domingo, 12 de julio de 2009
Soledad
Carlos estuvo retrasando todo lo que pudo el regresar a casa. Había dejado esa mañana su ordenador a reparar en el servicio técnico. Cuándo ya no soportó más el frío, no tuvo más opción que ir hacia su destartalado edificio en una zona de calles amplias y desoladas de la ciudad. Entró en su apartamento de apenas veinte metros cuadrados. Escasa decoración. Las paredes mostraban rastros de humedad y moho. Ninguna ventana. La única mesa del lugar estaba vacía. Completamente vacía. Se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. La noche se le antojó infinita.
Comando Tempus
Les gustaba flipar a la gente, eso es lo que hacían para vivir y la verdad es que no les iba muy mal.
Baltazar caminaba por la estación de metro poniéndose un casco plateado, a su lado Felipe avanzaba con una especie de radar en la mano, vestido con algo que parecía ser un traje de buceo de color blanco, unos guantes plateados igual que su casco y unas gafas espejadas, detrás Candelaria vestida igual y con un paraguas en una mano, también plateado y una especie de transmisor en la otra. Así entraron al metro y comenzaron a correr por los vagones observando hacia todos lados mientras Baltazar gritaba:-Busquen la raja en el tiempo, busquen la entrada.-
La gente les observaba perpleja, algo atónita, siempre había alguien que reaccionaba mal, en especial los ancianos. Un joven se acercó y le preguntó a Candelaria que quienes eran. Ella respondió:-venimos del futuro, somos el comando especial Tempus y buscamos una falla en el espacio tiempo para regresar.- Tras esto continuaron corriendo y buscando algo que casi todos los pasajeros terminaron buscando también, aunque claro que todos lo hacían de forma disimulada. Nadie tenía claro qué pasaba ni qué hacían esos tres así vestidos buscando una rotura en el tiempo dentro del metro. Antes de llegar a la siguiente estación Felipe se sacó el casco, hizo una gran reverencia a la gente y comenzó a pasar el sombrero mientras Candelaria agradecía que les den una donación para continuar en su búsqueda del túnel del tiempo, tras esto bajaron del vagón.
Les encantaba armar diferentes actos surreales con los que hacer que la gente salga de su realidad para creer que existía otra paralela a ésta al menos por un segundo, y ellos tres las vivían todas de forma protagónica.
Esa tarde tras varias presentaciones se fueron a casa, vivían en un camping, iban y volvían en motocicleta y allí al aire libre diseñaban sus nuevas ideas para el día siguiente. Siempre juntos los tres, nunca se habían separado, habían crecido juntos en un orfanato y nadie les había adoptado porque siempre que les separaban comenzaban a actuar como desquiciados hasta que los devolvían al hogar de niños, la culpa de su forma de ser la tenían sus dos maestros, que siempre habían estimulado sus personalidades bohemias comprendiendo que ellos ya tenían familia porque se tenían mutuamente. Al terminar su estancia allí viajaron durante un tiempo vendiendo artesanías hasta que descubrieron que vivir era mucho más fácil que lo que la gente de traje y corbata creía, se sentían enjaulados en la ciudad viviendo dentro de una oficina, alguna vez intentaron adaptarse, pero finalmente crearon su propia realidad feliz y cotidiana, y era la que vivían desde entonces.
Habían hecho casi todo lo que se les había cruzado por la mente, una vez entraron al metro corriendo en ropa interior y bata, enjabonados como recién salidos de la ducha mientras insistían en que si alguien podía prestarles el baño porque les habían cortado el agua por impago. Con lo que ganaron en esa actuación se pudieron comprar una carpa más grande donde vivir. En otra ocasión Candelaria actuó de novia fugitiva mientras los chicos corrían tras ella exigiendo que vuelva al altar con ellos y que elija a uno de los dos. Y así sucedieron muchísimas otras situaciones surrealistas que para quien viaja en metro a las 8 de la mañana para ir al trabajo pueden llegar a ser incluso creíbles. Ellos estaban convencidos de que la gente estaba dormida y necesitaba ser despertada al menos un momento por un sacudón, pero nunca hasta ahora lo habían conseguido más que por un mínimo espacio de unos segundos, y en cada mirada era posible descubrir que de alguna forma los pasajeros anhelaban esa libertad y ese desapego desvergonzado que los tres actores demostraban tener hacia la sociedad convencional.
Baltazar propuso esa noche hacer algo en plan matrix, y pelear en el metro con seres invisibles, aunque Felipe quiso agregarle a ésto espadas láser o algo así ya que era bastante fanático de Star Wars, pero Candelaria mostrándose ahorrativa insistió en que podrían reciclar algunos disfraces y que comprar espadas láser sería algo inaccesible para ellos. Así entraron al metro, vestidos de negro y haciendo piruetas y coreografías tan dignas de un mimo profesional que parecía que luchaban realmente contra seres invisibles. Al abrirse la puerta del vagón Candelaria entró gritando “¡No conquistarán nuestro mundo malditos monstruos capitalistas!” mientras luchaba entre patadas karatekas contra alguien que de alguna forma terminó por estrangularla, así cayó al suelo. Detrás Baltazar se daba a la fuga de un ser invisible que lo cogió por el hombro y lo tiró al suelo. Mientras ellos dos luchaban de forma histérica entró Felipe y pateó a quien atacaba a Candelaria salvándole el cuello pero en medio alguien lo cogió por detrás y comenzaron a pelear frente a un anciano que se mostró indignado y sorprendido a la vez. Tras ello una mujer intentó ayudar a Candelaria que volvía a ser estrangulada por el maldito monstruo capitalista. Felipe grió “¡Son muy fuertes, ésto es muy raro, vámonos, huyamos!!!!”. Pero ni Candelaria ni Baltazar que en ese momento estaba tirado en el suelo con alguien encima que le hacía una llave le respondieron. Pasaron así luchando de vagón en vagón tres estaciones y ninguno se detenía a pasar el gorro y pedir la colaboración. Una mujer que los seguía de cerca comenzó a comentar que el morenito se estaba poniendo pálido, la gente los observaba sorprendidos y nadie comprendía la situación. Candelaria cogió a un hombre por el brazo y le pidió ayuda, pero éste sacudió su hombro para liberarse de ella y se limpió luego la camisa, tras ésto en un gesto incómodo se acomodó la corbata. A él esas chorradas no le iban, él estaba listo para ir a su reunión de empresa y esos jóvenes raritos obstaculizaban su concentración.
Felipe chocó contra una pared lastimándose de verdad, pero la gente continuaba estupefacta y sin reacción, la mujer comenzó a alterarse más y más diciendo que quizá iban drogados y había que ayudarles. De repente una anciana chilló y saltó sangre de su cara, pero no tenía a nadie cerca, y una niña señalándola dijo que el señor invisible le había dado a la vieja, mientras su madre cabreada la corregía por llamar a la mujer mayor de esa manera. Con Felipe desmayado y Baltazar azul porque una llave lo ahogaba sólo quedaba Candelaria sobreviviendo al monstruo capitalista, y ella no se daba por vencida mientras luchaba sin cesar, se estiró en un intento de ayudar a Baltazar pero entonces dos hombres invisibles más la cogieron por los brazos y el tercero le destrozaba el estómago a golpes. La gente comenzó a reaccionar cuando una mujer gritó que uno de los chicos no tenía pulso. Entonces casi todos entraron en pánico mientras la sangre brotaba a borbotones de la boca de Candelaria que se mantenía en el aire como sostenida por dos matones. En la siguiente estación las puertas se abrieron y al mismo tiempo en que toda la gente bajaba corriendo en pánico, los guardias de seguridad del metro intentaban entrar vanamente porque las puertas se cerraron, dentro del vagón los cuerpos sin vida de Felipe, Baltazar y Candelaria yacían en el suelo retorcidos entre manchas de sangre. La empresa de transporte prefirió mantener en secreto el caso, que trascendió como una pelea callejera entre tres jóvenes en las noticias de las nueve. Tras una semana nadie más habló del asunto.
