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domingo, 26 de septiembre de 2010

La niña y sus zapatitos rojos

La niña, que ya no es tan niña, ha perdido sus zapatitos rojos*. Alguien le pregunta dónde están, pero la niña no puede recordar cuándo ni cómo ocurrió. ¿Cuál habrá sido el inicio de todo? ¿Dónde encontrarlo si todo es tan abrumadoramente cíclico?
Ella sólo sabe que todo fue demasiado deprisa. Hace frío. Mucho frío. La niña está temblando. La nieve estaba por todas partes y ella sólo corría, sólo podía correr para escapar. Escapar de ella, escapar de él, escapar del miedo. La gente está muerta, se decía, sólo veo muertos. El fuego me persigue, no quiero quemarme. Corría y corría por ese mundo inerte. Las llamas brillan agresivas en la oscuridad. Los gritos desesperados de familias enteras me golpean los tímpanos. Déjenme salir. Hay demasiado ruido. Demasiado sufrimiento.
Ahí me tienen encerrada y me violan y me golpean. La niña tiene violetas y escarlatas en su tez escuálida y cadavérica. Su vestido blanco está roto, mordazmente roto. La niña tiene frío, grita que la dejen salir. Vomita.
Allá ayudo a mi pueblo y rezo a los dioses para que la cosecha no se eche a perder. Se va y vuelve y vuelve a irse. Corre, se decía a sí misma, corre. Tengo frío, déjenme salir. Me duele.
Ahí me están embalsamando; alguien logró, otra vez, su cometido. Demasiado frío. Tiembla.
El aliento apenas ya la sostenía, las fuerzas amenazaban con abandonarla, pero seguía corriendo, sin mirar atrás, escapando del miedo, huyendo de ella y de él. El pueblo, apenas despierto, pasaba por su lado como si fuera un escenario teatral. “Pide ayuda”, le susurró alguien, pero ella no podía parar (¿huía de la vida? ¿De sus semejantes?).
Sus pies, vestidos de rojo charol, parecían ir solos, como si tuvieran voluntad propia. La niña está empapada en sudor, completamente rígida. Tiembla y convulsiona. Otra vez, el vértigo. "¡Déjenme salir!". Vuelven los escalofríos. "No quiero volver al precipicio". Sigue temblando. Más mantas. Cierro los ojos y, el estómago, que me da un vuelco, me empuja hacia abajo. Me caigo; me siento como Alicia mientras sucumbía hacia el subterráneo. Todo va demasiado deprisa. Todo está muy oscuro. "¡Paren, paren!".
El rimel negro dibujaba líneas aguadas e irregulares hasta su cuello, como pequeños riachuelos algo sucios. Otra vez, vomita; los miedos salen propulsados como si fueran un obús.
Ahora, la niña, ya no puede correr más. Ha perdido sus zapatitos. “¿Dónde están tus zapatitos rojos?” El camino, desdibujado; la niña, agotada. Déjenme salir, tengo frío, tanto frío…
“Paren el mundo, quiero bajarme”.
Descansa. Recuperarás tus zapatitos.
*A quién le interese indagar en el mundo de los símbolos, buscar zapatos rojos. Si bien hay varias interpretaciones acerca de ellos, recomiendo especialmente el cuento de la doctora Clarissa Pinkola Estés. Ella los asocia con el poder, que es, asimismo, el sentido con el que he escrito este relato.

miércoles, 18 de agosto de 2010

GUSANO


Te voy a contar cómo es la historia. La historia es puta, como la vida. De hecho la historia es diferente según con quién te acuestes. Fóllate a un líder y será de una manera. Fóllate a una zorra esquinera y será de otra. Si te trincas a un cubano o a un yanki. Si le das por culo a una mujer o a un menda. Y más aun si te enamoras de quien te follas. Más aun si te falta personalidad, si eres un gusano más. La historia te la cuentan, la lees, la ves en la caja tonta. Te ceban con un montón de mierda que convenga según el régimen político, el orden social y toda su puta madre. La historia es una puta de conveniencia. Siempre sabrás lo que has de saber y poco más. Pura fantasía. Esos libros que lees sobre naves espaciales, imperios de alienígenas rojos, viajes al centro de la tierra, elfos, orcos, goblins y la madre que les parió solo se diferencian con los libros de historia en que no ha convenido darles veracidad, aun son fantasía, por ahora. Cuando convenga nos contarán como el pequeño Frodo y su compañía de amorfas criaturas de la jodida Tierra Media nos salvó en el pasado de unos malos, malísimos monstruos homosexuales, comunistas, judíos e hijos de la gran puta y que gracias a ellos se consolidó la democracia en el mundo. La fantasía hecha realidad, hecha historia. Esto pasa constantemente y si crees que es una puta mentira te aconsejo que vayas al viejo almacén de libros y eches un ojo a uno llamado La Biblia, a un rollo llamado El Corán, otro llamado La Torá, otro libro llamado el Manifiesto Comunista…

Los maricas dirán que siempre estuvieron ahí, dando por culo. Los negros dirán que no son monos y los blancos que evolucionaron más que los monos negros. Los amarillos dirán que en el pasado tenían la polla gigantesca. Los cristianos han conocido a Dios y a su puta madre, la Virgen María. Los sionistas reclamarán la tierra santa vietnamita y los nazis resurgirán en Nueva Zelanda, de donde Hitler realmente procedía.

No es tanto un ejercicio de creatividad si no de repetición, repetición, repetición, repetición, repetición… No se si me pillas. Si repites algo las suficientes veces todo dios se acabará creyendo tu mierda. Hay que repetirlo más que el ajo, hay que decirlo, gritarlo, escribirlo, insinuarlo hasta en la sopa de los gusanos a los que quieres dar la Verdad, la historia verdadera. Un buen bombardeo de mierda fantástica en las calles, en los periódicos, en los teatros, en la comida, en las pollas que te comas, en el colegio de curas donde comas esas pollas, en tu casa… Eso te asegurará una buena credibilidad de la historia que cuentes o te cuenten.

Los alienígenas construyeron las pirámides, el propio gobierno yanki tiró las torres gemelas, Jesús era un marciano, al Titanic lo hundió un submarino soviético, la Atlántida se hundió y perdió por culpa de los pecados de sus habitantes, el viaje a la luna del 69 lo filmaron en los estudios de Holywood. Si te crees esto eres un gusano más. Los esclavos judíos construyeron las pirámides, Bin Laden derribó las Torres Gemelas de Nueva York, Jesús nació de una Virgen en Belén, El insumergible Titanic chocó con un iceberg en el Ártico, la Atlántida nunca existió y Neil Amstrong dio un pequeño paso que tan grande fue para la humanidad, sobre todo la humanidad capitalista frente a la otra socialista. Si te crees esto otro eres un gusano más.

Y si no has entendido una puta mierda de lo que te he contado eres un jodido gusano más.

No te preocupes. Los gusanos también tienen su utilidad. En el mundo real éstos remueven la tierra, la airean y la nutren, dándole vida a las plantas de la superficie. Los animales de la superficie comerán esas plantas, se comerán entre ellos y si les queda hambre, se comerán a los gusanos.

Si eres un gusano, quiero que sepas que servirás para bien o para mal, según la puta que te la chupe. Tu vida tendrá un sentido u otro según el maromo que te penetre el ano. No te cases con nadie gusano, pronto te habrás de divorciar o servir de comida a un animal superior.

Gusano. No te digo pedazo de mierda porque te digo gusano. Y no te estoy contando la historia si no cómo es la historia. Una zorra que te jode por unas moneditas.


Si no eres un gusano ya me habrás calao. Sabrás que digo verdades como puños y que hay que luchar por nuestra causa. Ármate y ven a pelear por la justicia, camarada.

Confírmame que eres un gusano, entonces bájate los pantalones y únete a mi lucha…


LORD DAVIES

Fink Davies es un personaje curioso. De Earl Shilton, una pequeña población de la campiña inglesa, nació en el seno de una familia de granjeros el 28 de diciembre de 1945, justo después de la guerra. Su localidad no se vió afectada negativamente por la guerra, en todo caso había crecido económicamente gracias a la abundancia de alimentos que ahí había y la gran demanda y altos precios que había en los mercados negros Londinenses. La familia Davies, cuando acabó la guerra, era desorbitadamente rica. Pero de tradición austera y simple nunca ostentaron de tener mucho y se dedicaron a criar a su hijo, Fink, y a vivir cómodamente. Fink ya era lo opuesto a sus padres de niño. Quizás demasiado mimado por ellos, quiso ser el protagonista del pueblo desde el día cero aplaudiéndose a sí mismo nada más salir del útero de su madre.

Comenzó a escribir de muy joven únicamente porque los demás niños solo se dedicaban a dibujar y Fink quería destacar sobre los demás. Pronto ganó su primer concurso literario, a los siete años con esta poesía:

El hombre negro es esclavo,

trabaja para el hombre blanco,

porque el negro es más bravo

y el blanco parece manco.

El negro no se lava,

solo cava,

más profundo,

su camino al otro mundo.

El blanco engorda y mira,

con tremenda tiranía

como el negro va muriendo

mientras él sigue comiendo.

La poesía hablaba sobre las duras condiciones de vida de el minero, el hombre negro cubierto de hollín, frente a su patrón en su condado, el hombre blanco limpio y obeso. Fink se sentía muy sensibilizado por esa gente triste y sucia y le daba rabia que sus jefes ( amigos de sus padres que venían a menudo a comer a casa), que no daban palo al agua, se ponían gordos a su costa. La poesía hizo al pequeño Fink muy famoso en el pueblo y en los ambientes obreros de todo el país. La poesía en sí fue muy utilizada en la época como propaganda para los sindicatos mineros. Curioso comienzo para un niño que en la adolescencia ya no se caracterizaría por su espíritu obrero y social si no más bien por todo lo contrario. Sus padres llevaban ya enfermos varios años. Fink Davies les relevó con tan solo 17 años en su labor de administradores de la gran riqueza familiar. Riqueza que el joven Fink hasta entonces no sabía que poseían. No tardo ni un més en empezar la construcción de una mansión. Compro un coche de lujo, caballos árabes. Las mejores escopetas y perros para salir de caza. Contrató criados de primera linea y se hizo diseñar un gran jardín de espectacular belleza. Sus padres murieron justo el día que se mudaron a la nueva mansión, cuando Fink tenía veinte años. Fue apodado Lord Davies popularmente por sus conexiones con la nobleza y familia Real inglesa. En estos escasos tres años había convertido su vida en un gran ritual de ostentación y excentricidad. El Dalí de los Midlands, le decían algunos por sus rarezas y apariciones extrañas en televisión o las pomposas fiestas que celebraba en su mansión de Earl Shilton.

Nunca dejó de escribir. Él decía que era su gran pasión. Pero ahora se dedicaba a fantasear con cazas del zorro mágicas, monterías sobre tanques, grandes partidos de tenis submarino y cosas similares. Sus opositores, primordialmente los mineros de todo el país, pasaron de amarle a odiarle por haber cambiado su postura de semejante manera, hicieron lo posible desde ese momento para ridiculizarle. Publicaron y distribuyeron copias de un escrito que Lord Davies había creado en su infancia.


