viernes, 6 de junio de 2008

Rehabilitación

Otro día más…
Miro a un lado, miro al otro. Viene un coche…. ¡esperaré!
Avanzo un paso, miro a un lado, miro al otro se ve borroso y pequeño. Miro al frente, camino lo más rápido que puedo, la luz está en verde. Titila voy por la mitad me detengo y miro a mi derecha, está más cerca y seguro estoy importunando... ¡querrá seguir! Levanto la mirada avanzo de nuevo intento que no esté detenido mucho tiempo. Por fin llego al otro extremo, tomo aire, respiro. Me arreglo el cabello y el jersey.
Recorro la acera hasta la entrada de la clínica. Levanto la mirada, en la recepción están Laia y Jordi. Jordi gira su rostro y me ve entrar con otras personas, está al teléfono y baja la mirada para anotar algo… eso parece.
La gente que va a mi lado pasa muy rápido, yo sin prisas…

– ¡Montse!... sin prisas –

Me molesta la espalda, me detengo un momento, tomo aire. Me arreglo el cabello. Camino lentamente hasta el pié del ascensor. Espero… está vacío. ¡Umm! no tiene espejo. Busco en el bolso el pintalabios y el espejito.

– No se para que miro este mísero espejo –

Marco el número tres… espero. Se abre la puerta y está una mujer joven en una silla de ruedas y tras de ella está un hombre de la edad de mi hijo…. que guapo.

– Espera bonita, espera que esta vieja lenta, salga –
– Adelante señora no se apresure, nosotros esperamos –
– ¡que maja! … cuídala bien, guapo cuídala bien –

Camino hasta la recepción… levanto la mirada acerco el reloj a mi cara, entorno los ojos un poco y… son las nueve y trece minutos… me acerco a la puerta que dice: rehabilitación mujeres. La abro, empujo… La taquilla tiene casi todas las puertas cerradas y sin llave. Levanto el brazo muy lento, para alcanzar la llave del número cinco. Debo bajarlo.
Segundo intento… tomo aire. Levanto el brazo y giro la llave y me la quedo. Meto el bolso adentro y cierro de un golpe… bajo el brazo. Tomo aire.

– ¡Montse!... sin prisas. Vamos Montse –

Levanto el brazo con la llave para cerrar y me tiembla, no encaja la llave. Intento ayudarme con el otro brazo y me empino. No consigo meter la llave en la cerradura. Me recuesto contra la taquilla y me empujo hacia la cerradura… por fin.

– ¡Ufff!... respira Montse, respira –

Voy a la puerta del fondo, paso a paso. Abro la puerta, allí están. Creo reconocer sus figuras. Están con sus batas blancas… la delgada es Claudia, la rubita es Cristina, el joven es Juan. Al resto ni los conozco. Siempre hay gente nueva.

– Hola Montse - me saluda Cristina que está muy cerca.
– Hola Bonita - contesto.

Mientras espero que me atiendan. Camino un poco para sentarme en una butaca contra la pared que está justo al entrar. Pero en el mometo en que voy a dejarme caer sobre la silla…

– No Montse, llegas tarde. Lávate las manos y ya te pongo la parafina – me señala Claudia
Digo – Es que no queria molestar. Estaban todos en sus cosas tan… – interrumpe Claudia diciendo:
– ¡Ya sabes la rutina!... ¿cuantas veces debo decirlo? –
– ¡Hay guapa!... los años – digo

Me dirijo hacia el lavabo, enjuago las manos y Claudia abre la olla de la parafina. Sumerjo la mano derecha una vez, dejo enfriar, otra vez, dejo enfriar, otra… ya está.

– Son cinco veces – me dice
– ¿en cual voy? – pregunto
– ¡No sabes!... vas por la tercera, creo.
– Disculpa bonita – le digo

Me dejan con la mano envuelta en plástico y una tohalla. Mientras, puedo sentarme junto a una de las mesas y allí está un joven nuevo en la rehabilitación, tiene la mano igual que la mia envuelta en la tohalla y lee un libro. Tiene el cabello largo y lo sostiene con una cinta para el pelo. Levanta la mirada y pregunta:

– ¿qué le ha pasado a usted?
– Mira me he caido y lo particular es que me duele más esta otra mano – le digo
– ¿Y a usted que le ha pasado? – pregunto
– Me caí en una bicicleta, pero no fue muy grave, solo me rompí un dedo
– Yo me rompí tres, estos tres – le muestro en la otra mano
– Espero que se alivie rápido
– A mis años no es tan facil, también me duele la rodilla y la espalda y mire como tengo esta mano, y es la buena – le digo

Pasados unos cuantos minutos Claudia me retira la tohalla, la parafina y me dice:

– Señora, va a hacer esto… coloca estas pinzas de ropa en la canastilla y luego los retira de nuevo así hasta que le diga. ¿Me entiende?
– Si, pero me dolerá… no tengo fuerza – le digo
– Si le va a doler… pero tiene que hacerlo y depués haremos otras cosas más complicadas

Cojo una pinza roja y la intento colocar en la canastilla, bien. Luego una azul y luego otra y la siguiente. Se me caen.

