lunes, 26 de enero de 2009

jueves, 15 de enero de 2009

La Reina manda


El hombre del fondo no quiere morir hoy. Suda, tiene la boca seca, le late rápido el corazón, le tiemblan las manos.
El hombre más cercano siempre está dispuesto a morir pero nunca lo ha conseguido. Gracias a esto le ha perdido el respeto a la muerte y se gana la vida a su costa. Se encuentra tranquilo, tiene buen aspecto, incluso sonríe, no es un novato.
El hombre del fondo es un novato. Un “Nouveau déprimé” recién salido de una relación autodestructiva o algo que se le parezca. Esta triste y desesperado. Sigue sudando. Sigue temblando. No quiere morir hoy.
El hombre más cercano está en paz. Su aspecto delata un pasado duro, un pasado terrible, solo él sabe lo mal que le ha tratado la vida, realmente mal.
Se lanza una moneda al aire y la Reina Isabel II decide que comenzará el hombre del fondo.
Es leído el tratado que los concursantes han de respetar con las reglas del duelo y se presenta el premio que se llevará el vencedor. El hombre más cercano sonríe al oírlo, el hombre del fondo aún está afectado por el hecho de que le toque comenzar a él, ahora suda más profusamente, carraspea nervioso y tiembla de forma exagerada. Le devuelve la sonrisa tímidamente al hombre más cercano, agita la cabeza y dirige la mirada a la mesa ante la que están sentados uno frente al otro.
Es traído el instrumento del duelo. Se ofrece al hombre del fondo el cual la coge tembloroso, la inspecciona y la devuelve dando su aprobación con una nueva sonrisa nerviosa y agitación de la cabeza. Se ofrece el artefacto al hombre más cercano que la rechaza y la aprueba con la cabeza.

“Hijo de puta. El tío este no tiene miedo. Seguro que esto está amañado. Donde cojones me he metido. Me he vuelto completamente loco. Mierda, ya no hay vuelta atrás. Me cago en mi suerte. Esto es una locura…
De todas maneras vivir de esta manera o vivir sin Kate es lo mismo. Mi vida ya no tiene sentido sin ti mi vida. No soportaría verte rehaciendo tu vida con otro gilipollas. Sé que no te merezco pero tú lo eres todo para mi. Soy patético y sin ti no soy nadie. Prefiero morir aquí, ahora mismo antes de intentar una vida sin ti, me moriría de todas maneras. He decidido que viviré de esta manera hasta que la muerte decida que me ha de llevar con ella, y ese día te darás cuenta de que todo lo que te dije era verdad de que yo nunca te miento y lo que tú te tomabas como amenazas no eran si no simples verdades sobre mi naturaleza: yo estoy echo para estar junto a ti. Si Dios es tan cabrón como para separarnos entonces lo que Dios quiere es que me muera. Pues escucha una cosa Dios, tu puta madre se va a reír de mi entiendes. Te desafío. Si, te desafío a que consigo sobrevivir mucho más tiempo del que te imaginas separado de Kate. Me enfrentaré a ti cara a cara y te venceré cabrón. No me has tenido respeto y yo ya no te lo tengo a ti. Otros te halagarán pero no yo, yo te repudio, te odio tanto como ahora odio a Kate. Os odio a todos, por no respetarme, por tratarme como una mierda, por convertirme en lo que soy. Odio al hijo de puta al otro lado de la mesa y a todos los que se han reunido aquí para apostar por mi muerte. Nadie da un duro por mi, nadie me respeta. Hijo de puta te vas a llevar una gran sorpresa, te vas a tragar tus sonrisitas de chuloputas y tu puta paz interna, ¡payaso! Y todos vosotros morbosos maricones de mierda que solo queréis ver mi última humillación y de paso sacaros un dinerillo para gastároslo en whisky, puros y putas. En menudo mundo de mierda he tenido que nacer. Os vais a enterar todos. Os voy a demostrar de lo que soy capaz. Os voy a dejar a todos boquiabiertos. He retado a Dios y le voy a vencer, vais a ser todos testigos, todos vosotros vais a comeros vuestra mierda de mundo porque voy a vencer, voy a vivir y seguiré viviendo. Kate observa esto mi amor…”