Su sabor me recuerda al del chicle. Al chicle que siempre tira envuelto en un papelito a la papelera la señora Pickles cuando entra en clase. Todos sabemos que es porque se fuma un cigarrillo antes de cada clase y le huele el aliento a tabaco y se cree que con el chicle lo disimula. El olor de su aliento solo cambia. A mi me recuerda un poco al olor del aliento de la abuela, que le decía al abuelo que no fumaba y lo disimulaba con esos mismos chicles de fresa. El olor no es ni de tabaco ni de la fresa. Más bien el de un estofado de cerdo. Y a mi me encanta el estofado de cerdo. Me pregunté a que sabría un chicle de estofado de cerdo. Un día me quedé en clase el último y cuando nadie miraba saqué la bolita de papel de la papelera y la abrí. Tenía la forma de una cagada de paloma. Me lo metí en la boca. Estaba frío y duro pero mezclándolo bien con mucha saliva y mordiendo con fuerza acabó por ablandarse y a liberar los jugos de ese gran sabor, el estofado de cerdo. Desde entonces estoy adicto a esos chicles y tengo muchísimas ganas de ser mayor y poder fumar para experimentar con nuevos y deliciosos sabores. Mientras tanto he descubierto otro nuevo sabor. Bueno en realidad no, ya he dicho que su sabor me recuerda a los chicles de la señora Pickles. Gracias al Reverendo Sam, me ha enseñado que mis obligaciones ante Dios no solo han de ser cosas malas o aburridas. Esta semana ha sido la primera vez pero dice que si quiero lo podemos hacer todas las semanas. No se lo puedo contar a nadie, es entre Dios, él y yo. Chuparle el pito me gusta por el sabor. El del estofado de cerdo. Pero no sé cuánto durará el sabor. En los chicles solo dura un rato. Está claro que el sabor de la pilila del reverendo se acabará agotando. No puedo hacer la prueba conmigo porque no llego. Quizás cuando se le agote el sabor puedo preguntarle a Steve Atkins que me deje probar el suyo. Este sabor crea adicción. Quizás el té y el café saben a lo mismo y por eso lo toman tanto los adultos. Es posible.

Pero hay una cosa que no me gusta del sabor del pito del reverendo. Me recuerda a cuando Steve Atkins trajo un pastel de chocolate al cole por su cumple y me dio a probar. “¡Sabe a mierda!” , le dije. El me contestó, “¿Cómo lo sabes si no has probado la mierda?”. Entonces la probé. Y yo tenía razón, sabía a mierda. Y a eso me recuerda un poquito el pito del Reverendo Sam, sobre todo en el sabor que te deja después.


Lord Davies 1955.


Con su publicación no consiguieron más que hacerle más famoso y excéntrico. Después de su publicación se limitó a decir que escribía lo que hacía su amigo Steve Atkins, “un maricón sin solución”, le llamó.

Ha publicado varias novelas, entre ellas Como cazar un venado con un tanque (su primera novela), Wimbledon bajo el mar, campeones y calamares (que ganó el premio de mejor novela de ciencia ficción de Inglaterra 1960), Los zorros, las hadas y otros monstruos del bosque (cuento fantastico sobre la caza del zorro), El canto de la matanza (homenaje al estofado de cerdo) y Criquet para cazadores ( una novela en el que los jugadores de criquet no solo llevan bates si no también rifles y escopetas).

Actualmente sigue vivo junto a su diva Maggie Porkins, Porky, como le llama él y sus setenta criados en su mansión de Earl Shilton. En la vejez no ha perdido su excentricidad. Sigue escribiendo y haciendo actos en favor de la caza del zorro y la iglesia cristiana a la que siempre amó y demostró su fe y devoción, sabores aparte.


viernes, 9 de abril de 2010

Todo esto empieza cuándo termina la vida

De repente te encuentras en ese sitio oscuro, con escasas bombillas antiguas que cuelgan de unas paredes castigadas, con toda esa gente vestida de azul; el tempo es abrumadoramente acelerado, están sudando, empapados en agua. Yo estoy seca, completamente vacía, como evaporada. Hay infinidad de máquinas, de todo tipo, con múltiples conexiones entre ellas. Se ven rojos, verdes, amarillos y azules metálicos circulando entre ellas a modo de venas; circula rápidamente, a bandadas. Muchos de los hombres de azul están frente a una de esas máquinas totalmente absortos e idos, manejando sus dedos como queriendo alcanzar la velocidad de la luz. El ambiente es subterráneo. Me levanto y empiezo a correr por ese enorme espacio lleno de escaleras y pasadizos; arriba y abajo, sin parar, no puedo parar, mi cuerpo va solo, y yo no entiendo nada, sólo corro y corro al son del lugar, sin darme cuenta de que no llego a ninguna parte. Todo está en funcionamiento, ellos en sus puestos, corriendo, acelerados, conectados a esas máquinas, a esa velocidad inherente. Y yo sigo corriendo, como embriagada por la necesidad de funcionar también. Nadie sufre de pura ni dura actividad mental. Inexistente. Nadie habla. Nadie se mira. Intento mirarlos, pero no los veo, no puedo encontrar sus ojos. Dejo de correr cuándo me doy cuenta de que el escenario es el mismo de lo que para mi fueron más de quince pisos. Nadie me mira. “¿Quizá ellos tampoco me ven?”, me pregunto. Me acerco a uno de ellos y le digo algo, algo sin sentido supongo. Sólo lo hago para comprobar que ni tan siquiera me oyen. Lo que siento, estalla. Una impotencia furiosa se apodera de mí, y entonces, sólo puedo gritar, gritar con tantas fuerzas que compruebo que el lugar sí que me escucha y que realmente estoy existiendo en ese sitio. Se rompen dos bombillas y las paredes tiemblan y esa especie de conglomerado de venas que circulan por el lugar, también se mueve, arriba y abajo, y, entonces, alguien parpadea; aunque sólo es por un momento, puedo verlo. Me acerco hacia él y descubro que ha vuelto al manejo de sus dedos muertos.
Oye… Oye, tú le insisto con mi voz más elevada y golpeándole en el hombro. ¡Tú! ¡Tú!... Sigo golpeándole y gritándole hasta que tengo la sensación de que estoy hablando con un muñeco de trapo. Casi lloro. Pero no lo hago porque algo llama mi atención. Las venas cambian de color y ellos, de posición. Entonces, como si una parte de mi consciencia despertara, me acuerdo de Adolph. Observo que aún tengo el conector en mi cintura y recuerdo de pronto que acordamos conectar cuándo estuviese dentro. Cojo rápidamente el aparato y aprieto el botón verde tres veces. En seguida recibo tres palpitaciones rojas. Sonrío. Todo el malestar se ha ido y la fuerza vuelve a acompañarme. Le hago saber que estoy bien, que necesito información sobre venas circulantes de espacios que cambian de color, y que cuando lo tenga, me lo pase, que voy a investigar por mi lado.
Ahora todos están sentados. En lugar de sus manos, ahora manejan su boca en parejas. Tienen los ojos cerrados. Los miro y recuerdo entonces el primer beso entre Adolph y yo. Estaba a punto de matarme, y él, me salvó con su contacto. Con su beso, la vida circuló de nuevo por mis venas; noté mi cuerpo conectado a mi mente y sentí de nuevo la perdida integración. Esto ocurrió hace poco más de dos años, y desde entonces, ya no he vuelto a desear la muerte. Desde ese día, juntos nos entregamos por entero a la vida y a la conservación de ésta, por ello, hoy, estoy aquí, en este lugar, en este mundo. Por cierto, olvidé presentarme, soy Mina.
El circuito de color vuelve a cambiar y todos van hacia unas fuentes que hay repartidas por el espacio. Hacen cola. No hablan. No se miran. Sólo beben cuando les llega su turno. Me aparto a un rincón para observar atentamente todas las secuencias. Me siento e intento concentrarme sólo en eso. Intento repasar mis conocimientos matemáticos. Pienso en los fractales. Veo muy nítidamente los colores. Mi cabeza empieza a hablar, sola, buscando relación entre la secuencia de colores (241, 239, 41, 256…), el espacio, el tiempo y el movimiento. Como vosotros ya habréis imaginado desde hace un rato, hay una relación entre las venas que circulan por el lugar y los quehaceres de los individuos que, cuán marionetas, siguen al unísono del color y la vibración. No hay que ser un genio para averiguar eso. El tema es saber cuál es la conexión y así, devolverles a su estado humano, conectarles con su alma. Se aceptan ideas.

martes, 9 de marzo de 2010

El domador de serpientes

El domador de serpientes llevaba unos meses por la zona. El aspecto, algo hippie, dejaba intuir acerca de su modo de vivir. Sílex le había visto pasar a través del gran ventanal en sus tardes de prisión laboral; le parecía de Europa del Este, luego supo que era norteamericano. A veces la sobresaltaba cuando pasaba por la calle dando brincos y piruetas elípticas, solo, riendo a carcajadas con expresión de bufón.
Una noche, Sílex, salió sola. De repente, unos profundos e inquietantes ojos negros aparecieron posándose en ella, era él; se acercó y se sentó en la silla contigua de la mesa que ella ocupaba acompañada con un líquido marrón cubierto de hielos en un vaso cilíndrico; él pidió lo mismo. Ella observó sus largas uñas, pensó que tocaría la guitarra. Un cómodo silencio los acompañó por varios minutos. El bar olía a humo, mezclado con romero y almizcle. Infinitas expresiones del alcohol podían verse en los seres que ocupaban el mismo escenario; un lugar cálido, de luz tenue, con mesas de madera y paredes oscuras decoradas con alguna fotografía artística en blanco y negro. Él se acercó al cuerpo de la pequeña Sílex y le susurró que quería que fueran siameses en esa noche creciente; ella, intimidada, acercó el vaso a sus labios dando un trago tan largo que se sonrojó.
Salieron alocados y sensuales del bar. Se dejaron llevar de la mano del casco antiguo. El D. De S. le recitaba poemas del libro que ella le pidió, Una temporada en el infierno, de Rimbaud. La pequeña Sílex escuchaba atentamente su interpretación oscura y apasionada mientras paseaban entre la piedra y los semáforos rojos que arriesgaban en busca de una camiseta que un motorista perdió, o, simplemente, por esa costumbre que tienen ambos de cruzarlos en rojo y caminar por el centro de la calle.
Nadie podría imaginar que, ante tal aparente conexión, algo podría separarlos desgarradamente.
Tras unos cuantos metros de pasos animados, entraron en otro bar para seguir exhibiendo un amor apasionado y contagioso. El alcohol agitaba, si cabe, aún más la sangre; una sangre que Sílex empezó a notar demasiado caliente, como si no fuera la suya. Él se limitaba a moverla, a agitarla de dentro hacia fuera con sus manos sabias. La noche seguía sonriendo. Ellos seguían siameses. El D. De S. pidió una guitarra que había sujeta en una pared, desafiante a la gravedad. Quería cantar algo para ella, quería hacer mover el cuerpecito de la pequeña con su suéter índigo y su larga y tubular falda gris.
—Pero déjamela, soy músico —insistía el D. De S. al cansado camarero con camiseta amarilla—. Yo ya he tocado aquí. Mas no hubo forma porque estaba prohibido tocar a partir de las 00.00h., así que volvió al banco donde estaba Sílex entretenida observando su piel blanca mientras manipulaba su ondulado pelo negro. Alguien pasó y les dijo que en un club, cerca del mar, unos músicos tocaban en vivo. Sin palabras, ambos, aún cuan siameses, se levantaron para ir hacia allí. Otra pareja bastante joven, una chica protuberante francesa de finos y graciosos ricitos castaños, y un delgado chico uruguayo, se fueron con ellos. Al llegar al lugar y hacer unas cuantas gestiones para poder pasar sin pagar, se abrieron las puertas del paraíso marroquí; telas de varios colores colgaban del techo, espejos regalaban perspectivas cambiantes, mesitas bajas acondicionaban el descanso de algunos observadores, y, en el centro, bordeando una barra en forma de L, dentro de la cual, trabajaban los camareros y el dj, se abría una pista de baile concurrida. Ambos empezaron a quitarse prendas. La sangre de Sílex estaba cada vez menos azul. Siguieron unidos, pero, esta vez, con el movimiento de un baile interminable que duró hasta que subieron la intensidad de las luces para mostrar que todo había terminado. Su piel estaba rojiza, Sílex perdía el norte de su Noruega natal.
El D. De S. cogió a la pequeña Sílex y le dijo que se marcharan de ahí, que todos eran “demasiado católicos”; salieron fundidos y riéndose a carcajadas. Él la llevaba por la calle, ella ya casi no iba más que a través de su guía, su sangre innata había totalmente cambiado. Pasó un paquistaní vendiendo cerveza en la humedad de la noche y el D. De S. consiguió las 6 que llevaba a 4.5€. Sílex pensó que el hombre tenía demasiado frío. Fueron paseando por unas calles cada vez más desiertas y cada vez más oscuras. Los escombros y las basuras se mostraban por doquier y el olor a orín era latente. La pequeña empezó a sentirse mal. Su cuerpo y su cabeza lanzaban señales extrañas. Se quiso ir a casa pero el D. De S. le dijo, imperante: —Ven, vamos por aquí. La luz, de repente, se volvió casi nula. Había una moto dormida, casi muerta, entre bolsas devoradas por gatos y ratones. El D. De S. dio un sorbo a su lata y la pequeña Sílex vio, en la muñeca con la que sujetaba la lata el D. De S., una pulsera gruesa de plata en la que dos serpientes eran el cierre. Sílex, sin pensarlo, se la quitó y se la probó. Los ojos de él, inyectados en sangre, la miraron furioso. Su boca, horriblemente abierta y cubierta de espuma, lanzó un grito. Utilizó la mano que tenía libre de la niña para, después de hacer un breve gesto con el brazo hacia detrás, tirar la lata con fuerza a un edificio gris, de aspecto viejo y abandonado. Sílex se separó de una mano que llevaba horas dentro de ella preguntándole qué que hacía.
—¿Por qué has hecho eso?
—¿El qué? —preguntó Sílex, desconcertada.
—Quitarme la pulsera —dijo él con ojos maquiavélicos.
Sílex se asustó, intentó irse pero él la sujetó con fuerza por su escuálido brazo y la empujó al interior de un portal que empezaba un metro más atrás que los demás, con lo que no se les veía desde la calle profunda y desolada. Le dio la vuelta y le subió la falda. Le bajó las medias y, casi al instante, la sangre de la pequeña empezó a brotar por sus firmes nalgas. El escarlata bañó el espacio donde quedó tirada. Las ratas se acercaron. Ella dejó de ser para convertirse en otro muerto viviente y alienado, domado por el poder, hasta el fin de sus días.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Las Matrioskas


