martes, 9 de marzo de 2010

El domador de serpientes

El domador de serpientes llevaba unos meses por la zona. El aspecto, algo hippie, dejaba intuir acerca de su modo de vivir. Sílex le había visto pasar a través del gran ventanal en sus tardes de prisión laboral; le parecía de Europa del Este, luego supo que era norteamericano. A veces la sobresaltaba cuando pasaba por la calle dando brincos y piruetas elípticas, solo, riendo a carcajadas con expresión de bufón.
Una noche, Sílex, salió sola. De repente, unos profundos e inquietantes ojos negros aparecieron posándose en ella, era él; se acercó y se sentó en la silla contigua de la mesa que ella ocupaba acompañada con un líquido marrón cubierto de hielos en un vaso cilíndrico; él pidió lo mismo. Ella observó sus largas uñas, pensó que tocaría la guitarra. Un cómodo silencio los acompañó por varios minutos. El bar olía a humo, mezclado con romero y almizcle. Infinitas expresiones del alcohol podían verse en los seres que ocupaban el mismo escenario; un lugar cálido, de luz tenue, con mesas de madera y paredes oscuras decoradas con alguna fotografía artística en blanco y negro. Él se acercó al cuerpo de la pequeña Sílex y le susurró que quería que fueran siameses en esa noche creciente; ella, intimidada, acercó el vaso a sus labios dando un trago tan largo que se sonrojó.
Salieron alocados y sensuales del bar. Se dejaron llevar de la mano del casco antiguo. El D. De S. le recitaba poemas del libro que ella le pidió, Una temporada en el infierno, de Rimbaud. La pequeña Sílex escuchaba atentamente su interpretación oscura y apasionada mientras paseaban entre la piedra y los semáforos rojos que arriesgaban en busca de una camiseta que un motorista perdió, o, simplemente, por esa costumbre que tienen ambos de cruzarlos en rojo y caminar por el centro de la calle.
Nadie podría imaginar que, ante tal aparente conexión, algo podría separarlos desgarradamente.
Tras unos cuantos metros de pasos animados, entraron en otro bar para seguir exhibiendo un amor apasionado y contagioso. El alcohol agitaba, si cabe, aún más la sangre; una sangre que Sílex empezó a notar demasiado caliente, como si no fuera la suya. Él se limitaba a moverla, a agitarla de dentro hacia fuera con sus manos sabias. La noche seguía sonriendo. Ellos seguían siameses. El D. De S. pidió una guitarra que había sujeta en una pared, desafiante a la gravedad. Quería cantar algo para ella, quería hacer mover el cuerpecito de la pequeña con su suéter índigo y su larga y tubular falda gris.
—Pero déjamela, soy músico —insistía el D. De S. al cansado camarero con camiseta amarilla—. Yo ya he tocado aquí. Mas no hubo forma porque estaba prohibido tocar a partir de las 00.00h., así que volvió al banco donde estaba Sílex entretenida observando su piel blanca mientras manipulaba su ondulado pelo negro. Alguien pasó y les dijo que en un club, cerca del mar, unos músicos tocaban en vivo. Sin palabras, ambos, aún cuan siameses, se levantaron para ir hacia allí. Otra pareja bastante joven, una chica protuberante francesa de finos y graciosos ricitos castaños, y un delgado chico uruguayo, se fueron con ellos. Al llegar al lugar y hacer unas cuantas gestiones para poder pasar sin pagar, se abrieron las puertas del paraíso marroquí; telas de varios colores colgaban del techo, espejos regalaban perspectivas cambiantes, mesitas bajas acondicionaban el descanso de algunos observadores, y, en el centro, bordeando una barra en forma de L, dentro de la cual, trabajaban los camareros y el dj, se abría una pista de baile concurrida. Ambos empezaron a quitarse prendas. La sangre de Sílex estaba cada vez menos azul. Siguieron unidos, pero, esta vez, con el movimiento de un baile interminable que duró hasta que subieron la intensidad de las luces para mostrar que todo había terminado. Su piel estaba rojiza, Sílex perdía el norte de su Noruega natal.
El D. De S. cogió a la pequeña Sílex y le dijo que se marcharan de ahí, que todos eran “demasiado católicos”; salieron fundidos y riéndose a carcajadas. Él la llevaba por la calle, ella ya casi no iba más que a través de su guía, su sangre innata había totalmente cambiado. Pasó un paquistaní vendiendo cerveza en la humedad de la noche y el D. De S. consiguió las 6 que llevaba a 4.5€. Sílex pensó que el hombre tenía demasiado frío. Fueron paseando por unas calles cada vez más desiertas y cada vez más oscuras. Los escombros y las basuras se mostraban por doquier y el olor a orín era latente. La pequeña empezó a sentirse mal. Su cuerpo y su cabeza lanzaban señales extrañas. Se quiso ir a casa pero el D. De S. le dijo, imperante: —Ven, vamos por aquí. La luz, de repente, se volvió casi nula. Había una moto dormida, casi muerta, entre bolsas devoradas por gatos y ratones. El D. De S. dio un sorbo a su lata y la pequeña Sílex vio, en la muñeca con la que sujetaba la lata el D. De S., una pulsera gruesa de plata en la que dos serpientes eran el cierre. Sílex, sin pensarlo, se la quitó y se la probó. Los ojos de él, inyectados en sangre, la miraron furioso. Su boca, horriblemente abierta y cubierta de espuma, lanzó un grito. Utilizó la mano que tenía libre de la niña para, después de hacer un breve gesto con el brazo hacia detrás, tirar la lata con fuerza a un edificio gris, de aspecto viejo y abandonado. Sílex se separó de una mano que llevaba horas dentro de ella preguntándole qué que hacía.
—¿Por qué has hecho eso?
—¿El qué? —preguntó Sílex, desconcertada.
—Quitarme la pulsera —dijo él con ojos maquiavélicos.
Sílex se asustó, intentó irse pero él la sujetó con fuerza por su escuálido brazo y la empujó al interior de un portal que empezaba un metro más atrás que los demás, con lo que no se les veía desde la calle profunda y desolada. Le dio la vuelta y le subió la falda. Le bajó las medias y, casi al instante, la sangre de la pequeña empezó a brotar por sus firmes nalgas. El escarlata bañó el espacio donde quedó tirada. Las ratas se acercaron. Ella dejó de ser para convertirse en otro muerto viviente y alienado, domado por el poder, hasta el fin de sus días.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Las Matrioskas


