intentado disipar sus miedos. Una certeza se iba abriendo camino dentro suyo. Abrió la puerta y bajo del coche. Había tomado una decisión, la respuesta a todo aquello estaba allí arriba, en aquella habitación, aquel lugar del que parecía no poder separarse. Allí debía de regresar. Entro en el edificio y su silueta se fue difuminando en la oscuridad.
La prensa y la televisión de aquel jueves amaneció con la noticia de la muerte del inspector Juan Casado por causa de los disparos recibidos cuando iba a detener a unos delincuentes, uno de los cuales fue abatido en el mismo momento por el policía. Sus compañeros que llegaron poco después que él al lugar de lo hechos, le encontraron ya cadáver. Según explicaron a los periodistas, había quedado caído sobre un sillón tras recibir el impacto de una bala. A pocos metros suyos, tumbado en el suelo, el cadáver del delincuente yacía sobre un charco de sangre. El sargento Daniel Cabezas compañero y amigo del inspector explicó, aun profundamente consternado, que cuando llegaron a la dirección, vieron el coche de Casado y ni rastro suyo, les pareció extraño y por ello le llamó a su teléfono . No podía sacarse de la cabeza las últimas palabras que le oyó decir cuando seguramente agonizaba a pocos metros de ellos. – Dame unos minutos Daniel, y te cuento-
Juan Solsona
miércoles, 10 de septiembre de 2008
NO JUGUEMOS CON LA MATERIA
El vehículo se iba desplazándo lentamente por una carretera ya apenas perceptible. Era una máquina de gran tamaño y peso, y aún así, no podía evitar aquellas fuertes vibraciones que hacían temblar toda su estructura y le obligaban a mantener aquella velocidad. Dentro de su espacioso cubículo, cuatro tripulantes seguían atentamente las indicaciones que les facilitaban unos monitores instalados sobre varios paneles; números y gráficos aparecían y desaparecían en monótona regularidad, nadie hablaba, solo se escuchaba el lejano ronroneo del motor que hacía mover aquella máquina hacia su destino. Un hombre de mediana edad con una barba de varios días y unas gruesas lentes de pasta estaba sentado en una amplia butaca en la parte de atrás y no le quitaba ojo a la información que provenía de una voluminosa máquina en forma de cubo, sujeta fuertemente al suelo. Un panel transparente permitía observar unos campos electromagnéticos que se desarrollaban en su interior creando filamentos luminosos que se entrecruzaban entre si como si de una danza se tratara; mirarlo mucho rato podía llegar a crear un efecto hipnótico, pero no era el caso para Oscar Hole, el lo había construido paso a paso, conocía cada filamento de sus sistemas y era el único que podía entender el lenguaje que aquellos relámpagos de luz transmitían.
- Arthur, aumenta la velocidad a 20 y mantengala hasta que le avise Ordenó a un hombre corpulento, cabello cortado a cepillo, que estaba sentado ante lo que padecían los mandos del vehículo
- Muy bien profesor – contestó mientras tecleaba en su monitor los nuevos parámetros de desplazamiento. – Cuanto cree usted que van a durar estas nuevas vibraciones,
Tras meditar un par de segundos le respondió – No creo que nos dejen ya, estamos entrando en la zona crítica y ahora eso solo puede ir a peor-
Volvió el silencio, los otros dos tripulantes no realizaron comentario alguno, ni tan solo apartaron la mirada de sus equipos. Oscar Hole se inclinó hacia atrás apoyándose en el respaldo de su butaca y miró por la pequeña ventana que daba el exterior, allá afuera pudo observar aquel mundo desenfocado, esta podría ser la mejor descripción para lo que iba pasando ante sus ojos. Había muy poca luz, el cielo estaba cubierto de un manto oscuro en continuo movimiento, sabía en que lugar se encontraba, pero le era imposible identificarlo, eran los Pirineos, sin duda, la situación en el mapa así lo decía, pero aquellas montañas que en aquel momento estaban cruzando parecían moverse con unos desplazamientos bruscos que le recodaban mucho a los saltos que se producen en la imagen de una televisión cuando la señal sufre interferéncias, pero ahora no se trataba de ninguna emisión lejana, estaba viendo algo que sucedía en aquel mismo momento y lugar.
Busco en el bolsillo de su cazadora y saco una foto, al mirarla se vio a él mismo, aún un niño, sentado junto a un hombre alto y delgado de aspecto desaliñado que le rodeaba con su brazo y sonreía mientras saludaba a la cámara. Su madre le había sacado aquella foto junto a su padre, durante su estancia en Toulouse; se les veía felices, quedaban lejos aún los hechos que habían desencadenado la desgracia a su familia y posteriormente la tragedia mundial que en aquel mismo momento estaba intentando evitar. Su padre era un Físico muy famoso y en aquellos tiempo formaba parte de un selecto equipo de científicos que estaban construyendo en el sur de Francia un acelerador de partículas, una inmensa máquina que tenía que permitir al mundo de la ciencia lograr grandes avances en el descubrimiento de una nueva energía limpia e inagotable. Estas fueron siempre las premisas para aquel impresionante proyecto, y en el se volcaron medios y dinero de muchos países, pero cuando estaban ya en la fase mas avanzada de su construcción, comenzaron a suceder extraños suceso que hicieron dudar a algunos de su viabilidad. Fue su padre uno de los que mas dudas empezaron a tener sobre las consecuencias del experimento y así lo hizo notar a los demás, pero las presiones eran muy fuertes y sus teorías solo eran compartidas por muy pocos miembros del equipo y aún así consideraron que las posibilidades de riesgo eran tan insignificantes que no valía la pena tenerlas en cuenta. Pero su padre Pilippe Hole, si que las tuvo en cuenta y su insistencia en ello le hizo ser despedido del “proyecto” y que le convirtieran en un paria para la comunidad científica; le desprestigiaron cruelmente con el objetivo de que nadie quisiera escuchar sus opiniones ni teorías.