Todo comenzó con unas muñecas rusas, de esas que se abren en dos y se van metiendo una dentro de otra. El estaba en el anticuario cuando ella entró, la vio radiante, ella preguntó si tenían matrioskas, a lo que el vendedor respondió que sí, el hombre, alto y con un bigote que daba el aspecto de no haber sido afeitado en décadas, sacó de un cajón una muñeca enorme de madera y la dividió en dos y de ésta salió otra, y así repitió la operación siete veces. Ella sonrió al verlas y le solicitó al hombre que las envolviese tras pagarlas. Juan, que estaba observando en la distancia la belleza de esa mujer metida en un vestido rojo de tafetán se acercó y le dijo:- son unas muñecas muy bonitas y originales, casi tanto como usted, déjeme pagarlas, por favor, me gustaría que sean un regalo de mi parte.-. Ella lo miró sorprendida por un segundo, y al siguiente asintió con la cabeza. Esa misma tarde se besaron tras un café y media hora de conversación. Ella se llamaba Isabela y según lo que Juan creía, era la mujer más preciosa y dulce que nunca había visto. Claro que luego de casarse y tras dos años de convivencia, a pesar de opinar lo mismo sobre su belleza, ya no pensaba igual acerca de su dulzura. Eran raras las ocasiones en que Isabela le brindaba un gesto de cariño, pero Juan jamás se rendía, cuanto más rechazo sentía ella por Juan, él más se empeñaba en adorarla. Juan tenía una pequeña tienda de filatelia en la calle principal del pueblo donde vivían juntos. Isabela se dedicaba a ser mujer, y según su definición ésto consistía en mantenerse guapa y poner cosas inútiles pero decorativas en la casa, además de cuidar del jardín y preparar exóticas recetas que conseguía en libros que hablaban de sitios que jamás había siquiera pisado.
Una noche tras llegar del trabajo, Juan se acercó a Isabela y la cogió por la cintura, ella asintió el gesto cogiéndole los brazos y pegando su espalda a él, luego de varios meses vacíos al fin, hicieron el amor, como dos adolescentes, como si estuvieran unidos y compenetrados como pareja, esa fue la primera vez que Juan sintió que abría a su muñeca rusa de carne y hueso, y de ella salía otra, más buena, más dulce, más humana. Al día siguiente esa muñeca que Juan había descubierto la noche anterior dentro de su mujer ya se había metido de nuevo en el cuerpo frío de Isabela, y así volvió a ver al gran estuche de madera en lugar de a su dulce muñequita. Un día después Juan intentó lo mismo, pero ésta vez Isabela lo apartó de su cintura para luego decirle:- Querido, yo no te necesito, te deseo sólo por momentos, pero a pesar de ello tú te quedas a mi lado, ¿quieres saber el por qué? Te lo explicaré, mi piel es para ti como el sol para las flores, no podrás vivir nunca sin ella, incluso después de muerto me buscarás para tocarme, mi naturaleza está en que tú no eres la única flor que debo cuidar, mi deber es como el del sol, debo iluminar a todas las criaturas, ya que incluso sin saberlo todas dependen de mí, ámame si quieres, yo no me iré de tu lado, pero acepta mi naturaleza o te marchitarás pétalo a pétalo.- Tras ello, Isabela dejó la habitación y se fue a leer tranquilamente, como si lo hubiese besado en la frente, con una paz tal, que incluso Juan se sintió bien tras esas palabras.
Juan todas las mañanas se iba a trabajar tranquilo, casi vencido podría decirse, pero en el fondo feliz de saber que al regresar a casa tendría a su ave salvaje encerrada entre las cuatro paredes del salón, sentada silenciosa, casi invisible allí.
Una noche tras un día más de trabajo en la tienda, Juan regresó a casa pensando su táctica para volver a tocar a su mujer, su sorpresa fue que al entrar al salón Isabela no estaba, la buscó por la biblioteca, la cocina, el jardín y la habitación, pero luego de un rato de buscar en vano, supo que ella no estaba allí. Cenó tranquilo, como un perro que espera a su dueño en casa, sin rencor, sin amargura, pero él no era un perro y en el fondo tenía un deseo insoportable de romper a patadas alguna cosa. Miró en el estante que estaba sobre la chimenea, y vio a las muñecas que una tarde de otoño le había comprado en un anticuario “su primer capricho” pensó, Juan siempre había pensado en Isabela como en esas muñecas, sabía que dentro de sí guardaba muchas otras personas, pero él no lograba conocer más que a la que estaba en la parte superficial, y también la conocía como si fuese un trozo de madera pintado, porque jamás conoció lo que ella sentía o tenía en el alma.
Tras un par de largas horas, salió de casa en busca de algún bar, necesitaba beber algo fuera de ese hogar que tanto daño le hacía si ella no estaba en él. Tras conducir unos minutos encontró un sitio idóneo para lo que deseaba y entró a un burdel. Pidió un whisky doble y una puta con aspecto de muñeca inflable se lo trajo a la mesa. El intentó hablar con la mujer, pero ella sólo se insinuaba desplegando para ello todas las tácticas que conocía, mover el culo, tocarse las tetas, echarle humo en la cara, Juan desistió y al rato estaba follando con ella en un catre que tenía el poster de una virgen pegado a la cabecera. Al terminar se sintió vacío de hombría, le arrojó a la mujer unos billetes se vistió y salió. Caminó un buen rato llorando y con la boca seca, fumaba un cigarro detrás de otro, se sentía un despojo humano. Paró en medio de un puente de piedra no muy alto que tenía un río pasando por debajo, dicho así suena bonito, pero el lugar era macabro, una carretera pasaba cerca, y el río estaba lleno de piedras afiladas además de estar sucio. Pensó en tirarse para abajo y en que con suerte se partiría en dos la cabeza, pero tampoco para ésto tuvo agallas. En un ataque de ira comenzó a darle golpes con el puño cerrado al puente de piedra, con lo que sólo consiguió destrozarse la mano derecha. Tras ésto regresó al coche.
Al llegar a casa ella estaba allí, lo miró despectiva, él ni siquiera se atrevió a preguntar dónde había estado, a ella no le importaba lo que él había hecho, así que tras un silencio Juan se fue a la ducha, y ella a leer.
Así pasaron los meses, cada vez ella faltaba más en casa a la hora en que Juan regresaba del trabajo, y aún más seguido él se dirigía al burdel a buscar a Lourdes, la puta de aquella primera vez, estando sólo con una puta y no con muchas, él sentía que no estaba tan sucio como en realidad consideraba que estaba.
Algunas noches Juan e Isabela hacían el amor de una forma tan romántica y pasional que él olvidaba que su vida era un agujero negro, y ella sonreía como si fuese la primera vez.
Un día Juan volvió antes a casa y vio a Isabela en el jardín haciendo el amor con otro hombre, algo que realmente no lo sorprendió, claro está, pero se puso furioso, tan furioso que se fue al burdel a buscar otra puta, una distinta. Isabela nunca supo que él la había visto, pero claro, tampoco le importaba demasiado según parecía.
Después de un tiempo de ésto, Juan comenzó a usar la violencia con sus putas del burdel, con lo que se ganó una buena paliza de parte de los chulos junto a una invitación de no regresar nunca. Ese fue el día en que Juan perdió los estribos. Regresó a casa y encontró a Isabela sentada en el sofá, ella al verlo destrozado y con la cara llena de sangre, se levantó cariñosa y lo abrazó, Juan sintió tanto amor que fue como si todas sus penas se borrasen de golpe. Se bañaron juntos y ella le sanó las heridas luego. Tras ésto, lo besó, llorando, abrazándolo, acariciándole el pelo, Juan estaba como en en el edén, se sentía liberado y puro de nuevo, se fueron a la cama a hacer el amor, Juan fue observando como durante esa noche una tras unas las matrioskas se abrían y dejaban salir a una Isabela nueva y mejor que la anterior, siete veces hicieron el amor, hasta que Juan observó a la última muñeca rusa salir del cuerpo de Isabela, cuando ella estaba tumbada notó como había conseguido lo que siempre había deseado, tener a sus siete muñecas en una, en el cuerpo de Isabela, ya la conocía por completo, entonces fue cuando se desencantó, la abrazó fuerte, la abrazó y la besó como si fuese la última vez, y de hecho así era, mientras la abrazaba y la penetraba, se sentía poderoso, sus siete muñecas de Isabela entre sus manos, el cuello de Isabela entre sus manos, la boca de Isabela en su boca, la sangre de los labios de Isabela entre sus dientes, comenzó a morderla, a arrancarle la piel de muñeca a tiras, no quería que nunca pudiese volver a armarse en la muñeca grande que tanto daño le hacía, la estranguló lentamente mientras la penetraba la estranguló hasta que sus ojos se pusieron morados y luego saltones y luego más morados aún, la mordió hasta que de su boca sólo quedaban unas encías sin labios y unos dientes rojos bajo la sangre, la estranguló hasta que su piel se puso azul, hasta que su cuerpo estuvo helado, hasta que él eyaculó por primera vez sólo pensando en su propio placer. Al terminar se levantó histérico, se levantó radiante, lleno de sangre su cuerpo que se separaba del cuerpo de una muñeca que nunca debería haber cobrado vida, el cuerpo de Isabela era ahora algo retorcido y frío que yacía con cara de horror en la cama, un cuerpo sin boca y sin ojos, un cuerpo vacío de muñeca rusa.
Juan se bañó, se vistió, cogió las llaves del coche, y se fue del pueblo para no volver jamás.