El arma se carga. Solo una bala. Se revoluciona el tambor. Suena el característico “click,click,click” unos segundos hasta que deja de hacerlo. Se ofrece el revolver al hombre del fondo. El hombre más cercano mira a los ojos y sonríe al hombre del fondo. El hombre del fondo, que ya no suda, que ya no tiembla, le devuelve una gran sonrisa al hombre más cercano, coge el arma y coloca el cañón sobre su sien.
- ¡Comeos esta cabrones! - dice el hombre del fondo.
El hombre más cercano no deja de sonreír.
El hombre del fondo aprieta el gatillo, salen disparados sus sesos contra la pared a la derecha y cae fulminado contra la mesa aun con una sonrisa estúpida dibujada en la cara. Hay unos segundos de silencio.
El hombre más cercano se levanta y le es entregado un maletín negro. Se marcha y empieza el murmullo del público.
El hombre del fondo esparce su sangre sobre la mesa. No quería morir hoy.


D.G.F.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Débil

Aquí voy de nuevo, abro la puerta y me dirijo a la máquina de tabaco, mientras introduzco las monedas, Magdalena grita desde la barra del bar, ¿te pongo algo para comer, guapa?, trato de resistir, ¿podré esta vez?,cuando volteo a mirarla, no puedo evitar detallar su dentadura amarilla y escasa, sus ojos saltones bajo el flequillo desordenado, su bigote ralo, y esas tetas enormes apretadas bajo el sucio delantal… comienzo a temblar. Aunque dudo unos segundos, como siempre, termino respondiendo con un tímido: “vaale"


¡Puta máquina de tabaco! ¡Es increíble creer que sea la única en metros a la redonda! El maldito bar es horrendo, ruidoso y sucio. La comida es grasienta y maloliente, pero nunca puedo decir que no, y así ando desde hace meses. De todas formas, ¿quién podría atreverse a negarse? Correr el riesgo de que Magdalena le coja del cabello, le empuje entre sus tetas y le deje allí hasta asfixiarle. Yo no quiero morir de esa forma.


La máquina de café no para de hacer ruido, un crac crac infernal rebota dentro de mi cabeza, sale el chico de la cocina gritando !Lomo con queso! ¡Huevos con bacon! Ohh Dios, ¡que estrés! Los obreros de la barra hablan fuerte y ríen a todo gañote, uno de ellos golpea la máquina de juegos mientras grita ¡eh pepe, pideme otra cerveza! Me traen el primer plato, callos, burbújas de aceite emergen entre los pedazos enormes de cerdo, ¡uf! Cojo la cucharilla sin ánimo, mecánicamente, ¡venga va!, pruebo un poco, ¡mierda, está frío! Miro alrededor, Magdalena detrás de la barra pregunta ¡Qué guapa!, ¿A que esta bueno? Se ríe, dejando ver sus dientes y el fondo de su garganta, ¡que grotesco! Una, dos, tres cucharillas y trago ¡qué asco! Una, dos, tres cucharillas ¡jodeeeer!


Gente entra y sale, la decoración es espantosa, cuadros mal colgados en cada columna, propagandas de coca-cola, colacao y café puestas con celo en cada esquina, flores de plástico llenas de polvo, olor a fritanga por todas partes, la silla se tambalea de un lado, la mesa esta llena de migas, el suelo lleno de basura ¡puta máquina de tabaco!


Me traen el segundo, lomo con patatas, sobre un charco de grasa, refrita. Trato de cortarlo, pero se escurre el cuchillo y golpea el plato con fuerza, todos voltean a mirarme. Este lomo parece una chancla, duro y elástico a la vez, con fuerza llego a cortar un trozo, ¡venga va!, uno de los obreros me mira desde la barra, se sonríe maliciosamente, ¡Dios lo que me faltaba!, le comenta algo a su amigo, se ríen, volteo la cara hacia otro lado, tratando de evitar las provocaciones que no existen, aún así se enoja, ¡en cuatro patas tampoco me verías la cara, putón! , trago haciendo un ruido entrecortado, la pelota de carne casi me ahoga, se me escapa una lágrima, ¡jodeeer! Necesito salir de aquí.