Todo comenzó con unas muñecas rusas, de esas que se abren en dos y se van metiendo una dentro de otra. El estaba en el anticuario cuando ella entró, la vio radiante, ella preguntó si tenían matrioskas, a lo que el vendedor respondió que sí, el hombre, alto y con un bigote que daba el aspecto de no haber sido afeitado en décadas, sacó de un cajón una muñeca enorme de madera y la dividió en dos y de ésta salió otra, y así repitió la operación siete veces. Ella sonrió al verlas y le solicitó al hombre que las envolviese tras pagarlas. Juan, que estaba observando en la distancia la belleza de esa mujer metida en un vestido rojo de tafetán se acercó y le dijo:- son unas muñecas muy bonitas y originales, casi tanto como usted, déjeme pagarlas, por favor, me gustaría que sean un regalo de mi parte.-. Ella lo miró sorprendida por un segundo, y al siguiente asintió con la cabeza. Esa misma tarde se besaron tras un café y media hora de conversación. Ella se llamaba Isabela y según lo que Juan creía, era la mujer más preciosa y dulce que nunca había visto. Claro que luego de casarse y tras dos años de convivencia, a pesar de opinar lo mismo sobre su belleza, ya no pensaba igual acerca de su dulzura. Eran raras las ocasiones en que Isabela le brindaba un gesto de cariño, pero Juan jamás se rendía, cuanto más rechazo sentía ella por Juan, él más se empeñaba en adorarla. Juan tenía una pequeña tienda de filatelia en la calle principal del pueblo donde vivían juntos. Isabela se dedicaba a ser mujer, y según su definición ésto consistía en mantenerse guapa y poner cosas inútiles pero decorativas en la casa, además de cuidar del jardín y preparar exóticas recetas que conseguía en libros que hablaban de sitios que jamás había siquiera pisado.
Una noche tras llegar del trabajo, Juan se acercó a Isabela y la cogió por la cintura, ella asintió el gesto cogiéndole los brazos y pegando su espalda a él, luego de varios meses vacíos al fin, hicieron el amor, como dos adolescentes, como si estuvieran unidos y compenetrados como pareja, esa fue la primera vez que Juan sintió que abría a su muñeca rusa de carne y hueso, y de ella salía otra, más buena, más dulce, más humana. Al día siguiente esa muñeca que Juan había descubierto la noche anterior dentro de su mujer ya se había metido de nuevo en el cuerpo frío de Isabela, y así volvió a ver al gran estuche de madera en lugar de a su dulce muñequita. Un día después Juan intentó lo mismo, pero ésta vez Isabela lo apartó de su cintura para luego decirle:- Querido, yo no te necesito, te deseo sólo por momentos, pero a pesar de ello tú te quedas a mi lado, ¿quieres saber el por qué? Te lo explicaré, mi piel es para ti como el sol para las flores, no podrás vivir nunca sin ella, incluso después de muerto me buscarás para tocarme, mi naturaleza está en que tú no eres la única flor que debo cuidar, mi deber es como el del sol, debo iluminar a todas las criaturas, ya que incluso sin saberlo todas dependen de mí, ámame si quieres, yo no me iré de tu lado, pero acepta mi naturaleza o te marchitarás pétalo a pétalo.- Tras ello, Isabela dejó la habitación y se fue a leer tranquilamente, como si lo hubiese besado en la frente, con una paz tal, que incluso Juan se sintió bien tras esas palabras.
Juan todas las mañanas se iba a trabajar tranquilo, casi vencido podría decirse, pero en el fondo feliz de saber que al regresar a casa tendría a su ave salvaje encerrada entre las cuatro paredes del salón, sentada silenciosa, casi invisible allí.
Una noche tras un día más de trabajo en la tienda, Juan regresó a casa pensando su táctica para volver a tocar a su mujer, su sorpresa fue que al entrar al salón Isabela no estaba, la buscó por la biblioteca, la cocina, el jardín y la habitación, pero luego de un rato de buscar en vano, supo que ella no estaba allí. Cenó tranquilo, como un perro que espera a su dueño en casa, sin rencor, sin amargura, pero él no era un perro y en el fondo tenía un deseo insoportable de romper a patadas alguna cosa. Miró en el estante que estaba sobre la chimenea, y vio a las muñecas que una tarde de otoño le había comprado en un anticuario “su primer capricho” pensó, Juan siempre había pensado en Isabela como en esas muñecas, sabía que dentro de sí guardaba muchas otras personas, pero él no lograba conocer más que a la que estaba en la parte superficial, y también la conocía como si fuese un trozo de madera pintado, porque jamás conoció lo que ella sentía o tenía en el alma.