Baltazar caminaba por la estación de metro poniéndose un casco plateado, a su lado Felipe avanzaba con una especie de radar en la mano, vestido con algo que parecía ser un traje de buceo de color blanco, unos guantes plateados igual que su casco y unas gafas espejadas, detrás Candelaria vestida igual y con un paraguas en una mano, también plateado y una especie de transmisor en la otra. Así entraron al metro y comenzaron a correr por los vagones observando hacia todos lados mientras Baltazar gritaba:-Busquen la raja en el tiempo, busquen la entrada.-
La gente les observaba perpleja, algo atónita, siempre había alguien que reaccionaba mal, en especial los ancianos. Un joven se acercó y le preguntó a Candelaria que quienes eran. Ella respondió:-venimos del futuro, somos el comando especial Tempus y buscamos una falla en el espacio tiempo para regresar.- Tras esto continuaron corriendo y buscando algo que casi todos los pasajeros terminaron buscando también, aunque claro que todos lo hacían de forma disimulada. Nadie tenía claro qué pasaba ni qué hacían esos tres así vestidos buscando una rotura en el tiempo dentro del metro. Antes de llegar a la siguiente estación Felipe se sacó el casco, hizo una gran reverencia a la gente y comenzó a pasar el sombrero mientras Candelaria agradecía que les den una donación para continuar en su búsqueda del túnel del tiempo, tras esto bajaron del vagón.
Les encantaba armar diferentes actos surreales con los que hacer que la gente salga de su realidad para creer que existía otra paralela a ésta al menos por un segundo, y ellos tres las vivían todas de forma protagónica.
Esa tarde tras varias presentaciones se fueron a casa, vivían en un camping, iban y volvían en motocicleta y allí al aire libre diseñaban sus nuevas ideas para el día siguiente. Siempre juntos los tres, nunca se habían separado, habían crecido juntos en un orfanato y nadie les había adoptado porque siempre que les separaban comenzaban a actuar como desquiciados hasta que los devolvían al hogar de niños, la culpa de su forma de ser la tenían sus dos maestros, que siempre habían estimulado sus personalidades bohemias comprendiendo que ellos ya tenían familia porque se tenían mutuamente. Al terminar su estancia allí viajaron durante un tiempo vendiendo artesanías hasta que descubrieron que vivir era mucho más fácil que lo que la gente de traje y corbata creía, se sentían enjaulados en la ciudad viviendo dentro de una oficina, alguna vez intentaron adaptarse, pero finalmente crearon su propia realidad feliz y cotidiana, y era la que vivían desde entonces.
Habían hecho casi todo lo que se les había cruzado por la mente, una vez entraron al metro corriendo en ropa interior y bata, enjabonados como recién salidos de la ducha mientras insistían en que si alguien podía prestarles el baño porque les habían cortado el agua por impago. Con lo que ganaron en esa actuación se pudieron comprar una carpa más grande donde vivir. En otra ocasión Candelaria actuó de novia fugitiva mientras los chicos corrían tras ella exigiendo que vuelva al altar con ellos y que elija a uno de los dos. Y así sucedieron muchísimas otras situaciones surrealistas que para quien viaja en metro a las 8 de la mañana para ir al trabajo pueden llegar a ser incluso creíbles. Ellos estaban convencidos de que la gente estaba dormida y necesitaba ser despertada al menos un momento por un sacudón, pero nunca hasta ahora lo habían conseguido más que por un mínimo espacio de unos segundos, y en cada mirada era posible descubrir que de alguna forma los pasajeros anhelaban esa libertad y ese desapego desvergonzado que los tres actores demostraban tener hacia la sociedad convencional.
Baltazar propuso esa noche hacer algo en plan matrix, y pelear en el metro con seres invisibles, aunque Felipe quiso agregarle a ésto espadas láser o algo así ya que era bastante fanático de Star Wars, pero Candelaria mostrándose ahorrativa insistió en que podrían reciclar algunos disfraces y que comprar espadas láser sería algo inaccesible para ellos. Así entraron al metro, vestidos de negro y haciendo piruetas y coreografías tan dignas de un mimo profesional que parecía que luchaban realmente contra seres invisibles. Al abrirse la puerta del vagón Candelaria entró gritando “¡No conquistarán nuestro mundo malditos monstruos capitalistas!” mientras luchaba entre patadas karatekas contra alguien que de alguna forma terminó por estrangularla, así cayó al suelo. Detrás Baltazar se daba a la fuga de un ser invisible que lo cogió por el hombro y lo tiró al suelo. Mientras ellos dos luchaban de forma histérica entró Felipe y pateó a quien atacaba a Candelaria salvándole el cuello pero en medio alguien lo cogió por detrás y comenzaron a pelear frente a un anciano que se mostró indignado y sorprendido a la vez. Tras ello una mujer intentó ayudar a Candelaria que volvía a ser estrangulada por el maldito monstruo capitalista. Felipe grió “¡Son muy fuertes, ésto es muy raro, vámonos, huyamos!!!!”. Pero ni Candelaria ni Baltazar que en ese momento estaba tirado en el suelo con alguien encima que le hacía una llave le respondieron. Pasaron así luchando de vagón en vagón tres estaciones y ninguno se detenía a pasar el gorro y pedir la colaboración. Una mujer que los seguía de cerca comenzó a comentar que el morenito se estaba poniendo pálido, la gente los observaba sorprendidos y nadie comprendía la situación. Candelaria cogió a un hombre por el brazo y le pidió ayuda, pero éste sacudió su hombro para liberarse de ella y se limpió luego la camisa, tras ésto en un gesto incómodo se acomodó la corbata. A él esas chorradas no le iban, él estaba listo para ir a su reunión de empresa y esos jóvenes raritos obstaculizaban su concentración.
Felipe chocó contra una pared lastimándose de verdad, pero la gente continuaba estupefacta y sin reacción, la mujer comenzó a alterarse más y más diciendo que quizá iban drogados y había que ayudarles. De repente una anciana chilló y saltó sangre de su cara, pero no tenía a nadie cerca, y una niña señalándola dijo que el señor invisible le había dado a la vieja, mientras su madre cabreada la corregía por llamar a la mujer mayor de esa manera. Con Felipe desmayado y Baltazar azul porque una llave lo ahogaba sólo quedaba Candelaria sobreviviendo al monstruo capitalista, y ella no se daba por vencida mientras luchaba sin cesar, se estiró en un intento de ayudar a Baltazar pero entonces dos hombres invisibles más la cogieron por los brazos y el tercero le destrozaba el estómago a golpes. La gente comenzó a reaccionar cuando una mujer gritó que uno de los chicos no tenía pulso. Entonces casi todos entraron en pánico mientras la sangre brotaba a borbotones de la boca de Candelaria que se mantenía en el aire como sostenida por dos matones. En la siguiente estación las puertas se abrieron y al mismo tiempo en que toda la gente bajaba corriendo en pánico, los guardias de seguridad del metro intentaban entrar vanamente porque las puertas se cerraron, dentro del vagón los cuerpos sin vida de Felipe, Baltazar y Candelaria yacían en el suelo retorcidos entre manchas de sangre. La empresa de transporte prefirió mantener en secreto el caso, que trascendió como una pelea callejera entre tres jóvenes en las noticias de las nueve. Tras una semana nadie más habló del asunto.
Tiempo
Estaba esa noche Dalí en su estudio de Cadaqués. Estaba solo y parecía meditar frente a su cuaderno. Garabateaba sin sentido aparente hasta que surgió la forma de un reloj blando que parecía resbalar.