Recordaba los años posteriores, el tenía 16 años y había acabado ya el bachillerato Su padre se había empeñado que siguiera estudiando aunque tuvo que hacer grandes sacrificios pero al fin pudo conseguirle una beca en una Universidad, gracias a algunas argucias y a un buen amigo que les ayudó con la condición que nadie lo pudiera saber. Fueron tiempo duros para toda la familia, nadie le quiso dar trabajo, ninguna universidad quiso tenerlo entre su profesorado y no lo supero, dos años mas tarde moría de un infarto fulminante mientras estaban en casa mirando la televisión, curiosamente en el mismo momento en que las noticias informaban de una serie de accidentes inexplicables que se estaban produciendo cerca de la ciudad de Toulusse; recordaba como se giro hacia su madre y a él, que estaban en la mesa leyendo ,y les grito “ Tenía razón, Dios mio, ya ha empezado”, no pudo pronunciar nada mas, su cara se volvió violácea, boqueo unos instantes y murió.
Tras meditar un par de segundos le respondió – No creo que nos dejen ya, estamos entrando en la zona crítica y ahora eso solo puede ir a peor-
Volvió el silencio, los otros dos tripulantes no realizaron comentario alguno, ni tan solo apartaron la mirada de sus equipos. Oscar Hole se inclinó hacia atrás apoyándose en el respaldo de su butaca y miró por la pequeña ventana que daba el exterior, allá afuera pudo observar aquel mundo desenfocado, esta podría ser la mejor descripción para lo que iba pasando ante sus ojos. Había muy poca luz, el cielo estaba cubierto de un manto oscuro en continuo movimiento, sabía en que lugar se encontraba, pero le era imposible identificarlo, eran los Pirineos, sin duda, la situación en el mapa así lo decía, pero aquellas montañas que en aquel momento estaban cruzando parecían moverse con unos desplazamientos bruscos que le recodaban mucho a los saltos que se producen en la imagen de una televisión cuando la señal sufre interferéncias, pero ahora no se trataba de ninguna emisión lejana, estaba viendo algo que sucedía en aquel mismo momento y lugar.
Busco en el bolsillo de su cazadora y saco una foto, al mirarla se vio a él mismo, aún un niño, sentado junto a un hombre alto y delgado de aspecto desaliñado que le rodeaba con su brazo y sonreía mientras saludaba a la cámara. Su madre le había sacado aquella foto junto a su padre, durante su estancia en Toulouse; se les veía felices, quedaban lejos aún los hechos que habían desencadenado la desgracia a su familia y posteriormente la tragedia mundial que en aquel mismo momento estaba intentando evitar. Su padre era un Físico muy famoso y en aquellos tiempo formaba parte de un selecto equipo de científicos que estaban construyendo en el sur de Francia un acelerador de partículas, una inmensa máquina que tenía que permitir al mundo de la ciencia lograr grandes avances en el descubrimiento de una nueva energía limpia e inagotable. Estas fueron siempre las premisas para aquel impresionante proyecto, y en el se volcaron medios y dinero de muchos países, pero cuando estaban ya en la fase mas avanzada de su construcción, comenzaron a suceder extraños suceso que hicieron dudar a algunos de su viabilidad. Fue su padre uno de los que mas dudas empezaron a tener sobre las consecuencias del experimento y así lo hizo notar a los demás, pero las presiones eran muy fuertes y sus teorías solo eran compartidas por muy pocos miembros del equipo y aún así consideraron que las posibilidades de riesgo eran tan insignificantes que no valía la pena tenerlas en cuenta. Pero su padre Pilippe Hole, si que las tuvo en cuenta y su insistencia en ello le hizo ser despedido del “proyecto” y que le convirtieran en un paria para la comunidad científica; le desprestigiaron cruelmente con el objetivo de que nadie quisiera escuchar sus opiniones ni teorías.
Recordaba los años posteriores, el tenía 16 años y había acabado ya el bachillerato Su padre se había empeñado que siguiera estudiando aunque tuvo que hacer grandes sacrificios pero al fin pudo conseguirle una beca en una Universidad, gracias a algunas argucias y a un buen amigo que les ayudó con la condición que nadie lo pudiera saber. Fueron tiempo duros para toda la familia, nadie le quiso dar trabajo, ninguna universidad quiso tenerlo entre su profesorado y no lo supero, dos años mas tarde moría de un infarto fulminante mientras estaban en casa mirando la televisión, curiosamente en el mismo momento en que las noticias informaban de una serie de accidentes inexplicables que se estaban produciendo cerca de la ciudad de Toulusse; recordaba como se giro hacia su madre y a él, que estaban en la mesa leyendo ,y les grito “ Tenía razón, Dios mio, ya ha empezado”, no pudo pronunciar nada mas, su cara se volvió violácea, boqueo unos instantes y murió.
- Profesor Hole, mire eso - La voz de Michelle, una de los otros tripulantes, le hizo regresar de sus recuerdos. Se levanto de su butaca y fue hacia la de la mujer que le había llamado.
-Fíjese estamos solo a unos diez kilómetros de entrar en la zona oscura- Pronunció estas palabras con un ligero temblor en su voz. - Como vamos a orientarnos a partir de ahora?.
Oscar volvió a su asiento y dijo - Arthur haz detener este trasto”
Cuando el transportador se hubo detenido se volvieron los tres hacia él esperando instrucciones, se podía notar la tensión en sus rostros, eran conscientes de lo que les esperaba allí enfrente
- Bien amigos, hemos llegado al punto crítico, desde este momento el “estabilizador” va a tomar el control del vehículo, ahora nuestra obligación es controlar que nada falle y podamos llegar hasta la zona X, una vez allí ya sabéis lo que hacer
Todos movieron la cabeza en silencio.
-Fíjese estamos solo a unos diez kilómetros de entrar en la zona oscura- Pronunció estas palabras con un ligero temblor en su voz. - Como vamos a orientarnos a partir de ahora?.
