domingo, 12 de julio de 2009

Danae y la rata

La rata le comería la boca, vaticinó Didac. Aunque ya hacía unas horas que había amanecido, Danae seguía arriba, estirada en su cama, absorta, con la lámpara encendida y sus profundos ojos negros clavados en el techo, donde circulaban los delfines. Era una mañana soleada de finales de octubre, sábado, con lo cual, la niña, que contaba ya con siete años, y su hermano Didac, dos años mayor, estaban solos en la casa que la familia había alquilado recientemente a las afueras de la ciudad. Sofía, la madre de los niños, una mujer atractiva y con talento para las finanzas, trabajaba mucho para sacar sola a sus hijos adelante. El papá nunca existió, los concibió mediante inseminación artificial, algo muy corriente de esta era en las mujeres que son independientes.
Los pájaros se oían fuertes y cercanos en toda la casa, siendo el único sonido que podía escucharse en ese imperioso y desacostumbrado silencio. Vivían en una casa domótica, con máquinas que se encargaban de hacer casi todo el trabajo de manera estrictamente programada. Los robots pasaron a ser los ayudantes y juguetes de las familias que poseían cierto nivel adquisitivo, como era el caso de los Bernat. Rabot era la mascota de los niños; un robot que era una rata, de mediana estatura, color gris, unos ojos verdes redondos, algo maquiavélicos y una boca completamente dentada.
El teléfono empezó a moverse en el piso de arriba buscando a alguien que le atendiera, pero fue inútil, así que contestó por sí mismo.
-Buenos días, residencia de los Bertrán. ¿Con quién desea hablar?
-Teléfono, soy Sofía. ¿Puedes pasarme con los chicos?
-Hola Sofía. Fui a la habitación de Didac, pero no estaba allí; le llamé pero no contesta. Danae está en su habitación, echada en la cama, tampoco me atendió.
-Teléfono, vuelve a la habitación de Danae y dile que te atienda, que habla mamá.
-De acuerdo.
El teléfono color marfil volvió a dirigirse con sus ruedas por el largo pasillo hasta la habitación infantil, propia de una princesa de cuento.
-Danae, es tu mamá, desea hablar contigo.
Pero el cuerpo menudo y frágil de la niña seguía inmóvil, estático y enmudecido.
-Sofía, no me atiende. -Teléfono, ¿está dormida?
-No, tiene los ojos abiertos.
-Bien, dime qué ves -dijo Sofía, que empezaba a inquietarse.
-Danae está estirada en su cama boca arriba con las sábanas revueltas. La lámpara de luz está encendida todavía...
“Qué raro, por qué no se habrá apagado ya la lámpara”, se preguntó Sofía, intuyendo que algo no marchaba bien.
-Teléfono, ¿ves algo fuera de lugar en la habitación? ¿Algo anormal en Danae?
El teléfono recorrió la habitación con sus luces rojas parpadeando.
-Sofía, Didac está detrás del biombo echado en el suelo. Tiene los ojos cerrados, parece inconsciente. La mascota de los niños está a su lado.
-Bien, pásame con Rabot -dictó Sofía preocupada.
-No va a poder ser, señora. Tiene la cabeza fuera de su cuerpo, no creo que pueda hablar. En cuánto a Danae, tiene algo rojo en su boca que cae hasta su cuello.
Sofía colgó inmediatamente el teléfono. Salió a toda prisa de su oficina. Bajó las escaleras de tres en tres. Se metió en su potente coche y arrancó. La circulación estaba densa pero era una hábil conductora y llegó a su casa en menos de quince minutos.
Dejó el coche fuera con las llaves puestas y corrió hasta la puerta que no se abría con el sensor. Buscó las llaves en su bolso, abrió y subió sofocada a toda prisa las escaleras. Llegó hasta Danae, la tocó, le habló, y entonces, ambos chicos se levantaron disparando en carcajadas, saltos y gritos, abrazando a la madre.
-¿Pero, qué significa esto? -exclamó Sofía desconcertada.
-Era un plan, mamá -anunció Danae agitada y feliz.
-Para que vinieras a pasar este bonito sábado con nosotros -prosiguió Didac-, simulamos que la rata, le mordió la boca.