– ¡Señora!... muestre como lo está haciendo – dijo Claudia mientras se acercaba
– Mire es que no puedo – dije
– Señora… usted tiene artrosis en las manos, su enfermedad está muy avanzada. A usted la lesión ya no le duele, lo que le duele es por la artrosis. El problema ahora es su enfermedad. Me comprende – me explicó Claudia.
Le contesté – hay bonita, si yo tuviera tu edad si que podría hacerlo pero ya tengo 84 años y mis manos no son lo que eran antes –
– Está bien, pero si no lo hace correctamente no mejorará. Mire le muestro. ¡Ponga atención! … vamos a mover este dedo hacia aquí, intentando hacer pinza con cada dedo. Uno a uno. Haber yo lo veo… ¡Noooo! … esto no va a funcionar – dijo ella

Yo ni le miro, ya se como es su cara y no quiero ni mirarla.

– Mejor intente hacer esto otro. Va a coger esta plastilina y la pellizca, llevando la muñeca hacia arriba… pero sin mover el brazo, solo mueve la muñeca – me indicó.
–¡Hay me duele! ¿Cómo espera que haga esto? – le pregunté
– Hágalo despacio y descanse… despacio y descanse… yo ya regreso, para ver como va – dijo ella y se alejó.

Mientras se iba alcancé a escuchar que decía: “no la soporto”.
En cuanto se fue pasé de instrucciones, ¡me dolía tanto!... pellizqué la plastilina, una y otra vez, hablé de cosas y conté historias a los que estaban alrededor. Que juventud, que hermosa es la juventud. Hablé tanto que ni me acuerdo, ¡dije tantas cosas!…

Ahora, es otro día más…
Y tengo de nuevo al frente la clínica. Paso la calle, paso a paso. Entro por la puerta y veo a Jordi y a Laia en la recepción. Siguen es sus cosas. Hace días que no me saludan. Subo por el ascensor sin espejo y camino hasta la puerta que dice: Rehabilitación mujeres.
Luego la lucha diaria con la taquilla, el bolso y la llave. Abro la puerta del fondo. Distingo las batas blancas… la rubita es Cristina, el joven es Juan, al resto ni les conozco… ¿dónde está Claudia?

– Hola Montse – me saluda Cristina
– Hola bonita, ¿dónde está Claudia hoy? – le pregunto
– Hoy estarás conmigo… Claudia ya no trabaja más aquí – me contesta

Camino hacia la silla junto a la entrada y me siento… levanto la mirada, acerco el reloj a mi cara, entorno mis ojos un poco húmedos y… se me escapa una lágrima mientras leo que son las nueve y catorce minutos…
Miro alrededor y siempre veo gente nueva. Todos hacen lo suyo, unos recostados sobre las camillas, otros en las mesas con objetos, otro en las colchonetas…
Levanto la mirada, acerco el reloj y miro la hora… son las nueve y cuarenta. Nadie me dice nada.

La intrusión

La mañana siguiente a la fiesta me despierto en el sofá de mi casa, tarde y un poco aturdido. Mientras me desperezo contemplo la panorámica que se abre desde el salón hacia el valle. La mía es la única unidad residencial entre estas montañas. Aún no me aburre el paisaje de alta montaña, a más de tres mil metros sobre el mar, en el que pedí, hace algún tiempo, que situaran mi casa. El momento en que me canse de verlo tal vez esté acercándose; cuando llegue, simplemente solicitaré al sistema una nueva ubicación, quizás al lado del mar, en una playa larga y tranquila, tal vez unos metros mar adentro o en la propia orilla con el salón orientado hacia la línea de la espuma de las olas.
Me sorprende el suave sonido de la presurización de la puerta, mientras me estoy tomando el desayuno, aún sentado en el sofá. Al volverme hacía el vestíbulo me veo de pie, allí en la entrada, y entiendo al instante que algo va mal. ¿Qué pasa?, me pregunto. No sé, me contesto.
Me conectan al sistema de forma automática. Hay un problema, en efecto; y muy grave. La duplicidad de una persona sólo es un síntoma, algo que el sistema puede arreglar por sí mismo. La causa es algo más alarmante y peligroso.
El sistema, de forma excepcional, restablece mi estado a normal, limpia la resaca y desintoxica mi organismo para que pueda ponerme en marcha desde ese preciso instante. Subo a la terraza superior y encuentro a punto y programado mi transporte personal. En cuanto me acomodo en la butaca de control y la nave despega.

