lunes, 16 de junio de 2008

MIGUELITO


Comencemos con la trágica historia de Miguelito...
Cuando Miguelito era pequeño había vivido una situación traumática.
Fue cuando tenía diez años y vivía con su madre y con su padre en una de esas viviendas de protección oficial al sur de la ciudad. Vivían en un quinto con hermosas vistas al descampado de detrás del edificio seguido de la siempre bulliciosa y ruidosa autovía. El descampado en cuestión estaba lleno de escombros de las obras de los vecinos, basura de todo tipo, una furgoneta abandonada y una ración o dos de la clásica jeringuilla aquí y allá. Cuando llovía aquello se ponía terrible. Se convertía en un barrizal con varios “estanques” en ciertos puntos.
La noche anterior había llovido, y mucho. Naturalmente a Miguelito y a sus amigos del barrio les encantaba esta oportunidad de ponerse perdidos y después poner toda la casa perdida, y no tardaron en ponerse las botas de goma, los chubasqueros y correr al descampado. Los padres de Miguelito no se preocupaban ya que se controlaba a los tres niños chapoteando en los charcos desde la ventana.
Jugaban a ser exploradores explorando un nuevo planeta con ayuda de sus super-trajes anti-agua que les permitía caminar por esa extraña superficie.
De repente a Miguelito se le quedó una bota atascada en el fango y al levantar la pierna sacó solo el pie con el calcetín colgando de la puntera y volvió a meter el pie desnudo en el barro. Oscar y Jaime, sus dos amiguillos se partieron de risa, exagerándola con malicia como hacen los niños, para humillar a Miguelito.
En ese momento se oyó un gran estruendo proveniente de la autovía justo a sus espaldas y cayó del cielo un coche del revés aplastando sin remedio a Oscar y a Jaime, arrastrándose después unos quince metros más dejando un camino rojo sobre el fango y nubes rojas en los charcos.
Miguelito no se movió...El barrio entero no se movió...
Cabezas en las ventanas, cuerpos en los balcones, coches parados en la carretera... Los padres de miguelito también miraban en estado de shock .
Hubo un instante, solo unos segundos, de silencio. El tipo de silencio que paraliza las cosas.
El coche con las ruedas apuntando al cielo empezó a echar humo por el motor y a hacer el ruido de una tetera cuando el agua hierve. Del portón de atrás, bastante dañado, empezó a emanar, muy lentamente, un líquido muy muy espeso de un color blanco impoluto que contrastaba mucho con los colores de aquel cuadro. Lentamente cayendo por los vértices de vehículo y resbalando al suelo juntándose con el rojo pasión, formando pequeños regueros en él.
Parecía que el planeta extraño que exploraban los tres niños se había hecho realidad. La misión iba a tener que abortarse ya que un objeto volador no identificado había causado dos bajas en la compañía. El líquido blanco y espeso bien podía ser la sangre del ser extraterrestre que pilotaba la nave.
Miguelito seguía inmóvil, con los ojos muy abiertos pero con una mirada inexpresiva y con un pie desnudo aún metido en el frío barro.
Ahora corrían todos los que se hallaban en la zona a socorrer al niño y a los accidentados. Iban acercándose a la zona del incidente por todas direcciones de una forma lenta y torpe por culpa del barro y los charcos. Parecían un montón de muertos vivientes arrastrándose hacia su nueva víctima.
Ya se oían las sirenas lejanas de ambulancias, bomberos y policía que venían al rescate.
El líquido blanco y espeso seguía brotando del coche y lentamente se desplazaba por la alfombra roja dispuesta para la ocasión, como si de una celebridad en los Oscar se tratara. Despacito, a trompicones, éste se encontraba ya a unos pasos de los tobillos de Miguelito.
Su padre, que había salido del estado de shock y que ahora se encontraba en estado de ansiedad, era uno de los zombies que corrían, despacito, a trompicones, hacia su hijo. Miró por un instante al coche que había causado la tragedia. Era una extraña visión: un vehículo, claramente de reparto, del revés, algo deformado y echando humo, seguido por una cola roja y blanca asemejándose a alguna bandera desconocida por él.
Se fijó por un instante en el lateral del coche.
Había algo pintado. Una marca y un slogan.
Pudo leer:

CUAJADAS IBÁÑEZ , ¡para quedarse cuajado!





D.G.F.

domingo, 15 de junio de 2008

Phillies

Parecía un lunes como cualquier otro, pero ese lunes iba a ser diferente. Salí del trabajo tarde y como solía hacer a veces, me fui a Phillies a tomar algo antes de ir a casa. Me senté en el taburete frente a la barra y pedí un café. Ni siquiera me quité el abrigo ni el sombrero. El camarero me preguntó si solo o con leche. “Solo”, le dije. Por el ruido de la cafetera me di cuenta que estaba algo estropeada. Aun así, vi como el café salía mientras el camarero aprovechaba esos segundos en los que caía el café para ordenar las tazas recién lavadas. Delante de mí, una pareja discutía acaloradamente. Él era un tipo viejo y parecía enfadado. Ella era rubia y muy sexy, y miraba al viejo con los ojos muy abiertos. No podía oír la conversación, aunque intentaba distinguir algunas palabras entre el ruido de la cafetera. Finalmente, cuando la cafetera dejó de hacer ruido y el camarero ponía la taza en un plato junto al sobre de azúcar, escuché a la rubia decirle al viejo “eres un cerdo”. Se levantó y rápidamente cogió su abrigo y salió del bar. Yo salí detrás suyo.