Oscar volvió a su asiento y dijo - Arthur haz detener este trasto”
Cuando el transportador se hubo detenido se volvieron los tres hacia él esperando instrucciones, se podía notar la tensión en sus rostros, eran conscientes de lo que les esperaba allí enfrente
- Bien amigos, hemos llegado al punto crítico, desde este momento el “estabilizador” va a tomar el control del vehículo, ahora nuestra obligación es controlar que nada falle y podamos llegar hasta la zona X, una vez allí ya sabéis lo que hacer
Todos movieron la cabeza en silencio.
Se que estáis entrenados para esta misión pero de ahora en adelante las cosas se van a acelerar y todo va a ser nuevo, no debemos intentar comprender lo que vamos a ver ni que ocurrir a nuestro alrededor, nuestra mente no debe dejarse llevar por la confusión, eso sería terrible, solo fijarnos en lo que nos indica nuestro guía, funcionar como una máquina y poner nuestras vidas en su manos, perdón, mas bien en sus circuitos
Forzó una sonrisa en los rostros serios que le estaban escuchando antes de que volvieran a concentrarse en sus instrumentos y en sus pensamientos. El vehículo inició otra vez su lenta y pesada marcha, pero ahora ya no era Arthur quien llevaba los mandos. Solo observaba como una mano invisible iba moviendo los mandos de control.
Fueron avanzando por un espacio cada vez mas confuso que parecía desplazarse hacia una misma dirección, todos los objetos parecían realizar este movimiento, cambiando constantemente de forma y girando como si se tratara de un inmenso tornado de centenares de kilómetros de diámetro. Oscar Hole era consciente de que era el poder de la energía de su máquina lo que les mantenía estables. Pensó en su padre, le gustaría saber lo que estaba a punto de realizar en aquel momento. Fue su padre quién vaticinó que aquel acelerador de partículas podía acabar provocando lo contrario a lo que se pretendía, se buscaba el origen de la materia, pero se habían desatado las fuerzas de la anti-materia, y se había escapado al control de los seres humanos, ahora se encontraban ante un diminuto agujero negro que poco a poco iba tragándose la tierra y todo lo que en ella habitaba
-Michele.., cuanto queda para entrar en el núcleo - Alzo la voz pues el ruido era ya tremendo
- En un minuto entramos profesor… creo que voy a rezar… poco podemos hacer ya
Solo quedaba un minuto, apenas sesenta segundos para pasar al otro lado; si sus teorías eran ciertas en un momento cruzarían hacia un espacio desconocido, a otra dimensión tal vez? Si era así encontrarían el mismo efecto pero al contrario, y allí era donde su alterador de campos magnéticos tenía que demostrar su capacidad para cerrar el agujero; si fracasaban desaparecerían sin mas, si tenían éxito nunca podrían volver.
Cuando se inició el proceso final, Oscar Hole dejó de prestarle atención a lo que le rodeaba, apretó con fuerza la foto de su padre en su mano y se pregunto a si mismo que verían sus ojos cuando volviese a mirar por la ventana del pesado y voluminoso vehículo que ya parecía flotar en un mar de materia que iba desapareciendo engullida en un oscuro abismo
martes, 15 de julio de 2008
NUCA DEBES SACAR CONCLUSIONES
Era ya media tarde cuando por fin llamó al timbre de la puerta. Durante muchas horas había estado dando vueltas por la calle sin decidirse. No recordaba ya cuantas veces había pasado por delante de aquella casa, se había detenido por un instante y a continuación había seguido andando por la acera sin girarse, convenciéndose a sí mismo de que la próxima vez llamaría. Mientras andaba, en su cabeza se arremolinaban las palabras que iba a decir a Carlos en el momento que le tuviera delante, cara a cara. Sería rápido, sin darle oportunidad de salir de su sorpresa y entrar en conversación. Tal vez, un “Hola como estás” para a continuación entrar en materia. Su mente iba estructurando un discurso que fuese coherente y causase el mayor impacto, con expresiones que fuesen a la vez duras y acertadas. Llegó a escribirlo sobre papel, cambiándolo una y otra vez. Lo lógico sería haberle enviado una carta, pero no, él sabía que no era lo mismo imaginárselo al leer la misiva que estar allí en persona, viendo la expresión que asomaría en su cara, observar su reacción y poder escuchar sus explicaciones. Le aterraba la idea de quedarse en blanco sin saber que decir, allí como un memo, sólo pensarlo le hacia dar otra vuelta a la manzana y darse más tiempo para memorizarlo todo.
Cuando al fin se decidió, cruzó una puerta de hierro que estaba abierta y entró a un pequeño parterre muy cuidado, con unas macetas llenas de flores situadas a ambos lados de un camino que conducía hasta la puerta de entrada al domicilio. Fue a buen paso, como si tuviera miedo de arrepentirse y volver a dar la vuelta. Ya ante la puerta, presionó el timbre con suavidad, como si no quisiera que nadie lo escuchara. Pasaron unos segundos y ya con más decisión volvió a presionar el botón. Entonces fue cuando pudo escuchar unas voces que provenían del interior de la casa, parecía de varias personas a la vez. Maldita sea, se dijo, hay gente, lo último que deseaba, no lo tenía previsto. Iba ya a darse la vuelta para alejarse rápidamente de allí, cuando se abrió la puerta y apareció una mujer. Era joven y vestía toda de negro, su cabello rubio lo llevaba recogido con una diadema también de color negro. Sus facciones eran agradables, pero su cara tenía una grave expresión. Le dirigió una leve sonrisa, y le preguntó si había venido para ver a Carlos. La pregunta fue tan directa y natural que no tuvo más remedio que contestar afirmativamente. Ella se presentó, se llamaba Clara, y era la hermana de Carlos. Mientras le preguntaba su nombre le hizo pasar a un gran salón que debía ser el comedor, donde un grupo de personas se repartía por sillas y el sofá, mientras otras permanecían de pie formando pequeños círculos en los cuales se hablaba muy bajo, como si temieran que alguien pudiera escucharles. No conocía a nadie de los presentes, tampoco era de extrañar, habían vivido en otra ciudad y ni siquiera le había contado que tuviera una hermana. Carlos era una persona muy dada a compartimentar su vida y sus relaciones, evitaba de esta forma que nadie pasara del esta tus que él le había asignado, y el suyo sin duda estaba circunscrito fuera de su vida familiar. Clara le invitó a sentarse sobre un baúl cubierto por una especie de edredón, hacia las funciones de improvisado sofá. Se encontraban a un lado de la sala, muy cerca de la puerta que daba al vestíbulo.