De fondo se escucha una canción de Albert Pla, ¡no podía ser más bizarro!, un sabor a aceite de girasol recorre mi garganta, ¿Postre y café, cariño? Esta vez se para al lado de la mesa, aquel par de bolas gigantes rozan mi hombro derecho, resignada y mirando al suelo contesto: ¡vaaale! Colocan el café sobre la mesa a lo bestia, una gota gorda rebota y mitad de ella va a parar a mi camisa, ¡mieeerda!, una caña de chocolate sobre el plato, blanco y astillado, ¡Venga va! Bebo del café, que parece agua sucia, es insípido y está hirviendo. ¡jodeeer! ¡no me lo puedo creer! ¡Esto es el colmo! Un pelo, negro y enroscado, se asoma por debajo de la caña, siento un leve mareo, todo empieza a girar en mi cabeza, la gente, Magdalena y su bigote empapado de sudor, el bar se hace grande y pequeño, el ruido… me levanto bruscamente y camino deprisa hacia la caja.


_ ¿Qué te debo?
_ ¿ya te vas, guapa?
_ si, si, ¿Qué te debo?
_ Doce con treinta, corazón.


Pongo 20 euros sobre el mostrador y camino apresurada hacia la puerta.


_ El cambio, guapa.
_ Quédatelo, gracias.


Afuera, enciendo un cigarrillo, aspiro con fuerza y libero una gran nube de humo, repito el proceso 3 veces y lo tiro al suelo, lo piso con fuerza. Mientras regreso al trabajo voy pensando en ese horrendo bar, no puedo quitarme la canción del Pla de la cabeza, el obrero cachondo, todo. ¡Esto no tiene lógica! Me repito convencida, entrar, coger el tabaco y salir, es todo lo que tengo que hacer. ¿Cómo es posible que no pueda superar este miedo irracional? Ella vuelve a mi cabeza, esa dentadura, esos ojos, esas tetas asesinas. ¿a quien engaño? De repente la solución viene a mi cabeza, metí la mano en mi chaqueta, corrí hacia el basurero y tire la caja de cigarrillos. ¡Desde hoy dejaré de fumar! Ya no tendría razones para volver allí.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Saludo de bienvenida

...Hola a todos

Ya estoy por aquí!!!

Sebas, recuérdame el título please!

Un abrazo,

Laura

domingo, 23 de noviembre de 2008

Dos cositas

Hola, feliz domingo.

He encontrado un sitio nuevo en Internet sobre intercambio de libros usados, aún no he probado el servicio pero espero comenzar pronto, de hecho ya subí alguno de los libros que quiero intercambiar.

http://www.booktobook.net/index.php

Y esta otra página, ya la pruebo desde hace tiempo, me gusta mucho porque encuentras desde cuentos, foros, talleres virtuales gratis, hasta recursos para el escritor.

http://www.ciudadseva.com/

Pues eso, espero que las recomendaciones las encontréis bastante útil.

Besitos

viernes, 21 de noviembre de 2008

HAY QUE SABER DECIR QUE NO

La mañana amaneció tranquila para el inspector Juan Casado, o esa era la impresión que tenía. No había recibido ninguna llamada a medianoche, lo cual era bueno. Ningún caso urgente le esperaba sobre su mesa de trabajo. Hacía un día soleado, se sentía relajado y de buen humor. Se le ocurrió que estaría bien acercarse hasta la casa de su exmujer, aún era temprano y no habría marchado al trabajo, recogería a su hijo y le acompañaría al colegio, algo que pocas veces podía hacer. Con estos buenos propósitos se dirigía hacia el aparcamiento a recoger su coche cuando le sobresaltó el sonido de su teléfono. Arrugó la nariz y esperó lo peor. Se llevó el aparato al oído y escucho la voz de Daniel, su compañero de trabajo, que en tono impaciente le preguntaba
– ¿Por dónde andas?, tenemos un 180 y es urgente
- Había pensado en llevar mi hijo al colegio antes de pasar por comisaría -, comentó sin esperanza de que aquello fuera ya posible.
- Lo lamento amigo mio, parece un asunto grave, te envío la dirección al GPS de tu coche, allá nos vemos.
Se cortó la comunicación, cerró su teléfono y lo colocó en el bolsillo. Bien, otro día será se dijo a si mismo, mientras se apresuraba.