Burbujas pinchadas

La primera vez que vi a Melancton me enamoré de él. Creo que fue por sus facciones reptilíneas, sus exóticos ojos verdes y su mirada de loco. Era de noche. Yo andaba sola por la ciudad, buscando no sé qué. Estaba sentada en un banco, escribiendo algo, cuándo pasó él con un abrigo largo de franela negro. Me pareció un tipo interesante, así que me levanté y decidí seguirle. Él también iba solo, como buscando algo con su mirada. Percibí que notó mi presencia ya en el banco y que también se percató de que le seguía, pero no hizo nada, al menos, al principio. Caminábamos por el gótico, entre multitudes cargadas con cervezas y otras sustancias. Cogió la calle Avinyó y luego giró para ir hacia la plaza del Tripi; ahí me encontré con Ángel, un viejo amigo, vagabundo. Él, al ver que me paraba, se detuvo también a escasos metros. Esto empezaba a convertirse en un juego y eso me gustaba. Me despedí de Ángel y cuándo volví a mirarle, había empezado ya a caminar. Entró en un bar, y yo, detrás de él. El local estaba decorado básicamente en verde y rojo, incluso la luz era de dichos colores. Se sentó en la barra. Observé de sus educadas formas cuándo se quitó la galera solo con pasar el umbral. Su pelo, de un castaño ceniza, estaba cortado con personalidad; me recordaba a Egon Schiele. Pidió una cerveza. Yo otra. Nos separaban unas siete personas. En un momento dado, se levantó del taburete para ir al baño. Cuando volví a mirar en mi reloj, y vi que habían pasado unos diez minutos desde que se fue, me pregunté qué estaría haciendo. Pasaron unos largos minutos más y seguía sin aparecer por el pasillo rojo. Empecé a preocuparme, así que salté del banquillo. La puerta blanca del baño de los chicos estaba cerrada. La golpee, pero nadie me contestaba. Golpee con más insistencia, preguntándole si estaba bien. De repente la puerta se abrió y me lo encontré echado en el suelo, demasiado pálido, incluso para alguien de piel tan clara.
Estoy mareado me dijo.
Miré el minúsculo espacio y vi una aguja sobre la tapa del inodoro.
Al ver mi cara de asombro, replicó: No es lo que parece… soy yonqui desde niño, pero por la diabetes.
Le ayudé a inyectarse con sus indicaciones mientras pensaba en la profundidad de su voz, y cuándo pudimos, salimos de aquel club. Me ofrecí a acompañarle a casa aunque ya se sentía mejor. Caminamos por callejuelas estrechas, con bolsas de basura por el suelo y olor a orín, hasta llegar a su puerta; un edificio antiguo que no tenía ascensor. No hicimos comentario alguno sobre los cuatro pisos que deberíamos subir. Él iba delante de mí, en silencio. Al llegar a su pequeño y descuidado apartamento descubrí que era pintor. Si en ese momento me hubieran dicho que todo terminaría como acabó, nunca lo hubiera creído. La sala que tenía destinada a ello estaba repleta con cubos de pinturas; pigmentos en rojo, índigo, prusia, blanco…; telas, sábanas arrugadas por el suelo… Un enorme foco de luz con una bombilla negra me llamó la atención. Vi todo esto por la luz que entraba en dicha sala a través del comedor. Mientras, él, que me ofreció algo para beber, descorchaba un vino tinto. Le pregunté por esa habitación y me invitó a entrar mientras me hablaba de su trabajo; usaba pigmentos que se veían sólo con luz negra.
¿Quieres verlo?
Yo estaba postrada ante un óleo de fondo rosado al que enfocaba la luz, apagada de momento.
Me gustaría le dije, aun sin acabar de entender su pregunta.
Lo que en un principio no era más que un fondo rosado, al encender el foco, y cambiar la luz a negra, se convirtió en una figura. Un esqueleto humano nació, creándose como de la nada; surgió inesperada y claramente del rosado, como si éste lo expulsara hacia fuera. Sentí una especie de admiración mezclada con terror. Terror que provocó el cuerpo humano sin piel, sin ojos, y pómulos extremadamente salientes.
La mayoría de los artistas incluso a veces anhelan más horas de luz natural, sin embargo, él, pintaba en la oscuridad, viendo a través de una bombilla negra.
No quería irme de ahí, quería conocerle más… Descubrí que había nacido en Viena, aunque siendo niño se trasladó a Francia y luego España; provenía de una familia adinerada que no llevaba demasiado bien su modo de vivir. Tenía 33 años y necesitaba que la gente recordara la fecha de su cumpleaños. Vivía entre Barcelona, París, y Australia. Bebía bastante. Le gustaba Bauhaus y no soportaba las sandalias ni ir a la playa.
Cuando amaneció estábamos ambos borrachos, hablando sin parar. Se oía el ir y venir del mar. Me preguntó si tenia sueño, le dije que no. Temí que él sí, pero no. Me propuso bajar, me dio unas gafas negras parecidas a las que él llevaba, y salimos. Caminamos sin rumbo fijo y ninguno de los dos preguntó al otro que qué quería hacer, sólo íbamos. Hablábamos y estábamos juntos de una forma muy natural; creo que era porque los dos compartíamos el sueño de vivir con la creación de la belleza y ambos podíamos ver bella incluso la muerte.
Cogimos el metro para adentrarnos en el parque del laberinto. Melancton era un gran observador, buscaba siempre nuevas formas de vida y muerte. Inspeccionó de manera minuciosa entre el musgo y los rosales. Yo me estiré un rato sobre el césped, al lado de un rosal de flores escarlata. Creo que debí quedarme dormida porque cuándo abrí los ojos tenía una rosa a mi lado, sellada con un beso en la mejilla. Me desperecé. Con un abrazo me levantó y salimos del parque. Deambulamos durante horas, observando y/o haciendo observar al otro: Las sombras góticas en el suelo, la cara picassiana de un señor, la curva de ese cuerpo, la forma de una mancha en el banco de piedra, el efecto de unos zapatos abandonados, colocados en medio de una calle...
Entré un una cafetería y pedí dos solos para llevar. Él estaba fuera, fumando en la sombra, mirando hacia el suelo. Lo miré y me pregunté en qué pensaría, parecía absorto.
¿Te gustaría venir a casa a pintar? me preguntó mientras le ofrecía el vaso.
Ninguno de los dos quería que aquello terminara y, aunque sabíamos (o sabía), que en algún momento deberíamos cortar el cordón umbilical para seguir con la realidad de la vida, lo alargamos todo lo que pudimos.
En la ruta hacia su casa, paramos en un restaurante italiano. Ensalada, pasta casera y vino tinto. Pocas palabras. Ambos concentrados en la comida. Café y limonccello. Salimos con una alegría rojiza bañada por el sol hacia su apartamento. Al llegar, yo necesitaba agua, y él, su dosis, que me permitió que se la inyectara nuevamente.
Fumamos un cigarrillo en silencio y luego me dio una bata para que me cambiara. Salí de la habitación al comedor y él ya estaba en la sala, con el foco negro encendido. Había puesto un óleo de unos sesenta por noventa centímetros sobre el caballete. De ese momento surgió, Elogio en negro, así lo titulamos. Un cuadro espontáneo en negro, blanco y carmín. Abstracto, claro. Lo pintamos básicamente con el cuerpo, todo empezó con los dedos de las manos. Fue toda una experiencia pintar enfocada con luz negra.
No hablamos de la obra más que para decidir el título al final.
Después nos pusimos a dormir, agotados y abrazados.
El sol entraba ya a través de sus ventanas. Dormimos más de diez horas seguidas. No quería irme. Él no quería que lo dejara. Pero tuve que hacerlo, como tantas otras veces.
