sábado, 2 de agosto de 2008

BENITO SCOLARI


En el mundo del vicio, la perversión y el crimen organizado Benito Scolari no tenía igual. Los demás capos mafiosos de la nación no le hacían sombra y le respetaban por diversas razones. Había conseguido una especie de paz entre bandas y organizado el mundo criminal de tal forma que todas las bandas se llevaban su parte, por eso muchos de sus antiguos enemigos encarnizados ahora redían culto a Don Benito.

Pero Don Benito había muerto y el mundo paralelo de las mafias se vio conmocionado. Los Jefes de las demás bandas se vieron en una tesitura difícil: con Don Benito muerto, ¿quién mantendría la paz, la unión y el respeto entre camaradas criminales?

Quizás la respuesta fuera Fionna Marcesani, viuda del fallecido Don Benito. Conocida como La Artificiera por las bombas que hizo explotar matando a varios representantes del antiguo gobierno de Mussolini , allá en los años de la dictadura.
Se había convertido en madre de los hijos de Don Benito, cocinera personal de Don Benito, y asesora criminal de su banda.
Muchos le atribuían los logros de Don Benito, pero muchos le culpaban por su muerte.
Versión oficial de su muerte: mala caída patinando sobre hielo… Cuanto menos, sospechoso.

La situación que se planteaba era la siguiente:
Cinco y veinte de la tarde. Se había preparado una gran recepción en la mansión de la familia Scolari para rendir los últimos respetos al capo más pacífico, unificador y respetado que jamás hubiese pisado la nación.
Todos los demás jefes habían venido con sus mujeres e hijos para demostrar el verdadero respeto que sentían por el gran Benito Scolari.
Su cuerpo, vestido con un traje blanco tumbado en un ataúd también blanco(lo cual le daba un aspecto divino) al frente de una gran sala de la mansión, que usaba regularmente para sus estilosas fiestas y cocktails que nunca más disfrutaría.
Fionna, la viuda artificiera, vestida de negro al pie del ataúd hablaba silenciosamente con el cadáver…


-Benito… Benito, Benito…
No es justo Benito.
Éste no era el plan Benito. Te has adelantado al plan estúpido patán.
Con todo lo que hemos construido con sudor, sangre, tiempo y paciencia.
La gente te respetaba. Te creían y hasta te querían. Esa gente realmente pensaba que eras su dios.
Todos ya me conocían y muchos me habían empezado a respetar. Me habían empezado a considerar su reina así como tú eras su rey. ¡Pero no todos, y muchos no es suficiente!
Solo te pedía tiempo Benito. Tiempo en que habrías vivido feliz, habrías comido bien y todo hubiera sido como hubieras querido. Habría sido como vivir en el paraíso, amado…

Con el tiempo habrías caído enfermo y ningún médico hubiera sabido qué tenías, solo que era grave y terminal.
Te habrían dado seis meses de vida en los que te habrías dedicado a organizarlo todo perfectamente para tu sucesión.
Es aquí cuando, gracias a tus palabras, yo hubiera ganado popularidad, respeto y confianza. Todos te creen a ti Benito querido.
Después de seis meses habrías muerto con una sonrisa en la cara y en la cama, una muerte de lo más dulce, sabiendo con seguridad que el castillo de naipes que habías construido con tanto esfuerzo no se desplomaba irremediablemente sino que, gracias a tu amada esposa, Fionna Marcesani, tu imperio seguiría en pie.
Pero noooo, no podía ser así… Estornudaste y cayeron todos los naipes uno a uno y amontonados en la mesa quedaron las barajas que habías utilizado, las barajas que los dos habíamos utilizado.
¡Teníamos que rememorar tu infancia en el dichoso lago donde patinabas de niño! ¡Lo que nunca me dijiste era que nunca habías aprendido a patinar estúpido patán!
Diez segundos duraste recordando tu infancia:
Allá voy, a ver si me acuerdo de esto, mírame soy una bailarina olímpica fueron tus últimas y patéticas palabras…
¿Ahora qué, inútil? ¿Qué voy a hacer? Nunca me aceptarán como te aceptaron a ti, como controlador todopoderoso de las bandas criminales de la nación. Incluso hay muchos de ellos que realmente piensan que yo te maté. Seguro que los muy estúpidos nunca lo hubieran sospechado si todo hubiese sido como planeado y si te hubiese matado, querido. Esos estúpidos cabeza huecas no soportarían que una mujer les mandase, así, tan de repente.

¡Solo hacía falta tiempo Benito, solo insignificante tiempo, de lo que hasta el más pobre de entre los pobres dispone!
No me dejas otra opción esposo mío…
Nunca me ha gustado improvisar, me gusta la buena organización, como a ti, pero la reina del crimen ha de saber de todo y creo que te lo voy a demostrar.

Francesco, Rino, Giussepe, Marcello… Han venido todos…
Han venido todos amado. Todos te respetan tanto que como muestra han venido con sus mujeres e hijos. Esto representa el poder que tenías; el poder que tendré…

Se acerca el momento Benito…

En exactamente dos minutos y medio me iré apenada de este lugar y cogeré un coche para alejarme de mi pasado rumbo a un futuro mejor como la reina todopoderosa del imperio Scolari.
En exactamente cinco minutos y medio el temporizador que llevas en el bolsillo del pantalón accionará una chispa que reaccionará con los 40kg de Trinitrotolueno que hay embutidos en tu cuerpo sustituyendo tus órganos blandos, y saltaras por los aires, llevándote contigo al cielo a todos tus amígueles y a sus familias.

La verdad es que es un plan perfecto; y me has quedado muy bien… Soy una artista. No puedo negarte que hoy, Benito mío, estás más guapo que nunca.
En fin Benito, éste es nuestro adiós. Todo podría haber sido diferente y más fácil pero que se le va a hacer, la vida está llena de improvistos.
Solo espero que ahí arriba patines como una verdadera bailarina olímpica y todos te alaben…

Es la hora…

¡Ah! ¡Y no te confundas Benito mío! ¡yo siempre te he querido y siempre te querré…!
¡Ciao amore!


D.G.F.

PARADISSO 2.0



Era la primera vez que montaba en un cacharro de esos. Son increíbles. Todos esos botoncillos, esas palanquillas y esas lucecillas… Es como estar en una de esas películas de ciencia ficción de los años setenta.

-En breves momentos aterrizaremos en la base lunar de Paradisso 2.0. Por favor, permenezcan sentados y con sus cinturones de seguridad abrochados hasta que la nave se detenga por completo.- dijo una suave voz femenina por la megafonía de la nave.