EL MUNDO EN UNA MARIPOSA


El mundo en una mariposa trata de un huevo que sólo tenía cabeza; aunque en realidad, más que cabeza, lo que tenía eran partes; para ser más exactos, tres: para el pensamiento, para el sentir y para la otra dimensión. Todas con su correspondiente simetría asimétrica. Derecho-izquierdo, dos; arriba-abajo, uno.
Empezó a rodar _pues alguien quería comprobar si ya estaba hecho_ y empezó a sentir una intensa y prolongada contrición; aguda como una punzada, tenaz como un tenedor.
_¡Más agua! _gritaba el huevo, pero nadie le escuchaba_ ¿Es qué todo el mundo se ha vuelto sordo?, ¿el juego no iba de no poder dejar de escuchar (aunque lo deseáramos)? ¡Ah! Claro, aquí, no + no, podría ser, igual a sí. ¡Tremenda estupidez! Faltan sentidos, faltan parte de los sentidos, o quizá… de la cabeza _pensaba.
Este lugar _prosiguió_, es parecido a estar postrado o topando con una lámina de aluminio, tan o más alta que tú, y tan delgada, que se agita como las velas de un velero; ¿es a causa de los pocos milímetros que la componen o será por el efecto que produce el agua? Esto debe ser eso que llaman límites _se decía, intentando comprender el formato cazo en el que estaba inmerso.
Al fin llegó el agua, con limón esta vez, y hielo. Aunque no era para el huevo, sino para alguien que escribía en una cocina cualquiera. Desde esa cocina, a través de un pequeño televisor, Eleica veía la otra cocina, desde donde se cocía el huevo.
Más agua, ahora sí, para nuestro protagonista. Al cabo de un rato, surgieron unas burbujas blancas locamente enchispadas que empezaron a conversar de manera tan aleatoria y disparatada como lo eran sus ágiles movimientos. Decían:
Los soldados han llegado a la ciudad. ¡Endemoniados, con los ojos fuera de órbita! El guerrero lo acompaña. La sangre les viste. El ansia por sobrevivir, aniquila. Amarillo 2259 con Coral A-6 de la Blythe en el cielo. Humo de bombas. Los misiles provenientes de Israel han empezado a bombardear el Líbano. Los países empiezan a juzgar. ¡Malditos hipócritas, charlatanes todos! Empiezan a invertir energía en el suceso. ¡Jodido entretenimiento! ¿Estará llegando ya? ¿La tercera? ¡Esto es una verdadera mierda! ¡Un asco! Puto mundo egoísta. Con, o sin ese estúpido Manifiesto*.
*Léase Manifiesto de Egoism.
_¡Dejen de darme vueltas, aún no estoy listo! _replicó el huevo malhumorado, gritando más que las burbujas_. ¿Dónde se habrá guardado el efecto del agua en ebullición? Este lugar es una locura absurda _divagaba_; el tal señor Karlos Arguiñano empeñado y orgulloso en mostrar a los espectadores el truco para saber cuándo un huevo está cocido. Y las futuras mariposas, mientras tanto, intentando cuajar, patinando por el Olimpo.
_Frederic Riechnamank _escribía Eleica en su diario cuando dejó de mirar el televisor_, anda loco por encontrar una musa que llegue de un escenario propio de Shakespeare. Quizá debería viajar hasta Verona y sentarse bajo el balcón de la casa de Julieta, aniquilar a Romeo y engatusarla con aroma de vainilla, sangre y almizcle. ¿Sería usted capaz, Sr. Riechnamank? Sepa que aturde con caramelo pegajoso y hace demasiado calor como para embadurnarse en esas sustancias tan viscosas, ¿me comprende usted?
El caso es que conocí a alguien muy distinto al Sr. Riechnamank; estaba muy acostumbrado a mirarse al espejo, tanto, que podía mantener tu mirada durante largos minutos penetrando hasta el centro, provocando un estado de nerviosismo incómodo-placentero en la parte derecha de la cabeza, manifestándose con temblores en el párpado inferior izquierdo. Le hablo de los huevos y de la nada. “¿Existirá?”, le pregunté. A lo que me respondió al día siguiente con una planta, un libro y unas líneas que decían: “Mientras la tristeza se apodera de nosotros, la vida deja de tomar sentido… y entonces, no importa estar en cualquier sitio, ni desear ir a ningún lugar.”
De nuevo, Eleica miró hacia la pequeña pantalla y vio el movimiento chispeante de las burbujas en la cocina de Arguiñano que alternábanse diciendo:
Qué difícil debe resultar ser humano. Manejar la mente. Y la polla, ¡no te jode! Coordinar con los sentimientos y manifestar con los sentidos. Vivir la realidad con los ideales. Esta vida está maldita. ¡Yo no quiero ser una puta burbuja! Callaos de una jodida vez; me duele la cabeza de escucharos, dando sentido a tremendas gilipolleces.

_Qué difícil discernir si habla la intuición o lo hace el tirano _prosiguió Eleica en su hoja de papel_. ¿Qué necesitamos para estar conectados y que las tres partes se integren y unifiquen? ¿Cuánto tiempo tarda el huevo en estar preparado?
La mariposa está en gestación. El huevo, sigue siendo un huevo. Después, gusano.
Mientras, el agua se evapora.

miércoles, 3 de junio de 2009

Buenos días

— No puedo hacerlo.
— ¿Por qué no?
— Sería una traición. Sería alimentar a la bestia que llevo dentro y nunca me podré salvar…
— No has de salvarte. Claro que puedes. Si tú quieres, hazlo.
— Nadie me volverá a mirar…
— Eso no es verdad. Has de ser como eres, no lo que los demás quieren que seas. De esta manera solo te mirarán los que se merecen mirarte.
— ¡Nadie! Nadie querrá acercarse a mí. Soy un monstruo. No puedo hacerlo, no puedo seguir haciendo esto, tengo que cambiar.
— Mira, esto no tiene sentido. Si no disfrutas de tu vida y eres feliz, espantarás a todos los que si disfrutan de tu compañía y no te quedará nadie de verdad. ¿Y yo, no estoy aquí contigo? ¿Acaso no te comprendo?
— Me comprendes porque eres como yo…
— ¿Un monstruo?
— ¡No! Nunca. No eres un monstruo. Eres una persona estupenda. Eres… eres mi mejor amiga.
— Y soy feliz como soy. Y tú deberías aprender de mí, solo así aprenderás a valorarte.
— Tienes razón Loli. ¡Lo voy a hacer! No puedo vivir amargada por lo que los demás puedan pensar. Si quiero hacerlo y hacerlo me hace feliz, lo haré. Así es como soy y a quien no le guste que no mire. ¡Camarero! ¡Los dos cafés, con azúcar por favor! ¡Métase la sacarina por…
— ¡Nena, nena! No te pases con el camarero. Creo que el muy picarón me ha guiñado antes el ojo. Creo que le he gustado, he visto como me mira el pecho y…
— Pero qué dices nena, ¡si estas gorda!

Eso en la mesa número cinco. Carmen y Loli, las gordas solteronas. Siempre tenían el mismo debate todos los días después de tomarse sus churros con chocolate. ¿Sacarina o azúcar? ¡Ay señor! ¿Qué podemos hacerle?, “¡marchando dos cortados con azúcar!”
En la mesa dos está sentada Laura, como todas las mañanas.

— Mira Perico… Últimamente te estás portando de una manera muy extraña. Ya no te veo casi nada y estás más irascible que nunca. Te cabreas con nada y la tomas conmigo, y luego me haces regalos que no te puedes permitir para pedirme perdón. Has de saber una cosa. Una relación no se mantiene con regalos caros. Esto… hay que estar en todo momento, ¡no!… has de estar ahí cuando te necesito, ¡no!… eh… tenemos que vernos más a menudo y… ¡bueno! Que lo quiero dejar. Y punto.
— Como lo hagas así Laura, te va a denunciar por malos tratos.
— ¡Ay, Juan! No te había visto. Perdona, esta mañana estoy un poco atacada de los nervios. Voy a dejar a Perico.
— Pobre Perico. Pero no me da pena. El Chaval no está metido en nada bueno. Se dicen cosas en el barrio, ¿sabes?
— Ya lo sé Juan. Por eso mismo lo quiero dejar.
— Bien por ti Laura. Ahora, ¿qué te pongo? ¿Lo de siempre?
— Si por favor. Y Juan, gracias por escuchar mis tonterías.
— Las tonterías de mis clientes son mis tonterías. ¡Marchando un croissant a la plancha y café con leche!