Cuando estábamos juntos era como vivir en una burbuja hasta que yo la pinchaba de nuevo para volver a la realidad. Él no podía comprender por qué me iba, yo no sabía cómo hacerle entender que debía hacerlo. Todas mis justificaciones: el trabajo, el dinero, la casa… le parecían banalidades absurdas. Yo le decía que su manera de enfocar nuestra vida era pura fantasía. Esto era lo único que provocaba discusiones entre nosotros. No soportábamos el dolor punzante que provocaba la aguijada en nuestro espacio.
Luego se trasladó a París. No le acompañé. Nuestro contacto se redujo a escasas y cada vez menos palabras.
Todo esto fue hace ya algún tiempo, sin embargo, a menudo todavía me pregunto, que hubiera ocurrido si no me hubiera ido.
Te pienso.
Estoy mareado me dijo.
Miré el minúsculo espacio y vi una aguja sobre la tapa del inodoro.
Al ver mi cara de asombro, replicó: No es lo que parece… soy yonqui desde niño, pero por la diabetes.
Le ayudé a inyectarse con sus indicaciones mientras pensaba en la profundidad de su voz, y cuándo pudimos, salimos de aquel club. Me ofrecí a acompañarle a casa aunque ya se sentía mejor. Caminamos por callejuelas estrechas, con bolsas de basura por el suelo y olor a orín, hasta llegar a su puerta; un edificio antiguo que no tenía ascensor. No hicimos comentario alguno sobre los cuatro pisos que deberíamos subir. Él iba delante de mí, en silencio. Al llegar a su pequeño y descuidado apartamento descubrí que era pintor. Si en ese momento me hubieran dicho que todo terminaría como acabó, nunca lo hubiera creído. La sala que tenía destinada a ello estaba repleta con cubos de pinturas; pigmentos en rojo, índigo, prusia, blanco…; telas, sábanas arrugadas por el suelo… Un enorme foco de luz con una bombilla negra me llamó la atención. Vi todo esto por la luz que entraba en dicha sala a través del comedor. Mientras, él, que me ofreció algo para beber, descorchaba un vino tinto. Le pregunté por esa habitación y me invitó a entrar mientras me hablaba de su trabajo; usaba pigmentos que se veían sólo con luz negra.
¿Quieres verlo?
Yo estaba postrada ante un óleo de fondo rosado al que enfocaba la luz, apagada de momento.
Me gustaría le dije, aun sin acabar de entender su pregunta.
Lo que en un principio no era más que un fondo rosado, al encender el foco, y cambiar la luz a negra, se convirtió en una figura. Un esqueleto humano nació, creándose como de la nada; surgió inesperada y claramente del rosado, como si éste lo expulsara hacia fuera. Sentí una especie de admiración mezclada con terror. Terror que provocó el cuerpo humano sin piel, sin ojos, y pómulos extremadamente salientes.
La mayoría de los artistas incluso a veces anhelan más horas de luz natural, sin embargo, él, pintaba en la oscuridad, viendo a través de una bombilla negra.
No quería irme de ahí, quería conocerle más… Descubrí que había nacido en Viena, aunque siendo niño se trasladó a Francia y luego España; provenía de una familia adinerada que no llevaba demasiado bien su modo de vivir. Tenía 33 años y necesitaba que la gente recordara la fecha de su cumpleaños. Vivía entre Barcelona, París, y Australia. Bebía bastante. Le gustaba Bauhaus y no soportaba las sandalias ni ir a la playa.
Cuando amaneció estábamos ambos borrachos, hablando sin parar. Se oía el ir y venir del mar. Me preguntó si tenia sueño, le dije que no. Temí que él sí, pero no. Me propuso bajar, me dio unas gafas negras parecidas a las que él llevaba, y salimos. Caminamos sin rumbo fijo y ninguno de los dos preguntó al otro que qué quería hacer, sólo íbamos. Hablábamos y estábamos juntos de una forma muy natural; creo que era porque los dos compartíamos el sueño de vivir con la creación de la belleza y ambos podíamos ver bella incluso la muerte.
Cogimos el metro para adentrarnos en el parque del laberinto. Melancton era un gran observador, buscaba siempre nuevas formas de vida y muerte. Inspeccionó de manera minuciosa entre el musgo y los rosales. Yo me estiré un rato sobre el césped, al lado de un rosal de flores escarlata. Creo que debí quedarme dormida porque cuándo abrí los ojos tenía una rosa a mi lado, sellada con un beso en la mejilla. Me desperecé. Con un abrazo me levantó y salimos del parque. Deambulamos durante horas, observando y/o haciendo observar al otro: Las sombras góticas en el suelo, la cara picassiana de un señor, la curva de ese cuerpo, la forma de una mancha en el banco de piedra, el efecto de unos zapatos abandonados, colocados en medio de una calle...
Entré un una cafetería y pedí dos solos para llevar. Él estaba fuera, fumando en la sombra, mirando hacia el suelo. Lo miré y me pregunté en qué pensaría, parecía absorto.
¿Te gustaría venir a casa a pintar? me preguntó mientras le ofrecía el vaso.
Ninguno de los dos quería que aquello terminara y, aunque sabíamos (o sabía), que en algún momento deberíamos cortar el cordón umbilical para seguir con la realidad de la vida, lo alargamos todo lo que pudimos.
En la ruta hacia su casa, paramos en un restaurante italiano. Ensalada, pasta casera y vino tinto. Pocas palabras. Ambos concentrados en la comida. Café y limonccello. Salimos con una alegría rojiza bañada por el sol hacia su apartamento. Al llegar, yo necesitaba agua, y él, su dosis, que me permitió que se la inyectara nuevamente.
Fumamos un cigarrillo en silencio y luego me dio una bata para que me cambiara. Salí de la habitación al comedor y él ya estaba en la sala, con el foco negro encendido. Había puesto un óleo de unos sesenta por noventa centímetros sobre el caballete. De ese momento surgió, Elogio en negro, así lo titulamos. Un cuadro espontáneo en negro, blanco y carmín. Abstracto, claro. Lo pintamos básicamente con el cuerpo, todo empezó con los dedos de las manos. Fue toda una experiencia pintar enfocada con luz negra.
No hablamos de la obra más que para decidir el título al final.
Después nos pusimos a dormir, agotados y abrazados.
El sol entraba ya a través de sus ventanas. Dormimos más de diez horas seguidas. No quería irme. Él no quería que lo dejara. Pero tuve que hacerlo, como tantas otras veces.
Cuando estábamos juntos era como vivir en una burbuja hasta que yo la pinchaba de nuevo para volver a la realidad. Él no podía comprender por qué me iba, yo no sabía cómo hacerle entender que debía hacerlo. Todas mis justificaciones: el trabajo, el dinero, la casa… le parecían banalidades absurdas. Yo le decía que su manera de enfocar nuestra vida era pura fantasía. Esto era lo único que provocaba discusiones entre nosotros. No soportábamos el dolor punzante que provocaba la aguijada en nuestro espacio.
Luego se trasladó a París. No le acompañé. Nuestro contacto se redujo a escasas y cada vez menos palabras.
Todo esto fue hace ya algún tiempo, sin embargo, a menudo todavía me pregunto, que hubiera ocurrido si no me hubiera ido.
Te pienso.
Danae y la rata
La rata le comería la boca, vaticinó Didac. Aunque ya hacía unas horas que había amanecido, Danae seguía arriba, estirada en su cama, absorta, con la lámpara encendida y sus profundos ojos negros clavados en el techo, donde circulaban los delfines. Era una mañana soleada de finales de octubre, sábado, con lo cual, la niña, que contaba ya con siete años, y su hermano Didac, dos años mayor, estaban solos en la casa que la familia había alquilado recientemente a las afueras de la ciudad. Sofía, la madre de los niños, una mujer atractiva y con talento para las finanzas, trabajaba mucho para sacar sola a sus hijos adelante. El papá nunca existió, los concibió mediante inseminación artificial, algo muy corriente de esta era en las mujeres que son independientes.