¡Ya estaba cerca! Nunca pensé que acabaría viniendo, pero la verdad es que encontrar trabajo en la Tierra era cada vez más complicado y, cundo lo encontrabas, los sueldos eran tan míseros que rara era la vez que llegabas a fin de mes sin sufrir lo insufrible.

Hubo un ligero meneo de la nave. Sonó un “¡ping!” y se apagaron unas lucecillas en el techo del transbordador.

-Bienvenidos a Paradisso 2.0, capital del Estado Lunar. La hora local es de las 12:05 del mediodía, la temperatura exterior es de -158ºC y disfrutamos de un sol excelente típico de esta cara de la Luna. Esperamos que el viaje haya sido de su agrado y deseamos volver a verle a bordo. En nombre de toda la tripulación de la nave les deseamos una buena estancia en Paradisso 2.0.

Me habían hablado mucho de la Luna y nunca pensé que finalmente viajaría aquí en busca de una vida mejor.
Salimos por la puerta delantera y avanzamos por un pasillo hasta llegar a una Terminal donde recogimos nuestras maletas. Luego una azafata de muy buen ver nos guió hasta un trenecillo que nos llevaría a la ciudad en sí. Me senté en un sitio con ventana. Al salir de la Terminal, el tren circuló por un túnel de cristal en la superficie lunar.
Quedé absolutamente asombrado al ver ese desierto gris tan inmenso. Era sobrecogedor. Solo se veía arena gris, rocas grises, cráteres grises y, en el horizonte, montañas grises. Aquí el cielo era totalmente negro y, aunque pegaba un sol de justicia, se podían ver más estrellas de las que jamás había visto. Alucinante pensé. Absolutamente alucinante.
El tren empezó a girar bordeando una montaña en forma de trapecio y, como no, gris. Detrás de la montaña, de forma repentina, apareció majestuosa, una semiesfera de cristal de un tamaño titánico que albergaba en su interior una modernísima ciudad de color gris metálico y blanco, con numerosos rascacielos con luces de todos los colores imaginables en sus vértices… Paradisso 2.0.
Era como uno de esos souvenir a los que das la vuelta y nieva sobre una pequeña Torre Eiffel o Big Ben pero de dimensiones absolutamente sobrecogedoras.
A medida que se iba acercando el tren a la gran burbuja de cristal pude diferenciar una primera fila de edificios blancos en forma de iglú con pequeños huertos a sus lados. Sin duda esta era la zona residencial. Había oído que en la Luna el problema de abastecimiento de comida se había solucionado con cultivos urbanos en los jardines personales de los residentes. Pasradisso 2.0 era autosuficiente.¡Viva la Luna!
Detrás de estos edificios bajos, otros bastante más altos en forma de pirámide con múltiples ventanas en todas sus caras y luces fluorescentes en sus esquinas. Los talleres lunares.¡Cuánto había oído hablar de ellos!
Detrás de éstos se levantaban otros edificios de entre unos treinta y cincuenta pisos, unos blancos y otros de cristal. Los blancos no tenían paredes entre piso y piso. Parecían más bien los esqueletos de rascacielos. Entre piso y piso pude diferenciar el color verde. Esto se debería al cultivo de las planta madereras, ornamentales y comestibles que me habían contado que cultivaban también,¡seguro! Las de cristal dejaban ver en su interior la infraestructura de lo sería un invernadero en la Tierra. No dejaba de alucinar. Todos estos edificios con sus correspondientes luces multicolor en sus vértices.
A sus espaldas se erguían majestuosos unos altísimos rascacielos de muy diversas formas. El más habitual era el de platillo volante gris sujetado por un gran cilindro del mismo color cubierto de ventanas y luces en toda su superficie. Estaba también el de forma de chupa-chups, el de forma de vela de barco, llama de fuego, gota de agua, palmera, orquídea y petaca. Todas con sus luces psicodélicas, ventanas gigantes, pinturas brillantes y un aura eléctrico a su alrededor que les hacía parecer edificios divinos. Este sería el centro neurálgico de la ciudad. El complejo administrativo, económico y comercial de Paradisso 2.0.

Cuanto más se acercaba el pequeño convoy a la gran burbuja pude ver diversos carteles publicitarios llenos de neones de colorines y pantallas de plasma por varias zonas. Incluso pude distinguir anuncios donde salían personas vestidas con ese estilo tan de moda ahora en la Tierra:
poca ropa, ésta de colores blanco, azul y rojo, con cortes angulosos pero serenos. Grandes lazos o capas de color azul eléctrico a las espaldas y sombreros, gorras y peinados también angulosos y también azules. Esto si que era estilo y no su imitación en la Tierra.¡No podía esperar para comprarme mi primer conjunto!
Pero lo primero era conseguir casa y trabajo. Esto no iba a ser un problema ya que me habían informado que en Paradisso 2.0 había empleo total y que todos sus habitantes recibían una casa-huerto como parte de su sueldo. Esto sonaba totalmente como el paraíso. Una nueva vida en el paraíso, el sueño de cualquier persona de la Tierra. Y allí iba yo…

Todo habría sido perfecto. Yo habría sido un buen lunático. Habría sido feliz. Muy feliz.
Es terrible haber tenido la felicidad tan cerca y no disfrutarla. Me han puesto la miel en los labios, pero no estoy rabioso. La falta de oxígeno no me permite sentir rabia.
Los niños y los ancianos ya han caído. Solo quedamos unos pocos infelices demasiado agotados como para movernos ni tan siquiera para hablar. Solo nos acompañan nuestros pensamientos mientras nos asfixiamos en este minúsculo vagón de tren descarrilado postrado en la inmensidad del desierto gris frente a Paradisso 2.0.
Al menos puedo decir que la vista es maravillosa…