En la barra el viejo Eustaquio, hablando con un joven trajeado y peinado con demasiada gomina y la raya a un lado.
— Recuerdo que tenía una mano de pena, un tres de bastos, sota de oros, cuatro de copas y dos de espadas. Le hice las señas correspondientes a Eusebio, mi pareja. Teníamos unas señas especiales, ¿sabe? Un código entre él y yo que nadie más entendería. Pero, vamos, a lo que iba. Tenía una mano de pena y se lo dije con señas a Eusebio…
— ¿Y?
— Y el muy bribón corta mus. ¡Corta mus! O tenía la mejor mano del mundo o se había vuelto loco. Pero lo que más me extrañó fue que no me había hecho ninguna de nuestras señas especiales para decirme que tenía una buena mano…
— ¿Y?
— Y nos pusimos a jugar y en seguida Eusebio lanzó órdago a chica, el muy bribón, no me había dicho nada. Querría darme una sorpresa, él es así, ¿sabe? ¡Y ganamos! No mostrará afecto de ningún otro modo que no sea con el Mus. Está muy viejo el jodido, pero por el otro lado, se conserva estupendamente…
— ¿Y qué más me da a mí, abuelo? No le conozco de nada, ¡Déjeme tranquilo!
— Lo siento joven. No pretendía molestarle. Es que había quedado aquí, como todas las mañanas, con Eusebio, ¿sabe?, y como no llegaba pensaba que hablaría con alguien para pasar el rato…
— Pues elija a otro, señor. Soy una persona muy ocupada y tengo mis cosas en las que pensar.
Escuchando esto acudí al rescate de Eustaquio
— Su carajillo de coñac don Eustaquio.
— Gracias Juan, siempre me quedarás tú.
— Claro que si, que no se diga. — le dije con mi mejor sonrisa profesional.

A su lado, también apoyados contra la barra, el Capitán Martínez y el Agente Almansa, de la policía local, comentando sobre el estado del barrio, de lo seguro que es ahora con ellos aquí de policía. El Capìtán Martínez comentando, el agente Almansa escuchando, como siempre.

— ¿Y qué se le ofrece a la autoridad?
— Corta el rollo Juan, lo de siempre. —espeta el Capitán Martínez.
— ¿“Lo de siempre” cuando estáis de servicio o “lo de siempre” cuando no?
— ¿No ves los uniformes?
— Si.
— Pues eso Juan, pues eso, ¿estamos perdiendo facultades o que? Juan, Juan… yo le pensaba más…
— Mi Capitán, tengo que…
— ¡Usted se calla Almansa! Estoy hablando yo. Perdona Juan. Si, estamos de servicio. Ponnos unos cárajillos anda.
— ¡Marchando! — y les dejé continuar, mejor dicho, dejé al Capitán Martínez continuar con su monólogo fantasioso sobre el estado del barrio, y al sumiso Agente Almansa escuchando a su superior con el gesto facial del aburrimiento.

En ese momento se abre la puerta con mucho ruido y entra una persona con un pasamontañas en la cabeza, una escopeta en una mano y un saco de espárto en la otra. Cierra con fuerza y desde ahí mismo grita
— ¡Esto es un atraco! ¡Que nadie intente nada estúpido!
El Capitán Martínez y el Agente Almansa intentan alcanzar sus pistolas.
— ¡Ni se os ocurra! ¡Al suelo, tirádlas al suelo! — grita el personaje enmascarado a los policias por los cuales el barrio era un sitio tan seguro. Y mientras hacen lo que les ha mandado, el hombre del saco echa una mirada a su alrededor y, acto seguido, pasa algo inesperado.

— ¿Dónde estoy? — dice, dejandonos a todos perplejos— ¿Dónde están las cajeras y las mesas, y las ventanillas?
— Esto es una cafetería, el banco es al lado —le dice la gorda Loli, añadiendo— .Si quiere puede llevarme de rehén con usted al banco. —El problema de Loli no es la comida, son los hombres.
— ¡Cállese gorda! — suelta nuestro ladrón despistado y nos reímos todos disimuladamente. Todos menos Loli que levanta la barbilla y mira hacia otro lado con aires de marquesa.
— ¿Perico? ¿Eres tú? — suelta de repente Laura— ¡He reconocido tu voz, sé que eres tú! ¡Pedro Gonzalez Prieto, ¿se puede saber que diablos estas haciendo?!
Nuestro Ladrón mira repentinamente hacia Laura y se pone tremendamente nervioso.
— No soy quien usted dice señorita. — dice cambiando claramente la voz a una pobre imitación de persona gorda.
— Perico… Quiero que sepas que te dejo en este mismo instante. Sa ha acabado. No vuelvas a llamarme nunca más. Qué decepción. ¡Eres un delincuente! No te merezco. —le dice Laura dolida de verdad.
Nuestro delincuente ahora tiembla tanto por la extraña situación que se le cae al suelo la escopeta. Todos miramos como cae el arma en cámara lenta y, cuando toca las baldosas del suelo, se dispara solo. Veo como los perdigones vienen en mi dirección. En el silencio que se crea en el siguiente instante empiezo a sentirme mojado por todas partes. Los perdigones han hecho blanco en la sección de aguardientes justo encima de mi cabeza, todas las botellas rotas y su contenido vertido sobre un humilde servidor.
El encapuchado se agacha a coger la escopeta cuando de repente se abre la puerta a sus espaldas que le golpea en el trasero y cae de morros contra el suelo, empujando sin querer el arma, que se desliza por el suelo hasta que se frena a los pies del Agente Almansa. Éste se agacha y lo coge.
— ¡Buenos días familia! Hooombre Eustaquio, ¿ya estas aquí? ¿No habíamos quedado a las nueve? ¡Uy! Qué cara tenéis todos, y eso que soy yo el viejo. ¡Juan! Un sol y sombra por favor…

Y así un día más en el barrio. Las gordas busca-hombres Carmen y Loli comerán huevos fritos con bacon, migas con chistorra de segundo, un trozo de pastel de chocolate de postre y ¿para beber? Coca-cola light. Eusebio es un héroe popular en el barrio. Perico tiene dos años de cárcel y una exnovia muy enfadada. Y el Capitán Martínez y el Agente Almansa de la policía local, se creen los verdaderos salvadores del barrio, bueno, sólo el Capitán Martínez.