Ahora soy un rastreador y reparador. Mi nombre no es importante. Mi función actual consiste en ubicar, analizar y eliminar la excepción, el elemento extraño. El sistema es perfecto, casi perfecto, pero como todo modelo global registra a veces algún pequeño error. En teoría no es posible, pero está comprobado de forma empírica que resulta una necesidad del modelo. La posibilidad del error se revela como el único camino ineludible para conseguir la estructura completa. El sistema todavía lo está estudiando. Mientras llega a una conclusión actúa de forma puntual sobre el problema y lo elimina. El procedimiento habitual consiste en escoger como agente reparador a alguien cercano o implicado en la intrusión. Desde el instante en que me vi entrar por la puerta fui integrado por un tiempo en el sistema y voy a ejercer de agente ejecutor hasta que pueda ser solucionado el problema. Después lo olvidaré y seré tan sólo yo de nuevo. Es imposible saber si es la primera vez que esto me ocurre. En circunstancias normales nadie es consciente del sistema, ha estado siempre allí; somos nosotros o más bien la parte sensible de nosotros; el universo pensado y estructurado para la vida que queremos. Lo demás no nos importa, y ha sido olvidado hace tiempo.
El panel de control señala como destino el lugar de la fiesta, allí ha surgido el problema. Allí me conduce la nave.

Lisa es monocroma y ayer había cumplido veintidós años. La fiesta consistió en una reunión de amigos y desconocidos, en igual proporción, escogidos al azar en la Red Universal. Lisa estaba encantadora con su vestido fractal de rayas negras sobre blanco, piel desaturada y ojos grises moteados. Se movía entre los invitados, como buena anfitriona, ofreciendo sustancias, juegos y encanto. Yo me introduje entre los desconocidos con la esperanza de conocer a alguien interesante. A esta categoría aspiró durante un buen rato Selo, que se configuraba física y sexualmente en la medida de las preferencias más intimas de su interlocutor. Para mí fue una chica menuda de preciosos rasgos orientales y formas elegantes con la que debatí sobre la idoneidad de las configuraciones zoomórficas. Después la vi alejarse con Adela convertida en un chico joven, casi andrógino, de piel dorada. Adela es soñadora. Para ella la vigilia es el estado excepcional. Su vida transcurre entre sueños y es allí donde encuentra su libertad. Lo más seguro es que acabaran durmiendo juntos.
También recuerdo que estuve con Haleo, el gemelo. En realidad es sólo una persona, pero se muestra como dos; uno es elegante, amable y simpático mientras que el otro, su gemelo, es grosero y agresivo. Me alegro de que hayas venido, me dijo dándome un abrazo, va a ser una gran fiesta. ¿Porque no te pierdes?, monstruo, asustas al personal, replicó acto seguido su eco, mientras me daba patadas en la pierna. No vi en toda la noche nada que indicara la existencia de un problema.

La última vez había sido una silla, exactamente igual a las cuatrocientas cincuenta y tres que había en la platea del teatro polaco donde apareció. En el registro del sistema, al que tenía acceso mientras duraba la emergencia, también constaba un episodio con una pluma estilográfica en Nueva Zelanda, y otro anterior, con un banco en un parque de Chicago.
Cuando llego de nuevo a casa de Lisa a nadie le sorprende mi regreso. Saben que ahora no soy sólo yo, que soy algo más, aunque eso no reduce su alarma. Los invitados que quedan en la fiesta, se hallan reunidos en una de las salas más alejada de la zona de la intrusión. El pánico que producen estos incidentes hace estragos en la mente. He recibido instrucciones claras de no interactuar con ellos, ni intentar calmarles. No obstante, de refilón, puedo ver algo a lo que no estoy acostumbrado; personas paralizadas, gestos incoherentes, un volador sentado, los soñadores despiertos con ojos como platos; puedo ver su miedo, sus miradas desquiciadas. Da igual, después no recordarán nada.
El sistema me transmite las coordenadas exactas. Entro en la cocina, nada parece fuera de lugar, no veo nada extraño; sólo botellas medio vacías de todo tipo de bebidas, recipientes con comida y botes con todo tipo de sustancias. Las coordenadas señalan con precisión el rincón opuesto de la sala, debajo de una gran mesa de cristal. Cruzo la cocina hasta situarme donde pueda verlo. Es una caja de cartón, parecida a todas las demás apiladas allí debajo. Son las cajas donde venía empaquetada la comida, bebidas y demás cosas compradas para la fiesta. Concretamente es la segunda a partir del rincón, en la primera hilera; una caja vacía sin más información que la etiqueta en su lateral: zumo de pomelo y ambarina, doce unidades. A través de mí el sistema recaba todo tipo de datos sobre el objeto para su análisis; después y tan sólo durante una minúscula fracción de tiempo, hace que confluya en mí todo el poder necesario para su destrucción. Un fogonazo, un ligero mareo y todo ha terminado: la caja ya no está allí. Al cabo de unos instantes recibo los resultados del análisis que confirman el origen de la intrusión. Ningún componente era normal, no contenía ningún código, ninguna pauta ni estructura digital originada en el sistema. Su composición provenía de un orden aberrante, desconocido. Era materia orgánica de procedencia vegetal, minerales, estructuras moleculares, átomos. En definitiva: era real. Por suerte, dentro de unos segundos, lo habré olvidado todo.
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La sentencia