lunes, 28 de julio de 2008

ESTO NO ES UN RELATO ES SOLO UNA OPINION

Me gustaría abrir un pequeño y modesto espacio de opinión sobre el tan traído y llevado tema del “Manifiesto por la defensa del castellano”. No me cabe la menor duda de que estáis al tanto del asunto, y cada uno de vosotros tenga una idea sobre ello, o no. Posiblemente este no sea el lugar adecuado para abrir un debate sobre este tema, pero que queréis que os diga, esta gente se definen como intelectuales y postulan sobre temas que nos atañen directa o indirectamente. Acaso no somos nosotros escritores?. No somos individuos que hemos decidido utilizar la lengua castellana para expresar nuestros sentimientos, e intentar plasmar con él nuestras historias?. Por ello todos y cada uno tenemos algo que decir al respecto.
En mi opinión si algo saco en claro de este debate es de que debemos saber desligar nuestra admiración por la obra, de la que sintamos hacia el autor. Entre los firmantes figuran personas de prestigio literario sobre las cuales me hago cruces que se hayan podido prestar a colaborar con individuos puros trepas que lo único que buscan es un lugar en el sol de la política. Esto es así porque parto de la base de que mienten y que son conscientes de que lo hacen. Se ha de ser muy cretino al decir que el castellano es una lengua perseguida y en peligro, cuando la hablan centenares de millones de personas en todo el mundo. Cuando en nuestro país la utiliza la inmensa mayoría de los ciudadanos para comunicarse entre ellos. Cuando aquí en Barcelona si te das un paseo por cualquier librería solo encuentras títulos en castellano en su gran mayoría. Por todo ello, me resulta tan evidente que su objetivo no es la defensa de una lengua, sino el afán por destruir las demás. Es el eterno debate.... potenciar una cultura a costa de destruir otras?? Yo no me apunto a ello y me entristece que gente a quien siempre he admirado como Fernando Sabate o Alvaro Pombo, por citar dos, puedan defender esta idea sobre la cultura propia , basada en destruir a las demás.
Posiblemente como catalán que ya lleva unos cuantos años de vida, esta historia no me suena a nueva ni original. Hay que recordar una vez mas que durante muchos, muchos años estuvo prohibido utilizar otra lengua que no fuese el castellano, y que mucha gente sufrió vejaciones cuando de forma inconsciente utilizaba su lengua materna. La expresión “no me ladre usted” o la de “hablen en cristiano” la hemos sufrido mucha gente que tenemos memoria y por esto nos cabrea mucho mas leer semejante sarta de mentiras.
Lamento haberos dado la paliza pero aquí queda mi opinión.
Salud a todos
Juan

viernes, 25 de julio de 2008

Las Chabolas

Todo funcionaba como es debido. La Ciudad estaba orgullosa de su centro de negocios, poblado con rascacielos de oficinas, elegantes y funcionales; y de su zona residencial trazado con casitas en hilera; cada una con su pequeño patio con dos metros cuadrados de césped y su sistema de riego por aspersión. La gran biblioteca exhalaba por sus puertas grandes dosis de conocimientos multiculturales. El metro había emergido del subsuelo y se enrollaba por las esquinas y por las estrechas calles recogiendo con cariño a los peatones. Las bicicletas tenían su espacio. Los pobres también.
En las afueras de la Ciudad, justo al lado de la autopista, debajo y a su alrededor, se hallaba el barrio de las chabolas, construidas con toda suerte de materiales, desordenadas entre las pequeñas calles sin asfaltar llenas de niños que jugaban en el barro. La gente del barrio tendía la ropa en cables que iban de una chabola a otra como guirnaldas de banderas multicolores. La ropa volaba, a la luz del sol, en cables colgados entre chabola y chabola; entre las chabolas y los arboles que daban sombra al barrio y también entre los árboles y las farolas, viejas y rotas, que no daban luz ni sombra.
En un generoso acto de solidaridad se buscaron y se pactaron donaciones para la mejora del barrio pobre. Las grandes empresas de la ciudad se reunieron y se comprometieron a sufragar la construcción de un nuevo barrio para que todo el mundo en la ciudad alcanzara el estándar regulado de calidad de vida cotidiano.
Industrias P. presupuestó, proyectó y subvencionó la construcción de un sistema de alcantarillado moderno y eficaz. T. Corporation construyó unos muros gruesos y resistentes para las nuevas casas. M. Computers suministró y colocó instalaciones de agua, gas, electricidad y unas persianas que subían y bajaban con sólo apretar un botón. K. Grupo Empresarial compró unos preciosos muebles de diseño y unos electrodomésticos de última generación con conexión a Internet y actualización automática de stock.
Debido a un cambio en el equipo directivo, derivado de la mala gestión de la directiva saliente y al empuje juvenil de los ejecutivos de la directiva entrante la empresa F. traspapeló su proyecto para dotar a las nuevas casas de unos tejados sólidos e impermeables y olvidó su compromiso.
Y llegaron las lluvias de primavera. Y los nuevos sofás de las nuevas casas se empaparon y se pudrieron. Las lavadoras, las secadoras y los sofisticados mecanismos de las persianas se empaparon y se fundieron sus placas electrónicas. Y las estrechas calles se empaparon, también, y el barro se volvió a formar entre las casas del nuevo barrio.
Al ver sus casas inundadas los habitantes del barrio echaron de menos sus viejas chabolas con sus viejos tejados que, aunque precarios y extraños, impedían que la lluvia calara el interior. Tiraron los muebles podridos y rotos. Quitaron los electrodomésticos y la conexión a internet. Pusieron correas en las persianas. Fabricaron unos tejados nuevos como sabían: con viejos somieres, trozos de planchas metálicas, tablas de madera y todo lo que fueron encontrando entre los restos de sus viejas chabolas demolidas que permanecían almacenados en un rincón del barrio.
Volvieron a colgar la ropa entre casa y casa, entre las casas y los árboles, entre los árboles y las viejas farolas que seguían sin dar ni luz ni sombra. Y salieron a las calles sin asfaltar que había delante de sus casas y encendieron fogatas en los viejos barriles de las esquinas. Y cantaron y bailaron durante toda la primavera.
.

domingo, 20 de julio de 2008

Autoengaño

Todos son iguales, pensó mientras corría buscando el suyo...

jueves, 17 de julio de 2008

El cuadro

Mis tías me besaban las mejillas entre las dos en la estación de San Justo, yo iba vestido con mis pantalones de fiesta marrones, mis zapatos recién lustrados y una camisa blanca, escuchaba cada consejo de mis tías como si fuesen éstos y no otros los pasos a seguir en la vida para tener éxito. Iría a pasar mis vacaciones a la capital en casa de abuela Isabel. Mis padres fueron personas que nunca conocí, pero ésta es otra historia. La estación se veía tranquila y los únicos que estabámos allí éramos nosotros y unos hombres comiendo un bocadillo junto al andén. Cuando comenzó a oírse el tren, mis tías se agitaron aún más (sí, esto era posible) y fueron soltando por turnos todo tipo de consejos y a veces alguna lágrima. Al llegar la hora de partir abracé a mis tías como un hombre que va hacia su destino, cogí mi maleta y subí al vagón más cercano.
El viaje fue bastante bueno, salvo porque no estaba acostumbrado con mis ocho años a ir sólo por ahí, y me sentía fuera de lugar, como un intruso, y a su vez como un adulto que debe controlar su situación, estaba orgulloso de mí, iría a la capital.