— ¡Marchando un sol y sombra!






D.G.F.

domingo, 17 de mayo de 2009

Amapolas



Lucía sonrió a la criada que le traía el nuevo vestido recién planchado, un vestido blanco con pequeñitas flores rojas estampadas que hacían juego con su pelo color de vino oscuro y que sus padres le habían regalado especialmente para aquél día. Se sentó en una silla y se abrochó los zapatos de color nacarado. Se ajustó el vestido con un lazo color carmín en el talle y se sentó delante del tocador para recogerse el pelo. Se empolvó la cara, se pintó levemente los labios y se puso unos pendientes y su pequeña medalla dorada.
En ése momento entró su hermana, tan sólo dos años más pequeña que ella, con una gran sonrisa y los ojos brillantes para decirle que ya habían llegado los invitados y que debían bajar al salón, así que las dos se cogieron del brazo y salieron de la habitación dejando un aroma de perfume de jazmín tras de sí.
En la habitación principal de la casa estaban sus padres, su abuela, su tía materna, su novio Elías y los padres de éste charlando en pequeños grupos distribuidos aquí y allá, alrededor de una mesa con el café preparado y repleta de dulces y pasteles. Al entrar ellas todos se giraron para mirarlas, Elías le dedicó una amplia sonrisa y se acercó para cogerla suavemente de la mano.
Se fueron sentando poco a poco alrededor de la mesa y tomaron la merienda acompañada de una animada charla. Elías la miraba con ojos embobados y ella bajaba su mirada mientras notaba cómo se sonrojaba. Los nervios le causaban la sensación de que el tiempo se alargaba pero al cabo de un rato, las criadas entraron para retirarlo todo.
Ellos pasaron al fondo del salón y se acomodaron en unos grandes sofás de principios de siglo, Elías y Lucía juntos en el mismo sofá y los demás se sentaron alrededor.
Se fue haciendo el silencio y ella miraba de una en una las caras de su hermana, de su madre y de su familia para intentar tranquilizarse.
El le cogió la mano, cosa que hizo que ella le mirara fijamente y con una sensación de nervios e impaciencia. Entonces le entregó el anillo de compromiso y ella le dio una cajita con un reloj. Elías le apretó la mano, le sonrió, le acarició la mejilla y el silencio se rompió.
Su hermana y su madre se acercaron para felicitarla y su padre le estrechó la mano a su futuro yerno y a su padre.
El resto de la tarde la pasó exultante de alegría y cuando los invitados se levantaron para marcharse, Lucía acompañó a Elías hasta la salida del jardín.
Para despedirse, él se agachó y recogió una amapola y colocándosela en el pelo le dijo "tu flor preferida para un día muy especial". Se dieron un tímido beso y él se marchó.
Ella se quedó mirando como desaparecían por la calle mayor y cerró la verja. Se dio la vuelta y mientras caminaba por el jardín recogió otra amapola. Su rostro se ensombreció y su mirada se volvió gris.

Era bien temprano por la mañana y ella caminaba como cada día hacia la iglesia atravesando el pueblo y unos campos de cereales. Estaba entrando la primavera y el campo era un manto de espigas verdes plagado de amapolas rojas.
Llevaba un vestido de color rosa y guardaba en la mano su rosario y su bíblia. Andaba por el camino polvoriento que recorría el sembrado y miraba alrededor con curiosidad. Sin embargo, no lo vió aparecer hasta unos metros más allá, con su ropa de trabajo y una espiga que mordía con sus dientes.
Su corazón se disparó y notó avergonzada como se ruborizaba. Le sonrió brevemente y él le saludó.
- Buenos días, ¿camino de la iglesia como todos los días?
- Sí, buenos días.
La miró y con sorpresa para ella, notó como él también estaba algo sonrojado. Se acercó a ella y le dio un ramito de amapolas:
- Las amapolas son mis flores preferidas y me recuerdan mucho a su pelo, señorita Lucía – le dijo dándose la vuelta rápidamente y volviendo a su trabajo.

De nuevo era primavera, pero ésta vez no iba vestida de rosa ni paseaba por el campo. Su madre, su hermana y algunas amigas la ayudaron a ponerse su vestido de novia, sus zapatos y su velo.
Bajaron a la planta principal y el fotógrafo del pueblo les hizo varias fotos familiares antes de subirse al coche.
Pasaron por el centro del pueblo y tomaron el camino que cruzaba los campos y que conducía a la iglesia. Su mirada vagaba entre las espigas verdes que relucían bajo el sol de media mañana. Miró su mano y sentía cómo aquél anillo de compromiso le pesaba, le quemaba la piel.
Su padre la sacó de su ensimismamiento apretándole la mano, ella sonrió y le dió un beso en la mejilla.
Diez minutos más tarde el coche aparcaba en la puerta de la iglesia. Todos los invitados iban entrando mientras su padre le ayudaba a bajar y su hermana le colocaba bien el vestido. Le entregó un ramo de amapolas rojas y le echó el velo sobre la cara.
Lucía agarró el brazo de su padre y subió los escalones hasta la entrada mientras una lágrima rodaba por su mejilla y caía sobre su ramo de novia.

sábado, 16 de mayo de 2009

Día Cero

En el día elegido a la hora señalada, Dylan cargó el coche con todo lo que necesitaban para su propósito. Repasó que todo estuviera bien y no faltara nada. Su amigo Martin llevaría el resto. Cerró de un estruendoso golpe el maletero. Sonrió al retrovisor y se metió en el coche. Encendió el motor y luego la radio. Puso una emisora y sonaban Rammstein. Chilló la canción al mismo ritmo que llevaba el cantante. Bajó la ventanilla y arrancó el coche con furia.