La mujer caminaba rápido por la acera mojada. Había llovido posiblemente en los escasos 5 minutos en los que había estado en el bar. Yo la seguía, intentando no resbalar con mis zapatos de suela gastada; hacía mucho que no me podía permitir unos nuevos. Nos íbamos alejando del bar por la larga calle, ella haciendo sonar sus tacones, yo tratando de guardar una distancia prudencial. Al final, la rubia se paró en seco y miró atrás. Yo también me paré. Me miró, mientras sacaba un cigarro del bolso y se acercó a mi sin apartar sus ojos de los míos.

- ¿Me da fuego, por favor?
- Sí, claro
Saqué el mechero de mi abrigo y encendí la llama. Ella acercó sus labios carmín hacia mi mano, se colocó el cigarro en la boca y lo encendió dando una larga calada. Exhaló el aire hacia arriba.

- Gracias – dijo.
Asentí con la cabeza.

- ¿Me puede decir por qué me sigue?
- ¿Yo? – balbuceé – Seguirla yo?

Se quedó en silencio.

- No es bueno que una mujer como usted ande sola por este barrio a estas horas.
- ¿Una mujer como yo? ¿A que se refiere? ¿Y qué le hace pensar que no sé donde estoy?
- Me refiero a que es usted joven y… este no es un barrio seguro. ¿Es usted de aquí?
- Tiene razón, no… no sé donde estoy. En realidad, no sé ni a donde voy.
- Si quiere, puedo acercarla a algún lado. Parece que va a volver a llover – dije señalando al cielo oscuro.
- ¿Y como sé si puedo fiarme de usted?
- No puede saberlo. Tendrá que fiarse o desconfiar.
- Me llamo Juliette – dijo tendiéndome la mano.
- Theodor – dije – pero puedes llamarme Theo.
- No tienes cara de llamarte Theo – sonrió.

Caminamos juntos dos calles hasta mi coche. Le abrí la puerta y ella subió de manera delicada, dejando entrever su corto vestido rojo pasión bajo su abrigo, ese vestido que cubría sus largas y perfectas piernas. Subí al coche y encendí el motor. Enfilé la larga calle en dirección al centro.

- ¿Una mala noche? – le pregunté.
- Mala
- ¿A dónde te acerco, Juliette?
- Donde tú vayas.
- Yo iba a mi casa.
- Pues llévame contigo.
- ¿Estás segura? Puedo acercarte donde quieras…
- No tengo donde ir, así que tu casa no me parece una mala opción.

De camino a mi apartamento, me contó quien era el tipo de la cafetería con quien había estado discutiendo. “Mi tío – dijo – mi maldito tío y tutor desde que mi padre murió. Me acababa de decir que se ha dilapidado mi herencia en un negocio. La herencia que mi padre me dejó, mi dinero”. Me contó que acababa de cumplir 21 años y que odiaba desde hacía tiempo a su tío. Ahora que ya podía disponer de su dinero y estaba decidida a largarse de casa, se veía sin blanca. Empezó a llorar. Le acerqué un pañuelo de la guantera, rozándole la rodilla casi sin querer. Ella se secó las lágrimas y permanecimos en silencio hasta que llegamos a mi casa.

En mi desordenado piso, le ofrecí un café que ella aceptó. No tenía azúcar ni leche, así que se lo tomó solo. Yo también me serví otro y fumamos. Mientras, empezamos a hablar de la vida, de mi divorcio, de que tras el juicio con mi ex mujer me había quedado en la ruina… y ella me escuchaba y asentía con la cabeza.
- Somos un par de estafados por nuestra familia- dijo Juliette.
- Yo no tengo familia – le respondí.
- Pero tendrás amigos…
- Un par de compañeros de trabajo. Apenas tomo alguna cerveza con ellos de vez en cuando y poco más
- Bueno, Theo, ahora tienes una amiga.

Se acercó y me cogió la cara entre sus manos. Me besó y me siguió besando. Yo también la besé y la acaricié, pero acabé apartándome de ella.

- Juliette, no creas que no me gustas, pero esto no está bien.
- ¿Por qué? – me preguntó extrañada.
- Míranos – señalé a un viejo espejo que tenía en la pared, justo enfrente nuestro- tú eres joven y guapa y yo… te doblo la edad. El mes que viene cumpliré 54.
- Pero… ¿y eso qué importa?
- ES mejor que nos vayamos a dormir. Yo lo haré en el sofá. Allí está mi habitación. Tranquila, las sábanas están casi limpias.