Al llegar a la estación del barrio de la Paternal, en Buenos Aires, vi a mi abuela sentada en un banco, bajé al andén y corrí hacia ella arrastrando la maleta torpemente. Estuvimos unos momentos abrazados mientras ella me decía lo grande y guapo que me encontraba.

La capital era inmensa, desde el taxi podía ver algunos edificios de, al menos, nueve pisos de altura, había humo, coches, muchísimos comercios, pensé que allí podría conseguir lo que se me ocurriese comprar sin caminar más de diez minutos, a pesar de que lo que buscase resultase en mi mente imposible de conseguir. Allí había mucho que explorar.

Al llegar a casa de abuela Isabel atravesamos un pasillo que se compartía con otros vecinos, era un pasillo largo y descubierto que lindaba con un edificio altísimo, al mirar hacia arriba uno sólo veía una pared amarilla interminable, y hacia el otro lado estaban las fachadas con sus plantas y puertas de vidrio de los propietarios de cada departamento de la vecindad.
La casa de abuela era la última, y la puerta de entrada era de hierro forjado color verde, al cruzarla había un patio grande por el cual podía accederse de forma separada a la cocina, el lavabo, un comedor y dos habitaciones; luego una escalera comunicaba al piso de arriba donde antaño había una terraza según mi abuela y ahora era la habitación de invitados con cocina propia y todo, aunque ella me cocinaría y yo no tendría nada de qué preocuparme.
Subimos las escaleras, me mostró el lugar correspondiente de cada cosa en el lavabo de mi habitación y acomodó mi maleta junto a la cama, tras ello me indicó que baje al comedor a tomar la merienda. Obedecí alegre, ya que tenía hambre, y pronto me encontré entrando en el salón, al principio nada obtuvo especialmente mi atención en ese lugar, la gran mesa de madera de cerezo junto a las sillas haciendo juego con sus fundas color rojo, un gran espejo que ocupaba toda una pared y que en sus marcos tenía grandes flores labradas, un mueble con muchísimas puertas que estaba por debajo del espejo y sostenía sobre él una cantidad importante de platos con dibujos, estatuitas de porcelana y algunas fotos antiguas. En una esquina el televisor sobre una mesita marrón y verde. Y al girar lo vi, un cuadro en la pared derecha del comedor, no tenía nada especial y sin embargo no podía dejar de mirarlo, la pintura no era realmente elaborada, tampoco parecía caro y ni siquiera tenía marco, en él había un niño retratado, con grandes ojos verdes y una mueca en el rostro que no lograba descifrar, éste niño estaba sentado sobre la rama de un árbol, de un árbol seco y sin hojas, por detrás era de noche, y la luna brillaba pequeña en el cielo, un río separaba el lugar donde estaba el árbol de una loma donde había una especie de mansión con algunas ventanas iluminadas. Eso era todo, ninguna escena interesante, nada que sea raro, y sin embargo pensé que ningún adulto permitiría a un niño ir a trepar árboles por la noche.
El olor a café con leche me arrancó de mis pensamientos, mi abuela había traído una bandeja repleta de magdalenas y dos grandes tazas pintadas con flores. Merendamos y hablamos mucho, mi abuela era experta en hacer preguntas sin parar. Más tarde fuimos a dar un paseo por el parque, recuerdo que ese primer día en casa de abuela Isabel me sentí muy a gusto.

Al día siguiente por la mañana abuela me llevó a conocer el centro de la capital, los enormes edificios llenos de paredes espejadas, los coches y las avenidas eran para mí como salidos de una historia futurista y fantástica. Comimos pizza en un lugar llamado “Babieca” que tenía un caballo dibujado en la puerta, y luego volvimos a la casa. Cerca de las tres de la tarde hacía demasiado calor como para hacer algo más que dormir la siesta, y así lo hicimos. Desperté un par de horas después con algo de hambre, al mirar mi reloj noté que ya era la hora de la merienda y bajé apurado las escaleras esperando mis magdalenas, pero al llegar al patio noté que no había nadie en casa, fui al comedor y vi una nota sobre la mesa, abuela había salido de compras y tardaría cerca de una hora en volver. Encendí el televisor en el salón y rebusqué en la nevera, encontré un poco de queso y zumo, y me senté a comer y a mirar dibujos animados. El televisor de repente comenzó a hacer interferencias y sentí un escalofrío en la espalda. Sin saber por qué giré hacia el cuadro y me quedé mirándolo, me di cuenta de que no quería darle la espalda pero no me explicaba la razón. El televisor recuperó su imagen de golpe, y tras ésto se apagó sólo. Tuve una sensación de miedo, y retrocedí hacia la puerta que daba al patio sin dejar de mirar el cuadro, repentinamente un golpe seco y metálico me sobresaltó, el televisor se encendió en el canal que estaba mirando y escuché a mi abuela diciendo “ya estoy en casa”.

Esa tarde luego de la merienda pedí un vaso más de leche y subí las escaleras feliz, la noche anterior había descubierto un gato negro que vagaba por los tejados que se había dejado acariciar, al subir me asomé por el ventanal que había en mi habitación y que daba a los techos del pulmón de la manzana. El gato seguía por ahí y se acercó a mí nuevamente, entonces le ofrecí el vaso de leche y bebió todo en menos de un minuto. Después se dejó coger en brazos y lo metí en la habitación hasta que escuché a la abuela anunciando la cena, entonces lo devolví a los tejados y bajé a comer. Si abuela se enteraba de que había metido un gato en casa probablemente se enfadaría ya que les tenía mucho miedo, aunque no lograba entender el por qué de su temor a los gatos y también a las tortugas.