- Mi hermano me había hablado mucho de ti - le dijo mientras tomaban asiento.
Estas palabras le dejaron helado, no sólo era la sorpresa de saber que Carlos le había mencionado a alguien de su familia, sino por el tiempo del verbo utilizado para decirlo..
- Mi hermano me había hablado....”
Un sudor frío recorrió su espalda a la par que un nudo se le instalaba en el estómago. Casi ni podía pronunciar palabra. Ella pareció notar su aturdimiento y poniendo una mano sobre su brazo le dijo
- Durante su enfermedad me contó lo vuestro, me dijo lo unidos que estabais
Cuando al fin se decidió, cruzó una puerta de hierro que estaba abierta y entró a un pequeño parterre muy cuidado, con unas macetas llenas de flores situadas a ambos lados de un camino que conducía hasta la puerta de entrada al domicilio. Fue a buen paso, como si tuviera miedo de arrepentirse y volver a dar la vuelta. Ya ante la puerta, presionó el timbre con suavidad, como si no quisiera que nadie lo escuchara. Pasaron unos segundos y ya con más decisión volvió a presionar el botón. Entonces fue cuando pudo escuchar unas voces que provenían del interior de la casa, parecía de varias personas a la vez. Maldita sea, se dijo, hay gente, lo último que deseaba, no lo tenía previsto. Iba ya a darse la vuelta para alejarse rápidamente de allí, cuando se abrió la puerta y apareció una mujer. Era joven y vestía toda de negro, su cabello rubio lo llevaba recogido con una diadema también de color negro. Sus facciones eran agradables, pero su cara tenía una grave expresión. Le dirigió una leve sonrisa, y le preguntó si había venido para ver a Carlos. La pregunta fue tan directa y natural que no tuvo más remedio que contestar afirmativamente. Ella se presentó, se llamaba Clara, y era la hermana de Carlos. Mientras le preguntaba su nombre le hizo pasar a un gran salón que debía ser el comedor, donde un grupo de personas se repartía por sillas y el sofá, mientras otras permanecían de pie formando pequeños círculos en los cuales se hablaba muy bajo, como si temieran que alguien pudiera escucharles. No conocía a nadie de los presentes, tampoco era de extrañar, habían vivido en otra ciudad y ni siquiera le había contado que tuviera una hermana. Carlos era una persona muy dada a compartimentar su vida y sus relaciones, evitaba de esta forma que nadie pasara del esta tus que él le había asignado, y el suyo sin duda estaba circunscrito fuera de su vida familiar. Clara le invitó a sentarse sobre un baúl cubierto por una especie de edredón, hacia las funciones de improvisado sofá. Se encontraban a un lado de la sala, muy cerca de la puerta que daba al vestíbulo.
- Mi hermano me había hablado mucho de ti - le dijo mientras tomaban asiento.
Estas palabras le dejaron helado, no sólo era la sorpresa de saber que Carlos le había mencionado a alguien de su familia, sino por el tiempo del verbo utilizado para decirlo..
- Mi hermano me había hablado....”
Un sudor frío recorrió su espalda a la par que un nudo se le instalaba en el estómago. Casi ni podía pronunciar palabra. Ella pareció notar su aturdimiento y poniendo una mano sobre su brazo le dijo
- Durante su enfermedad me contó lo vuestro, me dijo lo unidos que estabais
Ella siguió hablando pero ya no le escuchaba, algo en su cabeza estaba desmoronándose, Clara se levantó y le preguntó si quería subir a verle en aquel momento, que le acompañaría donde estaba. Se dirigió a la puerta del salón al tiempo que con la mano le hacía un gesto para que la siguiese. Se puso a caminar detrás de ella mientras sus pensamientos se amontonaban en la parte consciente de su cerebro, el cual completamente bloqueado se negaba a procesarlos, no podía creer lo que estaba a punto de suceder. Llegaron hasta una puerta que abrieron para pasar a una estancia tenuemente iluminada. Era un dormitorio con una amplia y espaciosa cama que ocupaba el centro de la estancia, sobre la cual había un ataúd que contenía el cuerpo de un hombre joven, era Carlos. Iba vestido con un traje color azul marino, la camisa con el cuello abierto sin corbata, y un pañuelo de color blanco que asomaba por el bolsillo frontal de la chaqueta. Se quedó mudo, como una estatua, mirando sin dar crédito a lo que sus ojos veían. Oyó la voz de Clara que le preguntaba si quería quedarse a solas. Le respondió que sí y al poco rato oyó como la puerta se cerraba detrás suyo. Mientras miraba el ya cadáver de quien tanto había querido y odiado, le vino a la mente todo lo que quería decirle, todo lo que llevaba escrito en su mente. Ahora todo había perdido su sentido pero casi sin darse cuenta se encontró hablándole,