Juliette no dijo nada más. Con un tono muy seco, me dio las buenas noches y cerró la puerta de mi cuarto de un portazo.

Por la mañana, cuando el sol entraba ya por la ventana, me desperté de un sueño muy profundo. La puerta del cuarto estaba entreabierta. Juliette no estaba dentro. Se había marchado, no supe a qué hora, no la escuché salir. Entré en mi habitación y vi mis cosas revueltas. Entre ellas, sobresalía la foto de Nina, mi hija a la que hacía años que no veía, mi niña de 20 años. Y pude imaginarme a Juliette corriendo escaleras abajo.

Lintontown

Cuenta una leyenda urbana que bajo el suelo de cualquier ciudad se extienden otros cientos de ciudades, tenebrosas, sucias, oscuras, malolientes y llenas de gente a la que es mejor no tratar. Un día, yo descubrí una de ellas. Era miércoles y el metro iba a reventar, como cada día laborable en Unán. Sin que nadie supiera el porqué, el convoy en el que iba, se detuvo en mitad del túnel. Estuvimos allí casi 10 minutos hasta que desde megafonía escuchamos la voz del conductor que nos anunciaba que estaríamos allí al menos una hora más, que había un problema con el motor y que estaban esperando a los bomberos. Recuerdo que también dijo que los pasajeros teníamos dos opciones: quedarnos dentro del metro y esperar la ayuda que vendría más tarde o bajarnos e ir caminando a lo largo de la vía hasta el apeadero de Lintontown.

No había oído jamás hablar de ese apeadero. Ni yo ni ninguna de las 57 personas que íbamos en aquel vagón. Nos mirábamos con cara extrañada. Nadie parecía entender ni mucho menos moverse. Menos una chica de ojos verdes intensos. Me cogió del brazo y me dijo “bajémonos! Aquí no hay mucho que hacer menos esperar”. No sé si fueron los ojos o el tacto de su mano en mi brazo dolorido por un accidente reciente, pero le hice caso sin decir una palabra.

A los dos minutos de andar por la vía que se clavaba en mis viejas zapatillas y por extensión, en mis pies planos, llegué al apeadero. Lo primero que ví fue la oscuridad. No había luz que lo alumbrara salvo un pequeño fluorescente que parpadeaba, con ese efecto que daña la vista y los oidos. BRSSSSSSSSSSSSSS, BRSSSSSSSSSSSSS… También me di cuenta pronto que olía muy mal, a restos de orín y comida que alguien había tirado al suelo. La chica de los ojos verdes cogió una bolsa que había debajo del único banco de madera roñosa que había en el apeadero.

- Una hambuguesa!!! Genial, no me ha dado tiempo a desayunar.Y antes de que yo mismo fuera capaz de ver que realmente era una hamburguesa lo que había dentro de la bolsa de papel, se metió en la boca un trozo de carne.

- ¿Pero qué haces? No te comas eso, no sabes de donde viene.

Era tarde. La chica de los ojos verdes se comió la hamburguesa sin parpadear. Mientras el mal olor penetraba incesantemente en mi nariz, la oscuridad en mis ojos y el zumbido del fluorescente en mis oídos, unas nauseas me hicieron tener unas terribles ganas de vomitar.

- Tranquilo, morenito, que la hamburguesa no estaba mordida. Por cierto, me llamo Nia.Me extendió la mano, la misma que me había rozado instantes antes en el metro. La miré y la estreché con desconfianza. Ella aprovechó para empujarme hacia sí.
- Apuesto a que ésta es la mayor aventura que has corrido en tu vida, eh, morenito?
- No me llamo morenito. Soy James.
- Jim?
- No, Jim no, James.
- Apuesto a que ésta es la mayor aventura que has corrido en tu vida, eh Jim?

Me di cuenta de que no me escuchaba cuando una décima de segundo más tarde corrió hacia una puerta a nuestras espaldas. La empujó hacia adentro y desapareció, dejándome atrás, todavía con nauseas y descolocado. La seguí. Ya que había bajado en ese apeadero y no sabía cuanto tardaría el próximo tren en pasar, no iba a quedarme allí más rato. Además, tenía que salir a la calle para intentar llegar a mi trabajo caminando. Pero no sé por qué, aquello era lo que menos me importaba.

Entré detrás de Nia. La puerta daba a un tenebroso bar en el que apenas distinguía nada. No había nadie, estaba abandonado.

- Jim, ¿quieres un café? – Nia sacó la cabeza de detrás de la barra.- Por dios, qué susto. No, no quiero nada.- Vamos, Jimmy, un cafelito sólo, tomátelo conmigo anda. ¿O acaso tienes algo mejor que hacer?- Tengo que ir a mi trabajo.- ¿A qué te dedicas?
- Soy arquitecto- mentí.- ¿Arquitecto? ¿Y tu maletín? Pensaba que los arquitectos siempre llevaban maletín.- Todo lo que necesito lo tengo en mi despacho.
- Jimmy, Jimmy… no se te da muy bien mentir. Anda, siéntate.