En la tarde del día siguiente abuela me dijo que debía salir a ver a una amiga y que regresaría a casa para la cena. Me indicó que la merienda estaba en la cocina lista para ser devorada, y me preguntó si me encontraría bien, a lo que respondí que sí, aunque la verdad no me hacía mucha gracia quedarme sólo de nuevo en el caserón de abuela.
Subí a ver si estaba el gato y no lo encontré, así que le dejé leche y la ventana abierta para que se sienta invitado a pasar. Cogí mis dinosaurios de plástico y bajé al patio a jugar, era un combate difícil, los herbívoros contra los carnívoros en un duelo a muerte, los carnívoros tenían sus grandes dientes y garras, pero los herbívoros era más listos y tenían muchos trucos bajo la manga. Yo estaba absorto en la guerra que se había desatado en el patio mientras las horas pasaban e iba anocheciendo sin que me entere siquiera. En un momento dado escuché un sonido extraño proveniente de la casa, como una queja. Me paré y agudicé el oído, era un llanto y provenía del salón. Primero pensé que era el sonido de una casa vecina que se había colado y decidí que mejor no entraba a investigar, pero el quejido continuaba. De pronto recordé que había dejado la ventana abierta, seguro que era el gato que había entrado, y abuela estaba al llegar, si lo veía se liaría una gorda. Entré a buscarlo, en el salón no estaba y ya no se escuchaba el sollozo. Sentí como si me observaran, y me di cuenta de que la casa estaba a oscuras. Avancé llamando al gato, nadie respondía, al salir al patio escuché el sollozo nuevamente, pero al entrar al salón ya no se escuchaba nada. Subí a mi habitación corriendo y llamé al gatito, no respondió. Tenía miedo, encendí las luces de mi cuarto y me senté a esperar a que llegue mi abuela. Observé que la comida de “negrito” (así había bautizado al gato) estaba intacta, lo que significaba que no había ido por allí. Estaba preocupado y asustado. Decidí que lo mejor era distraerme, así que cogí mis legos y me puse a jugar con ellos. Escuché el llanto aún más fuerte que estando en el patio y me paré de un salto. Justo en ese momento apareció negrito en la ventana, me alegré muchísimo al verle y lo cogí en brazos, le conté lo que estaba sucediendo y sin soltarlo bajamos a investigar, ahora éramos dos, nada podía vencernos. Bajamos uno a uno los escalones sin dejar de escuchar la queja, que ya era obvio provenía del salón. Al llegar al patio “negrito” comenzó a erizar los pelos de su lomo, yo por mi parte tenía piel de pollo, y cuando intenté encender la luz no pude, parecía que se hubiese fundido la bombilla. El gato bufó como defendiéndose de algo y subió corriendo las escaleras, me sentí realmente vulnerable y temeroso. El llanto era cada vez más sonoro. Estaba a punto de explotar en llanto también mientras avanzaba hacia el salón a ver qué sucedía. Detrás de mí las luces del patio se encendieron repentinamente, giré agitado dando un salto, mi abuela había llegado, corrí aliviado a recibirla con un abrazo.

Esa noche subí a mi habitación, y dormí bastante, pero no descansé mucho, para empezar me había costado mucho conciliar el sueño y llegué a utilizar la vieja y desesperada táctica de contar ovejas que nunca funciona. Estaba prácticamente prensado bajo las sábanas y sentía muchísimo calor pero no quería destaparme, así me sentía más protegido. Esa noche soñé con una vecina de abuela que había conocido un día o dos después de llegar, ésta señora tenía muchos gatos y perros en casa, la llamaban Doña Ana y vivía junto a su esposo en una casa cercana que también visité el día en que la conocí mientras ella me decía que me había sostenido en brazos cuando era sólo un bebé. El sueño había sido más o menos así, ella lloraba junto a una mecedora que se movía sola bajo una luna llena y sus gatos estaban merodeando alrededor. Me desperté sudando y nervioso. En la oscuridad pude distinguir una silueta que reía muy bajito. En pánico encendí la luz, no había nadie, pero mis dinosaurios estaban todos desparramados por el suelo. Pasé el resto de la noche en vela.
Por la mañana, le conté a mi abuela lo sucedido mientras tomábamos el desayuno, incluyendo el raro sueño. Ella adjudicó todo a una mala digestión de la cena, y por unos instantes me interrogó sobre si había cogido dulces en su ausencia. Luego dijo que no me preocupase, que a mi edad ella también tenía mucha imaginación.

Ese verano fue muy caluroso, y abuela había puesto una piscina donde podía bañarme siempre y cuando hubiesen transcurrido al menos dos horas desde mi última comida. Durante la siesta de la abuela decidí bucear en busca de cuevas inexploradas bajo el agua. Y así me sumergí en la piscina con mi snorkel y mis antiparras, el sol se colaba a través del toldo verde manchando el agua con sus rayos aquí y allá, yo salía y entraba del agua entre algunos juguetes que iba arrojando para recogerlos del fondo y volver a comenzar, así de tranquilo me encontraba hasta que de un momento a otro el agua se heló, bajé al fondo de la piscina a buscar un juguete más cuando vi un niño flotando conmigo en el agua, un niño que parecía ahogado, su rostro estaba hinchado y verdoso, y su piel se veía tirante y gelatinosa, lanzé un grito de horror que sólo yo conseguí escuchar porque estaba aún bajo el agua y salí a la superficie respirando agitadamente, al mirar de nuevo comprobé no había nadie conmigo en la piscina. De todas formas salí de allí y me dirigí hacia mi habitación. Me sentía sólo y quería volver a casa, abuela no me creía y yo no me sentía seguro en ese lugar.

Al día siguiente pasamos todo el día fuera de la casa, fuimos a un jardín llamado “jardín botánico” que estaba repleto de plantas exóticas y a otro que quedaba muy cerca llamado “jardín japonés” en donde me quedé maravillado viendo peces del tamaño de mi brazo y de colores fortísimos sacando la cabeza del agua para coger la comida que la gente les arrojaba, ese lugar era hermoso, lleno de pequeños puentecitos de madera y lagos con más y más peces de colores. Comimos bocadillos, y abuela me compró un tiranousario enorme en una juguetería preciosa y llena de curiosidades que estaba cerca del puerto. Por la tarde recorrimos una feria de artesanos que se reunía todos los fines de semana en un parque. También cenamos fuera, en casa de la amiga de mi abuela con quien había soñado. Era una mujer muy amable y además de gatos tenía palomas, loros, dos perros y cotorras. Mi abuela procuró tomar todos los recaudos para que al comedor no entrase ningún gato, y lo consiguió. El esposo de doña Ana era un señor muy callado y jugó conmigo a las damas mientras se preparaba la cena. Luego de cenar salí a jugar a la galería con los animales, los perros me divertían mucho.
Cuando volvimos a casa me sentía más confiado y tranquilo, aunque esa noche tampoco dormí bien y volví a soñar con Doña Ana llorando junto a una silla mecedora de noche con sus gatos alrededor. El sueño me incomodaba mucho y me ponía nervioso. Bajé al comedor a buscar un vaso de leche, cosa que siempre me ayudaba a dormir. La casa estaba oscura, y atravesar el patio me dió bastante miedo, sentí un escalofrío en la espalda y giré, en la oscuridad distinguí una figura, me asusté mucho al ver que me saludaba. Quise gritar pero el temor me impidió hacerlo, en cambio un sonido ahogado salió de mi boca. La silueta comenzó a caminar hacia el salón y la perseguí cansado de asustarme. Al entrar no había nadie allí. No me animé a volver a mi habitación, fui a la cama de abuela y le dije que tenía pesadillas, ella me dejó dormir a su lado.