Llegó a la dirección indicada en menos de diez minutos, había muy poco tráfico a aquella hora de la mañana. Le extrañó no ver ningún coche de policía aparcado ante la puerta de la finca. Se trataba de un edificio viejo y descuidado que daba la impresión de estar abandonado. Las ventanas de los pisos estaban cerradas y por los excrementos de paloma acumulados, debía hacer mucho tiempo que nadie las abría. Aparcó en frente mismo de la puerta, bajó del coche y se dispuso a esperar la llegada de alguien más. No había pasado ni un minuto cuando oyó un estrépito que parecía venir del primer piso. Dudó por un momento que hacer. Empujo la puerta de la finca, que estaba abierta, y entró en el vestíbulo. A simple vista, se veía que el ascensor no funcionaba, el cuadro de mandos estaba colgando completamente destrozado. Se acercó hasta la escalera mirando hacia arriba por el hueco. Entonces fue cuando sonó un grito y ruido de pasos que provenía de la planta superior. Se puso en guardia, desenfundó su pistola y subió los escalones de dos en dos hasta llegar al primer rellano. Observó que la puerta de uno de los apartamentos estaba abierta, había sido destrozada. Sujeto con fuerza la pistola y se encaminó hacia el umbral mientras gritaba: - ¡Es la policía, quien hay aquí! nadie respondió. El interior se hallaba a oscuras, por un instante dudo de entrar. Buscó con la mano un interruptor en la pared y entonces fue cuando noto como alguien o algo le golpeaba y le hacía caer con fuerza contra una superficie blanda. Mientras braceaba intentando mantener el equilibrio escuchó un estampido breve y seco y a continuación perdió por completo el conocimiento.

Despertó sintiéndose confuso y desorientado. Estaba tumbado sobre una butaca sucia y destartalada, notaba como los muelles de la misma sobresalían por la tela y se le clavaban en la espalda. Le costaba moverse y pensar, su mente estaba envuelta en una densa niebla de la que parecía no poder escapar. Se encontraba en una habitación pequeña y mal iluminada. Una bombilla manchada de pintura que colgaba del techo era toda la luz que tenía, suficiente para darse cuenta de que no estaba solo. Allí en el suelo apenas a dos metros de donde se encontraba había el cuerpo de un hombre. Yacía inerte boca abajo, sobre un charco de sangre que le sobresalía del pecho y se extendía hasta casi llegarle a las rodillas, no había ninguna duda de que estaba muerto. Iba vestido con una sudadera de color azul marino y unos pantalones de lona negra. Calzaba zapatillas deportivas, una de las cuales estaba medio salida de su pie. Una capucha le cubría la cabeza y su mejilla izquierda estaba apoyada sobre una de sus manos. Daba la impresión como si en el momento final hubiera querido acomodarse antes de morir. “Dios, cuanta sangre puede haber en un cuerpo humano” atinó a murmurar al tiempo que tambaleándose se levantó del sillón y se puso en pie. Al incorporarse notó que un objeto pesado caía junto a sus pies. Miró hacia la sucia moqueta verde que cubría el suelo de toda la estancia y se percató de que era una pistola, la reconoció en el acto, pues era la suya. Se agachó y tras coger el arma y ponerla ante sus ojos su mente pareció despertar del letargo y en una fracción de segundo recordar todo lo ocurrido.

Mientras la consciencia se abría paso en su mente, se percató de lo delicado de su situación. Estaba allí solo en una lúgubre habitación de una finca abandonada. Había el cadáver de un desconocido allí frente a él. El arma que parecía haberle matado era la suya, aún con el cañón caliente, pero no recordaba haberla disparado. Su cerebro comenzó a pensar con rapidez, era raro que no hubiese llegado aún la policía, no era normal. Inmerso estaba en estos pensamientos cuando sonó el teléfono desde algún bolsillo de su chaqueta y le hizo dar un respingo pues sonaba muy fuerte en medio de aquel profundo silencio. Sin moverse ni un solo centímetro de donde se encontraba tomó el móvil, vio en la pantalla que la llamada era de Daniel. Respondió sin saber muy bien que decir, pero no le dejaron pasar de un
– Dime - antes de que desde el otro lado le espetaran
- Juan, ¿se puede saber dónde te has metido?… estamos ya todos aquí. - -- ¿Dónde? respondió él sorprendido.
- Donde va a ser… aquí en la calle Prim, si esta a cinco minutos de tu casa.
Se quedo sin saber que decir solo se le ocurrió
– Dame unos minutos y te cuento, y a continuación colgó.
Donde demonios estaba, que era aquel lugar, se repetía mientras salía del apartamento y bajaba por la escalera hasta la calle. Miró en una y otra dirección, no se veía a nadie. Abrió la puerta de su coche y se agacho para mirar la pantalla de su GPS. Allí en gruesas letras de color verde leyó la dirección que le había enviado Daniel. Era cierto estaba apenas a cinco minutos de su casa. Como había llegado pues hasta aquel lugar. Encendió un cigarrillo mientras intentaba calmarse y pensar.