A tientas, alcancé una silla. De pronto, una cegadora luz iluminó la sala.

Una barra enorme, llena de polvo y líquido pastoso, estanterías desprovistas de todo, cajones, sillas, mesas polvorientas, una fregona tirada en medio del suelo, una cafetera antigua, medio oxidada y poco más… Nia había dado la luz y se disponía a preparar un par de cafés.
El ruido de la cafetera era ensordecedor. Nia hablaba a gritos, explicándome cosas que me eran complicadas de descifrar.

- Sé que no eres arquitecto, Jimmy, pero ya me lo contarás cuando quieras. Sabes a que me dedico yo? Soy bailarina. Danza africana. Sí, un día de éstos te haré una exhibición. Te encantará.
Vino a mi lado, con dos cafés en la mano. Yo no era capaz de tomar ni un sorbo, pero ella casi me obligó.

- No he encontrado azúcar, pero está bueno – dijo tomando un sorbo.- No gracias, no… no me gusta el café.- Oh, Jimmy, de nuevo mintiéndome? Pruébalo, va…- No, de verdad.- TOMATE EL CAFÉ! – gritó – por favor – susurró.

Le di un sorbo. Estaba caliente pero no abrasaba, y, pese a que estaba amargo y la taza sucia, no sabía mal del todo. Se podía decir que el café me entró bien al cuerpo, dándome una cierta sensación de tranquilidad. Entonces, Nia me acarició la mano de nuevo y luego el brazo. Volví a sentir la misma sensación escalofriante que en el vagón de metro. Clavó sus ojos verdes en mi mirada oscura.

- Estamos en Lintontown, Jim. No sabes qué hay ahí fuera, verdad? No puedes ni imaginarte lo que hay ahí fuera. No puedes saberlo, tú, un simple peón de la construcción, que sueña con ser algo que jamás será. No, Jimmy no, no sabes qué clase de gente vive ahí fuera. Gente de la peor calaña, ladrones, estafadores, violadores, hombres que pegan a sus hijos, mujeres que prostituyen a sus hijas, asesinos psicópatas y de los que matan por odio… hace mucho frío, las calles están sucias, la comida rancia, el aire está contaminado, el dinero está manchado de sangre y no te puedes fiar de casi nadie. Pero todo lo malo de Lintontown no es importante. En esta ciudad, todas las personas son libres y nadie te hará daño siempre y cuando te mantengas fiel a tus principios y objetivos. ¿Sabes cuales son los míos? Abrir los ojos a gente como tú, muertos en vida en cárceles de cemento como tu ciudad. Decirles lo que necesitan oír aunque me chillen a gritos otra cosa. Descubrirles que pueden ser felices siendo lo que quieren ser y no siendo lo que tienen que ser.

Un ruido me hizo girar la cabeza. Era el sonido de un tren.

- Viene el tren, Jimmy. Tienes dos opciones. Seguirme por Lintontown o subirte en este metro y seguir siendo James.

Dudé unos segundos. Miré su mano extendida que me animaban a seguirla, las luces del metro entrando en el túnel del apeadero. Lintontown, Unán… mi cabeza me dio tres vueltas de campana y cogí su mano para seguirla en la mayor aventura que he corrido en mi vida.

Juego de ojos

Qué contar… ¿la realidad, las fantasías, los sueños, la verdad?
... Un viejo y querido amigo decía: “en la vida he sido muchas cosas: he sido realista, también comunista y socialista, hasta he sido existencialista y soñador. De todo ello lo único que realmente me ha servido para algo, en esta vida, ha sido eso último”. Hoy lo recuerdo mientras camino y recorro las calles de esta ciudad ajena, ensimismado pensando en aquella frase y me pierdo entre ideas, palabras y personas extrañas sin ser conocido o sentido y me pregunto… ¿cuáles son mis sueños?

Soy reportero gráfico de un periódico local y me dirijo al bar de siempre, el suelo está mojado y los brillos de las luces reflejadas en los adoquines me permiten perderme entre pensamientos. Me siento como atascado, inconforme, deforme, incomprendido…. Entro al local como un autómata extraviado entre sus propios textos e imágenes. Tropiezo con alguien al entrar… Mi padre siempre me decía ¡deja de ser tan elevado!… Me despierta un suave olor a rosas que se aleja corriendo tras ella bajo una leve llovizna que dibuja sus pasos que se pierden al voltear la esquina. Ya dentro del bar el ambiente está más templado. Veo rostros desconocidos sumergidos entre el humo de sus cigarros y el café, y pienso este sitio siempre me ha gustado, nunca vienen los mismos, todos están de paso: como las palabras de un texto de revista que se ojea en el metro. Miro alrededor. Las paredes y los objetos están cubiertos de imágenes fotográficas de los visitantes del lugar…. pero son imágenes sin marco, un encuadre se confunde y se funde en el otro, y en el centro de ellas, siempre… la mirada concentrada de quien descubre tarde una foto robada. Una decoración así es inimaginable, es auténtica. Cada día al entrar, me pregunto ¿cómo lo habrán hecho?, ¿cuánto habrá costado? Y que técnica habrán utilizado… Me siento en mi mesa junto a la ventana y ella se acerca sonriente y amable, como pocos en estos días extraños… me saluda con sus ojos mientras pasa con otro pedido – Simón ya te traigo tu cerveza – le devuelvo la sonrisa, el juego de ojos está planteado de nuevo y justo ahora recuerdo aquella maldita frase… ¿cuáles son mis sueños?