Dios Todo Lo Ve


En aquella época mis padres tironeaban de mí, como en muchos casos de niños cuando sus progenitores se han divorciado.
El día que descubrí la verdad sobre la sociedad en que vivo era domingo y estaba con mi madre.
-Venga vístete o llegaremos tarde a la iglesia.- me dijo intentando ser paciente. A los dos minutos estaba terminando de vestirme en el asiento de atrás mientras ella maldecía a cada coche que se le cruzaba por el camino. El reverendo Martinez Salvá estaba como siempre parado en la entrada con su túnica negra, su barba rubia, su cara bondadosa y sus gafas sonriéndole a todo el mundo. “Buenos días Mónica, veo que ha venido con su retoño” dijo despeinándome con una caricia, por lo bajo me soltó, “como hoy no te comportes terminas de nuevo sentado con las hermanas gordas de la semana pasada en el oratorio”. La misa avanzaba mientras nos hablaba a todos de lo bonito que era ser bueno con nuestro prójimo y de cómo Jesús había estado cantidad de tiempo en el desierto, había cargado una cruz, lo habían clavado a la cruz, había resucitado y caminado sobre el agua. Ese tío era un jodido super héroe, aunque con todos sus poderes nunca entendí por qué no aplastó a los romanos y salió volando con su madre virgen bajo un brazo y sus doce apóstoles en la espalda. Mi madre no estuvo muy de acuerdo con mi comentario, y tras darme un golpe en la nuca me exigió que me ponga de rodillas como hacía todo el mundo, mientras el sacerdote levantaba la copa de oro y se mandaba varios tragos de vino. Lo que menos soportaba de ese sitio era el coro que dirigía la mujer de pelo anaranjado, siempre desafinaban y cantaban las mismas canciones, en ese momento tocaba “den al señor sus alabanzas, denle poder honor y gloria, a una voz, canten un himno al señor”.
Yo no podía comer el pan mojado en vino, que en realidad era un pedazo de cuerpo del super héroe, porque aún no tenía hecha la comunión.
Ese día nos contó el padre Salvá que Jesús sabía que lo iban a traicionar, ese tipo Judas se había vendido a los malos, pero que Cristo le perdonaría y que por él y todos nosotros se iba a dejar clavar a una cruz como un cuadro a la pared. Tenía dos cojones ese tal Jesús.
Al salir de misa el padre Martinez Salvá me llamó a hablar con él y me preguntó nuevamente que si me apetecía tomar la comunión ¡¡joder y si me apetecía!!, tras las amenazas de mi madre de quitarme la play si no lo hacía, incluso me dajaba clavar a una cruz también. Respondí que sí con una sonrisa y al viernes siguiente estaba metido en un grupo de catequesis cuya profesora se escandalizaba frente a todas y cada una de mis preguntas. Tiempos difíciles para un curioso. O sea que tras conocer en clases de religión que Dios me observaba todo el tiempo, en todas partes, que era invisible y que me juzgaría, salí acojonadísimo y me fui a casa de mi padre que vivía muy cerca.
Mi padre, en cambio, seguía otro tipo de religión, al menos eran más enrollados y tenían espectáculos molones en escena. Ibamos a la Iglesia evangelista brasileña “Cristo Vive”, aquí el panorama era diferente, y también me tocaba ir los domingos, sólo que los domingos que no estaba con mi madre. Pensando en todo aquello pasé el viernes y el sábado, además de que ese día fuimos a visitar a mis tías, que me hicieron comer como si no existiese un mañana mientras me hacían todo tipo de preguntan sobre mi madre, al tiempo que la criticaban tratando de ser sutiles, hasta que al fin mi padre dijo que nos íbamos a casa. Mis tías eran agnósticas, y cuando le pregunté en casa a mi padre qué significaba eso me dijo:- que irán al infierno por no creer en nuestro señor.- Con lo cual me acojoné más y pensé que en ese momento el tío invisible me estaba mirando, y de que seguramente se había dado cuenta del pedo que me había rajado, joder con lo cotilla que era éste tío.
Lo mejor llegó el domingo cuando fuimos a la iglesia “Cristo Vive”. El pastor Sebastián estaba en un escenario tope de luminoso mientras el coro excitadísimo cantaba en portugués moviendo el culo y las manos como si estuviesen en carnaval, era genial. En el lugar había muchísima gente que levantaba las manos y el pastor casi siempre escogía personas ancianas, enfermas o con discapacidades físicas para que suban junto a él, a pesar de que siempre levanté la mano nunca tuve tanta suerte. Esta vez eligió a un hombre en silla de ruedas, jo macho, que fuerte me pareció lo que sucedió después, el padre Sebastián comenzó a preguntarle a voces:- ¡¿puedes curarte???!- a lo que el paralítico respondía:- ¡Puedo!- Luego el pastor al público:- ¡Con el amor de Cristo podrá!- La gente enloquecía tras repetir dos o tres veces ésta situación. Lo chungo fue cuando le quitaron la silla de ruedas, el hombre cayó al suelo como una bolsa de patatas, a su vez todos gritaban a voces “Cristo ayúdale, Cristo cúrale” y el pastor Sebastián le cogía la cabeza y con los ojos cerrados empujaba hacia adelante y atrás con las dos manos como meneándole las ideas. Tras unos minutos de yacer en el suelo temblando mientras todos gritaban el hombre se levantó haciendo que todos griten aún más y el coro enloquezca. Mi padre movía todo su cuerpo histérico, y parecía que cada uno de sus miembros tuviese vida propia moviéndose hacia donde más le apetecía. Joder si era poderoso ese tal Cristo. Decidí entonces no decir más joder, no vaya a ser que su padre invisible me estuviese mirando en ese momento.
Al llegar a casa de mi madre tras tan brutal fin de semana encontré en el sofá un culo blanco y peludo que parecía pertenecer a un tío, pero de él no veía más que eso y las piernas de quien parecía ser mi madre en sus hombros, además de que entre sus tetas había un tío más, cual fue mi sorpresa al cerrar la puerta que el tío del culo blanco y peludo era el sacerdote Martínez, que se puso más pálido que de costumbre al verme. En cinco minutos todos estaban vestidos y en la mesa junto a mí, resulta ser que el tío que tenía la cara en las tetas de mi madre era nada menos que uno de los monaguillos, me explicaron que lo sucedido no tenía importancia y que a veces la gente se equivocaba, y que ellos evidentemente habían sido tentados por satanás. Tras ésto me enviaron a mi habitación.
Pasó la semana y yo iba cada vez más veces a clase de catequesis, el ángel de la guarda, que me cuidaría en teoría, también iba pegado a mí observándome, hay que joderse porque era un enviado del tío invisible, estaba chunga la cosa para liarla: Dios tenía espías y todos eran invisibles como él. Controlaban todo, que cumpla los 10 mandamientos, que no comenta pecados, que haga caso a mi madre, que rece, que me disculpe ante ellos... sí, habría que ir con cuidado porque sino al infierno de una, sin más.
Una semana después me encuentro al tío paralítico de la iglesia de mi padre pidiendo limosna a la salida de mi escuela, estaba ciego, hay que ver la que le cayó por dejar la silla de ruedas, a ver si había suerte y el pastor Sebastián lo curaba de nuevo, aunque visto lo visto igual no le convenía. Cuando volvimos a la iglesia “Cristo vive” el pastor explicó con un sobre en la mano que debían poner su aportación a Dios dentro y que su plegaria llegaría al cielo. Básicamente era más rápida y efectiva la solución cuanto más alta la aportación, parecía justo. Pero cuando mi padre dijo que no quería aportar porque ya no tenía dinero, la iglesia, el pastor y el coro incluido lo invitaron a retirarse. Así mi padre los mandó a la mierda y se tiró al alcohol.
Unos nueve meses después mi madre tuvo un hijo que provocó bastante escándalo mediático, además de la expulsión del padre Martinez Salvá de la santa iglesia católica apostólica romana.
A día de hoy voy con algo de cuidado por si es cierto que el tío invisible me sigue observando, y todavía no entiendo como éste súper héroe llamado Cristo puede tener tantas sucursales y una iglesia con el nombre de los romanos que son quienes lo asesinaron. A ver si al final es verdad que el infierno está en la tierra como dice mi profesor de literatura cada vez que se cabrea por algo. Al menos dejé de seguir yendo a clases de catequesis y pude volver practicar fútbol los viernes.