Tras un par de largas horas, salió de casa en busca de algún bar, necesitaba beber algo fuera de ese hogar que tanto daño le hacía si ella no estaba en él. Tras conducir unos minutos encontró un sitio idóneo para lo que deseaba y entró a un burdel. Pidió un whisky doble y una puta con aspecto de muñeca inflable se lo trajo a la mesa. El intentó hablar con la mujer, pero ella sólo se insinuaba desplegando para ello todas las tácticas que conocía, mover el culo, tocarse las tetas, echarle humo en la cara, Juan desistió y al rato estaba follando con ella en un catre que tenía el poster de una virgen pegado a la cabecera. Al terminar se sintió vacío de hombría, le arrojó a la mujer unos billetes se vistió y salió. Caminó un buen rato llorando y con la boca seca, fumaba un cigarro detrás de otro, se sentía un despojo humano. Paró en medio de un puente de piedra no muy alto que tenía un río pasando por debajo, dicho así suena bonito, pero el lugar era macabro, una carretera pasaba cerca, y el río estaba lleno de piedras afiladas además de estar sucio. Pensó en tirarse para abajo y en que con suerte se partiría en dos la cabeza, pero tampoco para ésto tuvo agallas. En un ataque de ira comenzó a darle golpes con el puño cerrado al puente de piedra, con lo que sólo consiguió destrozarse la mano derecha. Tras ésto regresó al coche.
Al llegar a casa ella estaba allí, lo miró despectiva, él ni siquiera se atrevió a preguntar dónde había estado, a ella no le importaba lo que él había hecho, así que tras un silencio Juan se fue a la ducha, y ella a leer.
Así pasaron los meses, cada vez ella faltaba más en casa a la hora en que Juan regresaba del trabajo, y aún más seguido él se dirigía al burdel a buscar a Lourdes, la puta de aquella primera vez, estando sólo con una puta y no con muchas, él sentía que no estaba tan sucio como en realidad consideraba que estaba.
Algunas noches Juan e Isabela hacían el amor de una forma tan romántica y pasional que él olvidaba que su vida era un agujero negro, y ella sonreía como si fuese la primera vez.
Un día Juan volvió antes a casa y vio a Isabela en el jardín haciendo el amor con otro hombre, algo que realmente no lo sorprendió, claro está, pero se puso furioso, tan furioso que se fue al burdel a buscar otra puta, una distinta. Isabela nunca supo que él la había visto, pero claro, tampoco le importaba demasiado según parecía.
Después de un tiempo de ésto, Juan comenzó a usar la violencia con sus putas del burdel, con lo que se ganó una buena paliza de parte de los chulos junto a una invitación de no regresar nunca. Ese fue el día en que Juan perdió los estribos. Regresó a casa y encontró a Isabela sentada en el sofá, ella al verlo destrozado y con la cara llena de sangre, se levantó cariñosa y lo abrazó, Juan sintió tanto amor que fue como si todas sus penas se borrasen de golpe. Se bañaron juntos y ella le sanó las heridas luego. Tras ésto, lo besó, llorando, abrazándolo, acariciándole el pelo, Juan estaba como en en el edén, se sentía liberado y puro de nuevo, se fueron a la cama a hacer el amor, Juan fue observando como durante esa noche una tras unas las matrioskas se abrían y dejaban salir a una Isabela nueva y mejor que la anterior, siete veces hicieron el amor, hasta que Juan observó a la última muñeca rusa salir del cuerpo de Isabela, cuando ella estaba tumbada notó como había conseguido lo que siempre había deseado, tener a sus siete muñecas en una, en el cuerpo de Isabela, ya la conocía por completo, entonces fue cuando se desencantó, la abrazó fuerte, la abrazó y la besó como si fuese la última vez, y de hecho así era, mientras la abrazaba y la penetraba, se sentía poderoso, sus siete muñecas de Isabela entre sus manos, el cuello de Isabela entre sus manos, la boca de Isabela en su boca, la sangre de los labios de Isabela entre sus dientes, comenzó a morderla, a arrancarle la piel de muñeca a tiras, no quería que nunca pudiese volver a armarse en la muñeca grande que tanto daño le hacía, la estranguló lentamente mientras la penetraba la estranguló hasta que sus ojos se pusieron morados y luego saltones y luego más morados aún, la mordió hasta que de su boca sólo quedaban unas encías sin labios y unos dientes rojos bajo la sangre, la estranguló hasta que su piel se puso azul, hasta que su cuerpo estuvo helado, hasta que él eyaculó por primera vez sólo pensando en su propio placer. Al terminar se levantó histérico, se levantó radiante, lleno de sangre su cuerpo que se separaba del cuerpo de una muñeca que nunca debería haber cobrado vida, el cuerpo de Isabela era ahora algo retorcido y frío que yacía con cara de horror en la cama, un cuerpo sin boca y sin ojos, un cuerpo vacío de muñeca rusa.
Juan se bañó, se vistió, cogió las llaves del coche, y se fue del pueblo para no volver jamás.