Por la mañana fui a investigar al salón, observé todo, revisé puertas y bajo los muebles, miré también en la habitación contigua, que antaño pertenecía a mi bisabuela y ahora era una especie de trastero. Nada. Volví al salón, ahora me detuve en el cuadro, observé el retrato y noté algo diferente en la cara del niño, una sonrisa que inspiraba desconfianza, una mueca mezcla de maldad y dolor en él. Pensé que ahora sí abuela me creería, pero cuando se lo dije, me pidió que dejase ya el tema, que el cuadro estaba igual, y a pesar de que insistí no conseguí que lo observe ni que se quede en casa en lugar de ir a hacer la compra.
Desayunaba cuando abuela entró a casa llorando, me explicó que se iría a ver a doña Ana, que su esposo había caído de una silla mecedora rompiéndose la cadera y había muerto. Le pedí que me llevase con ella pero en cambio me indicó que tenía una película de dibujos animados sobre el televisor y me explicó que era demasiado pequeño para ir a un lugar así. Luego de dejarme la comida lista salió diciéndome que volvería lo antes posible. El día estaba lluvioso y una tormenta se desató poco después de que abuela se vaya, parecía de noche a pesar de que era temprano, eso se debía al cielo encapotado. Me metí al comedor a ver la película, cogí unas magdalenas y mientras escuchaba caer la lluvia, traté de no pensar en lo ocurrido, en mis sueños raros, en el cuadro ni en nada más, y me esforcé en disfrutar viendo Peter Pan. Al cabo de unos momentos la tele comenzó a hacer interferencias otra vez, apagándose luego al mismo tiempo que las luces. Escuché unas risas que provenían del patio y se mezclaban con el sonido de la lluvia. Me puse las zapatillas y me levanté a espiar a través del ventanal de la puerta pero no se veía nada. Busqué el interruptor de la luz y lo presioné repetidas veces pero no funcionaba. Decidí atravesar el patio y salir de la casa, me daba igual estar en pijamas o que estuviese lloviendo a mares, ya no quería pasar un momento más en ese caserón. Escuché una risa detrás de mí y volteé a ver qué sucedía entre asustado y enfadado ya. En la oscuridad vi de nuevo la silueta que me saludaba, ésta vez se podía observar todo con más claridad y distinguí un niño parecido al del cuadro, cosa que me aterrorizó. Abrí la puerta y atravesé el patio corriendo pero caí debido a lo húmedo que estaba el suelo, me golpeé fuertemente la cabeza perdiendo el conocimiento. Desperté tirado en el patio bajo la lluvia y me incorporé lleno de terror mientras miraba confundido hacia los lados, de repente sentí una mano en mi hombro, sólo me atreví a mirar hacia el costado donde sentía que me tocaban, eran los dedos de un niño, luego escuché:- pudiste haber sido tú, pudo haber sido cualquiera. Tras ello perdí nuevamente el conocimiento.
Al despertar, miré hacia atrás de forma instintiva, vi un río que atravesaba un valle y detrás una casa con algunas luces encendidas, era de noche, temí lo peor, y al mirar hacia abajo noté que estaba sentado sobre la rama de un árbol, al levantar la vista me horrorizó verme a mí mismo mirando Peter Pan en el comedor de mi abuela, entendí lo que había sucedido en ese mismo instante, ahora era yo quién estaba encerrado en ese cuadro para siempre, podía ver todo desde lo alto del árbol, grité pero nadie respondió. El niño que miraba televisión giró hacia mí y sonrió.
*

Muchos años más tarde abuela entregó el cuadro a una asociación de búsqueda de gente desaparecida durante la dictadura militar argentina tras ver la noticia de que por cada niño que habían asesinado se había pintado un cuadro como el que ella tenía en su salón. Ahora lo único que puedo hacer es esperar a que algún día suceda algo que cambie mi suerte, tal vez haciéndose justicia por lo que sucedió, para quizá de esa forma recuperar la vida que perdí.

*
Durante la dictadura militar argentina (1976-1983) hubo 30000 personas desaparecidas de las cuales 500 eran niños, miles y miles de personas fueron asesinadas tras torturas y abusos, siendo enterradas en fosas como no identificados o sedados y arrojados al río dulce (Río de la plata). Muchos niños nacieron en el cautiverio de sus madres que fueron secuestradas embarazadas. Por testimonios de sobrevivientes, de médicos y de parteras, se sabe que las embarazadas secuestradas daban a luz amordazadas, con los ojos vendados, atadas de pies y manos, se les inducía el parto o se les practicaba cesáreas innecesarias. Luego del parto el bebé era separado de su madre y apropiado en la propia familia de los secuestradores, abandonados en casas de vecinos de los secuestrados o abandonados en orfanatos. Los que eran un poco mayores y podían conservar el recuerdo de sus familias eran separados inmediatamente de sus padres tras el secuestro y luego eran asesinados. Se tenía a las personas secuestradas por subversivas, y se creía que ésta condición se heredaba a través de la sangre, de padres a hijos. De todos esos niños sólo se han recuperado al día de hoy 86 jóvenes que ahora viven con sus verdaderos familiares. Aún hoy siguen sin ser juzgadas las personas que participaron de la dictadura torturando, matando y secuestrando personas inocentes.