… Parece que de ellos regreso y me encuentro atrapado entre paredes visibles e invisibles, inventadas por mis vecinos, para canalizar el ir i venir de las gentes y los coches, dirigir su caminar mientras sueñan despiertos, andando… y por fin he llegado aquel bar imaginado. Me siento en la mesa de siempre, como todos los días, y aquella guapa mecera me trae la cerveza. Ahora puedo pensar tranquilo y sin distracciones, en el que contar… abro la libreta de apuntes, coloco suavemnete la punta mi lapiz en ella y escribo…

Simón es reportero gráfico de un periódico local camina entre pensamientos hacia su bar de siempre, el suelo está mojado y el brillo de las luces reflejadas en los adoquines, parece alimentar su imaginación entregandole imágenes abstractas llenas de contenidos, recuerdos e ideas. Se distrae más a cada paso, se ensimisma, se contrae en un rostro impenetrable. Caen las hojas, es otoño. Cambia de ritmo, mira al cielo, observa sus propios pasos. Choca con un puesto de mercado de la Rambla, pero continúa a pesar de que el dueño del local le indaga: y a ti ¿que te pasa? ¡tio!.... sin detenerse y percatarse de nada, levanta levemente la barbilla y olfatea en el aire el suave olor a rosas que, al ser derramadas en el suelo, son pisoteadas por la gente al pasar marcando los miles de pasos de los paseantes que le siguen. Luego entra en el bar, allí el ambiente es más acogedor. Se sumerge entre el humo de los cigarros y el café. Ahora se le nota agusto su rostro lo advierte, se ha desencogido, mira alrededor, no ve a nadie conocido pero… así es mejor, seguro.

El lugar es maravilloso, las paredes y los objetos están recubiertos de imágenes fotográficas de aquellos que han visitado el lugar. No se percibe claramente donde empiezan y terminan, se confunden y se funden una en la otra, y en el centro siempre la mirada ensimismada de quien mira perdido en sus pensamientos un punto fijo, en un infinito lleno de pensamientos.

Cada día al entrar se sienta en la misma mesa junto a la ventana y ella se acerca sonriente y amable, como pocos en estos días extraños… el le saluda con los ojos mientras escribe en su libreta ¡quién sabe que! … Sofía, la mesera le dice – Simón ya te traigo tu cerveza – el le devuelve la sonrisa, y continúa con sus textos mientras pasa página en aquella vieja libreta en la que apunta todo.

Ahora la cerveza está sobre la mesa y puede verse como las burbujas suben una tras de otra mientras desliza su lápiz capturando sus sueños que uno a uno se dibujan en forma de texto sobre el papel.

Sofía se acerca de nuevo con unas aceitunas y me sirve lo que queda en la botella. Es tan suave su mirada, es tan profunda su sonrisa que el saberla en tal proximidad me vuelve loco y me hace perder el ritmo de todo cuanto hago, escribir, pensar, soñar, y es mejor que ni intente pronunciar palabra. No vaya a ser que diga algo que no me pertenezca. Miro el vaso y justo ahora cae la última gota de cerveza en el, mezclándose y perdiéndose. Levanto la vista y veo dibujada en su rostro aquella sonrisa. Pero sus ojos están sobre el papel y lo que escribo. Y va cambiando el tono de su mirada y sus facciones se extrañan mientras profundizan en el texto. Muevo mi mano sobre la libreta para ocultar mis palabras, pero es tarde.

Sofía quiere ver lo que escribe, a llevado aceitunas a la mesa y ha visto algo allí que no le deja moverse. Es su nombre combinado entre otras palabras y quiere saber la razón por la que ahora ella pertenece a los pensamientos de Simón. Están congelados, estáticos… no se pronuncia palabra, pero ella quiere leer y él tiene la mano sobre la mesa ocultando la realidad, las fantasías, los sueños, la verdad…

Para mi sorpresa Sofía coloca suavemente la botella vacía sobre la mesa, me mira a los ojos con dulzura mientras se sienta a mi lado. Pone su mano derecha sobre mi rostro, acerca el suyo y me da un beso cortito e intenso pero tierno. Luego, mirando fijamente a mis ojos, me pregunta en ese tono que no da posibilidad de evasivas - ¿Simón que escribes en esa libreta? -

Esto si es una pipa

Un destello, un estallido, un golpe y estoy de nuevo en ese lugar al otro lado. Lejos de mi, fuera y dentro de todo… como si estuviera en mi propia mente, me reflejo en mis pensamientos y me dispongo al espacio que me rodea. Ahora no se donde estoy ni donde comienzan y terminan las cosas. Lentamente visualizo mis manos, el fondo no existe todavía, enfoco pero no percibo el entorno.