martes, 1 de diciembre de 2009

El cadáver exquisito


1
Su belleza solo era comparable al de un cadáver putrefacto lleno de gusanos asomando por sus partes abiertas. Era su novia y él la amaba.
2
Bellas mujeres con el pelo cardado, rubio a ser posible. Trajes de baño minúsculos de colores vivos, se permite la lentejuela. La braga del bikini ha de llegar casi hasta las axilas. Quizás se pueda llevar una chaquetita torera pero nunca sin hombreras y siempre desabrochada. Yo siempre quise ser un malo de los que salían rodeados de estas mujeres. Solían ser unos seres corruptos, sin escrúpulos, solían vestir de blanco y los jeeps de sus secuaces sanguinarios volcarían saltando por los aires con un tirabuzón hacia la derecha mientras persiguiesen la furgoneta del Equipo A.
3
Me la quedé mirando mientras montaba mi sierra eléctrica. Pensé en lo rojo que se pondría el traje blanco que llevaba. Miré después hacia la piscina donde flotaban cinco hombres fornidos y desnudos. Pectorales y abdominales perfectos. Un calzón minúsculo les cubría las partes. Todo era demasiado bello. Pronto dejará de serlo pensé mientras arranqué la máquina.
4
No solíamos quedar nunca. Nos arreglaríamos en casa. Nos pondríamos nuestros vestidos rotos y chupas sin mangas y con hombreras. Nos cardaríamos el pelo, pintaríamos los ojos de azúl y amarillo, los labios de negro, nos calzaríamos las plataformas y nos iríamos encontrando todos allí en El Via Láctea. En realidad éramos cuatro gatos, no era lo que hoy pensamos que fue.
5
Sonó el móvil, me levanté y contesté dejando la sierra apoyada en la pared. Era Alicia. Curiosamente me pidió la sierra que estaba a punto de utilizar. Le dije que se lo prestaría cuando acabase de utilizarla. Podé los setos del jardín. Metí después la sierra en la furgoneta y conduje a casa de mi novia.
6
San Francisco es una ciudad estupenda para las persecuciones por sus empinadas y consecutivas cuestas. El tranvía nos dará un toque especial además de hacernos de un obstáculo formidable. Por sus calles los coches saltarán en un estricto orden uno después del otro. Comenzaremos con ocho coches de policía (los más cuadrados que tenga) persiguiendo a un Mustang negro. Iremos perdiendo tapacubos en las curvas y algún que otro coche de policía en los cruces. Iremos soltando parachoques y faros en los aterrizajes. Un coche de policía chocará con un tranvía. El Mustang escapará del detective que va en el último coche de policía saltando por un puente levadizo siendo izado. Pero al otro lado se encontraría con la con una furgoneta GMC Vandura negra con una raya roja pintada en cada uno de sus lados.
7
En el otro lado de la linea sonó mi amigo policía mientras la sangre aún caía por la sierra. No le dije nada, no me atreví. Miré a Alicia. Luego miré el grotesco escenario, la sangre, las vísceras, las moscas. Volví a mirar a Alicia. “Se ha cometido un crimen” dije por el teléfono.
8
Los buenos siempre han de ganar. Las muertes no han de ser retratadas. Las balas son infinitas. Las mesas de madera son antibalas. No debe de salir sangre, la mínima posible. Los pelos, cardados. Los bigotes, poblados.
9
No la encontraba bella. Sabía que era fea pero era perfecta para él. En toda su juventud solo había salido con las mujeres más guapas. Pero había cambiado la belleza superficial por la belleza interior. Y en eso Alicia no tenía competidora.
10
Comencé por la bella mujer de blanco. Primero la cara. Los labios, las orejas, los dientes. Mira que guapa te ves ahora. Hay que mejorar esa tripita lisa que tienes. También esas piernas perfectas. Me da mucha pena que se te manche el traje blanco tan bonito que llevas. Ya me encargaré de los hombres despueś, les borraré esa belleza estúpida de la cara...
11
Aparqué mi GMC Vandura (réplica de aquella de la mítica serie El Equipo A) en la entrada de casa de Alicia, mi novia, la mujer más fea del pueblo y tambien la más especial. La amo con locura y haría cualquier cosa por ella. ¡Y mira que es fea la jodía! Cogí la sierra de la parte trasera y se la dejé. No pregunté para qué. Me fui a trabajar.
12
Después de un duro día de trabajo combatiendo narcos, secuestradores, políticos corruptos, persecuciones a tiros y demás a uno le entra sed. Iríamos a casa en la fugoneta de M.A. Hablaríamos de ver a nuestros amigos y tomar una cerveza con ellos y contarles la jornada. Nunca quedábamos con ellos. Nos arreglríamos, nos cardaríamos los pelos, nos pintaríamos los ojos y los labios y saldríamos para encontrarnos con todos en El Via Láctea de Malasaña.
13
“Alicia, corre. Desaparece. Mi amigo policía está viniendo para ver lo que podemos hacer. Quiero que te escondas bien para que nadie te encuentre. Quiero que sepas que todo está bien. Yo estoy contigo mi vida. ¡Corre, preciosa!” . Fueron las últimas palabras que Alicia me escuchó decir. La encontraron la mañana siguiente en su casa sin vida. Los que la encontraron pensaron que llevaba semanas muerta.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Último Asalto


La lona lo llamaba. Tiraba de él, como si de un gran imán se tratara. Era el último asalto. El último. El timbre de la campana fue casi inaudible, solo una sutil y distante llamada por encima de un zumbido agudo constante en su cabeza que le dificultaba la concentración. Sin duda el oído estaba tocado. Pero a estas alturas a quién le importaba. A nadie. Diez segundos entrados en el asalto, recibió un fuertísimo gancho de derechas del campeón. El cerebro se agitó en su cráneo y la lona volvió a tirar de él. Las cosas se le tornaron borrosas y comenzó a sucumbir a la llamada de aquella superficie azul. Solo veía el azul mientras caía lentamente hacia delante. ¿Qué tenía el azul, que todas las lonas de los cuadriláteros del mundo eran de ese color? El azul le recordaba al mar que bañaba su pueblo natal donde había tenido una infancia tan feliz. Y había decidido tomarse un último chapuzón en ese mar azul y recordar la ternura e inocencia de su corta etapa allí. Y entró de cabeza y le rodearon las burbujas. Cuando éstas le dejaron ver pudo observar un banco de pececillos junto al pilar de madera sumergido del embarcadero. Subió para coger aire. El aire era puro y limpio. Subió por la escalera del embarcadero como había hecho tantas veces. Caminó por él observando el pequeño pueblo pesquero que le había hecho. Caminó por sus calles estrechas llenas de color. Todo seguía igual. Notó una mano en su hombro.
- Hola chico.
- Hola señor Smith. Ha pasado mucho tiempo.
- Si Dylan, pero nunca me olvidaría de mi mejor alumno. No debiste dejar el colegio pequeño. Habrías llegado lejos.
- No lo dejé por gusto Sr. Smith. Mi madre, mis hermanitos, me necesitaban…
- Lo sé. Siento lo de tu padre chico. Tuvo que ser muy duro. Que el mar se lleve a un compañero pescador es duro para todos nosotros.
- No les podía dejar. Yo me convertía en el hombre de la casa con todas sus obligaciones. Por eso comencé a trabajar de mozo en el puerto.
- Sólo tenías trece años.
- No se preocupe por mi sr. Smith, míreme ahora. Soy un buen luchador, tengo fama, dinero, una mujer y un hijo…
- Si chico, pero no eres feliz. ¿Por qué si no vuelves por aquí?
- Adios Sr. Smith.
- Hasta siempre chico.
Escuchó como el árbitro contaba “¡ Cuatro, cinco, seis…!” Abrió los ojos. Primero vio el azul de la lona. Luego los pies de su contrincante. Luego miró al público. Todos en pie gritando que se levantase, pero ya no oía nada más que el zumbido en su cabeza y los números gritados al oído por el árbitro “… siete …”.
Y una vez más se vio en pie frente al campeón y el público se volvía loco.
Almacenó fuerzas y lanzó sendos crochets con la izquierda y la derecha respectivamente que hicieron adoptar una postura defensiva al campeón. El público no dejaba de rugir y animar a su favorito. El campeón devolvió un golpe en los abdominales que dobló a Dylan y le hizo retroceder. El campeón se lanzó hacia él con jabs, directos y todo su listado de técnicas. Le llovían los golpes por todas direcciones y no hacía más que defenderse y retroceder. Finalmente topó con las cuerdas. Unas cuerdas que no eran ásperas como las que había conocido al principio. Unas cuerdas limpias y suaves. El campeón levantó el puño derecho, apuntó a la cara de Dylan y lo disparó contra él. En ese momento Dylan cerró los ojos, y cuando los abrió… vio a Rob, su primer entrenador, lanzándole un directo con la diestra que consiguió esquivar con soltura. Ya no había público. Ya no estaba el campeón. Estaba en el viejo gimnasio donde había comenzado a entrenar en serio. Le había traído a la gran ciudad Rob, una vieja gloria del boxeo local que ahora se dedicaba a sacar a niños pobres de la miseria enseñándoles una profesión como luchador. No cualquier niño era apto. Rob había ojeado a Dylan en las peleas clandestinas que se montaban en el puerto pesquero donde éste trabajaba. El niño era un fenómeno con los puños y de esta manera sacaba un dinero extra para su malparada familia.
- Ya esta bien por hoy Mula. - Rob llamaba Mula a Dylan por los trabajos que éste desempeñaba, tanto en el pueblo como ahora, en la gran ciudad. Decía que no era más que una mula de carga y a Dylan no le importaba.
- ¿Cómo estás Rob?
- Estoy contento Mula. Te has convertido en un gran luchador. Estoy muy orgulloso de ti.
- Es todo gracias a ti.
- No chico. Tu lo valías desde el principio. Yo solo te enseñé los trucos.
- Me los enseñaste muy bien.
- Debe ser verdad, mírate ahora, luchando por el cinturón de campeón. Es increíble.
- Pero creo que no soy feliz Rob.
- Ya lo sé Mula. Lo he notado.
- Cada vez que consigo algo, pierdo otra cosa. No puedo compartir mis triunfos con la gente que amo. Tú por ejemplo, ¿Por qué te fuiste? Por qué tuviste que morirte. Tenías que verme triunfar.
- Era viejo Mula. Los viejos, morimos…
- ¿Y papá? ¿Y mamá? ¿Eran viejos? ¿Y la pequeña Betrys y el pequeño Owen? ¿Acaso eran viejos ellos?
- Calma Mula. Ya sabes que a tu padre nunca le conocí. Y que sentí tanto como tú la muerte por cáncer de tu madre, fue una pérdida trágica. Pero no tenía ni idea de lo de Betrys y Owen. Dios bendito, ¿que les pasó a las pobres criaturas?
- Pasó después de tu muerte. Caminaban por la ciudad con la niñera que había contratado para cuidarles. Caminando por la ciudad tranquilamente. Venían al combate que me proclamó campeón del condado. Era solo un paseo desde casa. Un coche descontrolado chocó con una farola que golpeó a varios viandantes cercanos. Hubo dos muertos…
- Lo siento Mula. No tenía ni idea. Pero no te machaques por ello. Piensa en tu mujer y tu hijo.
- Mi mujer me ha pedido el divorcio. Dice que mi depresión junto al mundo del boxeo no es bueno para nuestro pequeño.
- ¡Zorra asquerosa!
- No Rob, está bien, ella tiene razón. Creo que es mejor que se alejen de mí antes de que les ocurra algo a ellos también.
- Muy bien Mula, como tu digas. Pero ahora concéntrate en el combate, tienes que ganarte un cinturón de campeón del mundo chico. Ponte recto, reacciona, dale fuerte, por los tuyos…
Por ti Rob…
Echó una última mirada a aquella sala sucia que olía a humanidad, con ese cuadrilátero de madera, lona desgastada y cuerdas ásperas y cortantes que dejaban marca cuando rebotabas contra ellas. Cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos pudo ver el puño derecho del campeón directo hacia su cara. Una esquiva efectiva, de aquellas que le había enseñado el viejo Rob, y un buen gancho de izquierdas, marca de la casa, desestabilizaba al campeón que cayó al suelo. Pero rápidamente se puso en pie de nuevo y frente a él. El público explotó. “Éste es el último asalto… Mamá, papá, Betrys, Owen, Rob. Melinda mi amor, Owen jr, ,mi pequeño, observad todos esto. Voy a ser campeón del mundo.”


DGF

lunes, 20 de julio de 2009

Soledad



Aquélla que se hace llamar amiga mía se acerca sonriente con mi pastel de cumpleaños, con un verdadero infierno de velas encendidas encima, en su papel de perfecta anfitriona de la fiesta sorpresa que han preparado todos éstos extraños para mí.

Intento dibujar una sonrisa, mantenerla, dominar la situación. Al fín y al cabo ha sido un detalle que se hayan tomado todas éstas molestias, ¿no?. No debo hacer caso a la idea que me ronda desde que ha empezado todo éste teatro: en realidad la fiesta no es exclusiva para mí, sino que se celebra otro cumpleaños más. Jamás dedicaron un evento a mi persona en particular, pero éste año lo tenían muy bien organizado... “así matamos dos pájaros de un tiro jaja”, aún oigo las palabras en mis oídos.

Soplo las 40 velas un poco ruborizada y una veintena de personas rompe a aplaudir. Me siento un poco incómoda, observada. ¿Será porque todas las miradas están cargadas de educación o aburrimiento en vez de sinceridad?.

Las recorro una a una cuando brindamos con cava: los divido por grupos imaginarios y en primer lugar me fijo en mis amigos, en aquéllos que hace muchos años me hacían sentir cómoda, acompañada en el viaje de la vida, que tenían una palabra de apoyo y que conocían mis reacciones igual que yo misma. A día de hoy no conocen a la mujer en que me he convertido, no me aceptan tal y como soy y cada vez están más lejanos, pero bueno, es una sensación recíproca, pienso fríamente mientras trago un sorbo de cava.