- Por Dios Carlos, yo no me merecía esto, tener que verte así por última vez no es justo, que la última imagen que me quede de ti sea la de tu cuerpo frío y rígido tumbado dentro de este estrecho ataúd, vestido con este traje, que en vida nunca hubieras consentido llevar. ¿Por qué lo hiciste? Por qué desapareciste de mi vida sin decirme una palabra, así de un día para otro? Tan difícil era hablar conmigo, contarme lo que te ocurría. Ni tan solo me dejaste una carta, una nota, cualquier cosa que hubiera evitado esta ansiedad que me ha invadido durante todo este tiempo y que es el motivo que me ha hecho venir hasta aquí sin saber lo que me iba a encontrar, sin tener ni la más mínima idea de lo que te había sucedido. Siempre fuiste orgulloso, demasiado, y te lo hice notar en muchas ocasiones, pero te considerabas muy por encima de la mayor parte del género humano, invulnerable a todo. Yo en el fondo te admiraba por ello y tú lo sabías, te gustaba ejercer de maestro. Siempre tenías una explicación para todo. Quizá te fue imposible poder asumir que la enfermedad se hubiera apoderado de ti, que la diosa fortuna te girase la espalda y te quitase el control de tu vida pasándoselo al de los médicos, en una palabra convertirte en una persona frágil que necesitaba la ayuda de los demás. Debió ser duro, no tengo la menor duda, pero también lo fue para mí. Te imaginas la de historias que pasaron por mi cabeza para explicar tu comportamiento. Yo te hubiera ayudado, habría estado a tu lado hasta el final ¿Acaso lo dudabas? ¿Tan poca importancia le dabas a nuestra relación, después de haber convivido tantos años juntos? No me fue difícil averiguar donde vivías, pero no quería llamarte ni escribirte, tenía la sensación de que hacer esto era rebajarme, deseaba escuchar directamente de tu boca y mirándote a los ojos que es lo que había ocurrido para que te marcharas de aquella forma. He tardado en decidirme, no ha sido fácil pero he llegado a la conclusión de que no puedo rehacer mi vida sin encontrar respuesta a mis preguntas, y ahora tengo que encontrarlas por mi mismo. aquí de pie en esta habitación ante tu cuerpo ya muerto, sintiéndome estúpido e inmensamente triste.
Se quedo en silencio, ya no tenía nada más que hacer ni que decir en aquel lugar. Cuando ya estaba a punto de marcharse se fijo en las manos del muerto, aquellas que recordaba tan bien, siempre cuidadas, siempre tan descriptivas al hablar. En la muñeca izquierda, medio escondido por la manga de la chaqueta llevaba un pequeño reloj, con las horas marcadas con números romanos sobre el fondo negro de la esfera. Las manecillas giraban aún como si quisieran marcar el tiempo en el mas allá. Lo reconoció perfectamente se lo había regalado por el primer aniversario de vivir juntos. Se emocionó al pensar que nunca le había olvidado y que posiblemente mirase en el las últimas horas de su vida.
Fue hacia la puerta y la abrió apenas lo necesario para ver el exterior y comprobar que no había nadie cerca de la habitación. , volvió a cerrar la puerta se dirigió hacia el ataúd, e inclinándose sobre el cuerpo, tomó con cuidado el brazo en cuya muñeca llevaba el reloj. Con suavidad manipuló el cierre de la cadena, lo recordaba perfectamente, tenía su complejidad. Una vez abierto deslizó el reloj por la mano muerta. Cuando lo tuvo en las manos le dio la vuelta y leyó la inscripción que llevaba. “Para Carlos con cariño, Luis”. Lo apretó en su mano y se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta
- Perdona Carlos - dijo mientras acariciaba levemente su frío rostro. - Había venido hasta aquí para llevarme unas palabras de ti, pero eso no va a ser posible, es evidente, por eso he decidido llevarme este reloj. A ti de nada te va a servir allá donde vas, no se mide el tiempo en la eternidad, en cambio a mi me recordará siempre los buenos momentos que pasamos juntos, cuando la felicidad formaba parte de nuestras vidas y nos creíamos los amos del mundo, cuando mire la horas que señalen sus pequeñas manecillas siempre me acordaré de ti.
Se dio la vuelta, fue hacia la puerta, la abrió y salió al pasillo. No se giró, bajó las escaleras rápidamente y caminó hacia la puerta de la calle. Clara estaba en la puerta del salón hablando con otra persona, no se fijó en él. Abrió la puerta y salio alejándose rápidamente de aquel lugar mientras notaba como el aire frío de la tarde convertía sus lágrimas en pedacitos de hielo.
jueves, 19 de junio de 2008
EL METRO NO TE LLEVA SIEMPRE DONDE QUIERES
Se define como anomalía toda irregularidad que nos muestra una falta de adecuación a lo que debe ser habitual. Los científicos utilizan la palabra cuando se refieren a un punto en el cual las leyes de la física no funcionan, o simplemente desaparecen y con ellas toda lógica que explique la realidad. Existe una probabilidad entre millones de que podamos coincidir en el tiempo y el espacio con una de ellas, pero ahí está en algún lugar.