Juan Casado era persona de carácter tranquilo poseía una mente fría y analítica que hasta la fecha le había sido muy útil para desempeñar su trabajo. En tantos años de servicio las había visto de todos los colores y siempre había sabido que hacer. Sus compañeros le apreciaban y se había ganado un merecido prestigio y autoridad moral dentro del departamento de policía. Todas estas virtudes profesionales no le habían sido muy útiles en su vida familiar. Dos divorcios en quince años daban el perfil de alguien que no sabía compaginar su trabajo con el matrimonio. Pero, eso si, había tenido un hijo con su segunda esposa al que adoraba. Un niño que ahora tenía 8 años y a quien intentaba ver siempre que podía y su trabajo se lo permitía. Su exmujer nunca le había puesto problema alguno, su relación seguía siendo amistosa, en el fondo se seguían queriendo, pero ambos eran conscientes de la imposibilidad de llevar una vida familiar normal. Ahora de pie en aquella solitaria y desconocida calle pensó en su hijo. No sabía explicar porque pero la imagen del niño le vino a la mente con fuerza y una claridad deslumbrante.

Volvió a centrarse en la citación, tomo el teléfono y marco el número de su compañero. No ocurrió nada, era como si no hubiera cobertura. Miró a su alrededor, estaba solo en la acera, no parecía que hubiese un alma. Probó de llamar alguna de las puertas de las fincas colindantes, pero o no había nadie o es que nadie quería abrirle. Al final tomó una decisión. Tenía que salir de allí, buscar a sus colegas, contarles todo lo que había ocurrido y regresar de nuevo con un equipo con el que poder procesar los hechos y averiguar que es lo que había sucedido. Se subió a su coche, arrancó y enfiló la calzada hasta el primer cruce. Giro a la derecha y tomo la primera calle en dirección hacía lo que parecía una avenida principal. Durante unos minutos condujo por calles desiertas y ruinosas, que no recordaba haber visto jamás. Donde estaba..., de pronto se sorprendió parado en el mismo lugar del que había salido hacia escasos minutos. Soltó una maldición y volvió a consultar el GPS.. - maldito trasto.... te estas burlando de mi- Desconecto el instrumento y volvió a darle al contacto, esta vez iba a guiarse por su sentido de orientación. Tomo otra vez la calle en sentido contrario y al llegar a un cruce esta vez giró a la izquierda, continuó en línea recta durante un par de calles y volvió a girar a la izquierda. Miraba fijamente por si podía ver algo que significase una salida de aquel siniestro lugar. Tomo por una avenida que le pareció no haber visto hasta entonces pero solo entrar en ella se quedo helado, ante su mirada desesperada aparecía otra vez aquel portal oscuro y destartalado del cual parecía no poderse alejar.

Permaneció sentado allí dentro del coche, sus manos sujetando con fuerza el volante, la mirada perdida en algún punto de aquel siniestro horizonte. Sus pensamientos volvieron a focalizarse en su hijo. Vio el día de su nacimiento, el momento en que lo tuvo en sus manos, sucio aún de la placenta de su madre, los ojos cerrados y la boca abierta esforzándose por llorar. Recordó como su carita se iluminaba con una sonrisa cuando le iba a buscar o se lo llevaba de paseo. - Dios.. que me está pasando -. Movió la cabeza con fuerza intentado disipar sus miedos. Una certeza se iba abriendo camino dentro suyo. Abrió la puerta y bajo del coche. Había tomado una decisión, la respuesta a todo aquello estaba allí arriba, en aquella habitación, aquel lugar del que parecía no poder separarse. Allí debía de regresar. Entro en el edificio y su silueta se fue difuminando en la oscuridad.