Luego están los agregados, los conocidos, los amigos indirectos se podrían denominar.... los maridos, mujeres, o nuevas adquisiciones de los últimos tiempos para los cuales eres únicamente una pieza más del mobiliario, alguien de quién poder criticar sus aventuras vitales en las reuniones sociales. Realmente... ¿qué hacen todas éstas personas celebrando algo mío?

He terminado un par de copas respondiendo vanas preguntas, tan superficiales que ya ni las recuerdo, así que relleno un vaso con whisky y paseo por la terraza. Me apoyo en la baranda y miro las luces de la ciudad, hace una noche perfecta. Corre una ligera brisa que me alborota el pelo y mece mi vestido. Me doy media vuelta y mi mirada se posa en mi pareja.

Mi pareja.... ésa solución a medias para evitar la soledad y que me ha traído una soledad más dolorosa, la que sientes en compañía, ya conocida otras veces por mí. ¿qué es lo que me hace estar al lado de ésa persona?.... en su día no fué una pasión desbordante, no me conoce en profundidad, no es el compañero que yo necesito y pienso si no seremos la mentira recíproca que nos hemos buscado.

Vuelvo a mirar a la ciudad. Hoy cumplo 40 años y no tengo a nadie a quién realmente le importe para celebrarlo. Llevo un rato aquí apartada y ni se han percatado de mi ausencia. Es lógico, mi presencia es totalmente prescindible.

Un ruido me saca de mis pensamientos, ha llegado un coche y ha aparcado justo ahí abajo, en la puerta del edificio. Es un coche rojo, desde aquí no puedo ver qué tipo de vehículo es pero hay algo que me atrae en él.
Un coche rojo... siempre quise tener uno de ése color. Empiezo a imaginar lo que sería cogerlo ahora y marcharme conduciendo sin rumbo fijo, sin prisas, sin itinerarios, sólos él y yo alejándonos en la noche.
El color me llama como un punto en mi retina, no puedo apartar mi mirada de él, ni siquiera cuando trepo al balcón y me quedo allí de pie, tan sólo un instante. Primero tengo algo de vértigo, luego miedo a caerme, pero.... ¿miedo a qué? ¿a aquéllo rojo de ahí abajo que es lo más real que he vivido en toda la noche?.

El viaje ha sido realmente rápido... no me ha dado tiempo a oír los gritos procedentes de la terraza, ni alguna carrera para impedir la mía, sólo he notado brevemente cómo el aire ha rozado mis mejillas antes de que el coche haya parado mi caída y yo haya llegado a mi destino.

miércoles, 3 de junio de 2009

Buenos días

— No puedo hacerlo.
— ¿Por qué no?
— Sería una traición. Sería alimentar a la bestia que llevo dentro y nunca me podré salvar…
— No has de salvarte. Claro que puedes. Si tú quieres, hazlo.
— Nadie me volverá a mirar…
— Eso no es verdad. Has de ser como eres, no lo que los demás quieren que seas. De esta manera solo te mirarán los que se merecen mirarte.
— ¡Nadie! Nadie querrá acercarse a mí. Soy un monstruo. No puedo hacerlo, no puedo seguir haciendo esto, tengo que cambiar.
— Mira, esto no tiene sentido. Si no disfrutas de tu vida y eres feliz, espantarás a todos los que si disfrutan de tu compañía y no te quedará nadie de verdad. ¿Y yo, no estoy aquí contigo? ¿Acaso no te comprendo?
— Me comprendes porque eres como yo…
— ¿Un monstruo?
— ¡No! Nunca. No eres un monstruo. Eres una persona estupenda. Eres… eres mi mejor amiga.
— Y soy feliz como soy. Y tú deberías aprender de mí, solo así aprenderás a valorarte.
— Tienes razón Loli. ¡Lo voy a hacer! No puedo vivir amargada por lo que los demás puedan pensar. Si quiero hacerlo y hacerlo me hace feliz, lo haré. Así es como soy y a quien no le guste que no mire. ¡Camarero! ¡Los dos cafés, con azúcar por favor! ¡Métase la sacarina por…
— ¡Nena, nena! No te pases con el camarero. Creo que el muy picarón me ha guiñado antes el ojo. Creo que le he gustado, he visto como me mira el pecho y…
— Pero qué dices nena, ¡si estas gorda!

Eso en la mesa número cinco. Carmen y Loli, las gordas solteronas. Siempre tenían el mismo debate todos los días después de tomarse sus churros con chocolate. ¿Sacarina o azúcar? ¡Ay señor! ¿Qué podemos hacerle?, “¡marchando dos cortados con azúcar!”
En la mesa dos está sentada Laura, como todas las mañanas.

— Mira Perico… Últimamente te estás portando de una manera muy extraña. Ya no te veo casi nada y estás más irascible que nunca. Te cabreas con nada y la tomas conmigo, y luego me haces regalos que no te puedes permitir para pedirme perdón. Has de saber una cosa. Una relación no se mantiene con regalos caros. Esto… hay que estar en todo momento, ¡no!… has de estar ahí cuando te necesito, ¡no!… eh… tenemos que vernos más a menudo y… ¡bueno! Que lo quiero dejar. Y punto.
— Como lo hagas así Laura, te va a denunciar por malos tratos.
— ¡Ay, Juan! No te había visto. Perdona, esta mañana estoy un poco atacada de los nervios. Voy a dejar a Perico.
— Pobre Perico. Pero no me da pena. El Chaval no está metido en nada bueno. Se dicen cosas en el barrio, ¿sabes?
— Ya lo sé Juan. Por eso mismo lo quiero dejar.
— Bien por ti Laura. Ahora, ¿qué te pongo? ¿Lo de siempre?
— Si por favor. Y Juan, gracias por escuchar mis tonterías.
— Las tonterías de mis clientes son mis tonterías. ¡Marchando un croissant a la plancha y café con leche!

En la barra el viejo Eustaquio, hablando con un joven trajeado y peinado con demasiada gomina y la raya a un lado.
— Recuerdo que tenía una mano de pena, un tres de bastos, sota de oros, cuatro de copas y dos de espadas. Le hice las señas correspondientes a Eusebio, mi pareja. Teníamos unas señas especiales, ¿sabe? Un código entre él y yo que nadie más entendería. Pero, vamos, a lo que iba. Tenía una mano de pena y se lo dije con señas a Eusebio…
— ¿Y?
— Y el muy bribón corta mus. ¡Corta mus! O tenía la mejor mano del mundo o se había vuelto loco. Pero lo que más me extrañó fue que no me había hecho ninguna de nuestras señas especiales para decirme que tenía una buena mano…
— ¿Y?
— Y nos pusimos a jugar y en seguida Eusebio lanzó órdago a chica, el muy bribón, no me había dicho nada. Querría darme una sorpresa, él es así, ¿sabe? ¡Y ganamos! No mostrará afecto de ningún otro modo que no sea con el Mus. Está muy viejo el jodido, pero por el otro lado, se conserva estupendamente…
— ¿Y qué más me da a mí, abuelo? No le conozco de nada, ¡Déjeme tranquilo!
— Lo siento joven. No pretendía molestarle. Es que había quedado aquí, como todas las mañanas, con Eusebio, ¿sabe?, y como no llegaba pensaba que hablaría con alguien para pasar el rato…
— Pues elija a otro, señor. Soy una persona muy ocupada y tengo mis cosas en las que pensar.
Escuchando esto acudí al rescate de Eustaquio
— Su carajillo de coñac don Eustaquio.
— Gracias Juan, siempre me quedarás tú.
— Claro que si, que no se diga. — le dije con mi mejor sonrisa profesional.

A su lado, también apoyados contra la barra, el Capitán Martínez y el Agente Almansa, de la policía local, comentando sobre el estado del barrio, de lo seguro que es ahora con ellos aquí de policía. El Capìtán Martínez comentando, el agente Almansa escuchando, como siempre.

— ¿Y qué se le ofrece a la autoridad?
— Corta el rollo Juan, lo de siempre. —espeta el Capitán Martínez.
— ¿“Lo de siempre” cuando estáis de servicio o “lo de siempre” cuando no?
— ¿No ves los uniformes?
— Si.
— Pues eso Juan, pues eso, ¿estamos perdiendo facultades o que? Juan, Juan… yo le pensaba más…
— Mi Capitán, tengo que…
— ¡Usted se calla Almansa! Estoy hablando yo. Perdona Juan. Si, estamos de servicio. Ponnos unos cárajillos anda.
— ¡Marchando! — y les dejé continuar, mejor dicho, dejé al Capitán Martínez continuar con su monólogo fantasioso sobre el estado del barrio, y al sumiso Agente Almansa escuchando a su superior con el gesto facial del aburrimiento.

En ese momento se abre la puerta con mucho ruido y entra una persona con un pasamontañas en la cabeza, una escopeta en una mano y un saco de espárto en la otra. Cierra con fuerza y desde ahí mismo grita
— ¡Esto es un atraco! ¡Que nadie intente nada estúpido!
El Capitán Martínez y el Agente Almansa intentan alcanzar sus pistolas.
— ¡Ni se os ocurra! ¡Al suelo, tirádlas al suelo! — grita el personaje enmascarado a los policias por los cuales el barrio era un sitio tan seguro. Y mientras hacen lo que les ha mandado, el hombre del saco echa una mirada a su alrededor y, acto seguido, pasa algo inesperado.

— ¿Dónde estoy? — dice, dejandonos a todos perplejos— ¿Dónde están las cajeras y las mesas, y las ventanillas?
— Esto es una cafetería, el banco es al lado —le dice la gorda Loli, añadiendo— .Si quiere puede llevarme de rehén con usted al banco. —El problema de Loli no es la comida, son los hombres.
— ¡Cállese gorda! — suelta nuestro ladrón despistado y nos reímos todos disimuladamente. Todos menos Loli que levanta la barbilla y mira hacia otro lado con aires de marquesa.
— ¿Perico? ¿Eres tú? — suelta de repente Laura— ¡He reconocido tu voz, sé que eres tú! ¡Pedro Gonzalez Prieto, ¿se puede saber que diablos estas haciendo?!
Nuestro Ladrón mira repentinamente hacia Laura y se pone tremendamente nervioso.
— No soy quien usted dice señorita. — dice cambiando claramente la voz a una pobre imitación de persona gorda.
— Perico… Quiero que sepas que te dejo en este mismo instante. Sa ha acabado. No vuelvas a llamarme nunca más. Qué decepción. ¡Eres un delincuente! No te merezco. —le dice Laura dolida de verdad.
Nuestro delincuente ahora tiembla tanto por la extraña situación que se le cae al suelo la escopeta. Todos miramos como cae el arma en cámara lenta y, cuando toca las baldosas del suelo, se dispara solo. Veo como los perdigones vienen en mi dirección. En el silencio que se crea en el siguiente instante empiezo a sentirme mojado por todas partes. Los perdigones han hecho blanco en la sección de aguardientes justo encima de mi cabeza, todas las botellas rotas y su contenido vertido sobre un humilde servidor.
El encapuchado se agacha a coger la escopeta cuando de repente se abre la puerta a sus espaldas que le golpea en el trasero y cae de morros contra el suelo, empujando sin querer el arma, que se desliza por el suelo hasta que se frena a los pies del Agente Almansa. Éste se agacha y lo coge.
— ¡Buenos días familia! Hooombre Eustaquio, ¿ya estas aquí? ¿No habíamos quedado a las nueve? ¡Uy! Qué cara tenéis todos, y eso que soy yo el viejo. ¡Juan! Un sol y sombra por favor…

Y así un día más en el barrio. Las gordas busca-hombres Carmen y Loli comerán huevos fritos con bacon, migas con chistorra de segundo, un trozo de pastel de chocolate de postre y ¿para beber? Coca-cola light. Eusebio es un héroe popular en el barrio. Perico tiene dos años de cárcel y una exnovia muy enfadada. Y el Capitán Martínez y el Agente Almansa de la policía local, se creen los verdaderos salvadores del barrio, bueno, sólo el Capitán Martínez.