Todas esas teorías eran absolutamente desconocidas para Anselmo Puertas. Él era un hombre sencillo y poco aficionado a la literatura o la ciencia; sus lecturas consistían en los periódicos deportivos y alguna revista de sociedad que ojeaba mientras esperaba en el dentista o en el barbero. Aquella mañana Anselmo iba con retraso ya que al salir de casa, justo cuando se encontraba en la puerta, una indisposición intestinal repentina le había obligado a retroceder y perder unos minutos en aliviar su organismo; precisamente aquella mañana que tenía que llegar a la oficina más puntual que de costumbre. Caminó presuroso hacia la entrada del metro y descendió por las escaleras ignorando al muchacho que, como cada mañana, le ofrecía el ADN, pasó por la canceladora de tarjetas y se lanzó hacia el andén ya que los pitidos del tren le avisaban de que o se apresuraba o lo perdía. Bajó a la carrera, saltando los escalones de tres en tres con grave peligro para su integridad física y para la del resto de los usuarios que se lo tomaban con bastante más calma. Corrió hacia la puerta más cercana del último vagón, que ya estaba a punto a cerrarse; con un postrer esfuerzo se impulsó con su pierna derecha y saltó hacia el hueco que iba haciéndose cada vez más pequeño. En aquella fracción de segundo se fijó en una mujer quien, de pie dentro del tren, lo miraba con interés, como apostando mentalmente si lo iba a lograr; el resto de los pasajeros simplemente le ignoraban. Fue entonces cuando sintió un golpe durísimo en la cara y en el pecho, cayó al suelo aturdido sin respiración y notó que un líquido pegajoso le nublaba la visión. Se pasó la mano por la cara y al mirarla comprobó que era sangre. Un hombre mayor se le acercó y le habló en una lengua que no entendió. Le miraba con cara de susto y gesticulaba mucho. Al poco rato ya eran cuatro o cinco personas las que le rodeaban hablando entre ellas y mirándole con aprensión, y él sin conseguir comprender nada. A medida que la consciencia iba abriéndose camino en su cerebro se percató de que estaba tumbado en la acera de una calle que ni reconocía ni recordaba, lo que contribuyó a aumentar aún más su confusión. Entonces, fue cuando notó que unas manos le ayudaban a incorporarse, lo que logró con cierta dificultad pues se sentía muy mareado. Tambaleándose, miró a su alrededor, no entendía nada ¿que hacía él allí? Ya de pie pudo observar todo lo que le rodeaba, pero hubo algo en especial que le llamó poderosamente la atención. Ante él, cubriendo gran parte de la pared que flanqueaba la acera, había un inmenso cartel publicitario y lo que en él vio le hizo desplomarse nuevamente al suelo. Ante sus ojos, ocupando todo el cartel, podía verse la foto de un vagón de metro lleno de pasajeros muy felices por viajar en aquel medio de transporte, pero había uno de ellos, en concreto una mujer quien, de pie ante una de las puertas a medio cerrar, parecía mirarle con una sonrisa.
Juan Solsona
Todas esas teorías eran absolutamente desconocidas para Anselmo Puertas. Él era un hombre sencillo y poco aficionado a la literatura o la ciencia; sus lecturas consistían en los periódicos deportivos y alguna revista de sociedad que ojeaba mientras esperaba en el dentista o en el barbero. Aquella mañana Anselmo iba con retraso ya que al salir de casa, justo cuando se encontraba en la puerta, una indisposición intestinal repentina le había obligado a retroceder y perder unos minutos en aliviar su organismo; precisamente aquella mañana que tenía que llegar a la oficina más puntual que de costumbre. Caminó presuroso hacia la entrada del metro y descendió por las escaleras ignorando al muchacho que, como cada mañana, le ofrecía el ADN, pasó por la canceladora de tarjetas y se lanzó hacia el andén ya que los pitidos del tren le avisaban de que o se apresuraba o lo perdía. Bajó a la carrera, saltando los escalones de tres en tres con grave peligro para su integridad física y para la del resto de los usuarios que se lo tomaban con bastante más calma. Corrió hacia la puerta más cercana del último vagón, que ya estaba a punto a cerrarse; con un postrer esfuerzo se impulsó con su pierna derecha y saltó hacia el hueco que iba haciéndose cada vez más pequeño. En aquella fracción de segundo se fijó en una mujer quien, de pie dentro del tren, lo miraba con interés, como apostando mentalmente si lo iba a lograr; el resto de los pasajeros simplemente le ignoraban. Fue entonces cuando sintió un golpe durísimo en la cara y en el pecho, cayó al suelo aturdido sin respiración y notó que un líquido pegajoso le nublaba la visión. Se pasó la mano por la cara y al mirarla comprobó que era sangre. Un hombre mayor se le acercó y le habló en una lengua que no entendió. Le miraba con cara de susto y gesticulaba mucho. Al poco rato ya eran cuatro o cinco personas las que le rodeaban hablando entre ellas y mirándole con aprensión, y él sin conseguir comprender nada. A medida que la consciencia iba abriéndose camino en su cerebro se percató de que estaba tumbado en la acera de una calle que ni reconocía ni recordaba, lo que contribuyó a aumentar aún más su confusión. Entonces, fue cuando notó que unas manos le ayudaban a incorporarse, lo que logró con cierta dificultad pues se sentía muy mareado. Tambaleándose, miró a su alrededor, no entendía nada ¿que hacía él allí? Ya de pie pudo observar todo lo que le rodeaba, pero hubo algo en especial que le llamó poderosamente la atención. Ante él, cubriendo gran parte de la pared que flanqueaba la acera, había un inmenso cartel publicitario y lo que en él vio le hizo desplomarse nuevamente al suelo. Ante sus ojos, ocupando todo el cartel, podía verse la foto de un vagón de metro lleno de pasajeros muy felices por viajar en aquel medio de transporte, pero había uno de ellos, en concreto una mujer quien, de pie ante una de las puertas a medio cerrar, parecía mirarle con una sonrisa.
Juan Solsona
martes, 3 de junio de 2008
EL SUICIDIO
El día que Andrés se quitó la vida nada en especial había ocurrido que justificara aquella tragedia. Tampoco su conducta nos dio motivos a pensar en un desenlace tan escabroso. Ocurrió un lunes por la mañana tras un fin de semana feliz y tranquilo. Ninguna ruptura sentimental se avecinaba pues carecía de relaciones de este tipo, tampoco parecía enfermo, aquel mismo jueves había pagado un depósito para irse de vacaciones a Vietnan, y eso no lo hace alguien que piensa suicidarse tirándose a la vía del tren. Nada en su vida nos proporciona argumentos para encontrarle una explicación a tan drástica decisión, y esto aumenta aún mas nuestro desconcierto.
La carta que le encontraron en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta en el momento de su muerte, tampoco arrojó luz sobre el hecho. Era una nota escrita a mano y en ella dejaba muy claro que había sido decisión suya y que nadie debía cargar con ninguna responsabilidad. El redactado era breve y conciso, su letra y firma era clara y según el forense que la analizó no había signos de duda o titubeo.