La soledad de Rose

Rose había sido soltera durante toda su larga vida, igual que su hermana menor – que en paz descanse-, y su hermano Louise, muerto también desde hace tiempo ya. Rose y su hermana Clarette siempre había compartido el gusto por las artes , Rose solía escribir en el porsche de la gran casa que habían heredado (junto a una nada despreciable fortuna) mientras su hermana se dedicaba con esmero a pintar los paisajes de los grandes campos que eran también parte de sus bienes familiares. Louise, en paralelo, cumplía con las obligaciones de “hombre de la casa” y llevaba las finanzas, aunque su actividad preferida consistía en pasarse tardes enteras jugando al ajedrez desafiando a su propio intelecto, en partidas donde las blancas y las negras batallaban bajo sus mandos.
Junto a la casa, había una vivienda más humilde y sencilla que habitaban sus caseros Greta y Sam, sus tareas consistían básicamente en mantener limpios los establos, cuidar de los jardines y los animales, preparar las comidas y cosas similares.
El invierno en que Louise murió de neumonía, sus hermanas, de fuerte temperamento, tomaron las riendas del hogar sin problemas, ejercieron así el papel de jefas de los peones que trabajaban en los campos y no perdieron ni un ápice de autoridad frente a sus criados Greta y Sam. Sus vidas realmente no se vieron afectadas por la ausencia de su hermano, en cambio cuando Clarette murió de una enfermedad que los médicos no lograron diagnósticar, Rose se encontró perdida, y con sus más de setenta años, estaba débil pero obstinada a continuar ella sola con la responsabilidad de matriarca solitaria que sentía le pertenecía. Siempre pensaba en sus largas conversaciones con Clarette acerca del misterio del más allá, y nunca olvidaría las últimas palabras de su hermana: “si hay algo más luego de ésto, te lo haré saber”. fueron para ella una promesa de reencuentro y la calmaban mucho cuando la extrañaba.
Greta y Sam nunca habían sentido verdadero cariño por sus patrones, pero habían trabajado en esos apartados campos durante más de la mitad de sus vidas, y si bien nunca vivieron como criados normales, ya que el dinero jamás había sido un problema para ellos, se sintieron defraudados cuando tras la muerte de Louise en su testamento sólo legaba a sus sirvientes la casita donde estaban y algunos campos.
Rose estaba en el porsche cuando escuchó el sonido de pasos en las escaleras que llevaban al segundo piso “¿Greta eres tú? ¿Sam?”, preguntó mientras se levantaba, los pasos cesaron. Encendió una vela y entró a la casa en silencio, parecía que allí no había nadie más que ella, y hasta donde tenía entendido, sus empleados en ese momento estaban aún limpiando las caballerizas, así que supuso que debían de ser imaginaciones suyas. Se sentó a bordar a la luz de un farolito de queroseno frente a la chimenea cuando nuevamente sintió el sonido de alguien caminando dentro de la casa, sintió un escalofrío en las vértebras y volteó para mirar las escaleras que a sus espaldas asomaban por el arco que separaba el salón del recibidor “¿Sam? ¿Greta?”, nadie respondió. El reloj de pie sonó ocho veces, se alegró al pensar que sus criados estarían pronto de vuelta para preparar la cena. Los pasos una vez más, hizo la pregunta nuevamente, y otra vez el silencio regresó a ella. Cogió su bastón y el farol, luego subió las escaleras, uno a uno los escalones se mostraban bajo la tenue luz y al llegar al último peldaño observó que la habitación que solía ocupar su hermana estaba abierta, Rose sólo pudo pensar en lo que Clarette le había dicho antes de morir. Avanzó por el pasillo en penumbras hasta la entrada del dormitorio, había un vestido sobre la cama, y retrocedió entre confusa y asustada, luego los pasos retumbaron nuevamente, ya un poco desesperada gritó “¡¿Quién anda ahí?!”, escuchó un extraño sonido, como un susurro en las escaleras, y se dirigió a ellas, no con el propósito de investigar, sino el de salir de la casa. Sus manos temblaban, y la desesperaba no poder ver más allá de lo que alumbraba su farolito, objeto al que se aferraba como si fuera lo único que le quedaba en el mundo, dió un paso, luego otro, quería mantener la calma pero arrebatada por la ansiedad avanzaba a toda velocidad, se sentía observada. Al llegar al último escalón vió una serpiente de cascabel, asustada intentó correr, pero resbaló y cayó por las escaleras.
Despertó en su cama, junto al médico de la familia “Qué susto nos ha dado Rose, tiene usted los huesos débiles y debe ir con más cuidado”, ella preguntó por la serpiente y el doctor la miró con un gesto de sorpresa en el rostro “No había ninguna serpiente, Sam estaba en la cocina cuando la escuchó gritar en la caída, no es bueno que entre en la habitación de su hermana, sé que es reciente su pérdida, pero quedarse entre las cosas de Clarette puede confundirla mucho, lo mejor es que descanse y ya verá como el tiempo cura las heridas”, Rose le explicó lo sucedido y el doctor, tras una silenciosa pausa le dijo que tras la pérdida de un ser querido es normal tener lagunas en los pensamientos y que a su edad –sin ánimos de ofender- lo era aún más. Greta entró en la habitación “Aquí le traigo un zumo señora, ¿se encuentra mejor?”, Rose estaba confundida “¿Dónde estaba usted cuando me caí? ¿y Sam? los he llamado repetidas veces”, preguntó de forma incisiva. “Yo estaba en las caballerizas, y Sam preparándole la cena, él no quiso molestarla cuando notó que usted estaba en el cuarto de Clarette, aunque como pasó bastante tiempo allí estaba preocupado”, repondió la mujer con tono cariñoso. “Bien yo debo irme”, dijo el médico, “Cuídese ¿vale? Greta tiene unos calmantes que le administrará para el dolor. Debe descansar”, le palmeó la mano y ambos salieron. Mientras bajaban, Greta le expresó lo preocupada que estaba por su ama, y el doctor, que conocía muy bien a la familia, le dió unos sedantes mientras le decía: “Ella nunca accedería a tomarlos, pero creo que el episodio que tuvo es una mezcla de dolor por la muerte inesperada de Clarette y demencia senil, ésto la tranquilizará, yo vendré a ver como sigue en dos días.” Greta le agradeció al hombre su ayuda y lo acompañó hasta la salida. Luego se dirigió a la cocina para hablar con Sam acerca de lo ocurrido.