Los pájaros se oían fuertes y cercanos en toda la casa, siendo el único sonido que podía escucharse en ese imperioso y desacostumbrado silencio. Vivían en una casa domótica, con máquinas que se encargaban de hacer casi todo el trabajo de manera estrictamente programada. Los robots pasaron a ser los ayudantes y juguetes de las familias que poseían cierto nivel adquisitivo, como era el caso de los Bernat. Rabot era la mascota de los niños; un robot que era una rata, de mediana estatura, color gris, unos ojos verdes redondos, algo maquiavélicos y una boca completamente dentada.
El teléfono empezó a moverse en el piso de arriba buscando a alguien que le atendiera, pero fue inútil, así que contestó por sí mismo.
-Buenos días, residencia de los Bertrán. ¿Con quién desea hablar?
-Teléfono, soy Sofía. ¿Puedes pasarme con los chicos?
-Hola Sofía. Fui a la habitación de Didac, pero no estaba allí; le llamé pero no contesta. Danae está en su habitación, echada en la cama, tampoco me atendió.
-Teléfono, vuelve a la habitación de Danae y dile que te atienda, que habla mamá.
-De acuerdo.
El teléfono color marfil volvió a dirigirse con sus ruedas por el largo pasillo hasta la habitación infantil, propia de una princesa de cuento.
-Danae, es tu mamá, desea hablar contigo.
Pero el cuerpo menudo y frágil de la niña seguía inmóvil, estático y enmudecido.
-Sofía, no me atiende. -Teléfono, ¿está dormida?
-No, tiene los ojos abiertos.
-Bien, dime qué ves -dijo Sofía, que empezaba a inquietarse.
-Danae está estirada en su cama boca arriba con las sábanas revueltas. La lámpara de luz está encendida todavía...
“Qué raro, por qué no se habrá apagado ya la lámpara”, se preguntó Sofía, intuyendo que algo no marchaba bien.
-Teléfono, ¿ves algo fuera de lugar en la habitación? ¿Algo anormal en Danae?
El teléfono recorrió la habitación con sus luces rojas parpadeando.
-Sofía, Didac está detrás del biombo echado en el suelo. Tiene los ojos cerrados, parece inconsciente. La mascota de los niños está a su lado.
-Bien, pásame con Rabot -dictó Sofía preocupada.
-No va a poder ser, señora. Tiene la cabeza fuera de su cuerpo, no creo que pueda hablar. En cuánto a Danae, tiene algo rojo en su boca que cae hasta su cuello.
Sofía colgó inmediatamente el teléfono. Salió a toda prisa de su oficina. Bajó las escaleras de tres en tres. Se metió en su potente coche y arrancó. La circulación estaba densa pero era una hábil conductora y llegó a su casa en menos de quince minutos.
Dejó el coche fuera con las llaves puestas y corrió hasta la puerta que no se abría con el sensor. Buscó las llaves en su bolso, abrió y subió sofocada a toda prisa las escaleras. Llegó hasta Danae, la tocó, le habló, y entonces, ambos chicos se levantaron disparando en carcajadas, saltos y gritos, abrazando a la madre.
-¿Pero, qué significa esto? -exclamó Sofía desconcertada.
-Era un plan, mamá -anunció Danae agitada y feliz.
-Para que vinieras a pasar este bonito sábado con nosotros -prosiguió Didac-, simulamos que la rata, le mordió la boca.
Los pájaros se oían fuertes y cercanos en toda la casa, siendo el único sonido que podía escucharse en ese imperioso y desacostumbrado silencio. Vivían en una casa domótica, con máquinas que se encargaban de hacer casi todo el trabajo de manera estrictamente programada. Los robots pasaron a ser los ayudantes y juguetes de las familias que poseían cierto nivel adquisitivo, como era el caso de los Bernat. Rabot era la mascota de los niños; un robot que era una rata, de mediana estatura, color gris, unos ojos verdes redondos, algo maquiavélicos y una boca completamente dentada.
El teléfono empezó a moverse en el piso de arriba buscando a alguien que le atendiera, pero fue inútil, así que contestó por sí mismo.
-Buenos días, residencia de los Bertrán. ¿Con quién desea hablar?
-Teléfono, soy Sofía. ¿Puedes pasarme con los chicos?
-Hola Sofía. Fui a la habitación de Didac, pero no estaba allí; le llamé pero no contesta. Danae está en su habitación, echada en la cama, tampoco me atendió.
-Teléfono, vuelve a la habitación de Danae y dile que te atienda, que habla mamá.
-De acuerdo.
El teléfono color marfil volvió a dirigirse con sus ruedas por el largo pasillo hasta la habitación infantil, propia de una princesa de cuento.
-Danae, es tu mamá, desea hablar contigo.
Pero el cuerpo menudo y frágil de la niña seguía inmóvil, estático y enmudecido.
-Sofía, no me atiende. -Teléfono, ¿está dormida?
-No, tiene los ojos abiertos.
-Bien, dime qué ves -dijo Sofía, que empezaba a inquietarse.
-Danae está estirada en su cama boca arriba con las sábanas revueltas. La lámpara de luz está encendida todavía...
“Qué raro, por qué no se habrá apagado ya la lámpara”, se preguntó Sofía, intuyendo que algo no marchaba bien.
-Teléfono, ¿ves algo fuera de lugar en la habitación? ¿Algo anormal en Danae?
El teléfono recorrió la habitación con sus luces rojas parpadeando.
-Sofía, Didac está detrás del biombo echado en el suelo. Tiene los ojos cerrados, parece inconsciente. La mascota de los niños está a su lado.
-Bien, pásame con Rabot -dictó Sofía preocupada.
-No va a poder ser, señora. Tiene la cabeza fuera de su cuerpo, no creo que pueda hablar. En cuánto a Danae, tiene algo rojo en su boca que cae hasta su cuello.
Sofía colgó inmediatamente el teléfono. Salió a toda prisa de su oficina. Bajó las escaleras de tres en tres. Se metió en su potente coche y arrancó. La circulación estaba densa pero era una hábil conductora y llegó a su casa en menos de quince minutos.
Dejó el coche fuera con las llaves puestas y corrió hasta la puerta que no se abría con el sensor. Buscó las llaves en su bolso, abrió y subió sofocada a toda prisa las escaleras. Llegó hasta Danae, la tocó, le habló, y entonces, ambos chicos se levantaron disparando en carcajadas, saltos y gritos, abrazando a la madre.
-¿Pero, qué significa esto? -exclamó Sofía desconcertada.
-Era un plan, mamá -anunció Danae agitada y feliz.
-Para que vinieras a pasar este bonito sábado con nosotros -prosiguió Didac-, simulamos que la rata, le mordió la boca.
EL MUNDO EN UNA MARIPOSA

El mundo en una mariposa trata de un huevo que sólo tenía cabeza; aunque en realidad, más que cabeza, lo que tenía eran partes; para ser más exactos, tres: para el pensamiento, para el sentir y para la otra dimensión. Todas con su correspondiente simetría asimétrica. Derecho-izquierdo, dos; arriba-abajo, uno.
Empezó a rodar _pues alguien quería comprobar si ya estaba hecho_ y empezó a sentir una intensa y prolongada contrición; aguda como una punzada, tenaz como un tenedor.
_¡Más agua! _gritaba el huevo, pero nadie le escuchaba_ ¿Es qué todo el mundo se ha vuelto sordo?, ¿el juego no iba de no poder dejar de escuchar (aunque lo deseáramos)? ¡Ah! Claro, aquí, no + no, podría ser, igual a sí. ¡Tremenda estupidez! Faltan sentidos, faltan parte de los sentidos, o quizá… de la cabeza _pensaba.