Había un vacío de seis horas desde el momento que le vieron salir de su casa hasta el instante en que tranquilamente bajo del anden de la estación hasta los raíles y aguantó allí a pie firme, sin inmutarse, la llegada del tren. El conductor del convoy explicaba mas tarde, aún presa del schock, la impresión que le causó la imagen de aquel hombre inmóvil, allí en la vía, que con la mirada fija y vacía y sin tan solo proferir un grito desapareció bajo las ruedas. La misma descripción que dieron otros aterrorizados testigos que se encontraban allí presentes e intentaron hacerle desistir de sus intenciones.
Nadie le había visto, a excepción del portero de la finca donde vivía, a quien dio los buenos días al salir, como cada día, a la misma hora. No fue al despacho ni llamó por teléfono, los compañeros que intentaron saber de el se encontraron con el contestador. Tampoco desayuno ni almorzó en los lugares acostumbrados. Sus últimos minutos de vida fueron captados en forma de imágenes por las cámaras de seguridad instaladas en la estación de Ferrocarriles . Se le reconocía sin problemas caminando de forma pausada entre la gente apresurada que cruzaba a su lado.
Fue un par de días mas tarde del suceso, cuando al salir su foto en las noticias de la televisión, un testigo se presentó a la policía y dijo que recordaba claramente a la víctima, que la había visto poco antes de que se matara. El individuo tenía un quiosco de periódicos en la Plaza Central, y aquella mañana le había llamado la atención un joven bien vestido que había llegado a primera hora, se había sentado en uno de los bancos, y había permanecido allá sin moverse hasta bien pasada la hora de la comida. Le pareció muy extraño su comportamiento y tentado estuvo de acercarse a preguntarle si se encontraba bien, ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Igual todo habría sido diferente, pensaba él.
El asunto fue archivado como suicidio, el tiempo pasó y los años fueron convirtiendo la historia de Andrés, en uno mas de los sucesos inexplicables que a lo largo de nuestra vida se nos cruza por delante. He pensado en ello muchas veces estos años, me he documentado sobre casos parecidos, ocurridos en ciudades distintas, países diferentes, y es escalofriante observar las similitudes que todos ellos tienen entre si. Me aterra pensar que al igual que podemos coger una gripe, en algún instante de nuestra vida, en el interior de nuestro cerebro se produzca un cortocircuito y quiera morir, y que cuando esto ocurra nadie pueda ayudarnos.
La carta que le encontraron en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta en el momento de su muerte, tampoco arrojó luz sobre el hecho. Era una nota escrita a mano y en ella dejaba muy claro que había sido decisión suya y que nadie debía cargar con ninguna responsabilidad. El redactado era breve y conciso, su letra y firma era clara y según el forense que la analizó no había signos de duda o titubeo.
Había un vacío de seis horas desde el momento que le vieron salir de su casa hasta el instante en que tranquilamente bajo del anden de la estación hasta los raíles y aguantó allí a pie firme, sin inmutarse, la llegada del tren. El conductor del convoy explicaba mas tarde, aún presa del schock, la impresión que le causó la imagen de aquel hombre inmóvil, allí en la vía, que con la mirada fija y vacía y sin tan solo proferir un grito desapareció bajo las ruedas. La misma descripción que dieron otros aterrorizados testigos que se encontraban allí presentes e intentaron hacerle desistir de sus intenciones.
Nadie le había visto, a excepción del portero de la finca donde vivía, a quien dio los buenos días al salir, como cada día, a la misma hora. No fue al despacho ni llamó por teléfono, los compañeros que intentaron saber de el se encontraron con el contestador. Tampoco desayuno ni almorzó en los lugares acostumbrados. Sus últimos minutos de vida fueron captados en forma de imágenes por las cámaras de seguridad instaladas en la estación de Ferrocarriles . Se le reconocía sin problemas caminando de forma pausada entre la gente apresurada que cruzaba a su lado.
Fue un par de días mas tarde del suceso, cuando al salir su foto en las noticias de la televisión, un testigo se presentó a la policía y dijo que recordaba claramente a la víctima, que la había visto poco antes de que se matara. El individuo tenía un quiosco de periódicos en la Plaza Central, y aquella mañana le había llamado la atención un joven bien vestido que había llegado a primera hora, se había sentado en uno de los bancos, y había permanecido allá sin moverse hasta bien pasada la hora de la comida. Le pareció muy extraño su comportamiento y tentado estuvo de acercarse a preguntarle si se encontraba bien, ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Igual todo habría sido diferente, pensaba él.
El asunto fue archivado como suicidio, el tiempo pasó y los años fueron convirtiendo la historia de Andrés, en uno mas de los sucesos inexplicables que a lo largo de nuestra vida se nos cruza por delante. He pensado en ello muchas veces estos años, me he documentado sobre casos parecidos, ocurridos en ciudades distintas, países diferentes, y es escalofriante observar las similitudes que todos ellos tienen entre si. Me aterra pensar que al igual que podemos coger una gripe, en algún instante de nuestra vida, en el interior de nuestro cerebro se produzca un cortocircuito y quiera morir, y que cuando esto ocurra nadie pueda ayudarnos.