Soy un asesino en serie, el mejor. Nunca me han cogido. Nadie puede sospechar de mí. Nadie conoce mis intenciones; no parezco un asesino; no visto como un asesino; no me comporto como un asesino. Elijo bien a mis víctimas; tengo cuidado; nadie sospecha de mí. Soy un asesino en serie, el mejor, nunca me han cogido porque nunca he matado a nadie. Todavía. Tú eres la persona elegida.

Lo primero que deberías hacer es preguntarte cómo ha llegado a tus manos la hoja que estás leyendo. No sabes quién te la ha mandado, la has encontrado en el suelo debajo de tu silla o tal vez alguien la ha deslizado debajo de la puerta de tu casa sin llamar. Da igual, el caso es que ya la tienes y que la estás leyendo. Al principio no te la tomarás en serio, eso es normal, pero al ir avanzando en su lectura una especie de intranquilidad empezará a dominarte, poco a poco te pondrás alerta. Eso es lo que pretendo; que estés alerta. Es un aviso: vas a morir.

Por cierto, ¿has disfrutado alguna vez de la sensación de tener miles de hormigas correteando por tu cuerpo desnudo y maniatado; introduciéndose por tus orificios vitales, picando tus partes más tiernas, paseándose por tus ojos, abiertos como platos? No grites, o también te entraran por la boca.

Te estarás preguntando por qué lo hago, pero en realidad ésa no es la pregunta que más te interesa. ¡Piensa! Lo que tú quieres saber en realidad es por qué te lo haré a ti. Respecto a lo primero podríamos dejarlo en que simplemente me he vuelto loco. No es tan raro; el mundo está lleno de locos. ¿Crees que tú no lo estás?¿Ni siquiera un poquito? Tanto como para matar no ,¿verdad? Bueno. Piensa lo que quieras sobre mis motivos: que mis padres me pegaban o abusaban de mí, o que me volví loco en un trabajo de jornadas de doce horas en una fábrica apretando los mismos tornillos de las mismas piezas hora tras hora. ¡Qué falta de imaginación! En realidad son cosas mucho más sutiles las que tienen el poder de romper nuestro precario equilibrio mental: el ruido del cortaúñas, la manera de mirar de las palomas o la espera del ascensor en casa, veinte segundos de vacío cuatro veces cada día, cada día del mes, todos los días del año.

Hablando de camas ¿qué tal es la tuya? Porque estamos hablando de camas y de juegos, de juegos con cuerdas, cinta aislante y herramientas Por cierto, ¿dónde las guardas? Da igual, ya las encontraré, no tendremos prisa. Espero que tengas unas tenazas por ahí. Te sorprendería saber todo lo que puede hacerse con un taladro y un poco de paciencia.

Te advierto que no deberías estar leyendo este texto sin despegar tus ojos de él, aunque supongo que no puedes evitarlo. Podría haberme quedado al acecho después de hacértelo llegar, podría estar sentado a tu lado, o esperándote cerca, muy cerca. Quizás me conoces, quizás no. Quizás soy tu mejor amigo. ¿Crees que los asesinos lo parecen? Cuando llegue el momento saldrán mis vecinos por la tele y juraran que nunca habrían pensado que alguien como yo, que parecía tan normal, pudiera hacer algo así. Siempre cometéis el mismo error.

Ahora voy responder a tu pregunta “¿por que tú?”; y voy a hacerlo con otra pregunta “¿y por qué no?” Tal vez deje que me demuestres que no mereces morir aunque dudo que lo consigas. ¿Qué significa merecer la vida? Imagínate un bosque solitario donde sólo estamos tú y yo. ¿Qué significan ahora las palabras “merecer” y “vida”? Aquí importan más estas otras: correr, gritar, tropezar, caerse, atrapar, machacar, introducir. Sí, he dicho introducir.