— ¡Marchando un sol y sombra!






D.G.F.

domingo, 17 de mayo de 2009

Amapolas



Lucía sonrió a la criada que le traía el nuevo vestido recién planchado, un vestido blanco con pequeñitas flores rojas estampadas que hacían juego con su pelo color de vino oscuro y que sus padres le habían regalado especialmente para aquél día. Se sentó en una silla y se abrochó los zapatos de color nacarado. Se ajustó el vestido con un lazo color carmín en el talle y se sentó delante del tocador para recogerse el pelo. Se empolvó la cara, se pintó levemente los labios y se puso unos pendientes y su pequeña medalla dorada.
En ése momento entró su hermana, tan sólo dos años más pequeña que ella, con una gran sonrisa y los ojos brillantes para decirle que ya habían llegado los invitados y que debían bajar al salón, así que las dos se cogieron del brazo y salieron de la habitación dejando un aroma de perfume de jazmín tras de sí.
En la habitación principal de la casa estaban sus padres, su abuela, su tía materna, su novio Elías y los padres de éste charlando en pequeños grupos distribuidos aquí y allá, alrededor de una mesa con el café preparado y repleta de dulces y pasteles. Al entrar ellas todos se giraron para mirarlas, Elías le dedicó una amplia sonrisa y se acercó para cogerla suavemente de la mano.
Se fueron sentando poco a poco alrededor de la mesa y tomaron la merienda acompañada de una animada charla. Elías la miraba con ojos embobados y ella bajaba su mirada mientras notaba cómo se sonrojaba. Los nervios le causaban la sensación de que el tiempo se alargaba pero al cabo de un rato, las criadas entraron para retirarlo todo.
Ellos pasaron al fondo del salón y se acomodaron en unos grandes sofás de principios de siglo, Elías y Lucía juntos en el mismo sofá y los demás se sentaron alrededor.
Se fue haciendo el silencio y ella miraba de una en una las caras de su hermana, de su madre y de su familia para intentar tranquilizarse.
El le cogió la mano, cosa que hizo que ella le mirara fijamente y con una sensación de nervios e impaciencia. Entonces le entregó el anillo de compromiso y ella le dio una cajita con un reloj. Elías le apretó la mano, le sonrió, le acarició la mejilla y el silencio se rompió.
Su hermana y su madre se acercaron para felicitarla y su padre le estrechó la mano a su futuro yerno y a su padre.
El resto de la tarde la pasó exultante de alegría y cuando los invitados se levantaron para marcharse, Lucía acompañó a Elías hasta la salida del jardín.
Para despedirse, él se agachó y recogió una amapola y colocándosela en el pelo le dijo "tu flor preferida para un día muy especial". Se dieron un tímido beso y él se marchó.
Ella se quedó mirando como desaparecían por la calle mayor y cerró la verja. Se dio la vuelta y mientras caminaba por el jardín recogió otra amapola. Su rostro se ensombreció y su mirada se volvió gris.

Era bien temprano por la mañana y ella caminaba como cada día hacia la iglesia atravesando el pueblo y unos campos de cereales. Estaba entrando la primavera y el campo era un manto de espigas verdes plagado de amapolas rojas.
Llevaba un vestido de color rosa y guardaba en la mano su rosario y su bíblia. Andaba por el camino polvoriento que recorría el sembrado y miraba alrededor con curiosidad. Sin embargo, no lo vió aparecer hasta unos metros más allá, con su ropa de trabajo y una espiga que mordía con sus dientes.
Su corazón se disparó y notó avergonzada como se ruborizaba. Le sonrió brevemente y él le saludó.
- Buenos días, ¿camino de la iglesia como todos los días?
- Sí, buenos días.
La miró y con sorpresa para ella, notó como él también estaba algo sonrojado. Se acercó a ella y le dio un ramito de amapolas:
- Las amapolas son mis flores preferidas y me recuerdan mucho a su pelo, señorita Lucía – le dijo dándose la vuelta rápidamente y volviendo a su trabajo.

De nuevo era primavera, pero ésta vez no iba vestida de rosa ni paseaba por el campo. Su madre, su hermana y algunas amigas la ayudaron a ponerse su vestido de novia, sus zapatos y su velo.
Bajaron a la planta principal y el fotógrafo del pueblo les hizo varias fotos familiares antes de subirse al coche.
Pasaron por el centro del pueblo y tomaron el camino que cruzaba los campos y que conducía a la iglesia. Su mirada vagaba entre las espigas verdes que relucían bajo el sol de media mañana. Miró su mano y sentía cómo aquél anillo de compromiso le pesaba, le quemaba la piel.
Su padre la sacó de su ensimismamiento apretándole la mano, ella sonrió y le dió un beso en la mejilla.
Diez minutos más tarde el coche aparcaba en la puerta de la iglesia. Todos los invitados iban entrando mientras su padre le ayudaba a bajar y su hermana le colocaba bien el vestido. Le entregó un ramo de amapolas rojas y le echó el velo sobre la cara.
Lucía agarró el brazo de su padre y subió los escalones hasta la entrada mientras una lágrima rodaba por su mejilla y caía sobre su ramo de novia.

sábado, 16 de mayo de 2009

Día Cero

En el día elegido a la hora señalada, Dylan cargó el coche con todo lo que necesitaban para su propósito. Repasó que todo estuviera bien y no faltara nada. Su amigo Martin llevaría el resto. Cerró de un estruendoso golpe el maletero. Sonrió al retrovisor y se metió en el coche. Encendió el motor y luego la radio. Puso una emisora y sonaban Rammstein. Chilló la canción al mismo ritmo que llevaba el cantante. Bajó la ventanilla y arrancó el coche con furia.

En la otra punta del barrio, la dulce Patty se dirigía como cada mañana a coger el autobús que la llevaría al instituto. Ese día estaba contenta. Billy le había pedido una cita. Con una sonrisa boba en la cara, apretó fuertemente el colgante que él le había regalado en su 15 cumpleaños y se sentó en la parada. Justo cuando se subió al autobús, se dio cuenta de que se había dejado la carpeta en casa, pero ya era tarde para bajarse. Tendría que llegar a la mitad del trayecto y coger el autobús de vuelta a casa. Iba a llegar tarde, pero prefería eso a ir sin sus apuntes, que era como ir desnuda.

Mientras, Martin miraba su reloj. Lo tenía sincronizado con el de Dylan. A las 9 se encontarían en el aparcamiento del instituto como tenían planeado. La excitación lo había tenido sin dormir gran parte de la noche. Aun así, se encontraba despejado y descansado. Era el poder de la adrenalina. Quedaban 5 minutos para el encuentro. Lo habían planeado hacía tanto. A lo lejos, vio el coche de su mejor amigo. Conducía muy rápido. Dylan casi barrió los pies de Martin al girar bruscamente.

- ¿Qué haces, gilipollas? – dijo Martin con cara de rabia.
- UUUUUUUUUUUUUUUH! – chilló Dylan.

Martin sonrió. Sabía que su amigo estaba, como él, en pleno subidón.

Unas ventanas más arriba, el director Nolan discutía por última vez con su mujer. “Quiero el divorcio”, chillaba ella desde el otro lado de la línea. “Bien”, respondió él, “no voy a ponerte problemas si eso es lo que quieres”, le respondió. Y colgó. Era una celosa compulsiva, se dijo. Cogió el marco con la foto de las vacaciones de tres años antes a Europa. Se les veía felices sonriendo a la cámara en los canales de Venecia. El director Nolan giró la fotografía. En ese momento, la secretaria Melinda entró al despacho.

- Cuantas veces tengo que decirte que llames a la puerta antes de entrar!
- Lo siento, Sr. Nolan.

Melinda salió del despacho sin hacer ruido y Nolan volvió a concentrarse en los papeles que tenía en la mesa.

Patty llegó a la siguiente estación a los 15 minutos de haber salido de casa. Bajó del autobús y cruzó la acera. Tuvo suerte porque el autobús de vuelta llegó casi al instante. Subió de regreso a casa para coger su carpeta. En su cabeza, solo un pensamiento y no era precisamente que iba a llegar tarde a su clase favorita, matemáticas: era que vería más tarde a Billy.

Dylan cargó sus cosas en la mochila y cerró el maletero. Martin le esperaba apoyado en la pared del aparcamiento, fumándose un cigarro.

- Joder, tío, voy a echar de menos estos porros de primera hora.

Dylan no respondió. Él no fumaba desde hacía meses. Solo tomaba aquellas malditas pastillas que le había recetado el médico, pero aun así, a escondidas de su madre, había dejado de tomarlas un mes y medio antes.

- Lo tienes todo? – preguntó Martin a su amigo.
- Todo tío. Se van a cagar estos mierdas!
- Ya lo creo… joder! Hoy es un gran día.

Enfundados en sus trajes negros, subieron las escaleras del instituto sin llamar la atención. Todavía no era la hora señalada.

El director miró el teléfono dubitativo. Sudaba y no sabía si realmente hacía calor. Solo sabía que tenía las pulsaciones a mil. Llamó a su secretaria.

- Melinda, por favor, me podrías traer una tila?

La secretaria puso mala cara.

- Claro que sí, Sr. Nolan.

Nolan bufó inquieto. “Esa maniática celosa me va a quitar mi dinero… seguro que empezará a buscar abogados para dejarme sin un centavo”, se dijo para si mismo. Los números aquel día no le cuadraban. No podía concentrarse. Se desató el nudo de la corbata y apagó la pantalla del ordenador. Se levantó para mirar por la ventana. Justo en aquel momento, vio a dos chicos de negro entrar por la puerta del centro. “Madre de Dios”, pensó. “Esta juventud de hoy en día cada vez visten peor”.

Entre tanto, Patty entraba por la puerta de casa corriendo aceleradamente.

- Patty? Eres tú?
- Mamá, me he dejado la carpeta.
- Hija, qué te pasa? Últimamente andas muy despistada.
- No te preocupes, mamá. Ya me voy. Hasta luego!

Patty salió corriendo de nuevo hacia la parada por segunda vez ese día. Mientras volaba para no perder el autobús de las 8, pensaba en Billy. A estas horas debía estar a punto de entrar en clase de baloncesto. “Es tan guapo”, pensó. “Y por fin me ha pedido que salgamos juntos y será esta tarde”. El día iba a ser muy largo pero por suerte para ella, coincidirían en clase de ciencias naturales. Qué bien! Podría sentarse a su lado, preludio de un día que iba a ser el mejor de su vida.

Dylan fue a su taquilla. La abrió y miró el poster de Rammstein. Los alemanes eran la banda sonora de su vida. Du, du hast, du hast mich… tú me odias, tú me odias… qué gran canción! Expresaba precisamente lo que él creía que sentían los demás por él. Odio! Todos me odiais. Miró a Martin, de los pocos que no le odiaban. Estaba tan tranquilo. Mientras a él le herbía la sangre, Martin no se movía. Qué ganas tenía de que fueran las 10… iban a tardar realmente poco. Se fueron para clase.