En la otra punta del barrio, la dulce Patty se dirigía como cada mañana a coger el autobús que la llevaría al instituto. Ese día estaba contenta. Billy le había pedido una cita. Con una sonrisa boba en la cara, apretó fuertemente el colgante que él le había regalado en su 15 cumpleaños y se sentó en la parada. Justo cuando se subió al autobús, se dio cuenta de que se había dejado la carpeta en casa, pero ya era tarde para bajarse. Tendría que llegar a la mitad del trayecto y coger el autobús de vuelta a casa. Iba a llegar tarde, pero prefería eso a ir sin sus apuntes, que era como ir desnuda.

Mientras, Martin miraba su reloj. Lo tenía sincronizado con el de Dylan. A las 9 se encontarían en el aparcamiento del instituto como tenían planeado. La excitación lo había tenido sin dormir gran parte de la noche. Aun así, se encontraba despejado y descansado. Era el poder de la adrenalina. Quedaban 5 minutos para el encuentro. Lo habían planeado hacía tanto. A lo lejos, vio el coche de su mejor amigo. Conducía muy rápido. Dylan casi barrió los pies de Martin al girar bruscamente.

- ¿Qué haces, gilipollas? – dijo Martin con cara de rabia.
- UUUUUUUUUUUUUUUH! – chilló Dylan.

Martin sonrió. Sabía que su amigo estaba, como él, en pleno subidón.

Unas ventanas más arriba, el director Nolan discutía por última vez con su mujer. “Quiero el divorcio”, chillaba ella desde el otro lado de la línea. “Bien”, respondió él, “no voy a ponerte problemas si eso es lo que quieres”, le respondió. Y colgó. Era una celosa compulsiva, se dijo. Cogió el marco con la foto de las vacaciones de tres años antes a Europa. Se les veía felices sonriendo a la cámara en los canales de Venecia. El director Nolan giró la fotografía. En ese momento, la secretaria Melinda entró al despacho.

- Cuantas veces tengo que decirte que llames a la puerta antes de entrar!
- Lo siento, Sr. Nolan.

Melinda salió del despacho sin hacer ruido y Nolan volvió a concentrarse en los papeles que tenía en la mesa.

Patty llegó a la siguiente estación a los 15 minutos de haber salido de casa. Bajó del autobús y cruzó la acera. Tuvo suerte porque el autobús de vuelta llegó casi al instante. Subió de regreso a casa para coger su carpeta. En su cabeza, solo un pensamiento y no era precisamente que iba a llegar tarde a su clase favorita, matemáticas: era que vería más tarde a Billy.

Dylan cargó sus cosas en la mochila y cerró el maletero. Martin le esperaba apoyado en la pared del aparcamiento, fumándose un cigarro.

- Joder, tío, voy a echar de menos estos porros de primera hora.

Dylan no respondió. Él no fumaba desde hacía meses. Solo tomaba aquellas malditas pastillas que le había recetado el médico, pero aun así, a escondidas de su madre, había dejado de tomarlas un mes y medio antes.

- Lo tienes todo? – preguntó Martin a su amigo.
- Todo tío. Se van a cagar estos mierdas!
- Ya lo creo… joder! Hoy es un gran día.

Enfundados en sus trajes negros, subieron las escaleras del instituto sin llamar la atención. Todavía no era la hora señalada.

El director miró el teléfono dubitativo. Sudaba y no sabía si realmente hacía calor. Solo sabía que tenía las pulsaciones a mil. Llamó a su secretaria.

- Melinda, por favor, me podrías traer una tila?

La secretaria puso mala cara.

- Claro que sí, Sr. Nolan.

Nolan bufó inquieto. “Esa maniática celosa me va a quitar mi dinero… seguro que empezará a buscar abogados para dejarme sin un centavo”, se dijo para si mismo. Los números aquel día no le cuadraban. No podía concentrarse. Se desató el nudo de la corbata y apagó la pantalla del ordenador. Se levantó para mirar por la ventana. Justo en aquel momento, vio a dos chicos de negro entrar por la puerta del centro. “Madre de Dios”, pensó. “Esta juventud de hoy en día cada vez visten peor”.

Entre tanto, Patty entraba por la puerta de casa corriendo aceleradamente.

- Patty? Eres tú?
- Mamá, me he dejado la carpeta.
- Hija, qué te pasa? Últimamente andas muy despistada.
- No te preocupes, mamá. Ya me voy. Hasta luego!

Patty salió corriendo de nuevo hacia la parada por segunda vez ese día. Mientras volaba para no perder el autobús de las 8, pensaba en Billy. A estas horas debía estar a punto de entrar en clase de baloncesto. “Es tan guapo”, pensó. “Y por fin me ha pedido que salgamos juntos y será esta tarde”. El día iba a ser muy largo pero por suerte para ella, coincidirían en clase de ciencias naturales. Qué bien! Podría sentarse a su lado, preludio de un día que iba a ser el mejor de su vida.

Dylan fue a su taquilla. La abrió y miró el poster de Rammstein. Los alemanes eran la banda sonora de su vida. Du, du hast, du hast mich… tú me odias, tú me odias… qué gran canción! Expresaba precisamente lo que él creía que sentían los demás por él. Odio! Todos me odiais. Miró a Martin, de los pocos que no le odiaban. Estaba tan tranquilo. Mientras a él le herbía la sangre, Martin no se movía. Qué ganas tenía de que fueran las 10… iban a tardar realmente poco. Se fueron para clase.