Te queda poco tiempo. En realidad unos instantes. Los que te hacen falta para acabar de leer esta nota. Serán unos cinco segundos: cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¿Estamos preparados? Yo sí, pero tú seguro que no. Te dejaré un poco más de tiempo; unos minutos o quizás unos días, o hasta unas semanas. Tendrás noticias mías. Seguro que la vida adquiere un nuevo significado para ti durante este tiempo. Es una propina, una pequeña prórroga, un regalo. Disfrútalo.
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jueves, 5 de junio de 2008

La Maternidad



Faltan 3 minutos para las nueve de la mañana y como siempre llegamos tarde al colegio.


- Toni, por Dios, date prisa – le ordeno con un tono parecido a un grito ahogado.


El niño se coloca la chaqueta con un mohín y cuelga su mochila en su espalda. Cierro la puerta de casa, le agarro de la mano y empezamos a bajar las escaleras del viejo edificio. El niño da un pequeño traspiés.


- Toni! Cariño! Ten cuidado!! – le regaño mientras le aprieto más fuerte de la mano y yo misma me agarro del pasamanos metálico.


Llegamos al coche y le hago entrar rápidamente en él. Meto también la mochila, mi bolso, mi maletín, un par de bolsas de plástico y su mochila de extraescolares. El cinturón no se lo abrocho, el colegio está a dos calles y tardaré más tiempo en asegurarlo que en llegar a la puerta.


Arranco el coche y giro la esquina rápido, he podido saltarme el semáforo en ámbar. Miro un segundo a Toni por el retrovisor.


- Cariño, ¿llevas todos los libros que necesitas? ¿no te habrás dejado los deberes en casa, eh? – le digo con una sonrisa cómplice pero con un amago de desdén en la mirada.


- Lo llevo todo, mamá.


- Qué serio estás, cariño!, venga sonríe un poquito a tu mami, que te quiere mucho – a lo que el niño responde con una mirada de ausencia hacia la ventana.


Me concentro de nuevo en la conducción. Intento aparcar en segunda fila mientras las madres que ya salen cruzan por el paso de cebra sin ninguna prisa.


- Y encima dirán que van estresadas, ya les daba yo trabajo... – pienso mientras bajamos del coche y corremos hacia la puerta del colegio.


El conserje está esperando a los rezagados con la puerta en la mano y me juzga con ésa mirada de impaciencia y superioridad de casi todos los días, mientras beso distraídamente la mejilla de Toni y éste sale corriendo hacia su clase.


A partir de aquí el ritmo del día se ralentiza para ir cogiendo la velocidad de la rutina normal: la caravana de la autopista, el trabajo, los jefes, el almuerzo rápido, otra vez el trabajo y sin dejar de respirar me veo otra vez en el coche, lanzada en dirección al colegio de Toni.


- ¿qué tal el día, mi amor?


- Bien, tengo hambre mamá, ¿qué me has traído?


- Nada, no me ha dado tiempo. Vamos a la panaderia y te compro un zumo y un croissant, si? ¿quieres que vayamos al parque?


- ¿de verdad, mamá? Qué bien.


Dejo el coche aparcado y caminamos lentamente en silencio hacia el parque mientras a nuestro alrededor otros niños corretean alegres y sus madres caminan unos pasos más atrás en pequeños grupos.


Veo los primeros árboles y el camino de tierro que lleva a los columpios y juegos infantiles.


- Mamá ¿puedo ir a jugar? – me dice Toni.


- No cariño. Ven, vamos a sentarnos en aquél banco y te acabas la merienda.


- Bueno... pero ¿ cuando acabe vendrás a jugar conmigo?


- Vale, cuando termines. – vaya, se dice a sí misma - ¿ y ahora que me invento? Estoy rendida, no tengo ganas de levantarme y además tengo que leerme éste informe.


- ¿Te han puesto deberes?


- Algo – dice el niño mirándose las puntas de los zapatos.


- Pues entonces nos iremos pronto, eh?


- Toni! Toni! Vente a jugar! – es Alex, un amigo suyo.


Suspiro aliviada y le sonrío, diciéndole que ya puede ir a jugar. Abro el maletín, saco una carpeta con el informe y empiezo a leer.


Pasan unos minutos y levanto la vista. Veo a Toni corriendo hacia el tobogán, todo va bien. Me vuelvo a concentrar y pasan lo que yo creo que son varios minutos más. Una gota de lluvia cae sobre el papel. Levanto la vista al cielo: está tormentoso, y caen algunas gotas.


Miro hacia el parque, pero veo menos niños de los que espero, la verdad es que bastantes menos y sólo unas pocas madres que se apresuran a recoger sus cosas para no mojarse con la lluvia que amenaza con caer.


Busco a Toni con la mirada, no lo veo. Recojo distraída los papeles y mi bolso sin parar de mirar a todos los lados.


Empiezo a gritar: Tonii!!


Cuando aparezca me va a oír éste niño, siempre tan despistado, le he dicho que nunca se aleje de mí.