La prensa y la televisión de aquel jueves amaneció con la noticia de la muerte del inspector Juan Casado por causa de los disparos recibidos cuando iba a detener a unos delincuentes, uno de los cuales fue abatido en el mismo momento por el policía. Sus compañeros que llegaron poco después que él al lugar de lo hechos, le encontraron ya cadáver. Según explicaron a los periodistas, había quedado caído sobre un sillón tras recibir el impacto de una bala. A pocos metros suyos, tumbado en el suelo, el cadáver del delincuente yacía sobre un charco de sangre. El sargento Daniel Cabezas compañero y amigo del inspector explicó, aun profundamente consternado, que cuando llegaron a la dirección, vieron el coche de Casado y ni rastro suyo, les pareció extraño y por ello le llamó a su teléfono . No podía sacarse de la cabeza las últimas palabras que le oyó decir cuando seguramente agonizaba a pocos metros de ellos. – Dame unos minutos Daniel, y te cuento-

Juan Solsona

miércoles, 12 de noviembre de 2008

En la ciudad pequeña

Lo primero que recuerdo es la luz clara, casi brillante y el calor húmedo que se pegaba. La tarde en que llegué a la ciudad yo estaba sentada en un banco en medio de la plaza y entonces lo vi, de pie, apoyado en la farola y con un gesto serio, no pude evitar reír y le hice señas: "¡pareces un payaso!". Se rió él también aunque no sabía lo que le estaba diciendo, se pasó primero la lengua y luego terminó de limpiarse con la mano el helado de fresa.
Él es uno de mis recuerdos más tiernos en la ciudad. Un mechón muy rubio le caía sobre el ojo derecho, fumaba y se pasaba continuamente la mano por el pelo. Venía de muy lejos, me dijo que de un país con mucho hielo. Tenía una forma de pararse con las manos en las caderas que me recordaba al principito, de repente se echaba a andar como si llevara una capa azul que lo protegiera de la gente. Le llamaba mi petit prince, le gustaba pasar el dedo por una pequeña cicatriz que llevo en el hombro, mientras, yo intentaba explicarle que viajar es peligroso, que pueden ocurrir terribles accidentes, que te puedes quedar varado en el desierto con un zorro y una rosa.
Volví a verlo varias veces, tomábamos helados en la plaza, yo acariciaba su cara mientras él decía cosas ininteligibles para mí. En esa plaza hay muchas flores y las cambian a menudo, combinan los colores, las riegan por la noche. Yo suelo echarme allí, hay una manera de hacerlo en que el campo visual queda recortado entre un pino y la cúpula de la catedral. Si de alguna manera logra no escuchar el bullicio de la gente puede transportarse a otro siglo.
Cuando llegué a la ciudad pensé ¡qué pequeña! Y no pensé en nada más porque estuve ocupada en deshacerme de estúpidas obligaciones. No vale la pena que se las diga en detalle, sólo que mi familia me exige un mínimo de presencia y buenos modales para no desheredarme. Pero hoy pienso en que esta ciudad es un buen lugar para esconderse. Hay uno en especial con una fuente de piedra y con escalones de piedra donde el único verde es el del musgo. Los portales son tranquilos, puede estar allí toda la siesta sin que nadie le moleste. Hay otro rincón, me gusta por el morbo, es la Plaza de los Ciegos. Seguro que en la edad media llevaban hasta allí a los ciegos de la aldea para que hablaran entre sí (perdón, ¿sabe usted de qué hablan los ciegos?) El suelo es viejo, muy antiguo, con los pasos cortos marcados en la piedra gastada. Casi se puede ver a los ciegos chocándose todo el tiempo, hablando a gritos, saludándose al reconocer una voz aunque no se pudieran encontrar.
Hay en un muro de la plaza una cueva pequeñita, alguien le pone velas. A veces me quedo esperando a que aparezca el ratón que vive allí, porque supongo que vive un ratón, para ver que tan místico es. Claro, nunca he visto nada. Una vez, sí, encontré un guante. Estaba al lado de la cueva. Tal vez alguien se lo puso para encender las velas. Tal vez era una ofrenda. No lo sé. Quizás el ratón es un protector de ladrones.