A las 9 y media se dirigieron a la cafetería. Pidieron un café y un zumo. Se sentaron en la mesa más lejana de la barra, que era el sitio donde mejor perspectiva tenían. Dylan no se quitó la gorra. Martin la llevaba en su mochila y se la puso. Empezaron a mirar hacia todas direcciones con disimulo. En 5 minutos empezó a llenarse la cafetería de alumnos. Todos iban a almorzar. Mientras la gente se agolpaba en la barra a pedir sus desayunos, Dylan y Martin ya se habían acabado el suyo. Dejaron sus pesadas mochilas junto a dos columnas sin que nadie se percatara de ello y salieron por la puerta. Eran las 10 menos cuarto.
El frío del metal excitó a Martin. Bajo su abrigo negro la podía tocar y sentir. Su gran amiga. La había comprado por Internet, en una página que solo conocían un par de amigos. La habían probado en cuanto le llegó a su apartado de correos. Qué bonita era. Grande, negra… maravillosa. Le encantaba. Qué lástima que no fuera a darle tiempo a bautizarla. Ya no había tiempo.

En ese momento, Billy Thomas apareció en la cafetería. No sabía donde se había metido Patty. Tenía muchas ganas de verla, pero no había aparecido al final de su clase de baloncesto, como solía hacer cada martes. Pidió una bebida isotónica en la barra y se sentó la única mesa libre de la cafetería, cerca de una columna. No cabía un alfiler como cada día a esas horas. Quedaban segundos para las 10 de la mañana.

En solo un par de segundos, una fuerte explosión hizo saltar todo en pedazos. El cuerpo de Billy tocó el techo para desplomarse al otro lado de la sala y como él decenas de chicos y chicas. Los que estaban al otro lado de las columnas, se vieron despedidos por la onda expansiva. Los que estaban más lejos fueron alcanzados por los cascotes de pared, suelo y columnas que se les echaron encima.

El director Nolan botó en su asiento. “Qué ha sido eso?”, se preguntó. Enseguida sonaron las alarmas. “¿Qué ha sido eso?” Su corazón empezó a latir tan rápido como cuando su mujer le llamó para pedirle el divorcio. Salió corriendo de su despacho hacia abajo. En su camino se topó con Melinda.

- Qué ha sido eso?
- La cafetería, señor, ha volado en pedazos.

Cientos de alumnos corrían ensangrentados.

- Díos mío!!! – chillaban algunos.

Nolan no creía lo que veía. Se echó un par de veces las manos a la cara cuando vio desde el piso de arriba a varios alumnos correr ensangrentados hacia la salida.

- Melinda, llama a la policía, a ambulancias… muevete.

Bajó las escaleras hacia la cafetería cuando se cruzó con dos chicos que parecían estar en otro mundo. “Donde los había visto antes?”, pensó. “Ah, son los chicos esperpénticos que he visto entrar esta mañana”. Uno de ellos, el más rubio, sacó una pistola negra y grande del bolsillo de su abrigo negro, se la dio a su compañero y éste le disparó al pecho mientras gritaba:

Du, du hast, du hast mich

El director Nolan cayó al suelo fulminado, pero pudo ver a los dos chicos como se reían mientras le apuntaban por segunda vez. Esta vez, fue el moreno.

- Adiós, señor director.

Y de un disparo en la cabeza, Martin acabó por parar el corazón desbocado del director.


Al cabo de unos minutos, los dos amigos fueron a la salida del colegio y delante de los alumnos que chillaban y corrían con las caras desencajadas por el horror vivido en la cafetería, Martin disparó a Dylan un tiro en la cabeza. Antes de que nadie pudiera reaccionar, Martin se voló los sesos con la misma pistola.
Justo en aquel instante, Patty llegó a la puerta del instituto y no podía creerse lo que veía. Cientos de chicos y chicas, sus compañeros de clase, corriendo asustados, llorando, chillando. Se topó de frente con Burt, el mejor amigo de Billy.

- Burt, qué ha pasado?
- La cafetería ha volado en mil pedazos – dijo Burt. Han sido esos dos, Dylan y Martin, los zumbados! Han volado la cafetería y luego se han volado la cabeza!
- Y Billy? Preguntó alterada Patty. Donde está Billy?
- Billy estaba en la cafetería!


Patty cayó al suelo de rodillas aferrada a su carpeta. “Billy”, gritó. Soltó la carpeta y miró su colgante y la inscripción que Billy le había grabado.

“Prométeme que jamás dejaras de venir a verme a los entrenos o moriré”.

Maite Fernández

lunes, 20 de abril de 2009

Don Ramón

— ¿Hasta dónde?
— Al quinto por favor.
— En seguida señor — …“¡Ping!”— .El quinto. Buenos dias señor.
Este era el tipo de conversación que tendría el bueno de Don Ramón Ramónez más de cien veces a lo largo de un día de trabajo. A veces tendría otras del tipo:
— Un gran día el de hoy.
— Sí, no hay ni una sola nube. Ya nos tocaba un poco de sol.
— Sí, es verdad. Ya llega la primavera.
— Sí, es verdad.
— Sí.
U otras de esta índole:
— ¿Como van esos nietos suyos señor?
— Tendrías que verlos, han salido al padre. Se están poniendo guapísimos. Ahora, su madre no los educa nada bien, ¡estos liberales!, ya sabe.
— Ya, ya…
— Corren otros tiempos don Ramón, ya no es como cuando usted y yo éramos jóvenes.
— Cuánta razón lleva señor.
Y es que don Ramón era todo un profesional de la conversación de besugo y la elevación. Un dinosaurio vivo con una profesión en vias de extinción. Don Ramón el ascensorista. Ya no quedan muchos como él y aún menos que sean profesionales y descendientes de una larga estirpe de ascensoristas, como Don Ramón. Don Ramón trabajaba desde hacía casi cuareta años en el ascensor del edificio Ordóñez, un rascacielos de cuarenta pisos que albergaba en su interior, desde oficinas, bancos, joyerías hasta pisos de superlujo y algunas suites de cinco estrellas, propiedad de un conocido hotel. Gentes de muy alto nivel económico, de una clase social muy elevada, gente de mentira, como decía él, ocupaba el edificio durante las horas de luz, día sí, día también. Cuarenta pisos arriba. Cuarenta pisos abajo. Así durante todo el día, todos los días. Buenos días, buenas tardes, buenas noches señor, señora, don o doña. Muchos dirían que Don Ramón llevó una vida aburrida. Pero él no lo pensaba así. El profesional Ramón vivía su trabajo. Decía que el edificio Ordoñez, no sería el mismo sin los Ramónez, cosa que decía siempre Ramón Ramónez padre y Ramón Ramónez abuelo, descansen en paz. Había tenido una vida llena de anécdotas de ascensor, las más variadas y singulares. Tenía dos sueños para cuando se jubilase, y ese día se acercaba. Quería escribir un libro con todas sus anécdotas y quería pasarle el testigo en el edificio Ordóñez a Ramón Ramónez hijo. Pero pocos días para su jubilación ocurrió algo que no había planeado.
Un buen día once de un més que no recuerdo, un avión supuestamente controlado por unos terrorristas malos, malísimos se estrelló contra la cara oeste del edificio Ordóñez entre los pisos veinte y veintidós, sí, eso és, en el piso veintiuno. Don Ramón se encontraba en ese momento en el piso cuarenta y quedó aislado por las llamas ,con muchas otras personas, por encima de la mitad de la torre. Los bomberos consiguieron salvar a casi todo el mundo por debajo del piso veintiuno pero no consiguieron llegar a los pisos más arriba. Ya se respiraba tragedia cuando, en un momento dado, la torre se desplomó con toda esa gente de mentira y Don Ramón aún en su interior. No quedó nada. Solo escombros y muertos. Más tarde, en las labores de desescombro de la zona 0, se encontró una caja metálica. Se había encontrado el ascensor de Don Ramón. Un ataud metálico que cayó desde el piso cuarenta y fue enterrado en escombros. Cuando abrieron la puerta esperando encontrar más cadáveres, encontraron a Don Ramón que, visiblemente afectado por el golpe, dijo “Buenos días señores, ¿a qué piso van?”
Don Ramón se había salvado y había sido el único superviviente de la planta veintiuno para arriba. La caja metálica que era su amado ascensor le había salvado. Don Ramón estuvo ingresado en el hospital durante varios días para reconocimiento, pero la verdad es que había salido ileso de el atentado. Una anécdota más para su libro. “Tengo muchas ganas de montarme en un ascensor de nuevo, no los he cogido miedo. En cuanto salga de aquí pienso terminar las semanas que me quedan antes de mi jubilación montado en un ascensor” le llegó a decir a la prensa mientras estaba en hospital.
Pero no todo eran buenas noticias para Don Ramón. Ahora, sin edificio Ordoñez, su hijo Ramón no podría tomar el relevo de su padre. Es más, el edificio Ordoñez era el último bastión ascensorista en la ciudad, ya no quedaban más ascensores que subir y bajar profesionalmente. Se había quedado sin trabajo, y su hijo Ramón, sin llegar a tenerlo y en la flor de la vida, también.
Y la vida le volvió a dar una de cal y una de arena. Lo bueno fue que el Gobierno le hizo efectiva una suma de dinero astronómica, como compensación por los daños sufridos en el atentado del día once. Se habían volcado políticamente para cazar a los malos y lo demostraban de esta manera. Ahora Don Ramón era asquerosamente rico, una persona de mentira, como él decía. La familia Ramónez saldría de ésta. La familia Ramónez, sí, pero no Don Ramón. Las malas noticias llegaron a casa el día once del siguiente mes, éste si que recuerdo que era octubre. Debido a los constantes cambios de presión, por subidas al cielo y bajadas al suelo de Don Ramón en su ascensor, su corazón se había debilitado mucho. Don Ramón estaba enfermo y se estaba muriendo. Le habían dado un més de vida.
Se puso manos a la obra. Quería dejarlo todo listo antes de su partida. Lo primero que compró fue una pequeña grabadora de voz. Lo siguiente fueron unas tierras en la ciudad. Habló con un edificador. Habló con un ingeniero. Habló con un gestor. Habló también con un sindicato. Y habló con un constructor de ascensores, lutier de ascensores decía él.
Y en su lecho de muerte quiso hablar con su familia, la familia Ramónez. Habló primero el gestor que leyó en alto el testamento de Don Ramón Ramónez. Su familia se llevaría unas tierras donde se estaba construyendo una gran torre que se llenará de gente de mentira y sus oficinas y picaderos con vistas panorámicas de la ciudad. La torre Ramónez. En uno de sus lados, el oeste, habría un asensor. Pero no un ascensor cualquiera. Un ascensor de doscientos metros cuadrados, cuatro habitaciones, salón con terraza, baño con jacuzzi e hidromasage, cocina moderna y una pequeña piscina interior. “Para que vivais en el piso de vuestra elección, un piso al día si quereis” dijo Don Ramón. En el piso cuarenta se encontrarán las oficinas de Ascensoristas Ramónez S.L. y el Sindicato de Ascensoristas, los cuales habían de ser dirigidos por Ramón Ramónez hijo, “te lo mereces hijo. Sigue nuestra tradición, no dejes que los ascensoristas desaparezcan de este mundo, es una profesión demasiado bella” le dijo . A la señora de Ramónez se le hizo entrega de la pequeña gravadora de voz que Ramón había comprado. Su cometido sería escribir un libro con todas las grandes anécdotas de ascensor que allí había grabado su marido. “Tú me conoces mejor que nadie amor, haz que mi sueño se haga realidad”. Don Ramón cerró los ojos. “Ahora voy a coger el último ascensor de mi vida para subir al cielo. Hasta que lo cojáis vosotros y nos volvamos a ver… adios, os quiero…” Y luego se susurró para si mismo “Hola muy buenos días. Sí, al último piso por favor. ¿Ha visto que buen día hace? Ya llega la primavera…” sonrió y su corazón se paró.



D.G.F.