Este lugar _prosiguió_, es parecido a estar postrado o topando con una lámina de aluminio, tan o más alta que tú, y tan delgada, que se agita como las velas de un velero; ¿es a causa de los pocos milímetros que la componen o será por el efecto que produce el agua? Esto debe ser eso que llaman límites _se decía, intentando comprender el formato cazo en el que estaba inmerso.
Al fin llegó el agua, con limón esta vez, y hielo. Aunque no era para el huevo, sino para alguien que escribía en una cocina cualquiera. Desde esa cocina, a través de un pequeño televisor, Eleica veía la otra cocina, desde donde se cocía el huevo.
Más agua, ahora sí, para nuestro protagonista. Al cabo de un rato, surgieron unas burbujas blancas locamente enchispadas que empezaron a conversar de manera tan aleatoria y disparatada como lo eran sus ágiles movimientos. Decían:
Los soldados han llegado a la ciudad. ¡Endemoniados, con los ojos fuera de órbita! El guerrero lo acompaña. La sangre les viste. El ansia por sobrevivir, aniquila. Amarillo 2259 con Coral A-6 de la Blythe en el cielo. Humo de bombas. Los misiles provenientes de Israel han empezado a bombardear el Líbano. Los países empiezan a juzgar. ¡Malditos hipócritas, charlatanes todos! Empiezan a invertir energía en el suceso. ¡Jodido entretenimiento! ¿Estará llegando ya? ¿La tercera? ¡Esto es una verdadera mierda! ¡Un asco! Puto mundo egoísta. Con, o sin ese estúpido Manifiesto*.
*Léase Manifiesto de Egoism.
_¡Dejen de darme vueltas, aún no estoy listo! _replicó el huevo malhumorado, gritando más que las burbujas_. ¿Dónde se habrá guardado el efecto del agua en ebullición? Este lugar es una locura absurda _divagaba_; el tal señor Karlos Arguiñano empeñado y orgulloso en mostrar a los espectadores el truco para saber cuándo un huevo está cocido. Y las futuras mariposas, mientras tanto, intentando cuajar, patinando por el Olimpo.
_Frederic Riechnamank _escribía Eleica en su diario cuando dejó de mirar el televisor_, anda loco por encontrar una musa que llegue de un escenario propio de Shakespeare. Quizá debería viajar hasta Verona y sentarse bajo el balcón de la casa de Julieta, aniquilar a Romeo y engatusarla con aroma de vainilla, sangre y almizcle. ¿Sería usted capaz, Sr. Riechnamank? Sepa que aturde con caramelo pegajoso y hace demasiado calor como para embadurnarse en esas sustancias tan viscosas, ¿me comprende usted?
El caso es que conocí a alguien muy distinto al Sr. Riechnamank; estaba muy acostumbrado a mirarse al espejo, tanto, que podía mantener tu mirada durante largos minutos penetrando hasta el centro, provocando un estado de nerviosismo incómodo-placentero en la parte derecha de la cabeza, manifestándose con temblores en el párpado inferior izquierdo. Le hablo de los huevos y de la nada. “¿Existirá?”, le pregunté. A lo que me respondió al día siguiente con una planta, un libro y unas líneas que decían: “Mientras la tristeza se apodera de nosotros, la vida deja de tomar sentido… y entonces, no importa estar en cualquier sitio, ni desear ir a ningún lugar.”
De nuevo, Eleica miró hacia la pequeña pantalla y vio el movimiento chispeante de las burbujas en la cocina de Arguiñano que alternábanse diciendo:
Qué difícil debe resultar ser humano. Manejar la mente. Y la polla, ¡no te jode! Coordinar con los sentimientos y manifestar con los sentidos. Vivir la realidad con los ideales. Esta vida está maldita. ¡Yo no quiero ser una puta burbuja! Callaos de una jodida vez; me duele la cabeza de escucharos, dando sentido a tremendas gilipolleces.
_Qué difícil discernir si habla la intuición o lo hace el tirano _prosiguió Eleica en su hoja de papel_. ¿Qué necesitamos para estar conectados y que las tres partes se integren y unifiquen? ¿Cuánto tiempo tarda el huevo en estar preparado?
La mariposa está en gestación. El huevo, sigue siendo un huevo. Después, gusano.
Mientras, el agua se evapora.
miércoles, 3 de junio de 2009
Buenos días
— No puedo hacerlo.
— ¿Por qué no?
— Sería una traición. Sería alimentar a la bestia que llevo dentro y nunca me podré salvar…
— No has de salvarte. Claro que puedes. Si tú quieres, hazlo.
— Nadie me volverá a mirar…
— Eso no es verdad. Has de ser como eres, no lo que los demás quieren que seas. De esta manera solo te mirarán los que se merecen mirarte.
— ¡Nadie! Nadie querrá acercarse a mí. Soy un monstruo. No puedo hacerlo, no puedo seguir haciendo esto, tengo que cambiar.
— Mira, esto no tiene sentido. Si no disfrutas de tu vida y eres feliz, espantarás a todos los que si disfrutan de tu compañía y no te quedará nadie de verdad. ¿Y yo, no estoy aquí contigo? ¿Acaso no te comprendo?
— Me comprendes porque eres como yo…
— ¿Un monstruo?
— ¡No! Nunca. No eres un monstruo. Eres una persona estupenda. Eres… eres mi mejor amiga.
— Y soy feliz como soy. Y tú deberías aprender de mí, solo así aprenderás a valorarte.
— Tienes razón Loli. ¡Lo voy a hacer! No puedo vivir amargada por lo que los demás puedan pensar. Si quiero hacerlo y hacerlo me hace feliz, lo haré. Así es como soy y a quien no le guste que no mire. ¡Camarero! ¡Los dos cafés, con azúcar por favor! ¡Métase la sacarina por…
— ¡Nena, nena! No te pases con el camarero. Creo que el muy picarón me ha guiñado antes el ojo. Creo que le he gustado, he visto como me mira el pecho y…
— Pero qué dices nena, ¡si estas gorda!
Eso en la mesa número cinco. Carmen y Loli, las gordas solteronas. Siempre tenían el mismo debate todos los días después de tomarse sus churros con chocolate. ¿Sacarina o azúcar? ¡Ay señor! ¿Qué podemos hacerle?, “¡marchando dos cortados con azúcar!”
En la mesa dos está sentada Laura, como todas las mañanas.
— Mira Perico… Últimamente te estás portando de una manera muy extraña. Ya no te veo casi nada y estás más irascible que nunca. Te cabreas con nada y la tomas conmigo, y luego me haces regalos que no te puedes permitir para pedirme perdón. Has de saber una cosa. Una relación no se mantiene con regalos caros. Esto… hay que estar en todo momento, ¡no!… has de estar ahí cuando te necesito, ¡no!… eh… tenemos que vernos más a menudo y… ¡bueno! Que lo quiero dejar. Y punto.
— Como lo hagas así Laura, te va a denunciar por malos tratos.
— ¡Ay, Juan! No te había visto. Perdona, esta mañana estoy un poco atacada de los nervios. Voy a dejar a Perico.
— Pobre Perico. Pero no me da pena. El Chaval no está metido en nada bueno. Se dicen cosas en el barrio, ¿sabes?
— Ya lo sé Juan. Por eso mismo lo quiero dejar.
— Bien por ti Laura. Ahora, ¿qué te pongo? ¿Lo de siempre?
— Si por favor. Y Juan, gracias por escuchar mis tonterías.
— Las tonterías de mis clientes son mis tonterías. ¡Marchando un croissant a la plancha y café con leche!
En la barra el viejo Eustaquio, hablando con un joven trajeado y peinado con demasiada gomina y la raya a un lado.
— Recuerdo que tenía una mano de pena, un tres de bastos, sota de oros, cuatro de copas y dos de espadas. Le hice las señas correspondientes a Eusebio, mi pareja. Teníamos unas señas especiales, ¿sabe? Un código entre él y yo que nadie más entendería. Pero, vamos, a lo que iba. Tenía una mano de pena y se lo dije con señas a Eusebio…
— ¿Y?