A las 9 y media se dirigieron a la cafetería. Pidieron un café y un zumo. Se sentaron en la mesa más lejana de la barra, que era el sitio donde mejor perspectiva tenían. Dylan no se quitó la gorra. Martin la llevaba en su mochila y se la puso. Empezaron a mirar hacia todas direcciones con disimulo. En 5 minutos empezó a llenarse la cafetería de alumnos. Todos iban a almorzar. Mientras la gente se agolpaba en la barra a pedir sus desayunos, Dylan y Martin ya se habían acabado el suyo. Dejaron sus pesadas mochilas junto a dos columnas sin que nadie se percatara de ello y salieron por la puerta. Eran las 10 menos cuarto.
El frío del metal excitó a Martin. Bajo su abrigo negro la podía tocar y sentir. Su gran amiga. La había comprado por Internet, en una página que solo conocían un par de amigos. La habían probado en cuanto le llegó a su apartado de correos. Qué bonita era. Grande, negra… maravillosa. Le encantaba. Qué lástima que no fuera a darle tiempo a bautizarla. Ya no había tiempo.

En ese momento, Billy Thomas apareció en la cafetería. No sabía donde se había metido Patty. Tenía muchas ganas de verla, pero no había aparecido al final de su clase de baloncesto, como solía hacer cada martes. Pidió una bebida isotónica en la barra y se sentó la única mesa libre de la cafetería, cerca de una columna. No cabía un alfiler como cada día a esas horas. Quedaban segundos para las 10 de la mañana.

En solo un par de segundos, una fuerte explosión hizo saltar todo en pedazos. El cuerpo de Billy tocó el techo para desplomarse al otro lado de la sala y como él decenas de chicos y chicas. Los que estaban al otro lado de las columnas, se vieron despedidos por la onda expansiva. Los que estaban más lejos fueron alcanzados por los cascotes de pared, suelo y columnas que se les echaron encima.

El director Nolan botó en su asiento. “Qué ha sido eso?”, se preguntó. Enseguida sonaron las alarmas. “¿Qué ha sido eso?” Su corazón empezó a latir tan rápido como cuando su mujer le llamó para pedirle el divorcio. Salió corriendo de su despacho hacia abajo. En su camino se topó con Melinda.

- Qué ha sido eso?
- La cafetería, señor, ha volado en pedazos.

Cientos de alumnos corrían ensangrentados.

- Díos mío!!! – chillaban algunos.

Nolan no creía lo que veía. Se echó un par de veces las manos a la cara cuando vio desde el piso de arriba a varios alumnos correr ensangrentados hacia la salida.

- Melinda, llama a la policía, a ambulancias… muevete.

Bajó las escaleras hacia la cafetería cuando se cruzó con dos chicos que parecían estar en otro mundo. “Donde los había visto antes?”, pensó. “Ah, son los chicos esperpénticos que he visto entrar esta mañana”. Uno de ellos, el más rubio, sacó una pistola negra y grande del bolsillo de su abrigo negro, se la dio a su compañero y éste le disparó al pecho mientras gritaba:

Du, du hast, du hast mich

El director Nolan cayó al suelo fulminado, pero pudo ver a los dos chicos como se reían mientras le apuntaban por segunda vez. Esta vez, fue el moreno.

- Adiós, señor director.

Y de un disparo en la cabeza, Martin acabó por parar el corazón desbocado del director.


Al cabo de unos minutos, los dos amigos fueron a la salida del colegio y delante de los alumnos que chillaban y corrían con las caras desencajadas por el horror vivido en la cafetería, Martin disparó a Dylan un tiro en la cabeza. Antes de que nadie pudiera reaccionar, Martin se voló los sesos con la misma pistola.
Justo en aquel instante, Patty llegó a la puerta del instituto y no podía creerse lo que veía. Cientos de chicos y chicas, sus compañeros de clase, corriendo asustados, llorando, chillando. Se topó de frente con Burt, el mejor amigo de Billy.

- Burt, qué ha pasado?
- La cafetería ha volado en mil pedazos – dijo Burt. Han sido esos dos, Dylan y Martin, los zumbados! Han volado la cafetería y luego se han volado la cabeza!
- Y Billy? Preguntó alterada Patty. Donde está Billy?
- Billy estaba en la cafetería!


Patty cayó al suelo de rodillas aferrada a su carpeta. “Billy”, gritó. Soltó la carpeta y miró su colgante y la inscripción que Billy le había grabado.

“Prométeme que jamás dejaras de venir a verme a los entrenos o moriré”.