Recuerdo que compré en esos días un pequeño aparato para oír música, desde entonces es lo que más hago, no tiene peso, no ocupa espacio y si le puede cargar juegos es mejor que nadie en este mundo. El ratón debe de tener uno porque sale poco. Yo, en cambio lo uso para poder estar fuera, expuesta pero ausente. Casi invisible. Y yo también dejo de verlos. Sólo cuando quiero estiro la mano y aparece alguien del otro lado. Como atravesando un mar. Ya sé que es una ilusión. Pero a veces es compartida. A veces el otro también cree que yo estoy aquí, entonces nos reímos. Damos vueltas en círculo por la ciudad pequeña y nos reímos. A veces, incluso, hago promesas muy serias: te escribiré, nunca olvidaré tu nombre, ya no fumaré más. Entonces pienso en ponerle una vela al ratón, pero enseguida lo olvido y voy por otro barrio.
Recuerdo una conversación con alguien que una noche me interrumpió en mi vagabundeo, me dijo serio, cogiéndome de un brazo:
-Tú, ¿cuántos años tienes?
- …
- ¿Y que haces por aquí?
- …
- ¡Quítate eso para que te pueda hablar! Ven, te invito algo, tengo algo importante que contar.
He visto por la calle unos siameses. No, gatos no, estúpida, siameses, ¿sabes lo que son? Dos personas unidas, pegadas. Aunque para estas estaba bien, sí, bastante bien, compartían del hombro al codo del brazo derecho de una, y del hombro al codo del brazo izquierdo de la otra, bastante bien. Es decir que podían caminar mirando al frente, vestir correctamente y hasta hubieran podido quitarse el sombrero con el brazo pegado al mismo tiempo, si lo hubieran usado, claro. Iban así, pegados por la vida, seguro que fotografiándose con los transeúntes, apareciendo en programas de televisión, y ya me imagino que estarán intentando romper alguna clase de récord para cobrar los derechos por aparecer en el libro de los Guiness.
- Deberían filmar una película porno- sugerí, creo que bastante acertadamente.
- ¿No te parece increíble dos personas viviendo juntas, pegadas, todo el tiempo, para siempre?
- Se les hace fácil cruzar las calles, una mira para cada lado…
- No sé, no sé, sí, muchas cosas deben hacerse más fáciles. Pero ¿no es fantástico? ¿No es una buena historia?
- No, esos dos que viste deben de haber cosido el traje.
-¿Pero no crees que existen esa clase de gentes?
- ¿A que mito te refieres?
- No es un mito, es un sueño. Bueno, está bien, me pillaste, es el nombre de un álbum que compré esta tarde, "Siamese Dream". Es que te pareces a la niña de la portada. Ando buscando similitudes en el mundo, que una cosa se corresponda con otra, que una tenga la parte de la otra que le falta o que le complementa, o sino que se le oponga necesariamente.
-No es lo mismo, no es igual.
- Bueno, pero es algo, luego juntos podrán buscar los opuestos, incluso como espejos, hasta puede ser un efecto amplificador.
- Creo que es tonto lo que estás diciendo.
- ¿No te gustan los dobles?
- ¡No! Me espantan.
- A mí lo doble, lo bi, lo reversible, me excita.
- A mí, lo uno, lo singular. Sólo veo individuos alrededor. No me es fácil encontrar la relación entre uno y otro miembro del conjunto.
- ¿Pero las ves?
- A veces.
- No deberías poder hablar.
- Pero hablo igual.
- Sí, pero hablamos porque una cosa se parece a la otra, por eso las podemos nombrar. En la diferencia absoluta no hay nadie.
- ¿Nunca has estado allí?
- Ni tú, allí no hay nadie, no hay nada, es la muerte.
- Puede ser, puede que en este punto tengas razón.
Se fue poco después. Tal vez sólo quería confirmar su teoría. Smashing Pumpkins seguía sonando, también mentía aquí, no debe haber comprado ningún álbum, sus similitudes no eran mejores que mis diferencias. Yo voy saltando de una en una, de una a otra y de ahí a las demás y se me viene la imagen de los zapatitos rojo brillante saltando en zigzag sobre el empedrado de oro (¿recuerda la película?).