Dios Todo Lo Ve


En aquella época mis padres tironeaban de mí, como en muchos casos de niños cuando sus progenitores se han divorciado.
El día que descubrí la verdad sobre la sociedad en que vivo era domingo y estaba con mi madre.
-Venga vístete o llegaremos tarde a la iglesia.- me dijo intentando ser paciente. A los dos minutos estaba terminando de vestirme en el asiento de atrás mientras ella maldecía a cada coche que se le cruzaba por el camino. El reverendo Martinez Salvá estaba como siempre parado en la entrada con su túnica negra, su barba rubia, su cara bondadosa y sus gafas sonriéndole a todo el mundo. “Buenos días Mónica, veo que ha venido con su retoño” dijo despeinándome con una caricia, por lo bajo me soltó, “como hoy no te comportes terminas de nuevo sentado con las hermanas gordas de la semana pasada en el oratorio”. La misa avanzaba mientras nos hablaba a todos de lo bonito que era ser bueno con nuestro prójimo y de cómo Jesús había estado cantidad de tiempo en el desierto, había cargado una cruz, lo habían clavado a la cruz, había resucitado y caminado sobre el agua. Ese tío era un jodido super héroe, aunque con todos sus poderes nunca entendí por qué no aplastó a los romanos y salió volando con su madre virgen bajo un brazo y sus doce apóstoles en la espalda. Mi madre no estuvo muy de acuerdo con mi comentario, y tras darme un golpe en la nuca me exigió que me ponga de rodillas como hacía todo el mundo, mientras el sacerdote levantaba la copa de oro y se mandaba varios tragos de vino. Lo que menos soportaba de ese sitio era el coro que dirigía la mujer de pelo anaranjado, siempre desafinaban y cantaban las mismas canciones, en ese momento tocaba “den al señor sus alabanzas, denle poder honor y gloria, a una voz, canten un himno al señor”.
Yo no podía comer el pan mojado en vino, que en realidad era un pedazo de cuerpo del super héroe, porque aún no tenía hecha la comunión.
Ese día nos contó el padre Salvá que Jesús sabía que lo iban a traicionar, ese tipo Judas se había vendido a los malos, pero que Cristo le perdonaría y que por él y todos nosotros se iba a dejar clavar a una cruz como un cuadro a la pared. Tenía dos cojones ese tal Jesús.
Al salir de misa el padre Martinez Salvá me llamó a hablar con él y me preguntó nuevamente que si me apetecía tomar la comunión ¡¡joder y si me apetecía!!, tras las amenazas de mi madre de quitarme la play si no lo hacía, incluso me dajaba clavar a una cruz también. Respondí que sí con una sonrisa y al viernes siguiente estaba metido en un grupo de catequesis cuya profesora se escandalizaba frente a todas y cada una de mis preguntas. Tiempos difíciles para un curioso. O sea que tras conocer en clases de religión que Dios me observaba todo el tiempo, en todas partes, que era invisible y que me juzgaría, salí acojonadísimo y me fui a casa de mi padre que vivía muy cerca.
Mi padre, en cambio, seguía otro tipo de religión, al menos eran más enrollados y tenían espectáculos molones en escena. Ibamos a la Iglesia evangelista brasileña “Cristo Vive”, aquí el panorama era diferente, y también me tocaba ir los domingos, sólo que los domingos que no estaba con mi madre. Pensando en todo aquello pasé el viernes y el sábado, además de que ese día fuimos a visitar a mis tías, que me hicieron comer como si no existiese un mañana mientras me hacían todo tipo de preguntan sobre mi madre, al tiempo que la criticaban tratando de ser sutiles, hasta que al fin mi padre dijo que nos íbamos a casa. Mis tías eran agnósticas, y cuando le pregunté en casa a mi padre qué significaba eso me dijo:- que irán al infierno por no creer en nuestro señor.- Con lo cual me acojoné más y pensé que en ese momento el tío invisible me estaba mirando, y de que seguramente se había dado cuenta del pedo que me había rajado, joder con lo cotilla que era éste tío.
Lo mejor llegó el domingo cuando fuimos a la iglesia “Cristo Vive”. El pastor Sebastián estaba en un escenario tope de luminoso mientras el coro excitadísimo cantaba en portugués moviendo el culo y las manos como si estuviesen en carnaval, era genial. En el lugar había muchísima gente que levantaba las manos y el pastor casi siempre escogía personas ancianas, enfermas o con discapacidades físicas para que suban junto a él, a pesar de que siempre levanté la mano nunca tuve tanta suerte. Esta vez eligió a un hombre en silla de ruedas, jo macho, que fuerte me pareció lo que sucedió después, el padre Sebastián comenzó a preguntarle a voces:- ¡¿puedes curarte???!- a lo que el paralítico respondía:- ¡Puedo!- Luego el pastor al público:- ¡Con el amor de Cristo podrá!- La gente enloquecía tras repetir dos o tres veces ésta situación. Lo chungo fue cuando le quitaron la silla de ruedas, el hombre cayó al suelo como una bolsa de patatas, a su vez todos gritaban a voces “Cristo ayúdale, Cristo cúrale” y el pastor Sebastián le cogía la cabeza y con los ojos cerrados empujaba hacia adelante y atrás con las dos manos como meneándole las ideas. Tras unos minutos de yacer en el suelo temblando mientras todos gritaban el hombre se levantó haciendo que todos griten aún más y el coro enloquezca. Mi padre movía todo su cuerpo histérico, y parecía que cada uno de sus miembros tuviese vida propia moviéndose hacia donde más le apetecía. Joder si era poderoso ese tal Cristo. Decidí entonces no decir más joder, no vaya a ser que su padre invisible me estuviese mirando en ese momento.
Al llegar a casa de mi madre tras tan brutal fin de semana encontré en el sofá un culo blanco y peludo que parecía pertenecer a un tío, pero de él no veía más que eso y las piernas de quien parecía ser mi madre en sus hombros, además de que entre sus tetas había un tío más, cual fue mi sorpresa al cerrar la puerta que el tío del culo blanco y peludo era el sacerdote Martínez, que se puso más pálido que de costumbre al verme. En cinco minutos todos estaban vestidos y en la mesa junto a mí, resulta ser que el tío que tenía la cara en las tetas de mi madre era nada menos que uno de los monaguillos, me explicaron que lo sucedido no tenía importancia y que a veces la gente se equivocaba, y que ellos evidentemente habían sido tentados por satanás. Tras ésto me enviaron a mi habitación.
Pasó la semana y yo iba cada vez más veces a clase de catequesis, el ángel de la guarda, que me cuidaría en teoría, también iba pegado a mí observándome, hay que joderse porque era un enviado del tío invisible, estaba chunga la cosa para liarla: Dios tenía espías y todos eran invisibles como él. Controlaban todo, que cumpla los 10 mandamientos, que no comenta pecados, que haga caso a mi madre, que rece, que me disculpe ante ellos... sí, habría que ir con cuidado porque sino al infierno de una, sin más.
Una semana después me encuentro al tío paralítico de la iglesia de mi padre pidiendo limosna a la salida de mi escuela, estaba ciego, hay que ver la que le cayó por dejar la silla de ruedas, a ver si había suerte y el pastor Sebastián lo curaba de nuevo, aunque visto lo visto igual no le convenía. Cuando volvimos a la iglesia “Cristo vive” el pastor explicó con un sobre en la mano que debían poner su aportación a Dios dentro y que su plegaria llegaría al cielo. Básicamente era más rápida y efectiva la solución cuanto más alta la aportación, parecía justo. Pero cuando mi padre dijo que no quería aportar porque ya no tenía dinero, la iglesia, el pastor y el coro incluido lo invitaron a retirarse. Así mi padre los mandó a la mierda y se tiró al alcohol.
Unos nueve meses después mi madre tuvo un hijo que provocó bastante escándalo mediático, además de la expulsión del padre Martinez Salvá de la santa iglesia católica apostólica romana.
A día de hoy voy con algo de cuidado por si es cierto que el tío invisible me sigue observando, y todavía no entiendo como éste súper héroe llamado Cristo puede tener tantas sucursales y una iglesia con el nombre de los romanos que son quienes lo asesinaron. A ver si al final es verdad que el infierno está en la tierra como dice mi profesor de literatura cada vez que se cabrea por algo. Al menos dejé de seguir yendo a clases de catequesis y pude volver practicar fútbol los viernes.