— Y el muy bribón corta mus. ¡Corta mus! O tenía la mejor mano del mundo o se había vuelto loco. Pero lo que más me extrañó fue que no me había hecho ninguna de nuestras señas especiales para decirme que tenía una buena mano…
— ¿Y?
— Y nos pusimos a jugar y en seguida Eusebio lanzó órdago a chica, el muy bribón, no me había dicho nada. Querría darme una sorpresa, él es así, ¿sabe? ¡Y ganamos! No mostrará afecto de ningún otro modo que no sea con el Mus. Está muy viejo el jodido, pero por el otro lado, se conserva estupendamente…
— ¿Y qué más me da a mí, abuelo? No le conozco de nada, ¡Déjeme tranquilo!
— Lo siento joven. No pretendía molestarle. Es que había quedado aquí, como todas las mañanas, con Eusebio, ¿sabe?, y como no llegaba pensaba que hablaría con alguien para pasar el rato…
— Pues elija a otro, señor. Soy una persona muy ocupada y tengo mis cosas en las que pensar.
Escuchando esto acudí al rescate de Eustaquio
— Su carajillo de coñac don Eustaquio.
— Gracias Juan, siempre me quedarás tú.
— Claro que si, que no se diga. — le dije con mi mejor sonrisa profesional.
A su lado, también apoyados contra la barra, el Capitán Martínez y el Agente Almansa, de la policía local, comentando sobre el estado del barrio, de lo seguro que es ahora con ellos aquí de policía. El Capìtán Martínez comentando, el agente Almansa escuchando, como siempre.
— ¿Y qué se le ofrece a la autoridad?
— Corta el rollo Juan, lo de siempre. —espeta el Capitán Martínez.
— ¿“Lo de siempre” cuando estáis de servicio o “lo de siempre” cuando no?
— ¿No ves los uniformes?
— Si.
— Pues eso Juan, pues eso, ¿estamos perdiendo facultades o que? Juan, Juan… yo le pensaba más…
— Mi Capitán, tengo que…
— ¡Usted se calla Almansa! Estoy hablando yo. Perdona Juan. Si, estamos de servicio. Ponnos unos cárajillos anda.
— ¡Marchando! — y les dejé continuar, mejor dicho, dejé al Capitán Martínez continuar con su monólogo fantasioso sobre el estado del barrio, y al sumiso Agente Almansa escuchando a su superior con el gesto facial del aburrimiento.
En ese momento se abre la puerta con mucho ruido y entra una persona con un pasamontañas en la cabeza, una escopeta en una mano y un saco de espárto en la otra. Cierra con fuerza y desde ahí mismo grita
— ¡Esto es un atraco! ¡Que nadie intente nada estúpido!
El Capitán Martínez y el Agente Almansa intentan alcanzar sus pistolas.
— ¡Ni se os ocurra! ¡Al suelo, tirádlas al suelo! — grita el personaje enmascarado a los policias por los cuales el barrio era un sitio tan seguro. Y mientras hacen lo que les ha mandado, el hombre del saco echa una mirada a su alrededor y, acto seguido, pasa algo inesperado.
— ¿Dónde estoy? — dice, dejandonos a todos perplejos— ¿Dónde están las cajeras y las mesas, y las ventanillas?
— Esto es una cafetería, el banco es al lado —le dice la gorda Loli, añadiendo— .Si quiere puede llevarme de rehén con usted al banco. —El problema de Loli no es la comida, son los hombres.
— ¡Cállese gorda! — suelta nuestro ladrón despistado y nos reímos todos disimuladamente. Todos menos Loli que levanta la barbilla y mira hacia otro lado con aires de marquesa.
— ¿Perico? ¿Eres tú? — suelta de repente Laura— ¡He reconocido tu voz, sé que eres tú! ¡Pedro Gonzalez Prieto, ¿se puede saber que diablos estas haciendo?!
Nuestro Ladrón mira repentinamente hacia Laura y se pone tremendamente nervioso.
— No soy quien usted dice señorita. — dice cambiando claramente la voz a una pobre imitación de persona gorda.
— Perico… Quiero que sepas que te dejo en este mismo instante. Sa ha acabado. No vuelvas a llamarme nunca más. Qué decepción. ¡Eres un delincuente! No te merezco. —le dice Laura dolida de verdad.
Nuestro delincuente ahora tiembla tanto por la extraña situación que se le cae al suelo la escopeta. Todos miramos como cae el arma en cámara lenta y, cuando toca las baldosas del suelo, se dispara solo. Veo como los perdigones vienen en mi dirección. En el silencio que se crea en el siguiente instante empiezo a sentirme mojado por todas partes. Los perdigones han hecho blanco en la sección de aguardientes justo encima de mi cabeza, todas las botellas rotas y su contenido vertido sobre un humilde servidor.
El encapuchado se agacha a coger la escopeta cuando de repente se abre la puerta a sus espaldas que le golpea en el trasero y cae de morros contra el suelo, empujando sin querer el arma, que se desliza por el suelo hasta que se frena a los pies del Agente Almansa. Éste se agacha y lo coge.
— ¡Buenos días familia! Hooombre Eustaquio, ¿ya estas aquí? ¿No habíamos quedado a las nueve? ¡Uy! Qué cara tenéis todos, y eso que soy yo el viejo. ¡Juan! Un sol y sombra por favor…
Y así un día más en el barrio. Las gordas busca-hombres Carmen y Loli comerán huevos fritos con bacon, migas con chistorra de segundo, un trozo de pastel de chocolate de postre y ¿para beber? Coca-cola light. Eusebio es un héroe popular en el barrio. Perico tiene dos años de cárcel y una exnovia muy enfadada. Y el Capitán Martínez y el Agente Almansa de la policía local, se creen los verdaderos salvadores del barrio, bueno, sólo el Capitán Martínez.
— ¡Marchando un sol y sombra!

D.G.F.
— ¿Por qué no?
— Sería una traición. Sería alimentar a la bestia que llevo dentro y nunca me podré salvar…
— No has de salvarte. Claro que puedes. Si tú quieres, hazlo.
— Nadie me volverá a mirar…
— Eso no es verdad. Has de ser como eres, no lo que los demás quieren que seas. De esta manera solo te mirarán los que se merecen mirarte.
— ¡Nadie! Nadie querrá acercarse a mí. Soy un monstruo. No puedo hacerlo, no puedo seguir haciendo esto, tengo que cambiar.
— Mira, esto no tiene sentido. Si no disfrutas de tu vida y eres feliz, espantarás a todos los que si disfrutan de tu compañía y no te quedará nadie de verdad. ¿Y yo, no estoy aquí contigo? ¿Acaso no te comprendo?
— Me comprendes porque eres como yo…
— ¿Un monstruo?
— ¡No! Nunca. No eres un monstruo. Eres una persona estupenda. Eres… eres mi mejor amiga.
— Y soy feliz como soy. Y tú deberías aprender de mí, solo así aprenderás a valorarte.
— Tienes razón Loli. ¡Lo voy a hacer! No puedo vivir amargada por lo que los demás puedan pensar. Si quiero hacerlo y hacerlo me hace feliz, lo haré. Así es como soy y a quien no le guste que no mire. ¡Camarero! ¡Los dos cafés, con azúcar por favor! ¡Métase la sacarina por…
— ¡Nena, nena! No te pases con el camarero. Creo que el muy picarón me ha guiñado antes el ojo. Creo que le he gustado, he visto como me mira el pecho y…
— Pero qué dices nena, ¡si estas gorda!