Rose miró a su alrededor con espanto, le dolían mucho los brazos y el costado, y no lograba explicarse lo sucedido. En la mesa de noche el zumo de zanahorias junto a la campanilla que usaba para llamar a sus sirvientes le recordaron de alguna manera lo vieja y sola que se encontraba, explotó en llanto. Luego, para calmarse, bebió un poco de zumo y tras ello se sintió algo mareada, se quedó dormida. Despertó cuando era ya noche cerrada y la oscuridad le asustó bastante, entonces encendió una vela. Notó que la cena estaba sobre una mesita al costado de su cama, se enderezó y comió un poco, aunque la dejó aparte al advertir que estaba fría, vió que había calmantes junto a la bandeja, así que los tomó con más zumo de zanahorias. Se puso las zapatillas de cama y se dirigió con la vela en la mano hacia el lavabo, al salir al pasillo la oscuridad lo cubría todo, con excepción del radio de luz que provocaba la llama. Avanzó por la casa, sólo se oía el crujir de algunas maderas del suelo bajo sus pies. Todo parecía normal pero seguía percibiendo esa horrible sensación de unos ojos en su nuca. Entró al lavabo y orinó, luego puso la vela frente al espejo para lavarse las manos, sintió frío y al levantar la vista notó que algo pasaba por detrás de ella dibujándose como una sombra en el espejo, lanzó un grito ahogado y cogió la vela como si fuera un arma apuntándola en dirección a la bañera, pero en el brusco movimiento la llama se apagó, sintió pánico, un pánico irracional que nacía desde sus entrañas y la revolvía por dentro, fue hacia la puerta, pero no la encontró hasta varios intentos después, y al intentar abrirla sentía que alguien la cerraba por fuera, tirando hacia el lado opuesto. Quiso gritar pero no pudo, estaba segura de que no estaba sola en el lavabo e iba notando poco a poco como sus músculos se aflojaban cada vez más, estaba temblando y no conseguía abrir la puerta. De repente la puerta se abrió y ella cayó al pasillo, intentó levantarse pero no pudo, no veía nada y eso la desesperaba aún más, el agotamiento que sentía se apoderó de ella y se desvaneció. Abrió los ojos cuando Sam la tenía cogida por las piernas, ella no lograba establecer un contacto con la realidad, estaba mareada y veía borroso, tampoco podía escuchar con claridad las voces de quienes estaban allí, también había notado que alguien más la tenía levantada, ya que Sam le hablaba a una persona que la tenía sostenida por el torso. Reconoció el camino a su habitación, al pasar frente a la habitación de la difunta Clarette vió que la puerta estaba abierta y todo en su interior estaba revuelto. La pusieron en la cama, y se quedó dormida intentando entender lo que Sam decía. Despertó por la luz del sol en su cara, Greta estaba sentada a su lado. La miró y le preguntó que qué había sucedido. Greta le explicó que el médico acababa de irse y que había sufrido un desmayo en mitad de la noche. “¿Quién estuvo metiendo mano entre las cosas de Clarette Greta?.” “Usted señora mía”, dijo Greta con tono maternal, “¿Acaso no lo recuerda?.” “No es verdad, yo sólo fui al baño, alguien me dificultó abrir la puerta y caí.” “Señora Rose, en el baño había ropa de su hermana, ésta muy confusa, dijo el doctor que es normal que usted se olvide de ciertas cosas, lo llamó algo así como bloqueo emocional.” “Me duele la cabeza”, contestó Rose con tono exigente para disimular su confusión aún mayor al observar que el cuadro que estaba en su pared era uno distinto pero del mismo paisaje, que también había pintado Clarette. Prefirió no decir nada al respecto, bebió los calmantes que el médico le había prescripto, ordenó a Greta que se retirase y se quedó dormida tras una sensación de mareo.
Al despertar, lo primero que vió fue el rostro de Sam, intentó hablar pero no pudo, estaba muy mareada y no comprendía lo que decía el hombre. Greta entró en la habitación también, ambos sonreían y hablaban, pero ella no lograba entender. Sam se acercó, ella tuvo miedo, se sentía impotente, apenas podía racionalizar las cosas, y le resultaba imposible moverse, sentía sus miembros entumecidos y le dolía mucho la cabeza. Sintió como las manos de Sam le abrían la boca ejerciendo una fuerte presión sobre su mandíbula, le dolía mucho, luego esas manos sucias le echaron zumo de zanahorias directo a la garganta, la obligó a tragar y tras unas arcadas notó como el zumo iba avanzando lentamente hacia su estómago, espeso y tibio se abría paso por su cuerpo. Sintió más debilidad que antes, hubiese querido gritar, despedirlos, pero no podía hacer nada. ¡El médico había entrado!, ahora se iban a enterar éstos dos; el hombre la examinó y le dijo algo a Greta, luego meneó la cabeza y se fue. Ella se quedó dormida nuevamente.
Al abrir los ojos seguía en la misma situación, sin capacidad de moverse ni de hablar, se sentía húmeda, seguramente se había meado. La oscuridad le aterraba, escuchó ruidos provenientes del cuarto contiguo, del de Clarette, no pudo resistir despierta y sus párpados se cerraron otra vez.
Cuando despertó, Greta le metía zumo en la boca y ella lo escupió, la sirvienta se puso histérica, gritó cosas que Rose no entendía, entró Sam y le hizo beber el vaso entero. Estaba desesperada, intentó resistir despierta, pero no lo consiguió. Al espabilarse le aterrorizó la imágen de un sacerdote haciendo gestos de cruces sobre su cuerpo, intentó gritar, pero su lengua entumecida sólo le permitió que un hilo de voz rasgada escape. El cura se fue tras la extrema unción. Hizo fuerzas para levantarse, sus uñas se clavaron contra el colchón húmedo, el fuerte olor a pis le penetraba la nariz provocándole aún más náuseas de las que ya tenía, sus músculos estaban débiles y temblorosos, tanto que no le permitieron ningún movimiento. Las lágrimas brotaban de sus ojos rodando hacia las comisuras de su boca pero no podía llorar a gritos como hubiese deseado, poco a poco fue durmiéndose de nuevo.
Cuando volvió en sí Sam estaba a su lado, pero no había forma alguna para ella de comprender lo que él le decía, de repente y a su vez de forma lenta, ya no era Sam quién se dirigía a ella, sino Clarette, pero tampoco comprendía sus palabras. Rose parpadeó para aclararse un poco y con cada uno de sus pestañeos la imágen de su hermana se hacía mayor y más cercana, hasta que ésta le pidió: “Rose firma tu también ésta carta para Louise, él también te espera querida.” Rose se tranquilizó al escuchar la voz de su hermana, “Tengo miedo Clarette, tengo mucho miedo”, dijo mientras firmaba. La imágen de Clarette metamorfoseó en la cara risueña de Sam, le asustó aún más la mirada malévola del hombre, en realida hacía tiempo que les temía a sus criados. Sam le dijo algo que ella no comprendió, sólo vió como un almohadón blanco se acercaba lentamente hacia su rostro, nuevamente parpadeó y la imágen de Clarette se abalanzaba sobre ella, “Vamos a darle la carta juntas, hermanita”, dijo Clarette. Rose sintió como poco a poco su tráquea le dolía más y más, aspiraba con fuerza pero sus pulmones se hundían en su pecho vacíos de oxígeno, sus uñas se clavaron en las sábanas mojadas deformándole los dedos por la fuerza que realizaba para zafarse, sintió una fuerte presión en los ojos y un dolor punzante en el pecho, el almohadón cayó al piso, y antes de morir vió una mano sucia con un papel firmado que decía “testamento”.
Rose escribía mientras Clarette pintaba frente al porsche la imágen de Louise que jugaba al ajedrez más allá, a lo lejos se veían sus caballos correr por los campos de la familia.