Me levanto y camino sin darme cuenta cada vez más rápido. No veo a Toni por ningún lado, ni a Alex, ni a su madre. Noto cómo se me acelera el corazón: Tonii!!, Tonii!!


Recorro todo el parque, todos los columpios. Nada.


Me acerco a una madre que conozco de vista y le pregunto por mi hijo pero dice que hace rato que no lo ve, que cree que estaba jugando con Alex.


La lluvia hace un rato que cayendo y ya empapa mi blusa, mi chaqueta y mi pelo pegándolo a mis mejillas.


Me paro en seco y miro a mi alrededor. Noto un calor muy intenso en mi pecho y es cómo si no oyera los ruidos de la ciudad. Sólo el silencio y mi voz: Tonii!!, Tonii!!


La respiración se me acelera y a la vez noto que me falta el aire. Veo el rostro de mi hijo en mi cabeza, supongo que deseando verlo aparecer por cualquier sitio.


Entonces empiezo a correr. Al principio no sé hacia dónde pero ni me paro a pensarlo, me da igual, sólo corro. Después me dirijo hacia la parte de atrás del parque donde hay un pequeño bosque. Todos los rincones me parecen iguales y respiro con la boca abierta mientras grito el nombre de mi hijo, que a fuerza de repetirlo de repente parece que mi cerebro no lo reconoce.... Toni, Toni....


Los latidos de mi corazón palpitan en mis sienes y no paro de ver imágenes que se suceden: Toni raptado o atropellado por un coche, herido por alguna caída... y se intercambian con Toni merendando a mi lado, cuando no fui a jugar con él cuando me lo pidió, Toni cuando iba de mi mano ésta mañana en silencio mientras yo le gritaba nerviosa....


Cierro los ojos un momento – Toniii, ven aquí, grito – el agua corre por mi pelo, por mi cara y por toda mi ropa. La ira me invade, todo esto está fuera de mi control.


Una sonrisa irónica aparece en mis labios. Ya sabía yo que no debería haber tenido un hijo, todo es demasiado impredecible, cansado.


- Seré idiotaaa!!! Ja, ja, ja, ja – empiezo a mascullar, a reir de forma extraña, gutural, profunda. Me quiero ir de aquí, estoy cansada.


- Me voy!! – grito. Abro los ojos y vuelvo sobre mis pasos.


Y entonces... veo en el claro delante de mí una rama de árbol caída en el suelo y un pequeño cuerpo interte en el suelo.


El tiempo se detiene hasta que me arrodillo a su lado y agarro a mi hijo en mis brazos. Tiene una gran brecha en la cabeza, los ojos abiertos y aún está caliente pero sé que él ya no está conmigo.


Lo abrazo muy fuerte contra mi pecho, mis uñas se clavan en su carne y su cabeza cae hacia atrás. Una lágrima se confunde con la lluvia, rueda por mi mejilla y cae al suelo. Cierro los ojos muy fuerte y un alarido sale de mi garganta.


Hinco aún más fuerte mis uñas en su espalda hasta que atravieso su piel. No sé cuanto tiempo estoy así.


Me levanto poco a poco y le propino varios azotes a la vez que grito....


- !Cuántas veces he de decirte que no te alejes de mi lado!!!!


Entonces me pongo en pie, lo dejo caer con violencia y corro hacia mi coche bajo la lluvia.

martes, 3 de junio de 2008

El fantasma del tercer Beatle

(Para G., con todo mi perdón)

El teléfono sonó pasadas las 6 y media de la madrugada. Sobresaltada por la llamada y a tientas, logré descolgar el auricular y acercármelo a la oreja. Con una voz de ultratumba conseguí articular un gutural “¿Diga?”. Al otro lado, la voz que tantas veces había escuchado sollozaba como un niño.

- ¡Ha muerto, Diana, ha muerto!

Dicen que hay personas que pueden presentir justo el instante en el que otra a la que quieren mucho muere. A Mateo le pasó exactamente eso cuando George murió. Me contó que se despertó de golpe, envuelto en un frío sudor y pensó “ya está”. No se equivocaba. A las 13.30 hora local de Los Ángeles, George Harrison, el tercer beatle exhalaba su última bocanada de aire.

Mateo había crecido escuchando a los Beatles. Desde pequeño no había hecho otra cosa que jugar entre las armonías de los “fab four”. Había tenido suerte de que su primo Carlos fuera un apasionado del rock n’roll, porqué en su casa no eran muy aficionados a la música, así que se espabiló como pudo. Con las primeras pagas semanales, a los 11 años, pasó de pedirle prestado a su primo mayor el tocadiscos, a comprarse uno de segunda mano. A los 12 ya tenía casi toda su discografía y a los 13 y medio ya vestía como ellos. A los 14 se compró su primera guitarra.