Es un espacio vacío, pero se que algo me contiene, estoy seguro aunque nada se ve, es una sensación. El lugar está delimitado por paredes y algunos objetos que voy reconociendo con mis manos, pero todavía no veo nada hacia el fondo, solo mis manos que recorren las cosas que toco. ¡Ahh! esto es una mesa estoy seguro, es pesada, no puedo moverla, está suave y fría, debe de ser de metal ¿o tiene un vidrio?… la recorro buscando una silla. Debe estar cerca, necesito sentarme y esperar… no encuentro nada ¿por qué? … me alejo de la mesa pero con miedo, a tientas, no tengo referencia, nada más mis manos. No escucho nada, ¡este maldito silencio!… retrocedo encuentro de nuevo la mesa, la golpeo con los nudillos pero suave, no vaya ser que la rompa. Suena un eco corto y seco, es un espacio amplio, de eso estoy seguro… tampoco debe haber muchas cosas pues no tendría este eco sordo. Definitivamente no me gusta el estado de incertidumbre que me provoca el viajar de esta forma.

La sustancia que me inyectaron está siendo asimilada por mi cuerpo, lo denuncia este sabor amargo y pastoso en mi boca. Poco a poco se me va haciendo visible lo que me rodea. ¡Si, es una mesa! Y tengo traje. La ventana está a mi lado derecho, hay unos documentos en la mesa, parece un salón, un gran salón de esos donde hacen juntas de negocios. Comienzo a escuchar con nitidez. Viene gente… ¡vamos!, manos a la obra. La puerta es grande de dos alas y está a mi lado izquierdo. Estoy a un extremo de la mesa y la silla principal está al frente, en el otro extremo. Sobre ella en la pared un gran cuadro, una pintura de un hombre mayor, con muy buena presencia… me acercaré.

¿Puesdes verlo? Es una pintura al óleo, es un retrato de un hombre ya entrado en años, de unos 70, 75, muy bien vestido. Está sentado en un sillón con un perrito de esos de compañía, de lo más ridículo, echado sobre un cojín de terciopelo rojo con acabados en oro. El señor tiene un gran bigote, ojos profundos, un traje esmoquin y una pipa encendida en su mano derecha… escucho pasos de personas que se acercan es mejor que lo hagamos ahora, ya veré los documentos en cuanto pueda.

Es mejor que transfieran los datos, de inmediato, a mi cerebro. Inicien la transformación de mi interface e ingresen el registro multimedia necesario para expresión externa. Quedan pocos segundos… 5, 4, 3, 2, 1… ¡Argghhh! maldito dolor. ¡Ah, ah ah!

OK, el sistema está cargado. La tengo en mi mano… esto si es una pipa, huelo el tabaco, aspiro y exalo mientras van entrando mis nuevos... ¡ahora socios!
Simulación terminada exitosamente… ejem, ejem, ¡ejem!

¡Bienvenidos! … Señores, hoy es un día muy especial.

viernes, 13 de junio de 2008

El planeta del silencio

Hoy estuve revisando mis escritos viejos, aprovechando la tarde, el cielo, el clima solitario de la casa a la hora de volver del trabajo... mientras mi gata y mi perrita dormían, yo leía y recordaba, el primero que abrí del archivador de la pc, es éste... y quise compartirlo con ustedes porque no lo recordaba, y me recordó mucha belleza, por eso quiero ofrecerles éste escrito, que salió una vez de mi alma, y me trae sonrisas y me recuerdan lo bella que es la vida si uno sabe saborearla y aprender de los errores... para ustedes mis compis de literatura, éste relato viejo pero que me hizo sentir fresca y ver lo que pude crecer desde entonces hasta hoy.