martes, 1 de diciembre de 2009

El cadáver exquisito


1
Su belleza solo era comparable al de un cadáver putrefacto lleno de gusanos asomando por sus partes abiertas. Era su novia y él la amaba.
2
Bellas mujeres con el pelo cardado, rubio a ser posible. Trajes de baño minúsculos de colores vivos, se permite la lentejuela. La braga del bikini ha de llegar casi hasta las axilas. Quizás se pueda llevar una chaquetita torera pero nunca sin hombreras y siempre desabrochada. Yo siempre quise ser un malo de los que salían rodeados de estas mujeres. Solían ser unos seres corruptos, sin escrúpulos, solían vestir de blanco y los jeeps de sus secuaces sanguinarios volcarían saltando por los aires con un tirabuzón hacia la derecha mientras persiguiesen la furgoneta del Equipo A.
3
Me la quedé mirando mientras montaba mi sierra eléctrica. Pensé en lo rojo que se pondría el traje blanco que llevaba. Miré después hacia la piscina donde flotaban cinco hombres fornidos y desnudos. Pectorales y abdominales perfectos. Un calzón minúsculo les cubría las partes. Todo era demasiado bello. Pronto dejará de serlo pensé mientras arranqué la máquina.
4
No solíamos quedar nunca. Nos arreglaríamos en casa. Nos pondríamos nuestros vestidos rotos y chupas sin mangas y con hombreras. Nos cardaríamos el pelo, pintaríamos los ojos de azúl y amarillo, los labios de negro, nos calzaríamos las plataformas y nos iríamos encontrando todos allí en El Via Láctea. En realidad éramos cuatro gatos, no era lo que hoy pensamos que fue.
5
Sonó el móvil, me levanté y contesté dejando la sierra apoyada en la pared. Era Alicia. Curiosamente me pidió la sierra que estaba a punto de utilizar. Le dije que se lo prestaría cuando acabase de utilizarla. Podé los setos del jardín. Metí después la sierra en la furgoneta y conduje a casa de mi novia.
6
San Francisco es una ciudad estupenda para las persecuciones por sus empinadas y consecutivas cuestas. El tranvía nos dará un toque especial además de hacernos de un obstáculo formidable. Por sus calles los coches saltarán en un estricto orden uno después del otro. Comenzaremos con ocho coches de policía (los más cuadrados que tenga) persiguiendo a un Mustang negro. Iremos perdiendo tapacubos en las curvas y algún que otro coche de policía en los cruces. Iremos soltando parachoques y faros en los aterrizajes. Un coche de policía chocará con un tranvía. El Mustang escapará del detective que va en el último coche de policía saltando por un puente levadizo siendo izado. Pero al otro lado se encontraría con la con una furgoneta GMC Vandura negra con una raya roja pintada en cada uno de sus lados.
7
En el otro lado de la linea sonó mi amigo policía mientras la sangre aún caía por la sierra. No le dije nada, no me atreví. Miré a Alicia. Luego miré el grotesco escenario, la sangre, las vísceras, las moscas. Volví a mirar a Alicia. “Se ha cometido un crimen” dije por el teléfono.
8
Los buenos siempre han de ganar. Las muertes no han de ser retratadas. Las balas son infinitas. Las mesas de madera son antibalas. No debe de salir sangre, la mínima posible. Los pelos, cardados. Los bigotes, poblados.
9
No la encontraba bella. Sabía que era fea pero era perfecta para él. En toda su juventud solo había salido con las mujeres más guapas. Pero había cambiado la belleza superficial por la belleza interior. Y en eso Alicia no tenía competidora.
10
Comencé por la bella mujer de blanco. Primero la cara. Los labios, las orejas, los dientes. Mira que guapa te ves ahora. Hay que mejorar esa tripita lisa que tienes. También esas piernas perfectas. Me da mucha pena que se te manche el traje blanco tan bonito que llevas. Ya me encargaré de los hombres despueś, les borraré esa belleza estúpida de la cara...
11
Aparqué mi GMC Vandura (réplica de aquella de la mítica serie El Equipo A) en la entrada de casa de Alicia, mi novia, la mujer más fea del pueblo y tambien la más especial. La amo con locura y haría cualquier cosa por ella. ¡Y mira que es fea la jodía! Cogí la sierra de la parte trasera y se la dejé. No pregunté para qué. Me fui a trabajar.
12
Después de un duro día de trabajo combatiendo narcos, secuestradores, políticos corruptos, persecuciones a tiros y demás a uno le entra sed. Iríamos a casa en la fugoneta de M.A. Hablaríamos de ver a nuestros amigos y tomar una cerveza con ellos y contarles la jornada. Nunca quedábamos con ellos. Nos arreglríamos, nos cardaríamos los pelos, nos pintaríamos los ojos y los labios y saldríamos para encontrarnos con todos en El Via Láctea de Malasaña.
13
“Alicia, corre. Desaparece. Mi amigo policía está viniendo para ver lo que podemos hacer. Quiero que te escondas bien para que nadie te encuentre. Quiero que sepas que todo está bien. Yo estoy contigo mi vida. ¡Corre, preciosa!” . Fueron las últimas palabras que Alicia me escuchó decir. La encontraron la mañana siguiente en su casa sin vida. Los que la encontraron pensaron que llevaba semanas muerta.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Último Asalto