No necesitó profesores. Podría decir que Mateo era un autodidacta. Aprendió solo sus primeros acordes: la, sol, do… hasta llegar al maldito fa. Una vez superado, todo fue pan comido. A los 16 ya había montado su primer grupo de versiones de los Beatles con unos amigos de clase, pero a los cuatro meses, el cantante empezó a salir con una chica y el grupo se separó.

Mateo tardó un poco más en encontrar a su chica. A los 17 tonteó con Melinda, una chica del instituto, casi tan mala estudiante como él. La cosa no duró mucho. Después repitió patrón con Susana, con Andrea… hasta que llegué yo. Nos conocimos en una fiesta que daba un amigo común. Enseguida me encantó su elegancia, su sonrisa, su extraño humor, pero sobre todo sus canciones que me tocaba a la luz de las velas en su piso compartido. Para entonces, él ya había dejado el instituto y sobrevivía trabajando de lo que salía. Yo estaba encantada por aquél entonces. Durante cuatro años todo fue maravilloso. Pero un día, las cosas empezaron a torcerse.

Mateo no se llevaba bien con sus padres, que no entendían por qué su único hijo prefería dedicarse “a tocar en bares con melenudos” en lugar de ponerse a trabajar. Sus amigos eran escasos, básicamente porqué él no se fiaba de nadie. Sus únicos apoyos éramos los cuatro de Liverpool y yo. Porqué George, Paul, John y Ringo eran sus verdaderos amigos y yo el paño de lágrimas cuando las cosas se pusieron feas. El tiempo iba pasando y Mateo se había quedado estancado con la música. No conseguía que ningún productor confiara en él y escuchara su maqueta. Nadie hacía caso a una música que para muchos se había muerto en los 70 y que interesaba sólo a los nostálgicos. Frustrado y cansado, Mateo pareció darse por vencido. Dejó de tocar y dejó de componer. Con todo esto, su carácter se agrió, y de paso, se agrió nuestra relación. Entonces fue cuando decidí dejarle.

Después de que cortase con él, Mateo no dejó de llamarme durante meses. Me insistía en que volviese con él. “Sin ti me siento fracasado”, me lloraba por teléfono, hasta que le dije que él siempre había sido un fracasado. Ese día dejó de llamarme.

Hasta ese 29 de noviembre. Por la mañana, cuando me levanté, escuché la noticia en la radio y comprobé que presentimiento de Mateo había sido cierto.

Le llamé varias veces después de esto, pero Mateo nunca cogía el teléfono, así que dejé de insistir. Pasaron algunos meses sin saber nada de él y un día, recibí una carta en casa algo extraña y sin remitente. Abrí el sobre y encontré una nota de Mateo que decía:

“El próximo viernes actúo en un local y me gustaría que vinieras. He vuelto a tocar y a componer. Han pasado cosas muy raras desde que murió George, pero todo ha sido bueno. Te dejo la dirección. Te espero”.

No sé por qué razón decidí ir. Aquel viernes me presenté en el local un rato antes de la hora del concierto. Me encontré a Mateo tomándose un descanso después de la prueba de sonido. Se había cortado el pelo y había engordado algo. Sin duda, algo había ocurrido que había cambiado todo.

- Hola Mateo
- ¡Diana! ¡Hola! ¡Has venido!

Me saludó con dos besos cariñosos. Le pregunté qué tal iba todo y me contó que había pasado unos meses raros en los que habían pasado cosas qué el mismo ni entendía, pero que estaba bien. Me dijo que me invitaba a una cerveza para contármelo todo con calma.

- He vuelto a tocar. Estaba bloqueado y él me ayudó a encontrar mi camino.
- ¿Él? ¿Quién?
- George
- Ah… y ¿cómo?
- Se me apareció
- ¿Qué?
- Se me apareció una noche en casa. Estaba sentado frente a la tele, pero la tele estaba apagada. No estaba mirando nada, solo estaba allí, sentado frente a la tele. Cuando miré a mi derecha, él estaba allí, sentado a mi lado. Me preguntó; “¿qué tal, Mateo? Ya sabes que quieres hacer con tu vida y con tu música? ¿No? Tienes ya 30 años, Mateo… yo a los 30 años me había comido el mundo. Si no despiertas, si no espabilas, se te acabarán los años. Mírame a mí, no he llegado a los 60. Mira a John, el murió bastante antes que yo y de una forma aun más triste…”. Me empezó a acojonar, ¿sabes? Yo no había bebido nada, no me había fumado nada, no había tomado nada…. Ya sabes que no soy de esos. Me quedé blanco, Diana, blanco como la pared. Creí que deliraba.