No encontré nada más interesante en esa semana, creo que me fui a dormir temprano por esos días. Mis padres me dejaron un mensaje en el móvil, harían un breve viaje al extranjero, una vez más no se tomaron la molestia de decírmelo personalmente. Igual, para mí era una buena noticia. Siempre tuve en casa esta sensación de impersonalidad. Una vez que la maquinaria se echa a andar da igual que yo pedalee o no, el desayuno siempre está listo, la ropa finalmente limpia y en su lugar. Fueron días de mucha paz. Coincidió con que Max llegó de Londres y trajo muchas cosas, y muy buenas. También llegó el tiempo cálido, las primeras flores, las que dan alergia (por suerte a mí no). En el parque del río hay unas pequeñas, de un rosa muy intenso que son de mis favoritas. Solía ir a leer allí, o a escuchar música o simplemente a estar. Una tarde ella estaba sentada a unos pocos metros de mí. O llegó y se sentó después que yo, no lo sé. Se abanicaba, el pelo se le movía apenas, supongo que sudaba. Yo llevaba una camiseta blanca, de tirantes, y estaba descalza así que no sentía calor. Lo primero que me sorprendió es que ni sonriera ni nada. Me senté cerca y le pregunté de qué iba el libro que leía. Me lo explicó. Sonaba interesante pero no le creí mucho, me parece que no lo estaba entendiendo muy bien. Quizá le intrigara porqué era tan famoso, porqué hace tantos años, siglos que ese libro era tan famoso. La mirada se le ponía lejana cuando hablaba de lo que leía. Y cercana, casi luminosa, cuando me miraba y me preguntaba cualquier otra cosa. Cuando se movía se le abría el cuello de la camisa y se le veía la piel clara con pequitas. Caminábamos mucho, casi desde el principio y sin ponernos de acuerdo. "Las peripatéticas", ella lo dijo. Una vez vimos una película china. De unos barcos de piratas, tenían grandes velas y navegaban en unos mares como cielos. Unos chinitos pobres, con túnicas marrones, vivían en unas colinas de un verde muy suave que estaban rodeadas de pantanos donde cultivaban arroz. Cuando desde la colina que dominaba el golfo veían aparecer los barcos corrían y corrían, y los piratas saqueaban el pueblito y se llevaban unas pobres gallinas y así toda la película, velas rojas y naranjas de barcos piratas, mares azules, colinas verdes, y ninguna historia, o al menos que yo me enterara. Pero a ella le gustó, salió hablando de sublimes metáforas y yo la escuché un rato pero pronto me perdí. Por un instante sentí la melancolía de mi ratón y fue entonces que la besé. Las manos pequeñas, los pechos y los pies pequeños y cinco lunares en la espalda. -Nadie sabe cómo es su propia espalda- me dijo una vez, ¡vaya estupidez!. Entonces yo le conté los lunares presionándolos para que los sintiera y también le dibujé la nuca. Reía mucho y hablaba de los viajes que quería hacer, nunca supe de dónde venía realmente. Intentó explicármelo, me mostró una herida que tenía en la mano. Me habló de un país en el que no hay árboles ni edificios, sólo campos largos. Me pareció interesante. Como por aquella época tenía poco dinero tuve que volver a decir mentiras. Mi familia se hartó bien pronto de mí y otra vez quedé libre. Las cosas mejoraron para nosotras y adoptamos un gato blanco. Pasamos así todo el verano. Una noche desperté en el bar al que habíamos ido juntas, pero ella ya no estaba. –Normal- me dijeron. No la fui a buscar, se quedó con el gato y unas fotos que una vez hicimos en un fotomatón. Me sentí muy pesada e increíblemente vieja, me estiré y no pude tocarme la punta de los pies. Volví a casa y no había nadie, supe entonces que tenía que tomar una decisión. Siempre he admirado mi instinto de supervivencia, mi capacidad de flotar sobre los remolinos. Me pareció que todo lo que había pasado era bueno y me fijé en que aún llevaba en el bolsillo los boletos de un viaje que nunca hicimos. Era un viaje hasta unas montañas muy cerca de aquí, busqué en el google.map adónde deberíamos haber ido y encontré este lugar. Entonces lo supe. Durante el viaje en tren he llegado a la conclusión que lo que he observado detenidamente fuera, esta todo en mi interior. Que lo importante viene aquí conmigo. Que lo que tengo que hacer ahora es quedarme observándolo, repetirlo en mi memoria, y fijarlo de algún modo, con algún medio, para que no desaparezca. He venido aquí para hacer eso. Ya encontraré la manera de relatarlo. Por eso le pido, madre superiora, que me acepte en el convento, quiero iniciarme, quiero ser monja.