La lona lo llamaba. Tiraba de él, como si de un gran imán se tratara. Era el último asalto. El último. El timbre de la campana fue casi inaudible, solo una sutil y distante llamada por encima de un zumbido agudo constante en su cabeza que le dificultaba la concentración. Sin duda el oído estaba tocado. Pero a estas alturas a quién le importaba. A nadie. Diez segundos entrados en el asalto, recibió un fuertísimo gancho de derechas del campeón. El cerebro se agitó en su cráneo y la lona volvió a tirar de él. Las cosas se le tornaron borrosas y comenzó a sucumbir a la llamada de aquella superficie azul. Solo veía el azul mientras caía lentamente hacia delante. ¿Qué tenía el azul, que todas las lonas de los cuadriláteros del mundo eran de ese color? El azul le recordaba al mar que bañaba su pueblo natal donde había tenido una infancia tan feliz. Y había decidido tomarse un último chapuzón en ese mar azul y recordar la ternura e inocencia de su corta etapa allí. Y entró de cabeza y le rodearon las burbujas. Cuando éstas le dejaron ver pudo observar un banco de pececillos junto al pilar de madera sumergido del embarcadero. Subió para coger aire. El aire era puro y limpio. Subió por la escalera del embarcadero como había hecho tantas veces. Caminó por él observando el pequeño pueblo pesquero que le había hecho. Caminó por sus calles estrechas llenas de color. Todo seguía igual. Notó una mano en su hombro.
- Hola chico.
- Hola señor Smith. Ha pasado mucho tiempo.
- Si Dylan, pero nunca me olvidaría de mi mejor alumno. No debiste dejar el colegio pequeño. Habrías llegado lejos.
- No lo dejé por gusto Sr. Smith. Mi madre, mis hermanitos, me necesitaban…
- Lo sé. Siento lo de tu padre chico. Tuvo que ser muy duro. Que el mar se lleve a un compañero pescador es duro para todos nosotros.
- No les podía dejar. Yo me convertía en el hombre de la casa con todas sus obligaciones. Por eso comencé a trabajar de mozo en el puerto.
- Sólo tenías trece años.
- No se preocupe por mi sr. Smith, míreme ahora. Soy un buen luchador, tengo fama, dinero, una mujer y un hijo…
- Si chico, pero no eres feliz. ¿Por qué si no vuelves por aquí?
- Adios Sr. Smith.
- Hasta siempre chico.
Escuchó como el árbitro contaba “¡ Cuatro, cinco, seis…!” Abrió los ojos. Primero vio el azul de la lona. Luego los pies de su contrincante. Luego miró al público. Todos en pie gritando que se levantase, pero ya no oía nada más que el zumbido en su cabeza y los números gritados al oído por el árbitro “… siete …”.
Y una vez más se vio en pie frente al campeón y el público se volvía loco.
Almacenó fuerzas y lanzó sendos crochets con la izquierda y la derecha respectivamente que hicieron adoptar una postura defensiva al campeón. El público no dejaba de rugir y animar a su favorito. El campeón devolvió un golpe en los abdominales que dobló a Dylan y le hizo retroceder. El campeón se lanzó hacia él con jabs, directos y todo su listado de técnicas. Le llovían los golpes por todas direcciones y no hacía más que defenderse y retroceder. Finalmente topó con las cuerdas. Unas cuerdas que no eran ásperas como las que había conocido al principio. Unas cuerdas limpias y suaves. El campeón levantó el puño derecho, apuntó a la cara de Dylan y lo disparó contra él. En ese momento Dylan cerró los ojos, y cuando los abrió… vio a Rob, su primer entrenador, lanzándole un directo con la diestra que consiguió esquivar con soltura. Ya no había público. Ya no estaba el campeón. Estaba en el viejo gimnasio donde había comenzado a entrenar en serio. Le había traído a la gran ciudad Rob, una vieja gloria del boxeo local que ahora se dedicaba a sacar a niños pobres de la miseria enseñándoles una profesión como luchador. No cualquier niño era apto. Rob había ojeado a Dylan en las peleas clandestinas que se montaban en el puerto pesquero donde éste trabajaba. El niño era un fenómeno con los puños y de esta manera sacaba un dinero extra para su malparada familia.
- Ya esta bien por hoy Mula. - Rob llamaba Mula a Dylan por los trabajos que éste desempeñaba, tanto en el pueblo como ahora, en la gran ciudad. Decía que no era más que una mula de carga y a Dylan no le importaba.
- ¿Cómo estás Rob?
- Estoy contento Mula. Te has convertido en un gran luchador. Estoy muy orgulloso de ti.
- Es todo gracias a ti.
- No chico. Tu lo valías desde el principio. Yo solo te enseñé los trucos.
- Me los enseñaste muy bien.
- Debe ser verdad, mírate ahora, luchando por el cinturón de campeón. Es increíble.
- Pero creo que no soy feliz Rob.
- Ya lo sé Mula. Lo he notado.
- Cada vez que consigo algo, pierdo otra cosa. No puedo compartir mis triunfos con la gente que amo. Tú por ejemplo, ¿Por qué te fuiste? Por qué tuviste que morirte. Tenías que verme triunfar.
- Era viejo Mula. Los viejos, morimos…
- ¿Y papá? ¿Y mamá? ¿Eran viejos? ¿Y la pequeña Betrys y el pequeño Owen? ¿Acaso eran viejos ellos?
- Calma Mula. Ya sabes que a tu padre nunca le conocí. Y que sentí tanto como tú la muerte por cáncer de tu madre, fue una pérdida trágica. Pero no tenía ni idea de lo de Betrys y Owen. Dios bendito, ¿que les pasó a las pobres criaturas?
- Pasó después de tu muerte. Caminaban por la ciudad con la niñera que había contratado para cuidarles. Caminando por la ciudad tranquilamente. Venían al combate que me proclamó campeón del condado. Era solo un paseo desde casa. Un coche descontrolado chocó con una farola que golpeó a varios viandantes cercanos. Hubo dos muertos…
- Lo siento Mula. No tenía ni idea. Pero no te machaques por ello. Piensa en tu mujer y tu hijo.
- Mi mujer me ha pedido el divorcio. Dice que mi depresión junto al mundo del boxeo no es bueno para nuestro pequeño.
- ¡Zorra asquerosa!
- No Rob, está bien, ella tiene razón. Creo que es mejor que se alejen de mí antes de que les ocurra algo a ellos también.
- Muy bien Mula, como tu digas. Pero ahora concéntrate en el combate, tienes que ganarte un cinturón de campeón del mundo chico. Ponte recto, reacciona, dale fuerte, por los tuyos…
Por ti Rob…
Echó una última mirada a aquella sala sucia que olía a humanidad, con ese cuadrilátero de madera, lona desgastada y cuerdas ásperas y cortantes que dejaban marca cuando rebotabas contra ellas. Cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos pudo ver el puño derecho del campeón directo hacia su cara. Una esquiva efectiva, de aquellas que le había enseñado el viejo Rob, y un buen gancho de izquierdas, marca de la casa, desestabilizaba al campeón que cayó al suelo. Pero rápidamente se puso en pie de nuevo y frente a él. El público explotó. “Éste es el último asalto… Mamá, papá, Betrys, Owen, Rob. Melinda mi amor, Owen jr, ,mi pequeño, observad todos esto. Voy a ser campeón del mundo.”