Pensé que Mateo se había vuelto loco, pero me siguió contando que George le cogió la guitarra y empezó a tararear una melodía. Después le dio la guitarra y le dijo “Mateo, síguela tú, síguela y acábala. Escribe una letra, sobre lo que tú más quieras. Compón esta canción y no pierdas la fe. Si lo haces, estoy convencido de que el éxito llamará a tu puerta”. Entonces desapareció.

No nos dio tiempo a hablar más rato. El concierto estaba a punto de empezar. Mateo agarró su guitarra y salió al escenario. Solos él, la guitarra y un taburete. Empezó a cantar y a tocar. En tres minutos 34 segundos cantó la canción más bonita que he escuchado jamás. En la canción, me pedía una segunda oportunidad, sacando de dentro de sí el talento que llevaba guardado en lo más profundo.

Cuando acabó la canción, salí por la puerta de la sala sin volver la vista atrás. No me atreví a darle una respuesta que sabía que no le iba a gustar. No volví a verle más ni a hablar más con él, pero sé por la tele, por la radio y por la prensa que las cosas le han ido bastante bien.

EL SUICIDIO

El día que Andrés se quitó la vida nada en especial había ocurrido que justificara aquella tragedia. Tampoco su conducta nos dio motivos a pensar en un desenlace tan escabroso. Ocurrió un lunes por la mañana tras un fin de semana feliz y tranquilo. Ninguna ruptura sentimental se avecinaba pues carecía de relaciones de este tipo, tampoco parecía enfermo, aquel mismo jueves había pagado un depósito para irse de vacaciones a Vietnan, y eso no lo hace alguien que piensa suicidarse tirándose a la vía del tren. Nada en su vida nos proporciona argumentos para encontrarle una explicación a tan drástica decisión, y esto aumenta aún mas nuestro desconcierto.

La carta que le encontraron en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta en el momento de su muerte, tampoco arrojó luz sobre el hecho. Era una nota escrita a mano y en ella dejaba muy claro que había sido decisión suya y que nadie debía cargar con ninguna responsabilidad. El redactado era breve y conciso, su letra y firma era clara y según el forense que la analizó no había signos de duda o titubeo.

Había un vacío de seis horas desde el momento que le vieron salir de su casa hasta el instante en que tranquilamente bajo del anden de la estación hasta los raíles y aguantó allí a pie firme, sin inmutarse, la llegada del tren. El conductor del convoy explicaba mas tarde, aún presa del schock, la impresión que le causó la imagen de aquel hombre inmóvil, allí en la vía, que con la mirada fija y vacía y sin tan solo proferir un grito desapareció bajo las ruedas. La misma descripción que dieron otros aterrorizados testigos que se encontraban allí presentes e intentaron hacerle desistir de sus intenciones.

Nadie le había visto, a excepción del portero de la finca donde vivía, a quien dio los buenos días al salir, como cada día, a la misma hora. No fue al despacho ni llamó por teléfono, los compañeros que intentaron saber de el se encontraron con el contestador. Tampoco desayuno ni almorzó en los lugares acostumbrados. Sus últimos minutos de vida fueron captados en forma de imágenes por las cámaras de seguridad instaladas en la estación de Ferrocarriles . Se le reconocía sin problemas caminando de forma pausada entre la gente apresurada que cruzaba a su lado.

Fue un par de días mas tarde del suceso, cuando al salir su foto en las noticias de la televisión, un testigo se presentó a la policía y dijo que recordaba claramente a la víctima, que la había visto poco antes de que se matara. El individuo tenía un quiosco de periódicos en la Plaza Central, y aquella mañana le había llamado la atención un joven bien vestido que había llegado a primera hora, se había sentado en uno de los bancos, y había permanecido allá sin moverse hasta bien pasada la hora de la comida. Le pareció muy extraño su comportamiento y tentado estuvo de acercarse a preguntarle si se encontraba bien, ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Igual todo habría sido diferente, pensaba él.

El asunto fue archivado como suicidio, el tiempo pasó y los años fueron convirtiendo la historia de Andrés, en uno mas de los sucesos inexplicables que a lo largo de nuestra vida se nos cruza por delante. He pensado en ello muchas veces estos años, me he documentado sobre casos parecidos, ocurridos en ciudades distintas, países diferentes, y es escalofriante observar las similitudes que todos ellos tienen entre si. Me aterra pensar que al igual que podemos coger una gripe, en algún instante de nuestra vida, en el interior de nuestro cerebro se produzca un cortocircuito y quiera morir, y que cuando esto ocurra nadie pueda ayudarnos.

domingo, 1 de junio de 2008

Reflexión de domingo por la tarde

Galopé mientras el viento ondulaba mi cabello y la libertad acariciaba mi cuerpo, pero cuando me detuve las cuerdas ataban más mi alma.