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Cabalgando por el sueño de una mañana que acurruca entre sus sábanas todo el aroma de un beso que nunca saboreó pero que conoce de memoria. Se derriban una tras otra las paredes gruesas que encierran entre sus ladrillos los secretos del alma errante que vagó una vez por esas tierras tan repletas de dibujos que no terminan de comenzar ni terminar, porque son de aire, son de magia, y se transfiguran entre las hojas del libro del sueño. Se quedan entre esos pétalos desordenados las manos blancas de esa muchacha que trata poco a poco de escuchar el silencio y compartirlo, y amarlo, enamorarse del silencio, hacer el amor con el silencio, abrazarlo, darle un beso de buenas noches al mudo sonido que arrastra palabras de un amor que completa el círculo de la paz interior, una brasa del corazón que incendia todo el pecho, que se concreta en unos ojos despeinados, que se pone de rodillas para adorar una boca, que se muda al silencio, porque las palabras ahora no sirven, si no dicen ni la mitad de lo que se siente, que vibra en el alma, que aparece vestido de gala, y se pone su mejor sombrero para bailar con un ángel, el valls del silencio enamorado del silencio enamorado.
Baja desnuda la amante del blanco incapturable animal, está el amante esperando desnudo también, el unicornio se aleja, porque es libre, porque nadie intentó capturarlo, por eso se deja montar. El está ahí, parado, recortado por el sol, mostrando su ombligo de caricias blancas, que se muestra tierno y a la vez asesino, que invita a la blanca muchacha a besarlo, a alimentarse con un beso interminable, a apoyar sus labios sobre ese ombligo y buscar que el beso desde allí llegue al alma, y él que la mira, él que no tiene más nada que decir, porque también ama al silencio, y los besos y el silencio son amigos, siempre están juntos si están los amantes presentes, porque ellos los invitaron a pasear por la morada de las pupilas que no entienden de distancia, que tiran el reloj por la ventana, que se unen en un sólo cuerpo porque ya son una sola alma. Que estorban los poros, y a la vez resucitan los poros desde una caricia que se queda durmiendo sobre las yemas de los dedos de cualquiera de los dos. Y los desnudos se abrazan, desnudos de alma, desnudos los cuerpos, desnudos los ojos. Se acarician buscando, se acarician sin buscar nada, se acarician vagando por la piel, surcándola como un botecito de mar, de un mar de sal y de olas tempestuosas que buscaban estallar en un cuello, en un lugar del cuerpo, en unos cuerpos, como las olas recorren la arena, él recorría su abdomen, él también se quedaba con su ombligo, porque su ombligo también lo amaba, lo amaba más que a nada, y sólo permitía que él se acerque, ese ombligo de blancas células se quedaba pensando en él horas, y lo llamaba cuando dormían. Se besaban, se besaban, se besaban, se aman, y se besaban en el inmenso planeta del unicornio y del silencio. Allí tenían ellos su rincón de paz, eran reyes de su reino de paz, y mordían la fruta del planeta, y mordían la fruta del deseo, y se bañaban con gotas de agua de amor.

sábado, 7 de junio de 2008

Las voces

He estado huyendo de ciudad en ciudad durante años, escapando de mis atrocidades. Me sigue una sombra de sangre y muerte, que cada ciudad ha parecido intuir, porque todas ellas a mi llegada, me han recibido con tempestades y lluvia. Con días grises; gris ceniza, como mi alma podrida.

Esta ciudad no ha sido la excepción, al poner un pie fuera del autobús, las nubes revientan y comienza a llover a cantaros, como un llanto premonitorio. Corro a refugiarme debajo de un tejado que queda a pocos metros, las gotas están heladas y cuando resbalan por mi rostro, un escalofrío recorre mi cuerpo. Meto las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta, y juego con las monedas que están dentro. El sonido de ellas contra mi fiel compañera, la navaja de cazador, me relaja un poco.

Justo al frente, hay una cafetería, llena de gente que charla y ríe mientras esperan a que escampe. Miro a mí alrededor, la estación de autobuses es vieja, desolada y fea. Los metales de las ventanas, puertas y escaleras están oxidados, las paredes están llenas de grafittis y hay basura por todos lados.

Sigue lloviendo, pero decido echarme a andar debajo del aguacero, al llegar a la esquina, el semáforo se pone en rojo; no se a donde ir, no se si cruzar y dejarme llevar, nunca he estado aquí y todo me parece tan distinto. Me quedo de pie, tratando de tomar una decisión acertada, mis ojos se pierden recorriendo los perfiles de los edificios, todos casi del mismo tamaño, sin forma y sin atractivo. Una fuerte brisa me sacude, abalanzándome hacia la calle, casi me atropella un coche, que me evita a último momento, el conductor acciona la bocina, hasta que se aleja a varios metros. Decido finalmente girar hacia la izquierda, aún sin rumbo fijo. Hay un olor a hierba mojada, pero no veo ningún jardín cercano. Recordé el jardín trasero de mi casa, donde solíamos celebrar las reuniones familiares y donde cada tarde me sentaba a leer algún libro. Era mi sitio favorito, mi remanso de paz, lejos de los chicos de mi clase, lejos de sus insultos, bromas de mal gusto y desprecios. Siempre fui retraído, nadie podía saber lo que pasaba dentro de mí, porque no lo entenderían.

El sonido de mis pasos sobre los charcos de agua, despiertan a un mendigo resguardado en el portal de un edificio, llega a decir algo que no entiendo y apuro el paso; me dan un asco terrible, sus dientes sucios, sus uñas mugrientas, sus vicios y su total abandono. Mientras me alejo volteo a verle, sus ojos desesperados y vacíos siguen posados en mí. ¡Maldito desgraciado!