DGF

sábado, 1 de agosto de 2009

Historia fría



Aintza decidió poner fin a su vida esa gélida madrugada. Llevaba ya incontables noches durmiendo apenas unas horas. Ricardo, a su lado, dormía profundamente. Desde que él se sinceró con ella y le dijo acerca de la aventura que mantuvo con la pescadera, todo había cambiado. Sentía el frío del vacío; ese regusto metálico que se siente en la boca, se infiltra en tu garganta y baja a lo largo de toda tu tráquea hasta llegar al estómago para retorcerlo con fuerza; esa sensación de sed que uno sabe que se apacigua con agua, pero que no se marcha.
En sus insomnios buscaba el momento en que ella había dejado de tener control sobre su propia vida; entonces le vino a la mente su decimotercer cumpleaños. Su madre le organizó una multitudinaria fiesta de aniversario con payasos, globos de colores por toda la casa, serpentinas, juegos... A la fiesta asistió Dídac, el hijo mayor de la casa vecina, en presencia del cual, Aintza, se ponía nerviosa. En el pastel de frutos rojos se leía en chocolate: “A mi pequeña Aintza, en su decimotercer cumpleaños. Amor, Mamá”. Estirada en su cama, con los ojos abiertos fijados en el techo blanco, la recordaba vivamente llegar sonriente, con su ceñido vestido rojo y sus finos labios a juego, sus delicados pasos sobre altos tacones negros, la bajada de la araña de la sala central, y las velas iluminándole sus ojos verdes emocionados mientras cantaba el horrible “Cumpleaños feliz” a coro con los demás, que también se mostraban ridículos en medio de todo ese circo. Aintza se sintió tan avergonzada que salió corriendo y, desde ese día, sólo había deseado una cosa: Crecer, y había corrido tanto que se encontraba ahora agotada, con 32 años, y sin saber quién era ella en realidad.
Veía toda su vida actual como si ella fuera un personaje que protagonizaba —mejor dicho, actuaba— en una película. Estudió derecho porque así lo deseó su padre, un padre que apenas aparecía en casa más que para dar órdenes y traer inútiles regalos de sus infinitos viajes. Luego estaba su relación con Ricardo, también fruto de las circunstancias, la educación, y el círculo social. Con él vivía desde hacía tres años, aún preguntándose qué era el amor, ese amor que soñaba sentir desde niña y que quería descubrir. Apartó las sábanas de franela blancas y, descalza, fue al lavabo contiguo al dormitorio. Abrió la puerta del armario con cristal que había sobre el lavamanos de mármol y del estante de arriba, cogió las tijeras, la cuchilla y la maquinilla de Ricardo. Salió con el raso negro indicando sus movimientos hacia el pasillo, bajó por la escalera de caracol hasta el segundo piso con todos los bártulos presionados en sus manos y las lágrimas desgarradas circulando por su piel.

Se colocó frente al espejo del cuarto de baño de invitados. Se observó fijamente durante unos minutos y volvió a ver, en sus rasgados ojos negros, la fuerza. Cogió las tijeras y un mechón de su largo pelo ceniza y lo cortó. Y así, uno tras otro, los restos de pelo iban quedando sobre la cerámica índigo. Cuando tuvo su larga cabellera lo suficientemente corta, se pasó la maquinilla de Ricardo, colocada en el número dos. Se dio una larga y exfoliante ducha y se depiló. Después, se dirigió al vestidor donde se puso un jean y un jersey de lana negra; cogió su pequeña maleta roja de piel de cocodrilo y la rellenó con algunas cosas. Volvió arriba. Ricardo seguía dormido. Pasó al baño y llenó su neceser. En una mochila, puso algunos blocks y pocos libros. Bajó a la cocina, dejó sus llaves y una nota sobre la barra americana. Luego, cerró la puerta tras de sí, sin mirar atrás.

Empezaban a mostrarse grisáceos amarillentos en el cielo mientras se dirigía a la estación de trenes. Caminaba meditativa. Llegó a la gran puerta roja de la estación. Había bastante movimiento a pesar de la hora temprana. En su horizonte, un montón de ventanillas donde se vendían billetes para corta y larga distancia. De las siete ventanillas destinadas a los largos recorridos, todas estaban ocupadas excepto una, hacia la cual se dirigió con paso firme.
Pidió un billete al soñoliento empleado; le indicó que no le dijera el destino, que sólo le diera un billete con el trayecto más largo que tuviera en su recorrido. El empleado la miró con asombro, pero así lo hizo.
—Vía 11 —le dijo—. Sale dentro de una hora. Qué tenga un buen viaje.
Tras darle las gracias, paseó durante un rato por la estación; algunas tiendas de objetos de regalo, revistas y libros, un estanco, un puesto de desayunos… Entró en un bar que, para ser un bar de estación, se mostraba bastante acogedor. Entró y pidió un café americano al enorme camarero. Éste, con una amplia sonrisa, se lo llevó a la mesita redonda donde ella se sentó. Sacó un cigarrillo de su bolso y disfrutó de su último desayuno en Madrid mientras observaba los paseantes a través de un gran ventanal. Pagó y salió, dirigiéndose a los andenes que se abrían bajo la escalera mecánica. Se dirigió hacia la vía 11 y se sentó en un banco. Cogió su diario y, al abrirlo, se dio cuenta de que nada cambiaría. Pensó que su vida ya estaba escrita. Cuándo se acercó el que debería ser su tren, se arrojó.