Eso en la mesa número cinco. Carmen y Loli, las gordas solteronas. Siempre tenían el mismo debate todos los días después de tomarse sus churros con chocolate. ¿Sacarina o azúcar? ¡Ay señor! ¿Qué podemos hacerle?, “¡marchando dos cortados con azúcar!”
En la mesa dos está sentada Laura, como todas las mañanas.
— Mira Perico… Últimamente te estás portando de una manera muy extraña. Ya no te veo casi nada y estás más irascible que nunca. Te cabreas con nada y la tomas conmigo, y luego me haces regalos que no te puedes permitir para pedirme perdón. Has de saber una cosa. Una relación no se mantiene con regalos caros. Esto… hay que estar en todo momento, ¡no!… has de estar ahí cuando te necesito, ¡no!… eh… tenemos que vernos más a menudo y… ¡bueno! Que lo quiero dejar. Y punto.
— Como lo hagas así Laura, te va a denunciar por malos tratos.
— ¡Ay, Juan! No te había visto. Perdona, esta mañana estoy un poco atacada de los nervios. Voy a dejar a Perico.
— Pobre Perico. Pero no me da pena. El Chaval no está metido en nada bueno. Se dicen cosas en el barrio, ¿sabes?
— Ya lo sé Juan. Por eso mismo lo quiero dejar.
— Bien por ti Laura. Ahora, ¿qué te pongo? ¿Lo de siempre?
— Si por favor. Y Juan, gracias por escuchar mis tonterías.
— Las tonterías de mis clientes son mis tonterías. ¡Marchando un croissant a la plancha y café con leche!
En la barra el viejo Eustaquio, hablando con un joven trajeado y peinado con demasiada gomina y la raya a un lado.
— Recuerdo que tenía una mano de pena, un tres de bastos, sota de oros, cuatro de copas y dos de espadas. Le hice las señas correspondientes a Eusebio, mi pareja. Teníamos unas señas especiales, ¿sabe? Un código entre él y yo que nadie más entendería. Pero, vamos, a lo que iba. Tenía una mano de pena y se lo dije con señas a Eusebio…
— ¿Y?
— Y el muy bribón corta mus. ¡Corta mus! O tenía la mejor mano del mundo o se había vuelto loco. Pero lo que más me extrañó fue que no me había hecho ninguna de nuestras señas especiales para decirme que tenía una buena mano…
— ¿Y?
— Y nos pusimos a jugar y en seguida Eusebio lanzó órdago a chica, el muy bribón, no me había dicho nada. Querría darme una sorpresa, él es así, ¿sabe? ¡Y ganamos! No mostrará afecto de ningún otro modo que no sea con el Mus. Está muy viejo el jodido, pero por el otro lado, se conserva estupendamente…
— ¿Y qué más me da a mí, abuelo? No le conozco de nada, ¡Déjeme tranquilo!
— Lo siento joven. No pretendía molestarle. Es que había quedado aquí, como todas las mañanas, con Eusebio, ¿sabe?, y como no llegaba pensaba que hablaría con alguien para pasar el rato…
— Pues elija a otro, señor. Soy una persona muy ocupada y tengo mis cosas en las que pensar.
Escuchando esto acudí al rescate de Eustaquio
— Su carajillo de coñac don Eustaquio.
— Gracias Juan, siempre me quedarás tú.
— Claro que si, que no se diga. — le dije con mi mejor sonrisa profesional.
A su lado, también apoyados contra la barra, el Capitán Martínez y el Agente Almansa, de la policía local, comentando sobre el estado del barrio, de lo seguro que es ahora con ellos aquí de policía. El Capìtán Martínez comentando, el agente Almansa escuchando, como siempre.
— ¿Y qué se le ofrece a la autoridad?
— Corta el rollo Juan, lo de siempre. —espeta el Capitán Martínez.
— ¿“Lo de siempre” cuando estáis de servicio o “lo de siempre” cuando no?
— ¿No ves los uniformes?
— Si.
— Pues eso Juan, pues eso, ¿estamos perdiendo facultades o que? Juan, Juan… yo le pensaba más…
— Mi Capitán, tengo que…
— ¡Usted se calla Almansa! Estoy hablando yo. Perdona Juan. Si, estamos de servicio. Ponnos unos cárajillos anda.
— ¡Marchando! — y les dejé continuar, mejor dicho, dejé al Capitán Martínez continuar con su monólogo fantasioso sobre el estado del barrio, y al sumiso Agente Almansa escuchando a su superior con el gesto facial del aburrimiento.
En ese momento se abre la puerta con mucho ruido y entra una persona con un pasamontañas en la cabeza, una escopeta en una mano y un saco de espárto en la otra. Cierra con fuerza y desde ahí mismo grita
— ¡Esto es un atraco! ¡Que nadie intente nada estúpido!
El Capitán Martínez y el Agente Almansa intentan alcanzar sus pistolas.
— ¡Ni se os ocurra! ¡Al suelo, tirádlas al suelo! — grita el personaje enmascarado a los policias por los cuales el barrio era un sitio tan seguro. Y mientras hacen lo que les ha mandado, el hombre del saco echa una mirada a su alrededor y, acto seguido, pasa algo inesperado.
— ¿Dónde estoy? — dice, dejandonos a todos perplejos— ¿Dónde están las cajeras y las mesas, y las ventanillas?
— Esto es una cafetería, el banco es al lado —le dice la gorda Loli, añadiendo— .Si quiere puede llevarme de rehén con usted al banco. —El problema de Loli no es la comida, son los hombres.
— ¡Cállese gorda! — suelta nuestro ladrón despistado y nos reímos todos disimuladamente. Todos menos Loli que levanta la barbilla y mira hacia otro lado con aires de marquesa.
— ¿Perico? ¿Eres tú? — suelta de repente Laura— ¡He reconocido tu voz, sé que eres tú! ¡Pedro Gonzalez Prieto, ¿se puede saber que diablos estas haciendo?!
Nuestro Ladrón mira repentinamente hacia Laura y se pone tremendamente nervioso.
— No soy quien usted dice señorita. — dice cambiando claramente la voz a una pobre imitación de persona gorda.
— Perico… Quiero que sepas que te dejo en este mismo instante. Sa ha acabado. No vuelvas a llamarme nunca más. Qué decepción. ¡Eres un delincuente! No te merezco. —le dice Laura dolida de verdad.
Nuestro delincuente ahora tiembla tanto por la extraña situación que se le cae al suelo la escopeta. Todos miramos como cae el arma en cámara lenta y, cuando toca las baldosas del suelo, se dispara solo. Veo como los perdigones vienen en mi dirección. En el silencio que se crea en el siguiente instante empiezo a sentirme mojado por todas partes. Los perdigones han hecho blanco en la sección de aguardientes justo encima de mi cabeza, todas las botellas rotas y su contenido vertido sobre un humilde servidor.
El encapuchado se agacha a coger la escopeta cuando de repente se abre la puerta a sus espaldas que le golpea en el trasero y cae de morros contra el suelo, empujando sin querer el arma, que se desliza por el suelo hasta que se frena a los pies del Agente Almansa. Éste se agacha y lo coge.
— ¡Buenos días familia! Hooombre Eustaquio, ¿ya estas aquí? ¿No habíamos quedado a las nueve? ¡Uy! Qué cara tenéis todos, y eso que soy yo el viejo. ¡Juan! Un sol y sombra por favor…
Y así un día más en el barrio. Las gordas busca-hombres Carmen y Loli comerán huevos fritos con bacon, migas con chistorra de segundo, un trozo de pastel de chocolate de postre y ¿para beber? Coca-cola light. Eusebio es un héroe popular en el barrio. Perico tiene dos años de cárcel y una exnovia muy enfadada. Y el Capitán Martínez y el Agente Almansa de la policía local, se creen los verdaderos salvadores del barrio, bueno, sólo el Capitán Martínez.
— ¡Marchando un sol y sombra!

D.G.F.
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