Las calles están vacías, en una parada de autobuses cercana, hay una chica de pie; lleva una falda corta, tacones y una blusa color naranja, todo muy ceñido al cuerpo, me parece de pronto una prostituta. Me detengo frente a una tienda de antigüedades, esta cerrada, es la excusa perfecta para observarla en detalle, sin que se de cuenta. Tiene el cabello castaño y liso, un perfil delicado, parece joven; pero lleva un maquillaje exagerado que endurecen sus rasgos y la hacen ver mayor. A pesar de todo este disfraz, puedo notar su inocencia. ¡Es perfecta!

La veo acomodarse, parece estar llegando su autobús. Me dirijo hacia la parada, necesito seguirla, ya ha despertado todos los demonios en mí. No ha notado mi presencia, mi desespero, me apresuro a subir detrás de ella. Puedo oler su perfume, cautivador, me parece haber entrado en un jardín de flores.

Se adelanta mientras yo pido el billete, el conductor; un hombre peludo y malhumorado, recoge los cinco euros y me devuelve el cambio exacto. Me abro paso entre la gente, el bus esta repleto, y con esfuerzo por fin llego hasta donde esta ella. Afuera sigue lloviendo, voy bastante incomodo, pero su perfume encantador me transporta fuera de ese lugar y me tranquiliza. Su piel, es blanca traslucida, puedo ver sus delgadas venas, por el antebrazo, manos y cuellos. ¡Que dulzura! Me acerco, mas y mas, hasta rozarla con mi pecho, acelerando mi corazón sin remedio, ella voltea precipitadamente, sus grandes ojos ovalados me miran, suelto un débil “Perdona” y ella sonríe tímidamente. ¡Es perfecta Robert!

Antes de llegar a esta ciudad, mientras venia en el autobús, pensé que finalmente podría dejar mis pecados atrás, mi conciencia venia azotándome con furia, cada vez más, ¿Cuántas más Robert? ¿Cuándo piensas acabar con esto, monstruo? Pero las voces la acallaban ¡Una más Robert! ¡No puedes evadir tu destino! Ella acciona el botón de parada, ¿Qué hago Dios mío? ¡Vamos tío, mírala, es perfecta! ¡No seas tonto, no dejes escapar esta oportunidad! Me bajo del bus casi sin darme cuenta, sigue lloviendo ahora con más fuerza, saca un paraguas del bolso y se pone en marcha. El cielo se ilumina con un relámpago y escupe casi de inmediato un trueno ensordecedor. Ella suelta un gritito, y a continuación se ríe como apenada.

Camina lentamente, tratando de no resbalar con sus tacones altos. Siento el momento preciso venir, porque mi cuerpo me avisa, mis manos sudan, mi corazón late acelerado, la vista se me nubla y mi saliva se espesa. Acelero el paso, sin hacer ruido, miro hacia todos lados y no veo a nadie. La tomo por el brazo, y tapo sus labios con mi mano para callarla, forcejea un poco, se le cae el bolso y el paraguas. Logro arrastrarla detrás de unos contenedores de basura que hay a unos pocos metros y la pongo delante de mí. Sus ojos, que ahora me doy cuenta son color miel, me observa abiertos, despiertos y suplicantes. Miro de nuevo alrededor, nadie. La lluvia es nuestra única acompañante. Sigue forcejeando y con rabia muerde mi mano, logrando liberarse por un momento. “Por favor señor, no me haga nada, por favor” Vuelvo a callarla, con la misma mano ahora sangrante. No llego a decirle nada, no tengo porque, se que ella lo ha visto en mis ojos, la respuesta a sus preguntas, sabe que es lo que quiero. Ella cierra sus ojos, es el momento, saco la navaja y le apuñalo cinco veces, en el estomago, su cuerpo es tan suave que casi no hago esfuerzo. Noto como cada una, se va robando su alma, su vida. La dejo caer sobre el suelo, ahora mirándome fijamente, acerco mi rostro al suyo buscando ese momento, ese instante perfecto, mi motivo. Y llega como siempre, logro oler su último aliento, un suave olor a canela que provoca en mí el mayor de los placeres. Un premio fugaz, que nunca me parece suficiente.

Todo pasa tan rápido como siempre, limpio la navaja con su falda y la guardo de nuevo en el bolsillo. La sangre; que sale a borbotones de su vientre, se mezcla con la lluvia calle abajo. Decido volver a la parada de buses, la miro por última vez, ya no es tan bella. Mientras camino de vuelta, las voces se van acallando dando pasó a mi conciencia. Veo una iglesia en la esquina que antes no había notado. ¡Oh Dios perdóname! ¡Soy una bestia! Me siento en la acera. Coloco las manos en la cabeza y comienzo arrullarme como un niño. Una presencia repentina a mi lado me rescata de mis pensamientos, es una chica rubia, “Buenas tardes” me dice, y se sonríe mostrándome sus blancos dientes.

¡Es perfecta Robert! Escucho la voz de nuevo… No podré para nunca.