Sentido imperdible

Shakespeare la cautivó una vez más. A pesar de que Hamlet era una obra que ella conocía en profundidad a través de los libros y películas, volvió a sorprenderla. Era la primera vez que Elia veía una representación teatral de dicha obra y se sentía embriagada de poesía. Caminaba ya hacia su casa. La calle olía a verano mientras la luna empezaba a decrecer entre las nubes. Al llegar encendió su ordenador. Imposible dormir. Quería más poesía. Navegó hasta Julio Cortázar y encontró esto: “Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire vagamente la pared, olvídese. Cante una sola nota, escuche por dentro. Si oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo con hogueras entre las piedras, con siluetas semidesnudas en cuclillas, creo que estará bien encaminado, y lo mismo si oye un río por donde bajan barcas pintadas de amarillo y negro, si oye un sabor de pan, un tacto de dedos, una sombra de caballo.”
Fue al vestidor para desnudarse y vio el espejo ovalado que ocupaba la pared. Intoxicada como estaba de la locura del adorable Hamlet y sedienta de aventuras, con su cuerpo ya bajo el camisón, retiró la cómoda, se calzó unas botas negras, y cogió un martillo de la caja de herramientas. Se miró al espejo durante unos segundos y vio sus ojos negros como salidos de órbita; reconoció a Hamlet y escuchó las palabras de Cortázar como un susurro cercano. Entonces golpeó al centro del cristal y éste se quebró formando una tela de araña. La habitación cobró otra forma, distorsionada por los fragmentos irregulares. Dio otro golpe y cayó algún añico de cristal al suelo. Obtuvo una nueva habitación a través del espejo, que también fue otro. Dejó el martillo y dejó caer los brazos. Miró la pared. Intentó olvidarse. Cantó una nota, y esperó. Al cabo de unos largos minutos oyó. Oyó a una señora y a un señor conversar, y el ruido de unos cubiertos sobre platos. “¿Estaré bien encaminada?”, se preguntó. Pero siguió oyendo, y con el oír, vino el ver. Vio un gran comedor, con una mesa ostentosa y rectangular, cuatro comensales y dos sirvientes. Ni rastro de hogueras, ni ríos, ni caballos. Pero sí oyó el sabor del pan. La señora hablaba al anciano sobre tiempos pasados. El anciano parecía perdido y aturdido. Debía pasar los setenta años. La niña, de unos cuatro, estaba concentrada en su plato de sopa. El marido se acomodó las gafas y tomó la palabra para seguir dirigiéndose al anciano. El anciano apenas pronunciaba palabra.
Estábamos preocupados retomó la mujer. Desde la muerte de Ana, (la mujer del anciano), algunos dijeron que te habías vuelto completamente loco. Nosotros no podíamos creerlo. Incluso llegamos a escuchar que en algunas ocasiones la policía había tenido que acompañarte a casa porque ya no sabías ni dónde se encontraba. Un reconocido psiquiatra como tú… era imposible. ¡Qué alegría encontrarte hoy en el parque!
El anciano asentía y sonreía, iba y venía en su letargo. Pero ellos, alterados por sus propios discursos, no podían ver más allá de sus palabras ni de su escogida realidad. Terminaron de cenar y pasaron a otra sala, repleta de libros. La mujer caminaba bien erguida sobre sus tacones negros. Juliette, la angelical niña de bucles dorados, obtuvo permiso para salir un rato fuera. El marido ofreció una copa al anciano. El anciano se acercó a una ventana desde la cuál se veía una enorme luna que empezaba a decrecer. Vio a la niña mecerse en el columpio y deseó estar bajo la inmensidad del cielo con ella. Estaba agotado de las formas y palabras de sus anfitriones. “Él único modo de salir fuera sería despidiéndome”, pensó. Pero la mujer insistió en que se quedara a pasar la noche; mandaría inmediatamente a que le preparasen una habitación. No pudo negarse. Se disculpó, manifestando un ligero mareo, para salir hasta el jardín. La niña seguía en el columpio. Él se sentó en el banco de madera que había bajo el porche. Juliette lo llamó para que se acercara. “¿Quieres mecerme un rato?”, le dijo. El anciano empezó a balancearla y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió plenamente en sí mismo. Vio toda su vida pasar con el vaivén del columpio. Tuvo lucidez suficiente para comprender que el gran amor y aliado de toda su vida, su mente, estaba abandonándole. Apareció la madre diciendo a Juliette que era hora de ir a dormir. La niña se despidió de los mayores con una dulzura y naturalidad exquisitas. Subió corriendo hasta su habitación. Antes de desvestirse, abrió el primer cajón de la cómoda y sacó una caja azul. La abrió. Contenía decenas de imperdibles. Escogió uno. Escuchó unos pasos en el pasillo, entreabrió la puerta de su habitación y comprobó que, efectivamente, era el doctor. Salió sigilosa y de puntillas y le dio un imperdible esmaltado en blanco, con una cruz minúscula que ella misma había pintado. “Para que no vuelvas a perderte”, le dijo en susurros, con sus ojos azules clavados en los azules de él. Le sonrió, y volvió a su habitación. El anciano permaneció aún un rato en el pasillo, observando el hermoso objeto. Luego fue hasta su habitación. Las luces de la casa empezaron a apagarse hasta sumirse en un silencio y oscuridad apacibles.
Elia, dejó de oír. Volvió a su actual espacio, su vestidor ofrecido por los fragmentos de cristales rotos. También a ella le vino el sueño. Se dirigió a su cama sonriendo, pensando que al fin había comprendido el sentido del nombre imperdible con el objeto asociado a dicho nombre.