domingo, 25 de mayo de 2008
Regreso de Argelia
Mientras el barco se alejaba rápidamente del puerto de Argel, Adolfo contemplaba con tristeza aquella tierra donde había vivido los últimos ocho años, veían alejarse la costa de aquel país donde había llegado en busca de trabajo, escapando de la crisis y el desempleo que se habían extendido por Europa tras el desastre de 1929. El un buen maestro albañil que había participado en las obras de la Exposición de Barcelona no había tenido ningún problema en ser contratado por el gobierno colonial francés que en aquellos tiempo estaba empeñado en cambiarle la fisonomía a la vieja Argel, derruir sus viejos y decrépitos barrios y construir nuevos edificios a la mayor gloria de Francia. Sentía remordimientos por embarcar a toda su familia en aquella aventura de incierto final. Habían sido muy felices allí, el gobierno francés les había cedido terrenos para construirse una casa y él lo había hecho con sus propias manos, una hermosa casa de dos plantas con un patio trasero amplio donde su mujer cultivaba verduras y hortalizas, tenían gallinas y conejos y algún árbol frutal. Una hermosa parra cubría una parte del patio dando sombra casi siempre y unas uvas pequeñas pero muy dulces una vez al año. Se hallaban en un barrio que nació con la emigración en el que convivían gente de distintas procedencias, los había italianos, portugueses, franceses por descontado. El barrio estaba situado a las afueras de la ciudad, cerca de la costa de la cual les separaba unos bosques de pinos que acababan donde unas dunas escondían la vista del mar. Sus hijos habían disfrutado de la enseñanza pública francesa que era gratuita, y su relación con la gente autóctona siempre fue buena, nunca tuvo problemas, al contrario su mujer era muy respetada por los árabes que aún vivían en su gran mayoría sumergidos en la ignorancia y la superstición. Ella que era una mujer que venía del campo, tenía soluciones para todo, igual podía ayudar a parir a una embarazada que aliviar una fiebre con la simple administración de una aspirina. Eso la convirtió en alguien muy querido a quien siempre se invitaba a cualquier fiesta o celebración. No podía olvidar el día que nació su hijo pequeño, su casa se convirtió en una especie de portal de Belen donde la gente acudía para ver al niño y traían regalos que iban desde una gallina a pasteles, telas, etc.. Todo había sido perfecto hasta que le llegaron noticias de lo que estaba sucediendo en España, del golpe de estado contra el gobierno republicano y de la guerra civil que se había iniciado. Su vida cambió por completo, la ansiedad se apoderó de él, pasaba las noches agarrado con otros compatriotas a un aparato de radio que les contaba no siempre con claridad como estaba la situación y como se desarrollaba la guerra. El que era un hombre de profundas convicciones se sentía como si estuviera traicionando a su causa. No podía estar allí tan tranquilo cuando al otro lado del mar el fascismo estaba destruyendo aquello con lo que tanto habían soñado, el y otros miles de compatriotas a quienes aquella monarquía corrupta y decadente había forzado a buscar otros mundos donde poder vivir con dignidad. No estaba en España cuando se proclamó la República, pero recordaba la celebración que organizaron los españoles que allí vivían, así como camaradas franceses e italianos, también emigrantes. No hubo día que no siguiera por radio o por la prensa escrita los avatares a que estuvo sometido el Régimen republicano en su breve vida, y ahora llegados a un punto en el que peligraba su existencia, no podía quedarse al margen, si lo hacía no se lo perdonaría jamás. Había hablado con su mujer, le había dicho que se iría el solo y volvería cuando las cosas estuvieran mas claras. Ella su opuso tajantemente, no estaba dispuesta a quedarse sola con los niños y con la duda de si lo volvería a ver. Que haría ella allí sola, si el no podía volver, eran una familia y juntos habían llegado y juntos se iban a marchar.
Vendieron la casa con facilidad, un vecino árabe se la compró y se la pagó bien, era un buen amigo que se entristeció mucho al saber que marchaban. Cuando ya camino del puerto cerró la puerta de su casa por última vez no pudo contener unas lagrimas que se le acumularon en los ojos. No quería que sus hijos le vieran llorar, les había contado que iban a pasar un tiempo para ver a sus abuelos, que volverían pronto. Los niños olvidan pronto se decía a si mismo y no quería hacerles mas difícil la marcha. Su mujer mantuvo la compostura, vio como cogía unas hojas de la parra que por aquella época estaba florida y llena de racimos de uva, y se la guardaba en el bolsillo de su falda. Carlo, su vecino italiano les acompañó en su camión hasta el puerto. Cuando se alejaban ya del barrio y antes de girar hacía la carretera que llevaba a la costa, giró la cabeza para darle una última mirada a su hogar, sabía que no volvería nunca mas a verlo.
Se quedo allá en la cubierta hasta que la costa de África desapareció de su vista, entonces se dirigió hacia donde se encontraba su familia, sin duda no eran del todo conscientes que se encaminaban hacia un destino que arrastraría a centenares de miles de personas a años de penurias y tragedia, nadie era capaz de imaginar que aquella guerra sería el inicio de una catástrofe humana de proporciones inimaginables. Cuando desembarcasen en el puerto de Port Bou desaparecerían dentro de la vorágine a la que los fanatismos políticos e ideológicos iban a llevar a millones de personas.
Vendieron la casa con facilidad, un vecino árabe se la compró y se la pagó bien, era un buen amigo que se entristeció mucho al saber que marchaban. Cuando ya camino del puerto cerró la puerta de su casa por última vez no pudo contener unas lagrimas que se le acumularon en los ojos. No quería que sus hijos le vieran llorar, les había contado que iban a pasar un tiempo para ver a sus abuelos, que volverían pronto. Los niños olvidan pronto se decía a si mismo y no quería hacerles mas difícil la marcha. Su mujer mantuvo la compostura, vio como cogía unas hojas de la parra que por aquella época estaba florida y llena de racimos de uva, y se la guardaba en el bolsillo de su falda. Carlo, su vecino italiano les acompañó en su camión hasta el puerto. Cuando se alejaban ya del barrio y antes de girar hacía la carretera que llevaba a la costa, giró la cabeza para darle una última mirada a su hogar, sabía que no volvería nunca mas a verlo.
Se quedo allá en la cubierta hasta que la costa de África desapareció de su vista, entonces se dirigió hacia donde se encontraba su familia, sin duda no eran del todo conscientes que se encaminaban hacia un destino que arrastraría a centenares de miles de personas a años de penurias y tragedia, nadie era capaz de imaginar que aquella guerra sería el inicio de una catástrofe humana de proporciones inimaginables. Cuando desembarcasen en el puerto de Port Bou desaparecerían dentro de la vorágine a la que los fanatismos políticos e ideológicos iban a llevar a millones de personas.
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