Maite Fernández

lunes, 20 de abril de 2009

Don Ramón

— ¿Hasta dónde?
— Al quinto por favor.
— En seguida señor — …“¡Ping!”— .El quinto. Buenos dias señor.
Este era el tipo de conversación que tendría el bueno de Don Ramón Ramónez más de cien veces a lo largo de un día de trabajo. A veces tendría otras del tipo:
— Un gran día el de hoy.
— Sí, no hay ni una sola nube. Ya nos tocaba un poco de sol.
— Sí, es verdad. Ya llega la primavera.
— Sí, es verdad.
— Sí.
U otras de esta índole:
— ¿Como van esos nietos suyos señor?
— Tendrías que verlos, han salido al padre. Se están poniendo guapísimos. Ahora, su madre no los educa nada bien, ¡estos liberales!, ya sabe.
— Ya, ya…
— Corren otros tiempos don Ramón, ya no es como cuando usted y yo éramos jóvenes.
— Cuánta razón lleva señor.
Y es que don Ramón era todo un profesional de la conversación de besugo y la elevación. Un dinosaurio vivo con una profesión en vias de extinción. Don Ramón el ascensorista. Ya no quedan muchos como él y aún menos que sean profesionales y descendientes de una larga estirpe de ascensoristas, como Don Ramón. Don Ramón trabajaba desde hacía casi cuareta años en el ascensor del edificio Ordóñez, un rascacielos de cuarenta pisos que albergaba en su interior, desde oficinas, bancos, joyerías hasta pisos de superlujo y algunas suites de cinco estrellas, propiedad de un conocido hotel. Gentes de muy alto nivel económico, de una clase social muy elevada, gente de mentira, como decía él, ocupaba el edificio durante las horas de luz, día sí, día también. Cuarenta pisos arriba. Cuarenta pisos abajo. Así durante todo el día, todos los días. Buenos días, buenas tardes, buenas noches señor, señora, don o doña. Muchos dirían que Don Ramón llevó una vida aburrida. Pero él no lo pensaba así. El profesional Ramón vivía su trabajo. Decía que el edificio Ordoñez, no sería el mismo sin los Ramónez, cosa que decía siempre Ramón Ramónez padre y Ramón Ramónez abuelo, descansen en paz. Había tenido una vida llena de anécdotas de ascensor, las más variadas y singulares. Tenía dos sueños para cuando se jubilase, y ese día se acercaba. Quería escribir un libro con todas sus anécdotas y quería pasarle el testigo en el edificio Ordóñez a Ramón Ramónez hijo. Pero pocos días para su jubilación ocurrió algo que no había planeado.
Un buen día once de un més que no recuerdo, un avión supuestamente controlado por unos terrorristas malos, malísimos se estrelló contra la cara oeste del edificio Ordóñez entre los pisos veinte y veintidós, sí, eso és, en el piso veintiuno. Don Ramón se encontraba en ese momento en el piso cuarenta y quedó aislado por las llamas ,con muchas otras personas, por encima de la mitad de la torre. Los bomberos consiguieron salvar a casi todo el mundo por debajo del piso veintiuno pero no consiguieron llegar a los pisos más arriba. Ya se respiraba tragedia cuando, en un momento dado, la torre se desplomó con toda esa gente de mentira y Don Ramón aún en su interior. No quedó nada. Solo escombros y muertos. Más tarde, en las labores de desescombro de la zona 0, se encontró una caja metálica. Se había encontrado el ascensor de Don Ramón. Un ataud metálico que cayó desde el piso cuarenta y fue enterrado en escombros. Cuando abrieron la puerta esperando encontrar más cadáveres, encontraron a Don Ramón que, visiblemente afectado por el golpe, dijo “Buenos días señores, ¿a qué piso van?”
Don Ramón se había salvado y había sido el único superviviente de la planta veintiuno para arriba. La caja metálica que era su amado ascensor le había salvado. Don Ramón estuvo ingresado en el hospital durante varios días para reconocimiento, pero la verdad es que había salido ileso de el atentado. Una anécdota más para su libro. “Tengo muchas ganas de montarme en un ascensor de nuevo, no los he cogido miedo. En cuanto salga de aquí pienso terminar las semanas que me quedan antes de mi jubilación montado en un ascensor” le llegó a decir a la prensa mientras estaba en hospital.
Pero no todo eran buenas noticias para Don Ramón. Ahora, sin edificio Ordoñez, su hijo Ramón no podría tomar el relevo de su padre. Es más, el edificio Ordoñez era el último bastión ascensorista en la ciudad, ya no quedaban más ascensores que subir y bajar profesionalmente. Se había quedado sin trabajo, y su hijo Ramón, sin llegar a tenerlo y en la flor de la vida, también.
Y la vida le volvió a dar una de cal y una de arena. Lo bueno fue que el Gobierno le hizo efectiva una suma de dinero astronómica, como compensación por los daños sufridos en el atentado del día once. Se habían volcado políticamente para cazar a los malos y lo demostraban de esta manera. Ahora Don Ramón era asquerosamente rico, una persona de mentira, como él decía. La familia Ramónez saldría de ésta. La familia Ramónez, sí, pero no Don Ramón. Las malas noticias llegaron a casa el día once del siguiente mes, éste si que recuerdo que era octubre. Debido a los constantes cambios de presión, por subidas al cielo y bajadas al suelo de Don Ramón en su ascensor, su corazón se había debilitado mucho. Don Ramón estaba enfermo y se estaba muriendo. Le habían dado un més de vida.
Se puso manos a la obra. Quería dejarlo todo listo antes de su partida. Lo primero que compró fue una pequeña grabadora de voz. Lo siguiente fueron unas tierras en la ciudad. Habló con un edificador. Habló con un ingeniero. Habló con un gestor. Habló también con un sindicato. Y habló con un constructor de ascensores, lutier de ascensores decía él.
Y en su lecho de muerte quiso hablar con su familia, la familia Ramónez. Habló primero el gestor que leyó en alto el testamento de Don Ramón Ramónez. Su familia se llevaría unas tierras donde se estaba construyendo una gran torre que se llenará de gente de mentira y sus oficinas y picaderos con vistas panorámicas de la ciudad. La torre Ramónez. En uno de sus lados, el oeste, habría un asensor. Pero no un ascensor cualquiera. Un ascensor de doscientos metros cuadrados, cuatro habitaciones, salón con terraza, baño con jacuzzi e hidromasage, cocina moderna y una pequeña piscina interior. “Para que vivais en el piso de vuestra elección, un piso al día si quereis” dijo Don Ramón. En el piso cuarenta se encontrarán las oficinas de Ascensoristas Ramónez S.L. y el Sindicato de Ascensoristas, los cuales habían de ser dirigidos por Ramón Ramónez hijo, “te lo mereces hijo. Sigue nuestra tradición, no dejes que los ascensoristas desaparezcan de este mundo, es una profesión demasiado bella” le dijo . A la señora de Ramónez se le hizo entrega de la pequeña gravadora de voz que Ramón había comprado. Su cometido sería escribir un libro con todas las grandes anécdotas de ascensor que allí había grabado su marido. “Tú me conoces mejor que nadie amor, haz que mi sueño se haga realidad”. Don Ramón cerró los ojos. “Ahora voy a coger el último ascensor de mi vida para subir al cielo. Hasta que lo cojáis vosotros y nos volvamos a ver… adios, os quiero…” Y luego se susurró para si mismo “Hola muy buenos días. Sí, al último piso por favor. ¿Ha visto que buen día hace? Ya llega la primavera…” sonrió y su corazón se paró.



D.G.F.

miércoles, 15 de abril de 2009

LA DAGA


Finalmente la tengo en mis manos. No puedo contar lo mucho que significa para mi. Lo mucho que ha costado tenerla en mi poder. El precio tan alto. Esta daga es la misma que utilizó mi padre para callar a Armand. Y no me refiero a matarle, ese cabrón sigue vivo. Le silenció para siempre. Le cortó las cuerdas vocales. Mi padre siempre tuvo un sentido de la justicia muy distinto al mío. Supongo que por eso se hizo policía. Supongo que también fue lo que le mató, yo no soy el culpable. Armand no podía hablar pero seguía teniendo la capacidad de asesinar. Degolló a mi padre con la misma daga que le había silenciado a él. Yo no le habría cortado las cuerdas vocales a Armand. Yo le habría matado, no habría tomado riesgos. Y es que papá , dejarle con vida fue tu error, no deberías haber renunciado a lo que eres. Yo lo acepto, como lo aceptó el abuelo, tu padre, y tu abuelo también y el abuelo de tu abuelo. Venimos de África y África nos dio un rol. Y para cumplir nuestro rol África nos dio una daga. La justicia que se nos han impuesto, desde los captores de nuestros antepasados esclavos que los trajeron a esta isla hasta los blancos colonialistas, es toda una serie de normas inmorales que África niega. Nosotros somos la justicia papá, ese es nuestro rol.
A mi abuelo lo sorprendieron cuando le clavaba la daga en el corazón a una persona atada y despierta (África nos enseñó el ritual). De nada le sirvió que la persona al que le atravesara el corazón fuera un violador y asesino temido desde hacía años en la comarca, le condenaron a colgar del cuello cinco días después. Este hecho fue el que convenció a papá a unirse a la policía, para intentar cambiar algo. Yo siempre he creído que fue cobardía, no tenía las agallas de matar. Había traicionado a nuestra familia, a mi, y peor, a África. Yo en cambio, tomé las riendas de quién soy, yo no reniego de mi rol en esta vida. Papá me intentó persuadir recordándome como colgaron como a un perro al abuelo por ser lo que yo quería ser. Solo consiguió alentarme más en mi cometido.
Cécil. Borracho, ladrón, asesino. Mató a una pareja de ancianos para robarles dinero para seguir bebiendo. Andaba libre. Fue mi primera victima. Seguí el ritual del abuelo. Le dejé inconsciente por medio de estrangulación. Le até a un poste de madera. Cuando despertó, y solo cuando despertó, le clavé un cuchillo en el corazón. Después vino Damien, luego Emile, luego Florien. Pero algo no funcionaba como debía. La justicia se impartía pero yo me sentía mal. Mal por matar. Algo faltaba. Fui a pedir consejo a la única persona a la que podía acudir, papá. Fui a la comisaría y se lo conté todo. El se horrorizó de tal manera que le hizo vomitar. Me echó de la comisaría. Pero aquella noche me llamó y fui a su casa para hablar.
“ Es la daga hijo. Tu problema es la daga. África nos dio una daga para cumplir nuestro cometido. Solo con ella se puede impartir justicia de verdad. A tu abuelo le detuvieron y se la quitaron para pruebas en el juicio. A tu abuelo lo mataron hace ya quince años, supongo que nadie echará de menos esto de la sala de pruebas”. Cogió una bolsa de plástico de la cual sacó la daga. La sujeté por primera vez. Sentí una tremenda energía, un escalofrío me recorrió toda la espalda, un bienestar absoluto, paz… justicia. No había duda, papá tenía razón, era la daga. “Un policía solo es un civil jugando a ser poli sin su placa. La daga. Solo se hará justicia con ella, así lo dictó África. Continúa con nuestro cometido hijo, haré lo posible para que la policía no se intrometa, siento ser una deshonra para ti pero tengo mis razones, también amo África, ¿sabes?”. Sus palabras me conmovían pero a la vez me daba lástima. Supongo que así era como quería arreglar su traición. Pobre hombre.
Y un hombre me había seguido y estaba al acecho. Resulta que Armand, viejo amigo de Florien, mi último ajusticiado, también ladrón, también asesino, escuchaba toda nuestra conversación desde la ventana de la cabaña. Me había seguido con la intención de vengar a su camarada criminal. Para mi suerte , igual que Florien, Armand era muy patoso y llamó nuestra atención antes de descargar todo el cartucho de su pistola hacia el interior de la cabaña. Papá el policía entró en acción cubriéndome de un salto. Me quitó la daga de las manos y salió corriendo a por él. Y le cogió.
Lo siguiente que pasó ya lo conocéis. Me sentí orgulloso de mi padre, claro que yo pensaba que lo había matado.
Mi padre me aceptaba y me protegía. Y me dio la daga para seguir adelante y honrar al abuelo.
Solo dos meses después me desapareció la daga de casa lo cual me supuso una gran tragedia. Pero la tragedia fue absoluta cuando descubrí a mi padre degollado en su casa cuando iba a contarle lo del robo. Mi vida cobró más sentido que nunca. Mi padre merecía justicia. Ví junto a su mano algo escrito con sangre, su propia sangre: Armand.
El cuerpo de policía le enterró con grandes honores. Supongo que había gente que le respetaba, y mucho, por dedicar su vida a su propia causa.
Yo supe bien lo que hacer. Armand, patoso Armand…
No fue difícil encontrarle. No fue difícil dejarle inconsciente. No fue difícil atarle. Y cuando despertó… le pregunté por la daga. Pocas palabras sacas de un mudo analfabeto, papá había hecho un buen trabajo para que no hablara nunca. Pero paciencia, intimidación, unos cuantos dedos seccionados y una minuciosa lectura de labios dieron sus frutos. Lo había vendido para conseguir drogas. A un grajero para esquilar a las ovejas. Me dio la dirección y antes de salir a por ella, le curé las heridas y le seccioné los labios para que no hablara nunca más, mejorando el buen trabajo de papá. Esto lo quería hacer bien, necesitaba que estuviera vivo y despierto, y necesitaba la daga.
Harmonie y Babtiste, humildes granjeros, buenas personas, escucharon lo que les tenía que contar. Comprendieron mi relato sobre la importantísima pieza de historia familiar con un valor sentimental incalculable, que habían robado de mi casa y sabía que ellos tenían en su poder. No mentí ni una sola vez. Me creyeron y decidieron vendérmela por una suma razonable.
Finalmente la tengo en mis manos. No puedo expresar lo mucho que significa para mi. Lo que significa para mi padre. Para mi abuelo. Para el resto de mis antepasados. Esto significa mucho para África. Ella nos hizo como somos, ella nos guía.
Armand, no te mueras aún, no tardaré mucho.


DGF